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Hipotecas y disparates, la crisis de la opulencia

La constructora Martisa-Fadesa ha presentado suspensión de pagos por no poder hacer frente a la deuda cifrada en más de 7.000 millones de Euros. Los principales acreedores son: Caja Madrid, La Caixa, Banco Popular y Caixa Catalunya, de una docena larga de entidades bancarias, sobre todo cajas de ahorro. Ante tamaña barbaridad cabe preguntarse: ¿Cómo es posible que una empresa alcance ese nivel de endeudamiento sin que los prestamistas –bancos y cajas de ahorro– den la voz de alarma? ¿Cómo se entiende que entidades bancarias de primera fila permitan esa deuda y, lo que es peor, continúen dando créditos a esa empresa? Y por último, ¿de qué controles están dotados los bancos y sobre todo las cajas de ahorro, donde la mayoría de los trabajadores depositamos la nominan, para detectar la abultada deuda de sus clientes?
No soy economista y mis conocimientos sobre esa materia son nulos, ni siquiera se hacer la declaración de la renta. Pero mi intuición me dice que lo que ha ocurrido es que, ante el aumento incontrolado de la construcción salvaje fruto de unas falsas expectativas creadas a rebufo de una falsa concepción de la sociedad del bienestar, los bancos y cajas de ahorro se apuntaron a la ganancia fácil repartiendo créditos a diestro y siniestro sin aplicarse ellos lo que con tanto esmero exigen a los demás, ¡garantías! Y ahora se dan de bruces con la realidad y tienen serias dificultades para recuperar lo prestado.
Lo cual no quiere decir que la crisis sea bancaria. A los bancos, al menos a los grandes, jamás les afectan las crisis, más bien al contrario. Cuentan con suficientes recursos, incluso, para hacerse con los colegas que, llevados por una excesiva ambición, lanzan al mercado hipotecas basura que al final terminan por destruirlos. Ahí está el Santander que acaba de comprar un banco inglés sumido en la miseria por culpa de las dichosas hipotecas.
Lo peor de todo esto es el lamentable espectáculo que, el dueño de la empresa constructora quebrada, está dando al insinuar que el culpable de la situación es el ICO por no darle el crédito prometido para hacer frente a los pagos de inminente vencimiento y, de esa forma, conseguir una nueva refinanciación de la deuda. Una vez más, es el estado quien debe solucionar el problema al empresario. Mientras tanto, la empresa despide a centenares de trabajadores, las obras que tiene a medio hacer se paralizan y los ciudadanos que se hipotecaron por uno de esos pisos se quedan sin nada. Y es aquí donde volvemos al principio de todo: las malditas hipotecas, que no se pueden pagar o, artos de ser engañados, nadie quiere pagar.
A todo esto, en los despachos de las grandes torres de oficinas de la Castellana madrileña, los colegas de Martisa-Fadesa, se frotan las manos pensando en lo barato que les saldrá quedarse con una parte del pastel.
Son tiempos convulsos. Los años dorados del consumo desenfrenado dejan paso a los de grandes restricciones. El tiempo de las agresivas construcciones se diluye en los albores de otro en el que, los restos inacabados de semejante despropósito, se erigen como fantasmas por doquier. Los sueños de grandeza de personajes salidos de la nada se desvanecen y transforman en horribles pesadillas. Las grandes fortunas amasadas a la sombra de corruptelas y pelotazos aguardan en escondrijos secretos a la espera de tiempos mejores.
El paro aumenta, la inflación sube como la espuma y la bolsa se desploma. Son las consecuencias lógicas de un ciclo que ha llegado a su fin. Y ahora, cuando todos hemos saboreado las mieles del éxito, los que manejan los hilos, los han soltado para poner las cosas en su sitio e iniciar de cero un nuevo ciclo que siga aumentando sus cuentas bancarias. Las mismas que sirven para retroalimentar el sistema, que, sin ser el mejor, es el menos malo. Eso dicen ellos.
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‘Berlín’, de Lou Reed

Extracto del artículo ‘Berlín’, la venganza de Lou Reed de Borja Hermoso publicado en El País el 22/07/2008.
“Luz de velas y dubonnet con hielo, romances de amor y droga, voces de niños susurrando el horror sin saberlo, biografías borrosas de muchachas abriendo en canal sus muñecas al borde de una cama, yonquis en fuga, lirismo y matemática del rock and roll…
Treinta y cinco años habrán desgranado la infinita espera de Lou Reed para entonar sus noches de venganza. De venganza, en primer lugar, contra sí mismo, por haber perpetrado en 1973 un auténtico hara-kiri comercial, una afrenta a los prebostes de su compañía discográfica de entonces, RCA, que esperaban la reedición de otro bombazo financiero del calibre de Transformer, el anterior trabajo de Lou Reed.
Pero el autor de la multimillonaria y también genial Walk on the Wild Side les iba a dar, con la colaboración de su amigo Bob Ezrin y de algunos ilustres músicos como Steve Hunter, Steve Winwood o Jack Bruce, una sinfonía de horrores y casquería musical de la peor especie, una ópera bufa de guitarras distorsionadas y voces procedentes del Averno: uno de los mejores discos de la historia del rock. En una palabra. Berlín
Autor de al menos cuatro obras maestras (y eso siendo rácanos, pero queda fuera de toda duda que Transformer, Berlin, Coney Island Baby y Magic and Loss lo son), Lou Reed…
Está mayor, y lo sabe, el hombre de la voz de sima… vegetariano y abstemio… que abomina del tabaquismo… que, de vez en cuando, ciertos bobos profesionales con un teclado a su alcance se pongan a decir que Lou Reed dejó de ser un genio justo en el momento en que dejó la heroína y demás zarandajas. Se llama malditismo barato
¿Un milagro, la enésima resurrección de Lou Reed? Sí, pero quién sabe… Quién iba a decir que una buena noche, por ejemplo en un teatro de Málaga… la resurrección escénica de una salvajada lírica del calibre de ‘Berlín’ iba a traspasar el romántico dintel de los sueños nunca cumplidos para ingresar en el almacén de lo real, que por ser tangible deja de ser deseable… y todo ello… con un coro de voces blancas como telón de fondo.
Porque ¿quién se iba a imaginar, escuchando los desoladores acordes de Sad Song o Men of Good Fortune, semejante numerito de ninfas y ninfos vestidos de túnica azul cielo y haciendo cándidos y risueños ecos vocales a semejante compendio de sangre, sudor, lágrimas, droga, amor y muerte?... ¿Quién iba a pensar que los guitarrazos de Steve Hunter y las cavernas guturales de Lou Reed podían entremezclarse en directo con gorgoritos celestiales? Y, sin embargo…
Fue realmente sorprendente asistir a una versión del Lady Day en la que los niños y niñas del coro londinense se contoneaban y tarareaban el estribillo como si de un numerito de Abba se tratase. O la mezcla agridulce de descarga de decibelios y gorgoritos celestiales en que consistió la versión de Sad Song.
Un embriagador formato de The Bed fue, de lejos, lo mejor de la noche de venganza del viejo león de la Velvet Undergound. Todo, en “aquella habitación donde ella cogió la cuchilla y se cortó las muñecas en aquella extraña y aciaga noche”.
Fraseos anárquicos, duelos de guitarra Reed/Hunter, el sempiterno bajo de Fernando Saunders en la banda de Lou Reed, el leve gesto de la mano dando o prohibiendo el paso a sus músicos, la cara de piedra de Lou Reed, aquel tipo de Nueva York ahora renacido en Berlín”.
Nada más que añadir. Si acaso que, tras treinta y cuatro años de espera (descubrí el disco una mañana de principios de verano del 74 en la sección de discos de El Corte Inglés de plaza Catalunya), me he quedado con las entradas en la mano para un concierto suspendido por enfermedad. Era la única oportunidad de vivirlo y se ha esfumado, arrastrado, quizás, por la letanía repetitiva de Sad Song.
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Monti y Zapa, retrato de un desencuentro

“Te queremos, José Luis, pero aun queremos más a Cataluña y a los catalanes” Monti fue lo suficientemente explicito ante su jefe Zapa. Lo dijo claro, alto y en el idioma común para que todos, y sobre todo él, lo entendieran, en la clausura del XI congreso del PSC. Monti sacó de sí mismo toda su energía nacionalista para pregonar a los cuatro vientos que Catalunya es lo que es y que los socialistas catalanes, no van a permitir que sea otra cosa porque a su jefe nacional así le interese. Arropado por el aparato plantó cara a Zapa, que lo miraba con su sonrisa de joker descolocado, y le espetó que la financiación forma parte del estatut, “una ley, que tú también votaste” –le dijo mirándolo fríamente con sus ojillos arrugados–. Inflado de orgullo, continuó exponiendo al gran jefe los motivos del descontento, no sólo suyo, sino de todos los catalanes, a propósito de la financiación. Y remató el tema lanzándole a la cara la enigmática frase: “La música no nos ha gustado, esperaremos a ver las siguientes notas y la letra”. Ante la cara de poker que puso Zapa al oír semejante reflexión, los asesores de La Moncloa que lo acompañaban anotaron la frase y la enviaron rápidamente vía SMS a los sabuesos del espionaje patrio para que la tradujeran creyendo que la había dicho en polaco.
Monti tuvo claro desde el principio que la clausura del congreso de su partido era el foro adecuado para acallar las voces convergentes que le acusan de plegarse a los mandatos de Zapa y de no hablar correctamente el catalán. Por eso fue tan duro con su jefe e hizo parte de su intervención en lengua vernácula. Pero también sabía que no debía forzar las cosas más allá de lo necesario. De ahí que, tras la diatriba reivindicativa nacionalista, se introdujera por los meollos del refranero para conciliarse con su jefe soltándole aquello de “quien bien te quiere te hará sufrir”. Zapa cambió la expresión al oír semejante sandez y con el rictus de preocupación de las grandes ocasiones, clavó sus ojos en Monti fulminándolo y haciéndole perder los papeles. Pasados los instantes de incertidumbre, Monti se repuso y haciendo acopio de fuerzas remató la conciliación con un desafortunado: “Somos conscientes de los costes que supone para ti”.
Zapa tomó la palabra y no se ando por las ramas. Introdujo su mensaje de solidaridad, tan rancio como su sonrisa, para, a continuación, leer la cartilla a Monti, muy sutilmente eso sí, y dejar clara su política financiera lanzando perlas filosóficas como: “No es necesario que nadie pierda” y “Podemos hacer que todos ganen”. Una vez más dijo aquello de la España plural para contrarrestar la referencia de su subordinado a la España federal y zanjó las ansias de independencia –de los socialistas catalanes respecto del PSOE– asegurando que “El destino del PSOE y del PSC es ir juntos”.
Monti fue elegido primer secretario de su partido con el 96,4% de los votos, no se sabe si por su magistral intervención o por el pito, pito colorito… Pero lo importante, como en todo cuento que se precie, es que al final todo fueron abrazos, palmadas en la espalda, sonrisas, parabienes, buenos deseos y que, contentos y felices, comieron, no se si perdices o “botifarra amb monjetes”, pero comieron. ¡Y de que forma!
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Dos hombres

Dos hombres caminando sobre una alfombra de hierba verde, hacia la sombra de unos árboles, cansinamente, sin prisas, charlando, rememorando tiempos pasados. Uno con el brazo sobre el hombro del otro, como buenos amigos. La soledad de los que llegan al final, la calma de los que sabiendo que han cumplido una etapa, la etapa más importante de sus vidas, se retiran lentamente, dejando el camino despejado a los que les relevan. Se diría que ambos se conocen desde muchos años y que ambos, con la complicidad con la que los amigos son capaces de hacer las cosas, hicieron cosas importantes.
Un rey y su ex presidente, pasando de protocolos, se reencuentran y charlan de sus cosas, de aquellos años en que juntos hicieron lo que hicieron. Una estampa no habitual, pero si normal. Lo que la hace excepcional es que sólo uno de ellos sabe de qué está hablando, el otro, simplemente escucha, sonríe y agradece al desconocido su compañía.
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Mandatarios y necios

“Los necios lo son porque viven en la creencia de que despreciando a los demás ellos son mejores. No saben sin embargo, que otros vendrán y de igual modo los tratarán”.
No lo dice una celebridad, lo digo yo al leer en la prensa que los mandatarios de las ocho naciones más ricas del mundo, que juntos suman el 58% del producto mundial bruto, celebraron, en la última reunión del G8 en Japón, una cena de despedida en la que se sirvieron algo así como dieciocho platos.
Resulta sangrante comprobar cómo los que tienen el deber de encontrar una solución al hambre en el mundo y con ello evitar la muerte de centenares de miles de personas, no sólo no se esfuerzan lo más mínimo por encontrarla, sino que, y eso es lo peor, lo celebran dándose, lo que vulgarmente se dice “una hartá”.
Para esos mandatarios, no ya un pedo de desprecio. Un cólico que los mantenga sentados en la taza del water un día entero.
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Los márgenes empresariales, el IPC y ¡a la puta calle!

Como si del oráculo se tratara, el gobernador del Banco de España habló ayer sobre la situación económica y ante las elites empresariales del país dijo tres cosas que pueden, cuanto menos, aclarar a los neófitos el por qué de la tan cacareada crisis en la que vivimos inmersos.
Dijo el banquero mayor del reino que “el aumento de los márgenes empresariales afectó más al IPC que los salarios”. ¡Vaya!, esta si que es buena. Tanto tiempo haciéndonos creer que eran los salarios lo que disparaba la inflación y ahora se descubre que no es así, que en realidad lo que hace subirla son las ganancias desaforadas e incontroladas de los empresarios y sobre todo de los intermediarios que monopolizan la distribución y comercialización de los productos. Las quejas, por ejemplo de los agricultores cansados de decir que los precios finales de lo que cultivan nada tiene que ver con lo que a ellos se les paga, han quedado al fin confirmadas. Años llevamos los trabajadores denunciando esos usos y abusos sin que nadie haga caso. Ya era hora que una autoridad competente, y en este caso lo es y mucho, dijera las cosas por su nombre. Lo que sucede es que una vez dicho nos asaltan serias dudas de que sirva de mucho. Pero al menos nos queda la satisfacción de saber que teníamos razón.
También dijo que “hay problemas que no puede ni debe resolver el Gobierno”, refiriéndose a las ayudas financieras del gobierno al sector privado, ayudas que rechazó salvo en casos puntuales. Allí, mirándolo y escuchándolo, estaban los empresarios españoles mas influyentes y es de suponer que a más de uno se le debió atragantar el canapé al oír estas palabras, eso si no se le había atragantado con lo que dijo antes. Debería tomar nota el ministro de industria y, aunque sólo fuera por coherencia con lo dicho por el banquero, revisar en profundidad las multimillonarias ayudas que el gobierno presta a las empresas eléctricas. Empresas que, ante un deficiente servicio como el sufrido ahora hace un año en Barcelona, miran para otro lado en un descarado intento de evadir responsabilidades. Por cierto, y ya que estamos con el tema. ¿De que forma repercutirá en los ciudadanos que sufrimos el apagón, los 21 millones de euros de la multa impuesta a Endesa?
El otro gran tema fue la revisión salarial. No podía el gobernador bancario cargar toda la responsabilidad de la inflación sobre los empresarios y dejó una parte para los trabajadores. Consideró que las cláusulas generales de revisión salarial deberían sustituirse por otras de “descuelgue” –él sabrá que quiere decir–, para que los sueldos no se suban automáticamente según el IPC sino en función de la coyuntura y los resultados empresariales. Así los empresarios podrían mantener los sueldos de sus trabajadores sin destruir empleo cuando la coyuntura no sea favorable e incrementarlos cuando sí sea posible. Bueno, como idea no está mal, incluso, resulta idílica y algo utópica. Pero ocurre que, conociendo como conocemos el comportamiento de los empresarios y ateniéndonos a lo que el mismo gobernador ha dicho sobre los desorbitados aumentos de los márgenes empresariales, pues me cuesta creer que vayan a actuar con la honestidad necesaria. Acostumbrados como estamos a oírles decir, en cada negociación colectiva, que la situación no es buena, con el fin de imponer aumentos salariales por debajo del IPC, cuando los beneficios desbordan las previsiones. Pues no se, pero dejarlo todo en manos precisamente de la coyuntura no creo que sea lo mejor.
Pero seamos positivos, no vaya a ser que luego resulte que somos los trabajadores los culpables de la crisis que nos atenaza, más a nosotros que a ellos, por no querer colaborar. Por eso y porque somos responsables, aceptamos la sugerencia del gobernador del Banco de España y, a partir de ahora, diremos a nuestros representantes laborales que dediquen sus esfuerzos a sellar acuerdos en ese sentido. Lo que ocurre es que tampoco sabemos muy bien quienes son nuestros representantes laborales, y eso es un verdadero problema.
Al margen de coñas, está muy bien que una autoridad como esta diga al fin que los culpables de la subida de la inflación son los beneficios empresariales y no los salarios. Al menos, no los de los obreros.
¡Salut!
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A propósito de la jornada laboral

La Unión Europea pretende imponer la semana laboral de 65 horas. Un cálculo rápido nos da una jornada diaria de 13 horas si se mantiene la semana laboral de cinco días (lunes a viernes). Una jornada diaria de 11 horas y 15 minutos si la semana laboral se aumenta a 6 días (lunes a sábado). Y de 9 horas 15 minutos para una semana laboral completa (lunes a domingo). Hace unos años el objetivo de los trabajadores era rebajar a 35 horas la semana laboral. En ciertos sectores de algunos países se ensayaron fórmulas para llevarla a cabo y en otros incluso se instauró. Entonces, ¿qué ha sucedido para que los políticos de la unión hagan una propuesta totalmente contraria a aquella reivindicación? ¿Qué intereses defienden esos políticos? Resulta desalentador comprobar cómo lo conseguido, hace apenas treinta años, tras años de reivindicaciones y duras negociaciones, puede quedar en nada haciendo retroceder los derechos laborales, no ya a los años setenta del siglo veinte, sino al inicio de ese mismo siglo. Las luchas obreras de la segunda mitad de los sesenta y primera de los setenta reivindicaban, entre otras cosas, una jornada semanal de 40 horas. Los obreros exigíamos más tiempo para nosotros, para nuestras familias y nuestro ocio. Y el empresariado, que no era tonto, terminó por comprender que eso también le beneficiaba. Porque, después de todo, más ocio significaba más tiempo para consumir, y a más consumo, más riqueza. Ahora, cuando la conciliación de la vida laboral y familiar es el tema estrella en la mayoría de las empresas, no porque sea beneficioso para el obrero, que también, sino porque han descubierto alarmados que más tiempo en el trabajo no significa más productividad y sí más estrés y deterioro físico y, por ello, menos rendimiento, nuestros representantes políticos en la Unión Europea se descuelgan con esta aberrante propuesta o recomendación. Claro que, de momento, sólo se aplicará en aquellos casos en que trabajador y empresario así lo acuerden de mutuo propio. No nos engañemos, esa recomendación tampoco es tan descabellada si nos atenemos a la realidad laboral que hoy en día se da en muchos centros de trabajo. En aquellos en que, por diversas razones, los trabajadores hacen jornadas laborales que exceden de largo las ocho horas, sin ni siquiera cobrarlas como extras. Bien porque indirectamente y de forma sibilina se les impone bajo coacciones que no lo parecen, y ellos –los trabajadores– son incapaces de desafiar y mucho menos denunciar. O porque las aspiraciones de llegar a lo más alto del escalafón hacen de ellos unos serviciales conformistas capaces de cualquier cosa. Estamos pues, ante una propuesta de legalizar algo que se hace fraudulentamente. Con el paso de los años y los cambios sociales que se han producido, la relación entre empresa y empleado también a cambiado. Ya no se lleva la tiranía del dueño sobre los obreros considerados por aquel poco menos que esclavos. Ni el odio de éstos hacia él al que consideraban un explotador sin conciencia. Ahora, en los tiempos de las nuevas tecnologías, empresarios y obreros se codean ‘casi’ como iguales, comen en los mismos comedores, festejan los éxitos de la empresa, acuden juntos a sesiones de desarrollo, y participan en actividades solidarias y de ocio como un solo equipo. Ahora, los obreros debemos considerarnos parte importante de la empresa y como tal se nos exige un compromiso para con ella, y al final del año, incluso, nos hacen partícipes de los beneficios por la vía de objetivos cumplidos. Migajas y miserias que nos hacen abandonar nuestra condición de trabajadores renunciando al derecho de reivindicar y luchar por nuestros derechos. Mientras ellos –los dueños–, continúan haciendo lo de siempre, sólo que ahora lo hacen como colegas. El informe sobre accidentes de trabajo y enfermedades profesionales obtenido de la Encuesta de Población Activa (EPA) correspondiente al 2007 y que publica el Instituto Nacional de Estadística (INE), retrata claramente la situación: “Más de cinco millones de trabajadores se ven obligados a trabajar bajo presión o son víctimas de violencia o abusos. La mayor parte de este colectivo (el 82%, lo que equivale a casi cinco millones de personas) afirma soportar sobrecarga de trabajo o realizar sus tareas con falta de tiempo, lo que afecta a su bienestar mental… Otro 11% de ese colectivo (esto es, unas 556.000 personas) afirma haber sufrido violencia en su puesto de trabajo a lo largo del último año. Finalmente, un 7,4% (unas 375.000 personas) declara haber padecido acoso o intimidación por parte de la empresa o de sus jefes. El porcentaje es mayor en el caso de las mujeres, tanto en lo que hace referencia a la violencia como a los abusos”. Bien, esto es lo que hay. La situación, con algunos matices, en el fondo sigue siendo la misma: el empresario explota al trabajador. Sólo que lo hace con técnicas más modernas y sofisticadas que nos hacen creer que no es así. Pero, en situaciones concretas, de crisis o conflicto, la verdadera condición aflora con toda su crudeza poniendo a cada cual en su sitio. Para muestra un botón: Las patronales catalanas apoyan la directiva europea de las 65 horas. Lo publicó, no hace mucho, la prensa catalana. ¡Salut! © PCB
Marcando tendencias

Dos imágenes, dos estéticas bien diferentes. Una, elegante, sofisticada, bella, agradable a los sentidos, en la que una modelo muestra en la pasarela un vestido de fiesta de una conocida firma parisina. La otra, fea, hortera, desagradable, casi repulsiva, un personaje ¿hombre o mujer?, vestido zafiamente con ropas que seguramente serán muy caras, pero también, un canto al mal gusto.
El que posa a la derecha de la foto, con la estrafalaria indumentaria de chico de alcantarilla, no es otro que un famoso modisto autor del vestido que luce la modelo de la izquierda. ¿Sorprendidos? ¡No, claro que no! En una sociedad, donde los límites hace tiempo que fueron rebasados, lo sorprendente sería que vistiera con normalidad, porque lo que se espera de alguien capaz de una obra así, es precisamente lo estrambótico, lo más de lo más. Por eso, los presentes al desfile irrumpen en aplausos cuando aparece, tras finalizar el pase de sus creaciones, con esa pinta. Porque eso es lo que espera su público y tiene que cumplir con el ritual de ofrecer espectáculo, ya que es parte de él. ¿Qué sería si no apareciera vestido de esa guisa? ¿Un modisto antiguo, desfasado y sin imagen, como tantos otros, que simplemente hace vestidos elegantes para las señoronas de la alta sociedad? No, él es la estrella de una importante marca de ropa de lujo y como tal debe brillar e imponer su estética, no sólo la de sus creaciones, sofisticados, glamorosos, elegantes y realmente bellos vestidos que son sólo para las elegidas, para las que pueden permitírselo por sí mismas o tienen alguien que se los regale. Ante la visión de una y otro cabría preguntarse ¿cómo es posible que una persona tenga tan buen gusto para vestir a la mujer y tan malo para vestirse a sí mismo?
Es la estética del feísmo, lo moderno, mezclar prendas sin tener en cuenta la armonía entre ellas, a sabiendas que son antagónicas, porque de lo que se trata es de elevar a la categoría de elegancia lo chabacano. Son las nuevas propuestas de los ideólogos de la moda, los estetas que, escasos de ideas, recurren a la calle en busca de inspiración. Reniegan de la vida fácil de sus clientes y se adentran en los rincones más sórdidos de las ciudades, buscando lo original, lo nunca visto, experiencias nuevas y arriesgadas. Y descubren, no sin horror, que esas calles están llenas de personas sin techo, mendigos, desechos de la sociedad del bienestar y el lujo y es ahí donde se activa el chip de su inspiración y toman nota de cómo visten, qué hace, cómo se comportan, dibujan bocetos rápidos de las ropas que usan, generalmente prendas viejas, rotas, usadas, robadas o cedidas por organizaciones humanitarias que llevan superpuestas en unos cuerpos frágiles, sucios, e incluso enfermos, para protegerse del frío. Esos gurús de lo moderno transforman la miseria de los desposeídos en el último grito en el vestir para las masas de consumidores. Y se vanaglorian de elevar a la categoría de diseño lo que aquellos usan por pura necesidad, atreviéndose a decir que eso es bueno porque sirve para llamar la atención sobre una realidad cotidiana que la sociedad intenta ocultar. Y que ese toque de atención a las conciencias de los que lo tienen todo, ayudará a los que no tienen nada. Porque, según nos quieren hacer creer, parte de los beneficios obtenidos repercutirá en ellos por la vía de ayudas institucionales y de oeneges.
Marcar tendencias, así lo llaman. En definitiva, vender otras formas de vestir más asequible y diáfana, pero igual de moderna, a los sectores sociales que no pueden permitirse las creaciones de las firmas de lujo. Después de todo, de lo que se trata es de mantener la diferencia de clases incluso en algo tan etéreo como es el mundo de la moda. Por eso y para ello las empresas de alta costura diversifican el negocio creando marcas de bajo nivel para esos otros sectores de consumidores.
Resulta curiosa, al menos, la indumentaria de un modisto que pasa por ser el más importante del mundo de la moda. ¿Qué pensarán de él, al verlo vestido así, las señoras a las que viste? ¿Qué pensarían si no fuera el autor de los fabulosos vestidos que ellas lucen en las fiestas y actos sociales a los que asisten? Mejor no saberlo.
Que nadie se engañe, el mundo de la moda es así, necesita ser así para ocupar el lugar que ocupa. De lo contrario estaríamos ante simples trabajadores de la confección. Lo que toda la vida han sido sastres y modistas y la verdad, y con todo mi respeto a los miles de ellos y ellas que aún quedan, eso adolece de glamour, algo imprescindible hoy para ser famoso, imprescindible a su vez para vender.
La cuestión quizás sea ¿para hacer un buen vestido es necesario ser famoso? No, en los pueblos aún quedan modistas y algún sastre que con sólo ver la foto de un modelo en una revista te lo calca, y encima a medida y mucho más barato.
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Habla en cristiano ¡coño!

“Manifiesto por la lengua común”, así lo han llamado quienes lo han redactado. En definitiva, se trata de un nuevo intento de amordazar las lenguas de las diferentes comunidades en favor de la castellana. Dicen sus autores que el manifiesto está motivado por “una inquietud estrictamente política”, como consecuencia de “crecientes razones para preocuparse en nuestro país por la situación institucional de la lengua castellana… como lengua principal de comunicación democrática”. Dicen además que nuestro idioma –la lengua castellana– “goza de una pujanza envidiable y creciente en el mundo entero”. Por tanto, como dicen ellos, todo lo que les ha empujado a escribir este manifiesto han sido razones políticas. Es decir, politizar, mas si cabe, una cuestión –la lingüística– que en este país levanta pasiones, no tanto entre la ciudadanía de a pie, como en los políticos y sobre todo, ciertos sectores de la intelectualidad que al parecer, no tiene en que ocupar el tiempo.
Los autores establecen cuatro premisas, obvias y que no aportan nada nuevo –si acaso su punto de vista un tanto maniqueo–, como punto de partida para exigir al parlamento español “una normativa de rango adecuado (que en su caso pueda exigir una modificación constitucional y de algunos estatutos autonómicos) para fijar inequívocamente la lengua castellana como común y oficial a todo el territorio nacional”. Como si no estuviera ya bastante claro en la constitución.
Da la sensación de que sus autores consideran que, una vez cumplido el objetivo de resarcir a las lenguas autonómicas de la represión sufrida durante el franquismo, es hora de devolverlas al lugar que les corresponde para uso exclusivo de actos folclóricos y culturales locales, nunca estatales, y dar al castellano la supremacía que le corresponde sobre ellas.
Intentan con este manifiesto mostrar a la ciudadanía, a la que piden que se adhiera, una situación cuanto menos sesgada e interesada de la realidad lingüística. Dicen, y no les falta razón, que la constitución, en su artículo tercero, reconoce a las diferentes lenguas su derecho a ser protegidas y utilizadas. Para a continuación lanzar un órdago contra ellas diciendo que “sería un fraude constitucional y una autentica felonía utilizar tal articulo para justificar la discriminación, marginación o minusvaloración de los ciudadanos monolingües en castellano”, en clara referencia a las políticas lingüísticas de ciertas comunidades autónomas. Nada dicen en cambio de que el presidente de la Comunidad Valenciana haya obligado a todos los colegios públicos a dar la asignatura Educación para la Ciudadanía en lengua inglesa en detrimento del castellano y por supuesto del valenciano. ¿Aceptan los defensores del castellano como lengua común que ésta sea ninguneada y menospreciada si el motivo es boicotear al gobierno socialista? ¿Acaso no es lo mismo obligar a dar una asignatura en ingles que en catalán?
Nadie duda de la inteligencia de los autores, de igual forma que no se duda de que conozcan que el verdadero peligro para la lengua castellana no está en las otras lenguas co-oficiales, el verdadero peligro está en otra parte. Quizás sea esa la razón por la cual la Real Academia no se ha adherido al manifiesto.
En España, hoy, y cada vez más, no sólo se habla castellano, catalán, valenciano, vasco o gallego, también se habla árabe, pakistaní, chino en sus diferentes variantes, mandarín, japonés, ruso, además de todas las lenguas europeas. El idioma, la lengua, ya no es sólo algo exclusivo de las diferentes comunidades autónomas, es algo más cotidiano, que afecta a comunidades, sí, pero de otro tipo y con otras connotaciones. Comunidades que van más allá de los límites territoriales. Estas lenguas no se hablan en un lugar físico determinado, sino en todos. Y por supuesto, los que pertenecen a esas comunidades exigen, y si no lo hacen lo harán muy pronto porque también les asiste el derecho, que sus lenguas sean respetadas. Cabe preguntarse si para los autores y los miles de firmantes de este manifiesto también son un peligro todas esas lenguas. Porque de ser así deberían modificar inmediatamente el texto, mas que nada para que no desprenda el pestilente tufillo anti nacionalista, autonómico que no español, con el que esta redactado.
Dicho esto he de añadir que, viviendo en Catalunya desde hace casi cuarenta años y siendo castellano hablante, jamás he tenido problema alguno en mi vida diaria, privada y profesional. Nunca nadie, y en ninguna circunstancia, me ha obligado, y ni siquiera exigido, hablar en catalán, y cuando me ha sido posible lo he, mas que hablado, chapurreado, sin que nadie me haya reprochado no saberlo. Sólo es cuestión de sentido común, respeto y no temer lo diferente.
¡Salut i…!
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Por si acaso… ¿qué?

El espectáculo ofrecido por aquellos que, ante el temor de desabastecimiento, hicieron acopio de alimentos durante el paro salvaje, que no huelga, porque huelga es cuando los obreros asalariados se plantan ante los empresarios y no cuando éstos los inducen a parar como medida de fuerza para que el gobierno les subvencione el carburante, fue de lo más deplorable que se ha visto. Ver en los noticiarios de TV a una señora cargada con quince bolsas de kilo de arroz responder con un lacónico: “por si acaso”, a la pregunta por qué lo hacía de los reporteros de turno, fue ver la verdadera cara de la sociedad del bienestar. La cara más insolidaria de la condición humana, base de una sociedad autocomplaciente y saciada a la que le horroriza pasar hambre y no está dispuesta a un mínimo sacrificio. La imagen dada por aquellos que desde diferentes pulpitos sociales han ayudado a crear tan esperpéntica situación dando opiniones alarmistas, noticias sin contrastar y conclusiones nada objetivas, no dista mucho de la ofrecida por los que, atemorizados, se lanzaron a la bacanal del despropósito vaciando las tiendas. Pero eso sí, pagando religiosamente, porque después de todo, vivimos en un país civilizado y rico.
Pasado el temor inicial de ese “por si acaso”, y solucionado, en apenas dos días, el conflicto, sería bueno preguntar a esas personas qué harán ahora con todo lo que acapararon. Y de paso, preguntarles también cómo se sienten. Si están más tranquilos y felices por haber tenido la capacidad previsora de acaparar alimentos “por si acaso”. Pero sobre todo, habría que preguntarles el significado real de ese “por si acaso”. Qué interpretación le dan ellos a esas tres palabras dichas en ese contexto.
En otro escenario bien diferente, donde la única preocupación de sus habitantes es la de sobrevivir, no tiene cabida el “por si acaso”. No al menos con el mismo sentido que aquí. Allí, en Etiopia, donde el hambre real, no el de por si acaso nos falta comida, golpea con todas sus consecuencias, y si nadie lo remedia, en las próximas cuatro semanas puede matar a 150.000 niños, lo que preocupa no es el precio de la gasolina, sino el de los cereales. Precio que ha aumentado de forma escandalosa en los últimos años, entre otras razones por la descabellada idea de dedicar el cereal a la creación de biocombustible, lo que ha provocado la paradoja más tonta de cuantas ha vivido la humanidad: el hombre pasa hambre para alimentar a sus vehículos. Claro que, los que mueren de hambre no tienen vehículos que alimentar.
Niños famélicos, hambrientos, sin fuerzas para pedir comida y condenados a morir en apenas unas semanas, pero con un soplo de esperanza “por si acaso” alguien les da comida. Frente a personas bien alimentadas y saciadas que corren al supermercado a comprar lo que sea “por si acaso” se quedan sin comida. La misma razón para situaciones opuestas, ¡que contrasentido!
¿Qué hará la señora con los quince kilos de arroz que almacenó? ¿Qué pueden hacer los niños etíopes que no tienen unos granos de arroz que llevarse a la boca? Son los contrastes de dos mundos no muy diferentes, pero a años luz de ser iguales y tener las mismas oportunidades. Es la gran paradoja del ser humano. Tiramos a la basura la comida que nos sobra, mientras nuestros vecinos se mueren por no tener que comer.
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La Soli ya es centenaria

“La Soli” celebra el centenario de su nacimiento. Cien años de una publicación obrera y revolucionaria, portavoz oficial de la CNT. Pero sobre todo, portavoz de una forma de ver y vivir la vida en libertad. “La Soli” no es, y lo digo en presente porque aún se publica, un simple medio de propaganda de un sindicato obrero. Es un medio a través del cual se enseñan y expanden las ideas anarcosindicalistas y libre pensadoras. Se informa de lo que sucede en el mundo laboral y social desde una perspectiva diferente a la que lo hacen los medios integrados en el engranaje del sistema. Dando una visión de los acontecimientos desde la óptica del trabajador y dándole a él la oportunidad de ser quien los relate. “La Soli” es el medio de comunicación obrero por antonomasia. Si bien es cierto que hoy no disfruta de la resonancia social que tuvo en otras épocas, sigue siendo un referente de la información proletaria, término éste en desuso desde que el comunismo se reconvirtió en eco-socialismo.
“La Soli” fue testigo, y no precisamente silencioso, tanto de épocas convulsas, cuando los obreros se levantaron contra la tiranía de la burguesía empresarial que contrataba matones para hacerla callar, como de otras donde la paz social fue posible gracias a los logros conseguidos tras largas y costosas luchas de una clase obrera orgullosa de su condición. Vivió los vaivenes de una sociedad harta de ser utilizada por los que ostentaban el poder. Sociedad a la que desde sus páginas, se llamaba a revelarse contra los poderes establecidos. Páginas en las que nombres ilustres de todas las disciplinas del pensamiento humano, plasmaron sus ideas sobre una sociedad más libre, ilustrando a una clase obrera hambrienta de conocimientos.
“La Soli”, finalizada la Guerra Civil Española, fue reconvertida, previa expoliación de todo sus bienes por los franquistas, en Solidaridad Nacional. Pero de nada les sirvió, “La Soli” siguió existiendo en la clandestinidad y, aunque con mucha menor tirada y peor distribución, siguió fiel a sus principios y allí donde era posible leerla fue como una bocanada de aire fresco.
“La Soli”, renació con la caída del franquismo hasta recuperar el papel y posición que había tenido. Hizo sombra a otras publicaciones surgidas a raíz de la creación, en los años sesenta, de nuevos sindicatos obreros. Mundo Obrero, portavoz oficial del sindicato comunista, vio peligrar su supremacía cuando en la segunda mitad de los años setenta del pasado siglo, Solidaridad Obrera, “La Soli”, renació e inundó las calles informando fielmente sobre conflictos laborales como: Roca Radiadores, SEAT, Olivetti, Gasolineras, Industria Química, Artes Gráficas y otros que en aquellos años de pre democracia se extendían por todo el territorio. En aquellos años, “La Soli” estaba en la calle, en los puestos de trabajo, en las casas, en los sindicatos, incluso en las mesas de algunos consejos de administración, cuyos empresarios veían con estupor como la clase obrera tomaba la palabra para decir basta. Informó puntualmente, no solo de conflictos laborales, también de acontecimientos que preocupaban a la sociedad como el movimiento antinuclear y las energías alternativas, las nuevas tendencias culturales, los pactos de la Moncloa, las reivindicaciones autonómicas e independentistas, y de forma particular de asuntos que le afectaban más directamente, como: el caso Scala, las elecciones sindicales, el famoso V congreso de la CNT, de la repercusión que los acuerdos adoptados tuvieron en congresos sucesivos y, como no, de la escisión y creación del nuevo sindicato CGT y del intento de éstos de hacer su particular Soli sin que tuviera mayor repercusión.
“La Soli” vivió en aquellos últimos años setenta y primeros de los ochenta el acoso de los que veían a la CNT, y por extensión a organizaciones afines, como los mayores enemigo de la sociedad conformista en la que la clase obrera se había instalado y por ello no dudaron en utilizar toda la artillería disponible para destruir a uno y a otra. Pero a pesar de ese intento, treinta años después y gracias a un grupo de personas que siguen creyendo en sus principios, siguen vivos.
Y así, como quien no quiere la cosa, es como Solidaridad Obrera, “La Soli”, ha cumplido los cien años. Y para celebrarlo se ha organizado, durante todo el mes de Junio, la Exposición del Centenario en la Fundació d’Estudis Llibertaris i Anarcosindicalistes de Barcelona.
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Crisis no, sólo una significativa desaceleración

Crisis es una palabra con connotaciones bien diferentes dependiendo de quien la pronuncia. En boca del presidente de una gran multinacional puede significar que simplemente la compañía que preside no ha conseguido aumentar su porcentaje de mercado en un par de dígitos con lo que las ganancias se verán visiblemente mermadas respecto a lo previsto, lo que no significa que tenga pérdidas y mucho menos que la empresa esté en peligro. Por el contrario, en boca del dueño de un pequeño negocio al que no le paga un cliente, puede significar el cierre del mismo. Como podemos ver el abanico entre uno y otro es muy amplio y cada cual utilizará la palabra crisis en función de sus expectativas.
En el ámbito de un país, pongamos por caso el nuestro, las connotaciones variaran según a que se aplique. No será lo mismo una crisis política que una económica, por ejemplo. En cualquier caso, e independientemente de las implicaciones, lo que sí ocurrirá es que la oposición intentará por todos los medios aumentar al máximo el efecto negativo de dicho vocablo, y para ello utilizará toda suerte de argumentos e intentará hacernos creer que son ciertos mostrando, impúdicamente a veces, hechos que lo refuten. El gobierno, sin embargo, pondrá todo su empeño en hacernos creer todo lo contrario, y para ello no escatimará medios ni discursos. Incluso hará malabarismos oratorios para demostrar que la tan cacareada crisis en realidad es otra cosa y desterrar del lenguaje político la tan aterradora palabreja. Pero, ¿por qué ese empeño de unos en hacerla visible y de otros en ocultarla?
Según el diccionario de la Real Academia Española, Crisis es: escasez, carestía. Y por extensión: situación dificultosa o complicada. En definitiva y referente a lo económico, que es lo que nos ocupa, crisis significa a grandes rasgos caída o pérdida de los beneficios. A nivel de estado se traduce en que al final del ejercicio no habrá superávit, con lo que la deuda aumentará poniendo en grave riesgo el crecimiento previsto.
Para los diferentes sectores económicos del país la crisis repercutirá en función de la fortaleza de cada sector. Por ejemplo en el sector bancario, desencadenante de la crisis con su política hipotecaria demasiado arriesgada. Y aquí hay que aclarar que la banca española es la mejor situada del entorno Euro debido precisamente al férreo control del gasto que vienen practicando desde hace años. La crisis incidirá según lo haga en el resto de sectores relacionados con él.
El sector de la construcción es el que indudablemente se lleva la palma. El descontrol urbanístico, a todos los niveles y en todos los estamentos, que desde hace años se viene ejerciendo, ha llevado al borde del colapso una economía basada principalmente en el pelotazo donde pagar comisiones desorbitadas estaba a la orden del día. Urbanizaciones faraónicas y de una desmedida pomposidad rayano lo vulgar, realizadas la mayoría de las veces sin el preceptivo estudio medioambiental, ignorando las señales de alarma lanzadas desde diferentes foros nacionales e internacional y sin prever o tener resueltas las infraestructuras, se han construido contra viento y marea sembrando el paisaje de brutales mastodontes de cemento y ladrillo que en muchos casos quedarán a medio hacer como consecuencia de esta crisis. Otros sectores, como el del automóvil e industrias satélites, están padeciendo también la crisis. Pero de todos ellos, el más visible quizás sea el energético. La persistente subida del petróleo repercute directa y de forma inmediata en el resto de sectores siendo el de la alimentación el que más lo nota. La agricultura, la pesca y el transporte son los más perjudicados y por ello han sido los primeros en plantarse y salir a la calle.
Aumento de precios y con ellos el IPC previsto, contención del gasto y con él congelación de sueldos para evitar el aumento de la inflación. Aumento del paro y pérdida de poder adquisitivo. Son algunas de las consecuencias de la crisis económica. Pero, por suerte, no es esta la situación actual. Porque, “crisis no hay, es sólo una significativa desaceleración”. Eso al menos es lo que dice el ministro de economía y posiblemente tenga razón. Porque, para crisis, la que viven en Birmania tras el paso del ciclón hace ya varias semanas. O la que viven los iraquíes desde que los Bush (padre, hijo y los que medran y se enriquecen con ellos), con el apoyo de Aznar y Blair los invadieron y arrastraron a una guerra que cinco años después nadie sabe cómo ni cuándo acabar. O la que padecen desde ni se sabe cuánto tiempo, los ciudadanos de países del tercer mundo. Crisis es lo que padecen tantos y tantos humanos, no importa de qué países ni condición, que viven bajo mínimos.
¿Se puede hablar de crisis en un país donde los bares, restaurantes, discotecas, centros comerciales y demás centros de ocio están a rebosar? ¿Donde el colapso circulatorio en las ciudades es algo normal? ¿Donde los fines de semana las autopistas, muchas de pago, están saturadas? Sí, hay crisis pero no es diferente a la que de forma permanente se ha establecido en los sectores sociales más desfavorecidos. Son ellos los que de verdad la sufre y no de forma circunstancial ahora, sino siempre. Es a ellos a los que un mínimo aumento del precio de los alimentos los perjudica. Por ello resulta paradójico que solamente hablemos de crisis, o desaceleración, cuando afecta a los que mejor viven.
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Los cancerberos de la oscuridad

Siguen empeñados en mantener a sus feligreses en la oscuridad de su mensaje apocalíptico. No les permiten ver la luz a no ser que sea la que ‘ellos’ defienden y sólo cuando estén muertos, ir al cielo lo llaman ‘ellos’. Pero mientras tanto, aquí en la tierra los condenan a vivir en pena, siempre arrepintiéndose de ser lo que son. Porque, como dicen ‘ellos’, son hijos del pecado. Porque pecado es follar, que hoy por hoy es la única manera de nacer, excepto claro, los que lo hacen mediante inseminación artificial, que para ‘ellos’ son aún más pecado por ser una forma aberrante de dar la vida.
Siguen emperrados en hacer la vida imposible, no sólo a los creyentes, también al resto de la humanidad. Se atreven a decir quiénes y cómo deben gobernar, quiénes pueden o no casarse, quiénes tener hijos y cómo educarlos, e incluso pretenden decirnos cuándo y cómo hemos de morir. Su egocentrismo es tal que han llegado a creerse que de verdad son los representantes de su dios en la tierra que, de existir, debe estar horrorizado contemplando, desde donde quieran que estén los dioses, lo que en su nombre hacen.
Una vez más, ‘ellos’ –los prelados más combativos del clero español– han lanzado sus dardos contra el gobierno socialista salido de las urnas. Pretendiendo deslegitimar lo que la mayoría de los españoles hemos legitimado con nuestro voto. Los monseñores Cañizares y Rouco no han escatimado verborrea manipuladora para, como vienen haciendo desde siempre, confundir a la gente. Frases tan demagogas como: “El gobierno siente una fuerte tentación de declarar la muerte de Dios” y “La Iglesia soporta insultos, ofensas y agravios, en un ambiente de falta de libertad religiosa y de grandes ataques” –esto último a raíz de una representación teatral por las calles de Toledo que indignó a Cañizares–, fueron proclamadas desde los pulpitos por estos dos cardenales durante la celebración del día del Corpus.
Pero, a pesar de los malos augurios de la jerarquía española, resulta gratificante oír las palabras de otro cardenal. Éste italiano y con más riqueza mental, que se atreve a decir al mismísimo Papa que la iglesia Católica debe reformarse. Mirarse menos el ombligo y ponerse al día en temas tan importantes como el celibato, la ordenación sacerdotal de mujeres, el uso del preservativo, la homosexualidad, el matrimonio entre personas del mismo sexo y, lo que mejor ilustra su clarividencia frente a las mentes obtusas y oscuras de los Cañizares, Roucos y demás purpurados, sus dudas sobre la existencia misma de Dios, sencillamente porque le costaba aceptar que ese dios hiciera “…sufrir a su Hijo en la Cruz”. El cardenal Carlo Maria Martini incluso ha elogiado a Lutero.
Cara y cruz de una Iglesia incapaz de adaptar su discurso a los tiempos actuales. Pero al mismo tiempo, muy capaz de acoger en su seno las últimas tendencias en moda. Luciendo un fondo de armario que para sí quisieran las modelos más prestigiosas. Un vistazo al despliegue de la indumentaria exhibida por el Papa en su última visita a EEUU da una idea de hasta que punto la máxima autoridad de la Iglesia Católica parece una “Fashion victim”. Zapatos de Prada, capelinas con cuello de piel, impolutas sotanas con abrigo a juego, lujosos báculos con piedras incrustadas, sortijas y cadenas de oro. Son muestras de una ostentación desenfrenada frente al mensaje de sacrificio, humildad y resignación, con el que pretenden reconfortar a los más desfavorecidos, como única posibilidad de alcanzar la vida eterna.
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El regreso de El Coyote, Roberto Alcázar y Pedrin

Quitadas las caretas como dije en el anterior artículo, los agitadores están consiguiendo su objetivo. El sumo sacerdote de la tergiversación informativa de El Mundo y su acólito más aventajado, el vocero mayor de La COPE, han puesto toda la carne en el asador para evitar que el PP dé un giro hacia el centro y la cordura. Estos dos personajes de opereta bufa no están dispuestos a que Rajoy deshaga lo que ellos, desde las ondas y la prensa, y unos cuantos más, desde dentro del partido, han fabricado en los últimos años. Esa especie de monstruo de las cavernas que sólo sabe bramar y dar zarpazos, en que han convertido al PP. Los intentos de Rajoy por dar a su partido un giro a posiciones más democráticas –sin pasarse, todo hay que decirlo– ha puesto en pie de guerra al sector más duro y reaccionario encabezado por Aznar y escoltado por plañideras y mamporreros más preocupados por mantener sus propios privilegios que por hacer un partido fuerte.
La decisión de Rajoy de dialogar más y acordar políticas comunes con el gobierno, ha hecho reaccionar al ya de por si reaccionario sector aznarista que no ha dudado en hacer salir a la palestra a su guardia pretoriana, no tanto para defender sus posiciones, sino más bien para cargar contra el que ya consideran su enemigo público número uno: el presidente del PP y candidato a seguir siéndolo, Mariano Rajoy.
Mayor Oreja, en su papel de máximo valedor de la doctrina aznariana, ha tomado cartas en el asunto haciendo que su pupila María San Gil abra la que ya es considerada, mayor crisis en el PP desde su creación. Ella, que viene perdiendo votos elecciones tras elecciones, no ha dudado en plantar cara a los cambios de su presidente y, aduciendo razones algo confusas, ha dicho que se va. Otro icono del sector aznarabiano, por ser la víctima de ETA que más tiempo estuvo secuestrada, el funcionario de prisiones Ortega Lara, también ha dicho que se va. La marcha de una y otro ha sido utilizada por los aznaristas para provocar la caída de Rajoy convocando concentraciones –mediante los ya famosos mensajes sms del pásalo– en apoyo de ambos ante la sede del partido. La estrategia sutilmente diseñada por el sumo sacerdote de El Mundo y su acólito de la Cope, tras el fracaso del PP en las últimas elecciones, sigue pues su andadura.