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Los juegos, juegos son hasta que dejan de serlo

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      Este relato lo escribí hace un tiempo, pero creo que es de plena actualidad visto lo sucedido en un instituto de Madrid.

 

     El juego dejó de serlo en el momento en que el adolescente cogió el cuchillo. De todos modos el relato de la historia tampoco aclara si fue él quien, con el arma en la mano, se acercó al adulto o fue éste el que, al verlo armado, decidió ir a por él. Pero podemos deducir, por lo explicado después por el propio interesado, que todo se desarrolló de forma confusa y demasiado rápida. El adulto, que era el único con autoridad para pararlo, se vio desbordado e incapaz de detener lo que a todas luces era una locura. Claro que según declararon testigos presenciales que vieron y oído lo acontecido, sólo se trataba de un juego.

     La delgada línea que separa la realidad de la ficción dificulta el establecimiento del momento exacto en que lo que hasta entonces no era más que un juego de niños se transforma en un dramático suceso. El desconocimiento que tienen, unos adolescentes demasiado protegidos y escasamente preparados para diferenciar realidad de ficción, de las consecuencias de jugar a unos hechos reales, acaecidos tiempo atrás en un entorno muy diferente al suyo. Hace que, llegado al punto de no retorno, el juego deje de serlo y se transforme en un macabro acto de violencia sin más objeto que el de traspasar los límites de lo permitido. Es de suponer que al intentar reproducir en un juego lo sucedido en otro tiempo y lugar, no supieron establecer las diferencias entre hacer y representar un acontecimiento. Y de la misma forma que cuando juegan a policías y ladrones disparan simulando con las manos una pistola y reproducen con las cuerdas vocales el sonido de los disparos, haciendo énfasis en éstos y convirtiendo en secundario y sin importancia la no existencia del arma. En este caso deberían haber hecho algo similar, sólo que resulta difícil imitar con la voz el silencioso penetrar en la carne de la hoja de un cuchillo afilado y por ello pretendieron dar más veracidad al juego utilizando al menos un arma real. Aunque, suponemos, sin intención de llegar al final. Pero, llegado a este punto cabe preguntarse: ¿Cuando y donde considera un niño que es el momento de parar el juego?

     Al margen de consideraciones morales a la hora de prejuzgar el acto del menor, hay que tener en cuenta la influencia en ese acto, que no olvidemos es un juego, de la inesperada intervención del adulto. Éste, al ver el cuchillo en manos del niño, presupone lo que en realidad no es y, en su intento por evitar lo que a todas luces parece un acto criminal, provoca, precisamente, que se materialice dicho acto. Porque, la aparición de un elemento perturbador en el escenario ficticio de unos adolescentes que juegan, quizá demasiado en serio, a matar; desencadena la imprevisible rabia de los jugadores al verse sorprendidos y no poder culminar con éxito el acto motivo del juego. La frustración provocada, los lleva a reorientar la trama del juego y, puesto que el adulto es la causa de esa frustración, desvían hacia él el objetivo último del mismo convirtiéndolo en victima.

     Tras varios avisos al menor para que deje el cuchillo y constatar que no le hace caso y que además, y esto fue lo que más le confundió, la hasta entonces supuesta víctima, se une al agresor incitándole a acabar con él, el adulto pasó a la defensiva; lo que enfureció aún más a los menores que, al detectar el miedo en el rostro del adulto, no dudaron en continuar con su acoso. Forzando así una situación que traspasaba todos los límites permitidos y transformaba un simple juego en una agresión en toda regla. 

     A la vista del resultado se constata que: Los adolescentes pusieron sus vidas en peligro por un estúpido juego. El adulto, con su inesperada aparición en el escenario de ese juego desencadenó un cambio brusco en el guión que casi le cuesta la vida. Unos y otro transformaron así lo que en un principio era un juego, no exento de riesgo, aunque a buen seguro que habría finalizado sin mayores consecuencias, en un intento de asesinato que se saldó con dos adolescentes y un adulto heridos.

  

     Lo preocupante, no obstante, no son las heridas recibidas por los implicados. Lo verdaderamente preocupante es que unos adolescentes de apariencia normal crucen la imaginaria raya que separa el “jugar a matar” del “querer matar” en apenas unos instantes y sin titubear.

 

 

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29/10/2009 23:57 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Indios, vaqueros y fantasmas en casa de Juan de Dios

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     El niño crea sus propios ídolos basándose en parámetros imprevisibles y no estandarizados. Los personajes que admira pueden incluso ser inadecuados a ojos de los adultos y aún así, esa admiración, convertirá al personaje en héroe, o, cuanto menos, en alguien especial, capaz de hacerle ver la vida de otra forma. La percepción de la realidad por parte de un niño es diferente, y libre de ataduras morales, a la de los adultos. Lo que le permite elegir sin cortapisas a los personajes que formarán parte de su propio universo. En mi memoria permanecen vivos aún personajes que de niño configuraron el mío. No son héroes, no al menos en el sentido estricto de la palabra, pero son personas reales, de carne y hueso que vivían en Padules, el pueblo donde nací, y que entonces y por diferentes motivos dejaron su huella en mí. Hoy quiero recordar a una de esas personas, una mujer que, a los amigos de sus hijos, nos hizo reír, llorar de risa y pasar miedo, un miedo ¡para troncharse de risa!

 

     El recuerdo que tengo de ella es de una mujer alegre y muy bromista. Su cara aparece desdibujada en mi memoria, con trazos inacabados que me impiden fijar su rostro, pero si viera una foto suya, seguro que sabría que era ella. Cuando el grupo de chiquillos íbamos a su casa a jugar siempre nos recibía con una sonrisa. Sabía que tarde o temprano subiríamos a la cámara y sería entonces cuando ella desplegaría sus dotes de actriz, porque, a la vista de unos mocosos como nosotros, Isabel era una consumada actriz. En la sala presidida por una enorme chimenea, una vez se entraba desde el recibidor que servía de improvisado almacén de la tienda, jugábamos a indios y vaqueros con el fuerte Apache de madera que tenía Juan de Dios, su hijo. Con las figuras de goma de “Indios y Vaqueros” recorríamos toda la casa, arrastrándonos por el suelo organizando persecuciones y guerras que ganaban unos u otros, eso nunca quedaba claro. Y entre risas y discusiones sobre si el vaquero había disparado primero o el indio lanzado la flecha antes, pasábamos la tarde.

  

     Atenta a nuestra algarabía, Isabel nos observaba y cada vez que pasaba junto a nosotros nos decía algo, nos gastaba una broma o nos daba un susto que era lo que más le divertía. Se reía de nosotros y con nosotros mientras esperaba el momento adecuado para entrar en acción. Era una estupenda anfitriona y se contagiaba de nuestra alegría. O, puede que fuese ella la que nos la transmitía, porque en el fondo quizá seguía siendo una niña. Le encantaba asustarnos y a nosotros ser asustados. Y, aunque sabíamos que era ella, siempre conseguía sorprendernos y asustarnos de verdad. Cuando menos lo esperábamos aparecía cubierta con una sabana haciéndo de fantasma y nosotros corríamos por el pasillo chillando y bajábamos la escalera hasta la calle acojonados de verdad. Otras veces aparecía disfrazada de vampiro, con dos dientes de ajo como afilados colmillos y la cara pintada y nosotros otra vez a correr, a chillar y después reír. Pero el susto no nos lo quitaba nadie. Así era, siempre alegre y haciendo bromas. Los momentos vividos en aquella casa, que era tienda y estanco, junto a los polos de La Casera de naranja y limón que hacía en la cubitera de la nevera con un palillo, quedaron fijados en mi memoria.

  

     Aquellos niños que corrían despavoridos escaleras abajo perseguidos por un fantasma desternillándose de risa, crecieron y dejaron de jugar a indios y vaqueros. Pero esos momentos, esas tardes de verano de juegos y risas en casa de Juan de Dios, permanecen agazapados en algún rincón de la memoria a la espera de, como hoy, ser recordados.

 

 

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26/10/2009 20:04 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Obama ¿Nobel de la paz?

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     Se me ocurren unas cuantas personas para el Nobel de la paz antes que el de Obama. De acuerdo, este presidente representa una corriente de opinión e incluso de acción más cercana a la paz mundial que a la guerra. Pero, teniendo en cuenta la que armó su predecesor en Irak con el inestimable consejo de su padre y de los energúmenos que le rodeaban empezando por su vicepresidente, tampoco le ha resultado muy difícil proyectar la imagen de pacificador, que por otra parte es cierta.

  

     Sin quitarle méritos considero que hay por el mundo personas y organizaciones que han hecho más por la paz que él. Las miles de victimas de, por ejemplo: la ocupación de Irak por los soldados americanos, los ataques indiscriminados del ejército israelí, y de los palestinos. Y ya que estamos en el conflicto palestino israelí, a esas personas de uno y otro lado que, al margen de los delirios de sus gobernantes, mantienen abierto el diálogo entre los dos bandos enfrentados y que sufren en sus propias carnes el desprecio de sus compatriotas. Y qué decir de los represaliados ciudadanos iraníes que desenmascararon unas elecciones manipuladas y obligaron, con sus protestas, a la jerarquía religiosa, verdaderos gestores del poder, mostrar públicamente su apoyo al presidente fraudulentamente elegido. O a los millones de ciudadanos que día tras día y en cualquier parte del mundo, se posicionan contra la guerra en cualquiera de sus versiones.

  

     En fin, sinceramente creo que se ha otorgado al presidente Obama más por su estela de diferente que por su capacidad conciliadora que, por cierto, hasta la fecha ha dado pocos frutos. No cuestiono que sea merecedor del Nobel, quizás pasado un tiempo y cuando se pueda constatar que realmente su mandato sirvió para imponer la paz y no la guerra, pero ahora no, todavía no. De hecho, y aunque sus intenciones sean acabar con ellos, siguen activos todos los frentes bélicos que su predecesor inició.

  

     Salvando las distancias ideológicas y sin ser tan escandaloso como aquel, me recuerda el dado a Kissinger en el año 1973 por los acuerdos de paz de la guerra de Vietnam que él mantuvo activa durante años y que sólo cuando el desastre era inevitable se avino a negociar su finalización.

 

     Como ha dicho el escritor británico Tom Sharpe en la presentación de su último libro en Barcelona: “Creo que Obama es bueno, pero que merezca el Nobel es otra cosa”.

  

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09/10/2009 18:37 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

El deseo

     El suyo era un deseo poco común pero, aun así, nada extraordinario. Desde el día que supo de su existencia tuvo claro que quería conseguirlo, que aquello debía ser suyo costase lo que costase y desde ese mismo instante inició su particular contienda para hacerse con aquella cosa, que entonces no tuvo muy claro qué era. No supo, ni sabrá nunca, explicar la sensación que recorrió su adolescente cuerpo cuando vio lo que vio. Pero tenía grabado en su memoria lo que fue su gran experiencia. «Lo más parecido a una subida a los cielos», ésta es, al menos, la explicación que dio y que, pasados los años, mantuvo porque no encontró otra que lo definiera mejor. Decía que aquel día su cuerpo, todo él sin excepción, fue objeto de una sacudida tan fuerte que sintió cómo sus órganos internos se movían de un lado a otro. El bello se le erizó y la piel se le estiró hasta quedar tensa como la del bombo de una orquesta que, aporreado por el percusionista, transformaba los latidos de su corazón en pesadas notas sincopadas que penetraban en su cerebro para, a continuación, explosionar como fuegos de artificio, provocándole miles de sensaciones nunca experimentadas. Por su espina dorsal corrió, primero de abajo arriba y después a la inversa, una enorme descarga eléctrica que le hizo tambalear. Su mente se expandió de tal forma que alcanzó a ver cosas que jamás había visto y que jamás volvería a ver. Sus pupilas se dilataron hasta el infinito y su visión alcanzó una panorámica casi completa del mundo. Sus oídos captaron sonidos que, en estado normal, son imposibles de oír. Unos, tan lejanos que nunca más los oyó. Otros, tan cercanos que, como los oyó entonces, no los volvería a oír jamás. La visión de aquello fue como salir al mundo, abandonar la capsula donde había estado desde que nació y empezar un nuevo y sorprendente recorrido por sendas desconocidas y por ello peligrosas. De pie ante aquella cosa se prometió que no descasaría hasta conseguir que fuera suya, aunque en ello tuviera que empeñar toda la vida. Deseó aquella cosa como nunca, ni antes ni después, había deseado alguna otra. Y su determinación a poseerla marcó su existencia que, dicho sea de paso, fue más bien intrascendente. La obcecación en conseguir su deseo le consumió toda su vida, no porque no pudiera conseguirlo o le resultara dificultoso, más  bien al contrario, sino porque era inalcanzable.

 

     Vivió sometido por un deseo y cuanto más hacía por alcanzarlo más se alejaba de él. Ignoraba que lograr lo que tanto deseaba convertía el objeto del deseo en algo vulgar y, el empeño en conseguirlo, en una quimera sin sentido que lo arrastraría a la perdición. Deseaba mantener vivo en él aquella primera vez y su persistencia porque así fuera le condujo irremediablemente a la nefasta adición. Aquel adolescente libre y feliz se convirtió, con el paso del tiempo, en un viejo prematuro adicto a la blanca sustancia que, una lejana mañana, le ofreció alguien que pasaba por allí. Sólo fueron unos años. Pero, viéndolo cuando lo encontraron tirado en el callejón, se diría que habían pasado cien. Murió joven, como muchos de sus contemporáneos, arrastrado por el deseo de algo imaginado y quizá empujado por algo que nadie supo ver.

  

     Los ochenta fueron la época, cualquier ciudad el escenario, la heroína el instrumento y la engañosa sensación de bienestar el deseo inalcanzado.

      

 

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30/09/2009 19:49 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Un romance ocasional

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     Cree estar en un sueño y sin embargo sabe que todo lo que ve es real. El color plomizo del horizonte envuelve el paisaje en un alo de misterio, transformando el atardecer en una especie de pintura impresionista en la que los objetos, plantas, aves y personas parecen estar allí para completar el irreal decorado de una tarde especial. La mujer, madura pero radiante como una joven enamorada, está de pie, apenas apoyada con sus delicadas manos sobre la barandilla de alabastro, inmóvil, mirando, con la desgana propia de la estación, aquel inverosímil panorama coloreado de ocre y plata que presagia tempestad. Piensa en las últimas horas vividas en aquel lugar. Y en ese pensar se entremezclan risas, caricias y perfúmense formando un conglomerado de vivencias a las que le será difícil renunciar. Y sin embargo sabe que eso ya es pasado y, como todo pasado, susceptible de ser olvidado. Aún así sigue aferrada a él, aspirando las últimas fragancias de un amor que la suave brisa aleja y después acerca con desconsiderada vehemencia, sin tener en cuenta que eso es todo lo que le queda de un romance inesperado y, quizá por ello, intenso. Un romance ocasional, en una tarde que amenaza tormenta en la que la lluvia, consciente de que los amantes deben apurar hasta el último sorbo de un amor fugaz, espera pacientemente que terminen para dejarse caer.

   

     En un lugar incierto. Desde la terraza de un bucólico hotelito de montaña, la mujer mira el horizonte mientras repasa mentalmente cada instante, cada caricia, cada beso vivido antes de que la tormenta le obligue a entrar de nuevo en la habitación donde le espera la ausencia de quien por unas horas ha sido, no el amante perfecto, pero sí el ideal para un romance, mas que veraniego, otoñal.

   

 

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27/07/2009 17:26 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Lo que pudo ser

     Aquel día fue diferente. No salió a pasear. Se quedó en casa, encerrado en sí mismo, pensando en lo que habría sido su vida si un lejano día de 30 años atrás hubiese hecho lo que, llevado por unos instantes de desbordante imaginación, pensó hacer. Pero sin embargo, pasada la euforia inicial, olvidó. Entonces volvió a la realidad, y la rutina de una vida como Dios manda se adueñó de él. Aquel día, de 30 años después, arrepentido y sumergido en la melancolía propia de quien no tiene nada que ofrecer, seguía pensando en lo que pudo ser y no fue.

  

 

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16/06/2009 22:51 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Lo que nunca hubiese querido tener que oír

     Nadie sabrá jamás lo que sintió cuando oyó las palabras del interlocutor. Nadie imaginará jamás lo que pensó mientras sus oídos acogían el monótono runruneo de una voz impersonal diciéndole lo que sucedía. Nadie será jamás conocedor de la angustia que sintió, de la sensación de impotencia que experimentó, y de la tristeza que le embargó cuando, finalizada la explicación, quedó muda y en silencio mirando, sin ver, la pared blanca de una habitación tan desoladora como desolada estaba ella. Aquel día fue el peor de su vida, aquel instante el más terrible, y aquella sensación la más extraña que jamás había tenido. No dijo nada, no preguntó nada, ni siquiera vio nada, y no sabe porqué, tampoco quiso escuchar más. Después de la noticia, siguió atenta la disertación de quien, a pesar de lo delicado de la situación, seguía hablando. Pero sus oídos no oían, se negaban a hacerlo, no quería oír nada más. Porque, después de lo sabido, nada importaba ya.

 

     Incrédula se decía para sí que no podía ser, que aquello no podía haber ocurrido, y sus ojos desprendían, sólo por unos instantes, la vivacidad de quien se niega a aceptar la realidad. Después, mirada de loca, semblante desquiciado, buscando desesperada la razón, el por qué, de tanta desolación. El silencio ensordecedor, callada la voz que, con respeto y suma delicadeza, le ha informado de lo acontecido, se clava en su cerebro perforándolo como un taladro e insensibilizando todo su ser. Paralizada ante la terrible noticia, se siente tan perdida, tan estúpidamente inutilizada, que rompe a llorar.

 

     Lagrimas limpias fluyen de unos ojos cansados. Cascada de perlas blandas resbalan por las mejillas hasta la comisura de unos labios resecos, apretados de rabia por el dolor de un corazón roto. Entre sollozos intenta articular unas palabras. Pero todo queda en eso, en un intento desesperado por saber más, cuando todo lo que hay que saber ya le ha sido dicho.

 

     La sala de un aeropuerto, la habitación de un hotel. Da igual donde ocurra, del mismo modo que no importa quién dé la noticia de la desaparición del avión. Lo que se comunica es lo importante, y a quien se comunica, claro. De ella, la persona a la que se le dice lo sucedido, nada sabemos. Entendemos, sin embargo, su dolor cuando oye lo que nunca hubiese querido tener que oír.

 

 

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04/06/2009 21:08 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

El hombre que seguía el PNT (Procedimiento Normalizado de Trabajo)

     El procedimiento que siguió aquel día fue el mismo que había seguido siempre. Por eso no entendió que las cosas no salieran como debían haber salido. El hombre, que ya había pasado el ecuador de su vida, si bien es cierto que en ese momento no sabía cuanto de larga sería y años después quedó demostrado que bastante longeva aunque no fructífera si entendemos como tal el dejar para la posteridad un legado digno de ser conservado e incluso enaltecido como algo singular. Vamos, que nuestro hombre simplemente fue uno más de entre los millones que en su época poblaron el planeta.

 

     Como decía, aquel hombre, que no era ni mejor ni peor que otros, pero sí consecuente con lo que le habían enseñado, quedó sorprendido al descubrir que lo que acababa de hacer no había dado el resultado esperado. Ante la evidencia de que algo había fallado, revisó el procedimiento escrito que guardaba como un tesoro en el cajón izquierdo de su banco de trabajo. Repasó las amarillentas páginas leyendo con suma atención cada uno de los pasos a seguir para hacer aquello que venía haciendo desde que un día ya lejano, y aún adolescente, entró a trabajar en aquella fábrica. Al sentir en sus dedos el tacto del papel sepia, gastado por el uso, recordó el día ya lejano en que el encargado, entonces demasiado mayor para él pero mucho más joven que él en ese momento, le explicó en que consistiría su cometido en aquel puesto y le entregó el librito recién salido de imprenta diciéndole: «Ten, aquí está descrito paso a paso todo lo que has de hacer. Léelo y apréndetelo, y consúltalo siempre que lo necesites. Guárdalo como si fuera parte de ti, porque en realidad así es. Este manual, desde este instante, eres tú. ¡No lo olvides!», y no lo olvidó. Como tampoco entendió qué quiso decir con lo de que el manual era él. Vivió toda su vida con aquel librito. Se lo sabía de memoria. Podía recitar su contenido de principio a fin sin saltarse una coma, un punto y coma o, un punto y seguido, o aparte. Tenía memorizado aquel texto como si hubiese nacido con él y sabía exactamente qué decía en cada una de sus cuarenta y siete páginas. Aún así, aquel día, muchos años después, algo debió pasar para que a pesar de haberlo seguido al pie de la letra las cosas salieran como salieron.

 

     No obtener los resultados que debía obtener, haciendo lo que debía hacer, que era lo que había hecho desde que empezó a trabajar, marcó el punto de inflexión en la vida de nuestro hombre. Tras revisar numerosas veces el procedimiento y no encontrar el paso en que, por las razones que fueran, podía haberse equivocado –porque en su mentalidad de obrero procedimentado tenía asumido que sólo él era responsable de los posibles fallos y merecedor de la consiguiente penalización– el hombre se sintió perdidamente aturdido. Una virulenta confusión se apoderó de él y lo que hasta entonces había sido incuestionable, se transformó, no ya en cuestionable, sino, y esto fue lo peor, en simple mentira. Después de pasar la mayor parte de su vida creyendo en un procedimiento, al que incluso había otorgado categoría de mandamiento de obligado cumplimiento, descubrió decepcionado que aquello, en realidad, era papel mojado. Que no pasaba de ser una norma escrita por alguien como él cincuenta años antes y que ni siquiera se había tomado la molestia de revisar y actualizar desde entonces.

 

     El hombre sintió que su vida se había basado en una simple y estúpida guía para hacer algo que, de hecho, a él en nada había beneficiado. Sí, era cierto que el hacer aquello que hacía le había servido para vivir, miserablemente, pero vivir al fin y al cabo. Pero, por el contrario, también había servido para que otros, que ni siquiera conocía, vivieran como dioses. Mientras él hacía aquello que se esperaba que hiciera, siguiendo estrictamente el manual de instrucciones, y procurando no dañar, más de lo necesario, el entorno en el que vivía –bastante dañado ya– los dueños y accionistas de aquel entramado empresarial se dedicaban a disfrutar de los únicos lugares aún vírgenes que quedaban en el planeta. Esquiaban en laderas cubiertas por nieve virgen durante el verano. Se bañaban en aguas cristalinas y calidas en pleno invierno. Navegaban por mares alejados donde los delfines saltaban haciendo cabriolas al paso de los barcos. Y descansaban de su ajetreada vida placentera en lujosos parajes alejados de sus fábricas.

 

     Aquel día, el hombre tuvo miedo al descubrir que ni siquiera su Procedimiento Normalizado de Trabajo, donde decía qué debía hacer, era de fiar.

 

 

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06/03/2009 17:55 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Zozobra de una ausencia anunciada

     Un escueto «NO ESTOY», escrito en rojo sobre un post-it amarillo enganchado en la pantalla del ordenador, informaba que el ocupante de aquella mesa, efectivamente, no estaba. Absurdo e innecesario aviso, pues no había nadie sentado ante la mesa. Por tanto, era evidente que quien debía estar allí, no estaba.

  

     El hombre que se había acercado a la mesa de su compañero para consultarle algo relacionado con unas facturas, no pareció demasiado contrariado al ver que no estaba. Reculó para volver a su sitio con la intención de intentarlo de nuevo pasado un rato. Pero, al girarse para desandar lo andado se percató del post-it, e intrigado, se acercó para ver qué había escrito en él. «¡Vaya!» –exclamó– «Que tontería, ya veo que no estás» –murmuró alejándose de allí–

 

     Sin embargo, lo que en un principio consideró una tontería, acabó convirtiéndose en una preocupación. Aquella nota hizo que algo habitual, como era ausentarse unos minutos de la mesa de trabajo, terminara siendo algo excepcional. El redundante aviso de no estar cuando no se estaba, creó en aquel oficinista una especie de zozobra que acabó por soliviantarlo. Sentado en su mesa, revisaba facturas, subrayaba importes y calculaba impuestos viendo en cada una de esas acciones el inquietante mensaje que su compañero había dejado escrito en un post-it. El hombre no podía concentrarse, en su mente revoloteaban, como abejorros desbocados, las palabras no y estoy impidiéndole hacer su trabajo. De oficinista diligente pasó a displicente en un abrir y cerrar de ojos.

 

     El novedoso anuncio de su ausencia, que su compañero había introducido en la rutina diaria, realzó el hastío con el que día a día el oficinista realizaba lo que a todas luces era un trabajo monótono, aburrido y sin pizca de aliciente. El saber por medio de un mensaje escrito que la persona, con la que apenas cruzaba unas palabras y siempre relacionadas con el trabajo, no estaba en su puesto, creó en el oficinista una especie de necesidad por saber más de él. De pronto, ante el escueto no estoy escrito en un post-it, fue consciente de que en aquella mesa, que apenas se distanciaba de la suya un par de metros, se sentaba y trabajaba cada día una persona a la que ni siquiera conocía. «¿Qué sé yo de él?» «¿Y él de mi?» –se preguntó–. La angustia ante el desconocimiento de algo tan elemental como, por ejemplo, si su compañero estaba casado, se apoderó de él creándole una congoja que le obligó a ir a por un vaso de agua.

  

    El oficinista, antes diligente y ahora displicente, bebió el agua con calma, a sorbos cortos, para alargar esos instantes de asueto que se había permitido ante una situación angustiosa. Sentado en un taburete en la sala de café, en la soledad de sus pensamientos revisó algunos momentos de su vida en aquella oficina donde hacía aquel trabajo, tan poco gratificante y nada imaginativo, desde que terminó la carrera de economía. Sabía, sin embargo, que su compañero ausente era, al igual que él, licenciado en económicas y que tenía un master en gestión empresarial por la más celebre escuela de negocios europea. Pero, a parte de eso, y su nombre, claro, desconocía todo sobre él. Y aquel maldito post-it lo había sumido en una depresión sin precedentes que incluso le llevó a cuestionarse qué demonios hacía él en aquella tétrica oficina. Claro que su compañero aún debía estar peor. Pues, aparte de ser más joven, tenía todo un master y total para qué, para llevar las cuentas de una insignificante inmobiliaria que, para más escarnio, tenía un futuro incierto debido a la crisis.

  

     Un escueto «Hola» dicho con desgana le sacó de su ensoñación. El oficinista alzó la vista y vio a su compañero ante la máquina del café. Le devolvió el saludo y aquel le dijo algo sobre el frío que hacia en la calle. «No he podido acabar el cigarrillo» –dijo frotándose las manos–. Después cogió el café y se fue. El oficinista siguió sentado en el taburete unos instantes más, el tiempo suficiente para que su mente, alterada por lo sucedido a raíz del post-it, reordenara la situación.

  

     Más tarde y con las facturas en la mano, el oficinista se acercó a la mesa de su compañero y una agradable sensación de bienestar le inundó al comprobar que estaba allí sentado. Miró la pantalla del ordenador y no pudo evitar esbozar una sonrisa al ver que el post-it amarillo que, con letras rojas, anunciaba que no estaba, había desaparecido.

  

 

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04/03/2009 18:55 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

El bien educado mal parado

     Lo vio de repente, como si apareciera de la nada, y no supo qué hacer. Ese no saber, le costó la vida.

  

     El cabreo que tenía era superlativo. Desde ese lugar indeterminado donde no se es, pero se puede ver todo lo que pasa, miraba una y otra vez la fatídica escena y cada visionado le ponía de más mal humor. Como si pulsara la tecla play de un reproductor de video una y otra vez, el impacto pasaba ante sus ojos y él seguía sin creer lo que le había sucedido. Rememoraba los fatídicos segundos en que cruzó una calle, intentando encontrar una explicación, y se esforzaba por ver donde estuvo el fallo, quien erró en aquel accidente tan estúpido que le hizo perder la vida. Pero su percepción de lo sucedido seguía sin aclararle nada. Nada supo en el momento del impacto y nada seguía sin saber ahora que ya poco importaba lo que hubiese sucedido. Sin embargo, su insistencia por saber, le impedía olvidarse de lo sucedido y dedicarse por entero a su nueva vida, o mejor dicho, no vida. Porque donde estaba, que por cierto desconocía qué era, lo que se dice vivir, no se vivía. Más bien se estaba, pero sin saber muy bien cómo ni para qué. Sumido en la brumosa no existencia, buscaba una explicación a lo absurdo de un instante en que, como dice el dicho, estaba en el lugar y momento equivocado. Le exasperaba no recordar lo acaecido o, al menos, no con la claridad necesaria para conocer qué le había matado. Y con la parsimonia que le caracterizaba en vida, repasó una vez más aquellos momentos. Pero, esta vez, retrocedió un poco más en el tiempo.

 

     Se vio caminando sin prisa por la acera derecha de una de las calles que, en aquel barrio, se cruzaban en vertical y horizontal formando una cuadrícula parecida a un tablero de ajedrez. Iba a cualquier sitio sin ir a ninguno en particular. Miraba aquí y allá, se paraba ante un escaparate y luego seguía su recorrido, como los otros transeúntes con los que se cruzaba. Al llegar a la esquina con una calle de bajada, dudó si seguir por ella o continuar por la que iba. Durante unos segundos estuvo parado pensando qué hacer y, como ocurría siempre que debía tomar una decisión, dudó entre una y otra opción. Buscó un motivo para cambiar de rumbo y otro para no hacerlo. Después, una vez encontrados, sopesó uno y otro para ver cual de los dos era más convincente. Y, para su sorpresa, se encontró con que ni uno ni otro eran lo suficiente como para tenerlos en cuenta, con lo que seguía estando en la misma situación de indecisión. Volvió a intentarlo de nuevo, pero su acusado sentido del ridículo jugó, una vez más, en su contra. El tiempo que llevaba parado en la esquina, demasiado para él, y que, a su entender, le hacía sospechoso de no se sabe qué, influyó de forma negativa en lo apresurado de su decisión. Cuando al fin reanudó el camino y fue a cruzar la calle que bajaba para continuar por la que iba, ocurrió lo que ocurrió.

 

     En este punto, el pobre hombre volvió a quedarse encallado, no conseguía ver con claridad cómo sucedió todo. Sin embargo, en esta ocasión la duda se apoderó de él. Sin saber cómo ni por qué, vislumbró un instante que hasta entonces no había visto, estaba parado al otro lado de la calle, mirando lo que quisiera que hubiese ocurrido en aquel cruce.

 

     –¡Claro! –exclamó al fin– El muerto no era yo. No fue a mí a quién atropelló… Bueno a mí también, pero quién murió fue él.

     –Él ¿Quién? –preguntó una voz ronca a su espalda–

     –¡Coño, San Pedro! –exclamó al girarse y ver ante él la figura de un venerable anciano de poblada barba blanca–

     –Sí, yo mismo. A quien te refieres con eso de que el que murió fue él.

     –Pues al que cruzaba la calle en sentido contrario a mí, ahora me acuerdo. Fue a él a quien atropelló la moto, yo conseguí llegar al otro lado, magullado, pero vivo.

     –¿Estás seguro?

     –Sí, claro. Mira tú mismo –dijo al barbudo anciano señalando el lugar del accidente–

     –Pues tienes razón. Pero… entonces ¿qué haces tú aquí?

     –No se…

     –Que extraño, nunca nos había pasado. ¿Qué ha podido fallar? –dijo el anciano barbudo pensativo–. En fin, –añadió más tarde– ya lo averiguaremos, ¡un mal día lo tiene cualquiera! –apostilló dando al recién llegado un empujoncito–. Anda hijo, pasa dentro que se hace tarde y hemos de hacer recuento. Que luego el jefe nos da la vara si falta alguien.

  

     Ahora lo recordaba todo. Lo que, desde el otro lado de la calle, vio de repente y sin saber de donde había surgido, era el espíritu del atropellado. Al que, llevado por su buena educación, preguntó si necesitaba algo. «Quiero ser tú» –respondió el espíritu–.  «Bueno» –dijo él–. Y ahora, estaba donde estaba.

  

 

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13/02/2009 01:24 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

El día de la inevitable marcha

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     Cuando oyó la puerta de la calle supo que todo había terminado. La marcha del otro sumió la casa en el aborrecido silencio que tanto odiaba. La quietud de la soledad cayó sobre él como la losa que sella la tumba. Después nada. La débil luz de la calle, filtrada a través del visillo, daba a la habitación un ambiente fantasmal donde su propia sombra tenía más vida que él. Sigiloso, se deslizó hasta la ventana, apartó la fina tela con desgana y miró a la calle. Lo vio allí, de pie, mirándolo un instante antes de entrar en el taxi. Después se largó. Sumido en la melancolía del abandonado se quedó un rato allí plantado, mirando la soledad de la calle a media noche, aspirando los últimos rastros de su perfume que era lo único que de él quedó en la habitación. Lo amó más que nada y sin embargo no fue capaz de retenerlo con él. Le dijo adiós en silencio, con el pesar de quien pierde para siempre lo que más le importa, sintiendo el sonido seco del resquebrajar de su corazón y secando, con rabia contenida, los ojos llorosos. Después, nada otra vez.

  

     Porque de nada estaba llena su vida. Una vida inodora, incolora e insípida. Tan previsible como anodina, donde lo más destacable eran las subidas y bajadas de ánimo que, como el dentado perfil de una sierra, mostraba los vaivenes puntuales a los que se veía sometido desde el día, ¡maldito día!, en que decidió… No, no lo decidió. ¡Lo aceptó sin más! Como el cordero acepta su destino camino del matadero, él aceptó ser como los demás y actuar como ellos, aún sabiendo que no era eso lo que deseaba. Sacrificó sus sueños en pos de una vida cómoda y segura y a cambio vivió con la frustración de no haber sido como quería. Y ahora, llegado el momento de recomponer lo poco que de aquella ilusión quedaba, se daba de bruces con la realidad y descubría que estaba haciendo con el otro lo mismo que antes hicieron con él.

 

     La voz sosegada de su esposa llegó a sus oídos devolviéndolo a la realidad. El suave runruneo de sus palabras, consolándolo por la repentina, que no inesperada, marcha del hijo, le sonó a nana cantada por su madre cuando era niño. Y al igual que entonces, esa noche fría, sintió el candor del aliento en su nuca que, abrazada a él, la mujer por la que dejó de hacer lo que hubiese querido hacer cuando tuvo tiempo de hacerlo, expulsaba de su boca con cada palabra dicha, siguiendo el compás de los latidos de su corazón.

 

     Un suspiro de resignación puso punto final a la desazón por la marcha del hijo, cuando ella le dijo al oído: «No te preocupes, sabrá salir adelante».

 

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04/02/2009 18:40 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

El abrazo de la Dama Blanca

     El niño, ya adolescente, reparó en el hombre sentado en el sillón y, por unos instantes, se lo quedó mirando como si viera un extraño. Intentaba comprender qué debía ser lo que le mantenía allí sentado, mirando, embobado y con sonrisa de idiota, las imágenes de la televisión. El niño, tuvo la extraña sensación de estar ante alguien ajeno a él, como si aquel hombre hubiese irrumpido en su vida sin previo aviso y ocupado aquel lugar en el salón de su casa como si le perteneciera. Desde su perspectiva de adolescente, lo observó detenidamente, repasando cada rasgo de su cara, buscando en él algo que le identificara. Quería comprender porqué, aquel hombre, estaba allí y qué le unía a él. Buscó, entre los pliegues de sus incipientes arrugas faciales, algo que le confirmara que ambos eran más que simples extraños conviviendo, por razones que en ese momento no alcanzaba a comprender, en un mismo lugar. El niño penetró, con su mirada escrutadora, en la mirada perdida del hombre sentado en el sillón, escudriñándolo para averiguar quién era en realidad. Y al penetrar en su interior, hizo resurgir dentro de él momentos y situaciones no olvidadas, pero sí aparcadas, como si el niño, ya adolescente, hubiera querido deshacerse de cosas, experiencias y retazos de vida que le causaban dolor.

 

     Los ojos vidriosos mostraron la desazón que, la visión del extraño hombre sentado en el sillón, provocó en el niño adolescente y, como si quisiera apartar de sí lo que le aturdía, giró la cabeza mirando hacia otro lado. La certeza, mediante el recuerdo, de que ambos tenían más en común de lo que él había supuesto al verlo allí, lo entristeció. El niño abandonó el salón sin volver a mirar al hombre. Prefirió no verlo otra vez, presintió que si lo hacía, no podría soportarlo y por ello lo ignoró. Su rostro compungido mostraba con suficiente claridad lo que sentía, o, como diría tiempo después, la enorme tristeza que lo embargaba.

 

     El recuerdo de un niño jugando con otro mayor que él era demasiado explícito como para olvidarlo. La sensación de protección que, ese otro niño mayor que él, ¡mucho mayor!, le daba, se transformó en vulnerabilidad el día en que dejó de jugar con él. Nunca comprendió por qué, un buen día, aquel niño mayor que él lo abandonó y ya no jugó con él. Por qué, de repente, dejó de llevarlo al parque y subir con él en los autos de choque, el tiovivo y la noria. Aquel niño, adolescente ya, no perdonó al hermano que un buen día se fue para nunca más volver. Y ahora, desde hacía un tiempo, veía allí sentado, en el sillón que fue de su padre, aquel hombre extraño que, con sonrisa idiotizada, no dejaba de mirar las imágenes mudas en una televisión sin voz. Los recuerdos de lo vivido con aquel hermano eran demasiado bonitos para aceptar sin más que aquel hombre extraño era todo lo que quedaba de él. No sabía el niño, ya adolescente, que todo se debió a un capricho del destino al hacer confluir, en un mismo instante, factores antagónicos que desencadenaron la tragedia. Y que todo lo que unos padres desesperados pudieron arrebatar, a los negros tentáculos que lo oprimían, fue un hijo en estado vegetativo. Aquel hermano que un día ya lejano, seducido por los cantos de sirena de sustancias desinhibidoras, lo dejó todo y a todos para dejarse arropar por el abrazo mortal de La Dama Blanca.

    

     El niño, ya hombre, mira al hombre, cada vez más niño, sentado en el sillón. Como cada día, lo observa unos instantes intentando averiguar qué pasa en su cabeza. La mirada fija en la televisión apagada muestra la inexpresión de quien vive la no vida. Una leve sonrisa, cuando le acaricia la cara, es todo lo que puede darle. El niño, ya hombre, se la devuelve cargada de amor.

 

 

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02/02/2009 20:22 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

La 'Faena' y 'SanAntón', retazos de la memoria

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     La uva era el centro de todo. Allí, la vida giraba en torno a ella. Las parras marcaban el ritmo. Nada sucedía sin su influjo. Cada estación tenía asignada tareas concretas para mantenerlas siempre a punto, dispuestas para producir los relucientes y azucarados racimos de granos verde intenso. Racimos de uvas cuidados desde su más tierna infancia, mimados durante meses, protegidos de las plagas, los pájaros, insectos y el mal tiempo. Alimentados, amamantados y acicalados para, un día de otoño, verlos en su plenitud y, llegado el momento, acariciándolos más que tocándolos, cortarlos con cuidado de no quitar la pátina aterciopelada que los cubría dándoles ese toque final de doradas perlas gigantes. Perlas de Las Viñuelas, Las Mesetas, El Río, Los Peñones, El Tejar, El Barranco los Arcos, La Boliñeba, La Vega Baja, Las Lomillas y tantos otros lugares donde paratos y bancales resplandecían de verdes pámpanos, protegiéndolas del implacable sol del verano y las primeras lluvias del otoño.

  

     Hablo de Padules –¡de quién si no!– y de su uva de mesa, conocida como uva del barco porque en barcos se transportaba. Envasada en barriles, sutilmente colocada entre serrín de corcho por las manos expertas de la barrileras. O en cajas, empapeladas con papel de seda por inocentes niñas en la pubertad, delicadamente puestas racimo contra racimo. ¡Se exportaban a todo el mundo! Barcos rusos e ingleses cargados con el preciado tesoro partían del puerto de Almería a los confines de la tierra, mientras allí, a las puertas de la Alpujarra, los paulencos seguían cuidando y mimando, acabada la faena, las parras vacías, los pámpanos secos y los sarmientos desnudos, porque el invierno aparecía portando el aire frío de la sierra tras el cerro del Almirez. Era la hora de podar las parras y recoger los sarmientos que, en gavillas, se almacenaban en las casas para alimentar el fuego de la lumbre. Fuego que calentaba y también asaba entre sus ascuas la morcilla recién hecha, el tocino aún tierno, el bacalao, las cebollas y los ajos para acompañar las migas de invierno. ¡Que cenas de tocino asado cortado con la navaja sobre la corteza de pan! La familia sentada ante la chimenea, oyendo el viento, la lluvia y, la mayoría de las veces, a la luz del candil. ¿Quién necesitaba entonces la televisión?

  

     Y en enero, ¡SanAntón! –todo junto, como se decía entonces– La fiesta mayor, el patrón, los chiscos –hogueras en el resto del mundo–, el castillo de fuegos artificiales, los cohetes, la banda de música, el baile de tarde, y el de la noche también, amenizado por Los Pjaecas –¿se escribía así?–, conjunto local, ¡nuestro conjunto musical! Las mujeres con sus vestidos y los hombres con sus trajes, todos de estreno. La uva lo permitía, aunque los últimos años ya no. Los niños en pantalón corto, sus zapatos gorila y calcetines altos, ¡en SanAntón tocaba estrenar! La procesión, con los coheteros delante, tirando cohetes, anunciando al santo, a San Antonio Abad acompañado de San Ramón, los dos en andas sobre los hombros de los mocicos. Las mujeres en dos filas custodiándolos, con las velas “que se apaga, vuélvela a encender”. Las autoridades tras el santo. El cura, con sus monaguillos, primero –¡cómo no!–.  El alcalde, concejales y guardia civil, detrás. Tras ellos la banda musical y, al final, los hombres, en mogollón, hablando de sus cosas. Desde el púlpito, el sermón. Siempre, año tras año, sobre la vida del santo. “¡Qué bueno es este D. Antonio!” –el cura, el de Canjayar– y “¡cómo habla!”, susurraban las mujeres, cabeza cubierta con el velo negro y los ojos empapados en lágrimas. Y el coro de beatas cantando los aleluyas al santo patrón. El turronero, la tómbola, la caseta de tiro y, a veces, no siempre, los caballitos. Y en las casas mantecaos, soplillos, roscos, torta, salchichones, chorizos, longanizas, morcilla y jamones, fritailla de conejo, arroz con pollo, costillas y lomo de cerdo en adobo, mistela, zurrache y, colgados de las vigas del techo, los racimos de uva viendo pasar el tiempo y con él convirtiéndose en pasas.

  

     Eran las mejores fiestas, no ya de la comarca, sino del mundo. Porque así nos parecía a nosotros, ¿no es suficiente razón? 

  

     “¡Y no te olvides de la marranica!”. ¡¿Cómo podría olvidarme?! Si la Marranica de SanAntón era toda una institución. Vivía en las calles del pueblo alimentada por todos los vecinos, la comisión de fiestas la compraba siendo chica para sortearla antes de la fiesta, a tanto el número, para sufragar los gastos.

 

     ¡Es lo que tiene ser paulenco, que, estés donde estés, el 17 de enero te acuerdas de SanAntón!

  

 

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15/01/2009 18:39 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Un maletín negro con música dentro

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     Hoy quiero hablar de mi primer tocadiscos. Era un maletín negro, como los utilizados por los ejecutivos, con el plato giratorio ocupando las dos terceras partes de la izquierda y un altavoz de caja de madera extraíble con la mejor sonoridad del mundo colocado en el hueco que quedaba a la derecha. No era estéreo, pero como si lo fuera. Lo compré con el primer dinero que cobré, no de mi primer sueldo porque aún no trabajaba, sino de la beca de estudios del curso 71-72 en la Escuela de Formación de Almería donde estudiaba. Institución Sindical de Formación Profesional Francisco Franco era su rimbombante nombre, rebautizado por la chanza popular como Escuela de Información por aquello de que, más que formar, informaba.

 

     Con la compra de aquel tocadiscos inicié, sin ser consciente de ello, la ruptura con la autoridad paterna. La decisión de comprarlo con el dinero sobrante de la beca –no recuerdo la cantidad– la tomé unilateralmente y sin consulta previa a mis padres porque sabía que se opondrían, y con razón. Aquello me costó la inevitable bronca de mi padre cuando les expliqué que, en realidad, aquel maletín de ejecutivo con el que me presenté en el pueblo, finalizado el curso, era un tocadiscos. Pero, las broncas pasaron y el tocadiscos siguió su andadura, haciendo aquello para lo que había sido construido: reproducir música. Con él pude al fin escuchar los pocos discos que había ido comprando, los menos, y sustrayendo de los bien surtidos expositores del Simago en el Paseo de Almería, los más. El plan que seguíamos para hacernos con los discos era simple, nos situábamos dos o tres amigos ante el expositor y buscábamos los discos que queríamos. Los mas atrevidos se los escondían bajo el jersey o la chaqueta, los otros simplemente los cambiábamos a una funda de los que estaban en oferta y así nos salían a mitad de precio, pues las cajeras sólo miraban la etiqueta del precio pegada en la funda y no comprobaban el disco que iba dentro. Eso acabó el día en que, a la salida, el vigilante enganchó al que los llevaba bajo el jersey.

 

     Poco después abrieron La Sirena en la calle de Las Tiendas. Nada que ver con los congelados que por aquel entonces ni existían. Era la tienda de moda, ropa joven, complementos y música, las últimas novedades. De allí compré mis primeros LP’s: Abraxas de Santana, The Slider de T. Rex y Something to Say de Joe Cocker. Éste fue todo un descubrimiento para mí, oír St. James infirmary con la potente voz del mejor cantante blanco de blues arropada por las desgarradoras voces negras de los coros que le acompañaban, me deslumbró y guió hacia el blues y la música negra. Ese mismo año, o el siguiente, descubrí el sonido Motown con Papa Was a Rollin Stone de The Temptations y Talking Book de Stevie Wonder. El sonido Atlantic con Arthur Conley. Y, como no, el nuevo John Lennon con su Shaved Fish e Imagine. También, y por extraño que parezca, compré mi primer disco de música clásica, Concierto para Piano y Orquesta de Tchaikovsky. Estos y otros discos sonaban en mi tocadiscos conformando la banda sonora de mi vida. Con ellos amenizamos algunos de los bailes de tarde de domingo que organizábamos en el piso del tío Emilio, el americano, donde viví, con otros dos primos, los dos últimos cursos. Bailes a los que invitamos, con claras intenciones de darnos el lote con ellas, a las dos criadas de la casa a cuyo jardín daba el piso. Vinieron dos domingos y en ninguno de ellos conseguimos pasar del roce mientras bailábamos. No recuerdo si dejamos de invitarlas o ellas dejaron de venir, más bien creo que fue lo segundo.

 

     Después, finalizados los estudios, ¡Barcelona!, y el tocadiscos conmigo, ¡faltaría más! Con él descubrí a los grandes de la música y realicé emocionantes viajes a mundos imaginarios al son de Pink Floyd, Traffic, Lou Reed, Janis Joplin, Cream, Led Zeppelin, Pau Riba, Sisa, Lluis Llach, Lole y Manuel, Bob Dylan, Jefferson Airplane, Manfred Mann, Eric Clapton, Aretha Franklin, Ian Dury, The Who, Soft Machine, King Crimson, Frank Zappa, Simon & Garfunkel, Wagner, Beethoven y muchos más. En el 78 lo sustituí por un equipo estéreo Vieta y el viejo tocadiscos lo pasé a un amigo, Paco se llamaba, y digo se llamaba porque no he vuelto a saber de él.

 

     Mi primer tocadiscos me acompañó en unos años vitales para mí. Me ayudó a descubrir, a través de la música, otros mundos y lugares donde había personas con historias similares a la mía. Me proporcionó momentos felices y ayudó a superar momentos amargos. Desde el piso del tío Emilio en Almería hasta el 19 de la calle Cadena en el Barrio Chino de Barcelona, hoy convertida en La Rambla del Raval, pasaron unos años decisivos a los que aquel maletín negro puso una banda sonora inolvidable.

  

 

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13/01/2009 19:32 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Maravillas en el Congreso de los Diputados

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     ¡Una monja en el Congreso! Y no de visita, sino para siempre y sin haber sido elegida en unas elecciones. Entonces cabe preguntarse ¿cómo ha llegado? y ¿para qué? Bien, llegar lo que se dice llegar, aún no ha llegado, lo hará en un futuro más o menos próximo, cuando corresponda y se habilite el lugar donde debe permanecer. ¿Cómo? Pues en forma de placa conmemorativa, porque de eso se trata después de todo, de colocar una simple placa en la que, aparte de su nombre y condición, aparezca el motivo tan elevado para merecer tal mérito. Mérito, por cierto, que hasta ahora sólo tienen el Rey, por serlo, y Clara Campoamor, como defensora del derecho de la mujer al voto. La duda que se cierne sobre los méritos que la monja de marras, perseguida durante la guerra civil, muerta en 1974 rodeada de sus fieles, y canonizada por el Papa en 2003, pueda aportar para merecer el alto honor de estar en la Camara, son, cuanto menos, dudosos. Al parecer, lo que se dice méritos relacionados con la democracia, no aporta ninguno, mas bien al contrario. La única razón aducida por el vicepresidente segundo del Congreso, diputado por el PP y miembro del Opus Dei, Jorge Fernández Díaz autor de la propuesta, es que la monja nació en un edificio que ahora forma parte de las dependencias del Congreso. Entonces, me pregunto yo, ¿por qué no poner una placa a la portera o portero de ese mismo edificio, o a los demás ciudadanos/ciudadanas que nacieron en él? ¿No tienen el mismo derecho? ¿O es que ellos y ellas no fueron perseguidos por las hordas rojas durante la guerra civil? O, acaso, ¿Al no ser santos por la gracia del Papa de Roma no tienen derecho?

 

     La propuesta, peculiar donde las haya, ha sido aceptada de inmediato por el presidente católico socialista del Congreso Sr. Bono, que no sólo la da por buena, sino que, además, la aplaude. En cambio, sus compañeros de partido e ideología, no comparten el entusiasmo ni ocultan su irritación por lo que consideran una ofensa para las otras miles de personas que también fueron víctimas de la persecución y siguen esperando su reconocimiento. Así pues, a partir de ahora, cuando los escolares visiten la casa del pueblo, porque eso es el Congreso de los Diputados, verán la plaquita de la monjita y escucharán expectantes a sus maestros cómo intentan explicarles qué aportó señora tan singular a la democracia para estar allí.

 

     Y por aquello de: Una de cal y otra de arena. La siguiente placa que el Sr. Bono debería añadir a la colección, podría ser en  honor de, pongamos por caso, la Sra. Rius, conocida y reconocida madame de Barcelona, que de santa no tiene nada, pero que, en su larga vida “dedicada a los hombres”, según propia definición, ha hecho más por la democracia que la monja María Maravillas de Jesús Pidal y Chico de Guzmán, beata, santa y, ahora también, homenajeada especial en el Congreso.

 

 

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14/11/2008 18:13 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Son cosas que pasan

    

     Vio lo que vio porque era incapaz de ver otra cosa. Cuando supo lo que supo, su vista se nubló, como cuando, después de tenerlos un rato cerrados, abres los ojos y la luz te deslumbra, pues así. Y en ese estado de indefinida nebulosa perdió la orientación. Es fácil perderla cuando te dicen que tienes los días, u horas, contados, que prácticamente has llegado al final y que todo lo que ocurra a partir de ahí es un regalo, un extra al que de entrada no tienes derecho, pero que, el supremo, en su infinita bondad, te permite seguir en tu puesto al menos un rato más. Es lo que tiene ser un simple empleado, que cuando no les sirves te tiran fuera, te destierran del cargo y ahí te apañes en la cola del paro.

     Como decía, vio lo que vio porque sus ojos, obnubilados, no le permitieron ver lo que se acercaba. Ya se sabe, uno va pensando en sus cosas, dando vueltas a los problemas que tiene en la cabeza, buscando una explicación, mas que una solución, y claro, pasa lo que pasa. Y luego todo son lamentos y… Si hubiera hecho esto, o aquello otro, o si en vez de… hubiese… En fin, un sin fin de quizases, tal veses y a lo mejores, que no llevan a ninguna parte, que sólo sirven para dar respuesta a nuestras propias quejas, intentos desesperados de justificar lo injustificable, lamentos inútiles ante la evidencia de que lo sucedido se podía haber evitado.

  

     Cosas que pasan sin que nadie pueda evitarlo. ¿Y qué podía hacer, el pobre, con lo que le acababa de pasar? Claro, en ese estado, la cabeza no está para pensar. ¡Y con lo bueno que era! Ya lo puedes decir, ¡más bueno que el pan!, que ya es decir. Pues sí, lo decimos y corroboramos –todas a coro–.

  

     Era, ese es el tiempo del verbo Ser utilizado. Porque en ese momento ya no es, de eso ya se encargan las cotillas del barrio que rápidamente acuden al lugar del hecho y no pierden el tiempo en hacer su propia interpretación de lo sucedido, de lo que saben, y de lo que no, pues se lo inventa, ¡buenas son ellas!

  

     Claro que sí, y al que no le guste pues que no oiga, ¡faltaría más!

 

     Sus ojos semi llorosos emborronaron la visión y, aturdido por lo inesperado de su nueva situación…

  

     ¡El pobre!, con la cabeza ida, embotada de preocupación, no supo, porque tampoco pudo, evitar lo peor. Sí lo peor de lo peor, porque ¿hay algo peor que saber que ya se te acabó? Sí claro, acabarse de verdad, pero el regomello que uno lleva dentro, el comecome que te va minando el cerebro y la voluntad, eso sí es lo peor de lo peor. Porque cuando se acaba, cuando ya todo finaliza, uno no siente nada y nada importa ya. Pero, mientras tanto, hasta que ese momento llega, es un sin vivir y eso era para él esta trágica mañana de otoño en que, derruido como las ruinas griegas del Partenón –se dice así ¿verdad?–. Sí. Pues eso, que abandonó el trabajo solo, con una mano delante y otra detrás, salió ofuscado, sintiéndose inútil, como un desecho y pensando en sus cosas, porque pensar, lo que se dice pensar, pensaba. ¡Y cómo pensaba! Ya te digo yo que lo conocía muy bien. Pues no pensaba nada el hombre, que hasta para ir al cine dedicaba su buen rato en pensar a cual de los dos cines del barrio quería ir. Pues eso, que pensando, pensando, ¡zas! el porvenir se le cruzó y ahí mismo, como quien no quiere la cosa, terminó de pensar. Y sus preocupaciones, que no eran pocas, también terminaron. ¡También! –sentencian todas a la vez–. Tenía que ser el trece, fíjate tú que casualidad. O no, ves a saber, porque estas cosas, nunca se sabe. Parecen casualidades pero en el fondo es el destino. ¿Quieres decir? ¡Y tanto!, lo que yo te diga, pues bueno es el tipejo ese del destino, que no atiende a razones, vamos, que puedes decir lo que quieras que él, ¡hala!, a cumplir con él mismo, por decirlo de alguna manera, claro. Pues que cabrón el tal destino. No, si después de todo, tampoco es suya toda la culpa… porque fíjate tú, ¿qué necesidad tenía el pobre hombre de cruzar la calle de esa forma? Y sin mirar, con el tráfico que hay. Es que el pobre iba ofuscado. Si, eso ya los hemos dicho. ¿Ah sí?, pues no me había dado cuanta yo, fíjate. No, si darte cuenta tú, la verdad es que mas bien poca. ¿Qué quieres decir? Nada, nada que eso, en fin… Que eres mas bien corta, eso te quiere decir. ¡Hala, la otra!, tampoco te callas nada. Para qué, si ya nos conocemos. Bueno, en lo que estábamos, que parecemos como esas de la tele que se van de una cosa a otra sin ton ni son. Pues como decía, fíjate que mala pata que haya sido el trece el que se lo ha llevado por delante. Pues si que es mala pata, sí. ¡El pobre! Y con lo supersticioso que era.

 

     Al cruzar la calle, no vio lo que tenía que ver, que era el bus numero trece, porque su vista sólo podía ver la oscuridad de un futuro incierto. Lo acababan de despedir de su trabajo y eso, en época de crisis, es lo peor que puede pasar. Claro que a él, además, lo atropelló un autobús. Sin grandes consecuencias, la verdad. Porque total sólo se llevó un susto. Aunque, si hacemos caso a las cotillas del barrio, el pobre hombre está mas “pallá” que “pacá”.

    

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11/11/2008 18:37 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Y al final sólo vendían humo

     –¿Quién es? –preguntó la mujer al hombre sentado a su derecha–

     –Dicen que el salvador –respondió con desgana el hombre–

 

     La mujer, algo confusa, echó una ojeada recelosa al hombre. Él ni siquiera giró la cabeza para verla, siguió absorto mirando al orador, escuchando su discurso. O, puede que no escuchara, que estuviera imbuido en sus cosas, pensando en sus preocupaciones, ¡ves a saber!

     Ella, la mujer, volvió su atención al que desde la tarima seguía desgranando, con voz pausada y envolvente, su alocución. Exponiendo claramente a los presentes su pensamiento, intentando, con zalamería y buena educación, convencerlos de las bondades de su doctrina.

     El orador, un hombre de mediana edad, bien vestido y aseado, dijo ser un importante representante de no se sabe muy bien que organización. Había llegado unas horas antes en una furgoneta negra de cristales oscuros, rodeado de un pequeño séquito de jóvenes pulcramente alicatados, simpáticos y, al igual que él, educados. En un santiamén descargaron el camión que formaba parte de la comitiva, montaron la tarima, colocaron las sillas plegables y recorrieron las calles del pueblo convocando con megáfonos a todos sus habitantes. Les prometían un bonito obsequio sólo por asistir al acto.

     La mujer, que seguía escuchando el discurso sin entender gran cosa, desvió la mirada a su izquierda, tocó el brazo de quien estaba sentado junto a ella para llamar su atención, y le preguntó:

 

     –¿Pero éste, qué quiere?

     –Nuestra alma –respondió la persona sin mirarla–

     –¿Para qué?  –volvió a preguntar la mujer–

     –Para que seamos felices –respondió, mirándola fijamente esta vez–

 

     La mujer sintió un escalofrío y, asustada, prestó nuevamente atención al charlatán que, en ese instante, se despedía dando las gracias a los asistentes. 

     La tarima fue desmontada, las sillas recogidas y todo rápidamente cargado en el camión por los jóvenes pulcramente alicatados y simpáticos. La furgoneta negra de cristales oscuros se puso en marcha y el camión la siguió abandonando el pueblo por donde habían llegado.

     Sola en la plaza, la mujer, los vio marchar como había visto antes a tantos otros hacer lo mismo. Apretó sus brazos cruzados sobre el regazo y preguntó al aire:

 

     –¿Y éstos, qué vendían?      

     –¡Humo mujer! Sólo eso, como todos –oyó la mujer decir a alguien, sin ver a nadie–.

 

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10/11/2008 18:55 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

El café (caliente) hace amigos

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     Ahora resulta que nuestra percepción de los demás depende, no de nuestra objetiva e imparcial observación de su comportamiento, sino de lo caliente o frío que esté el café que nos estemos tomando o de la calidez del objeto que estemos manoseando en ese momento. Nuestra generosidad para considerar al otro simpático y agradable, o, por el contrario, cínico e indeseable, no depende tanto de nosotros mismos como del frío o calor del entorno en el que nos encontremos. Así, es de suponer que, en el Sahara todos nos parecerán simpáticos y agradables, mientras que en el Polo Norte serán antipáticos y desagradables.

  

     Al menos, esas son las conclusiones de un ensayo realizado en la Universidad de Yale, según el cual: “Los efectos de la temperatura física influyen en nuestro comportamiento”. “La sensación de calor hace que juzguemos a los demás de forma más favorable y que actuemos de forma más generosa y confiada”. (La Vanguardia 29/10/2008)

 

     Esto explicaría, por ejemplo, por que confiamos más en nuestros amigos cuando tomamos un café que cuando vamos de copas por la noche. Tener en la mano un vaso de gin-tonic, con más cubitos de hielo que ginebra, nos convierte en desconfiados y por consiguiente los vemos como unos botarates que sólo saben pegar la murga y, sobre todo, fastidiarnos el ligue –con lo que nos costó lanzarnos–. Sin embargo, cuando a la mañana siguiente compartimos con ellos un café con leche calentito, entre resaca y lamentos por lo mal que nos fue con los ligues, nos parecen unas personas adorables que incluso nos llevaríamos a casa.

 

     Pero, como toda regla, ésta también tiene su excepción. Ocurre que hay personas a las que vemos igual tomemos un café caliente o un vaso de horchata bien fría, toquemos un agradable oso de peluche o un paquete de espinacas congeladas. Son personas a las que no hay forma de verlas con simpatía, ni de ser generosos con ellas, y, mucho menos, confiar en ellas. Son personas que, como las de la fotografía de las Azores, sólo con verlas nos predisponen en su contra –y no por nuestra percepción, sino por su actitud–.

  

     Con éstos, el experimento hace aguas por todas partes. Claro que, ¡igual los de Yale no sabían que existían!

 

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01/11/2008 01:08 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

En peligro de extinción

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     Era así porque así se hizo. Ni mejor ni peor, simplemente era, y eso le bastaba. En el escalafón profesional, más allá del puesto que ya ocupaba, que era más bien bajo, no tenía aspiraciones. Tenía poco porque poco necesitaba, se conformaba con lo que había y en contadas ocasiones necesitaba más. Cuando eso ocurría, buscaba y siempre encontraba la forma de conseguirlo sin molestar a nadie, sin perjudicar a sus semejantes y sin que apenas se notara. Era humilde en sus acciones, en sus juicios y en sus intervenciones, y sentía un gran pesar cuando creía que algo, dicho o hecho por él, podía sentar mal al contrincante. No tenía enemigos, tampoco amigos, por eso era respetado por todos. Leía mucho y hablaba poco, pero cuando lo hacía, todos callaban y escuchaban. Era, por decirlo de alguna manera, como el oráculo. De mente preclara, su intelecto superaba con creces la media, pero no por ello se consideraba superior. Sabía que ser más inteligente le proporcionaba ciertas ventajas sobre los demás, pero su humildad le impedía utilizarla en beneficio propio. No era ambicioso, como tampoco era malicioso, lo que por otra parte le creaba algún que otro quebradero de cabeza. Sus juicios y opiniones siempre eran escuchados, analizados y tenidos en cuenta. Procuraba darlos con educación, resaltando siempre lo bueno y relativizando lo malo. Pero no por ello lo ocultaba o minimizaba, sino que, más bien, lo enfatizaba dándole la importancia justa. En ocasiones, su claridad y franqueza en asuntos delicados le proporcionaba reproches, malas caras y respuestas airadas de sus interlocutores, que él siempre consideraba reacciones sin importancia, producto de la dificultad del tema que trataban. Nunca decía una más alta que otra, procuraba mantener la calma, incluso, ante situaciones de extrema gravedad.

  

     Así era porque así se había hecho y así quería seguir siendo. Aunque los tiempos en los que le había tocado vivir no fueran los más propicios para ser como era él, una especie en peligro de extinción.

   

 

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10/10/2008 17:37 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Tráfico de enfermedades

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     A veces no paraba de mover las piernas. Su mujer, con aquel punto sarcástico del que en ocasiones hacía gala, le preguntaba si estaba cosiendo a máquina y él respondía que tenía azogue. Así lo llamaban sus padres antes que él y sus abuelos antes que ellos. Azogue, un nombre extraño para una situación extraña. “¿Por qué tendré esa necesidad de mover los pies?”, se preguntó alguna vez. “Eso son nervios”, respondía quien le oía. Eso era todo, no había más, y de ahí no pasaba la cosa. Vivía con ello como lo hacía con todo lo demás y cuando a veces no podía dormir, se levantaba, se duchaba los pies con agua fría y todo pasaba.

  

     Un día, mientras esperaba su turno en la farmacia, se enteró que estaba enfermo. Se quedó de piedra, el sudor afloró en sus sienes al mismo tiempo que era presa de un desmesurado ahogo. Sintió un tremendo malestar al descubrir la gravedad de su situación, como un mareo que estuvo a punto de hacerlo desfallecer. La dependienta se dio cuenta y le preguntó. Él ni respondió. Entonces llamó al farmacéutico, que resultó ser una farmacéutica, y ésta le hizo pasar a la rebotica para que se sentara. Le tomó la tensión y asustada, la mujer le dio una pastilla. “Tenga póngasela debajo de la lengua y deje que se deshaga, y tranquilícese, ha tenido una subida de tensión”, le dijo.

 

     En su mano cerrada aún tenía el folleto arrugado que acababa de leer. Lo había cogido del mostrador donde una variada colección de ellos hacía propaganda, más que informar, de diferentes productos farmacéuticos y sus fabricantes. El pobre hombre cogió aquel como podía haber cogido otro, pero, por designios del destino, su mano cogió el que hablaba de un medicamento para curar una enfermedad que afectaba al 20% de la población conocida como Síndrome de la Piernas Inquietas, y él era uno de ellos, pues los síntomas que allí se describían los padecía desde que tenía memoria. Era lo que él llamaba azogue, y antes que él sus padres, y antes que ellos sus abuelos. Todos habían padecido esa ‘enfermedad’ por lo que sin duda, pensó, era congénita y, posiblemente, se la había traspasado a sus hijos. Ese pensamiento le destrozó. Al pobre hombre casi le cuesta la vida leer una simple propaganda de un medicamento que, supuestamente, era para curar su supuesta enfermedad.

  

     Todo quedó en un susto y, aunque desde ese instante el nombre de esa enfermedad inexistente le quedó grabado en la mente, él siguió ‘cosiendo a máquina’, como decía su mujer, y duchándose los pies en agua fría.

  

     Poco tiempo después la prensa publicó un reportaje sobre la creación de dolencias y sus remedios en el que precisamente se hablaba de lo que él, y sus padres antes que él, y sus abuelos antes que ellos, llamaban azogue. Allí leyó, para su tranquilidad, que: “Los traficantes de enfermedades se especializan en crear necesidades sanitarias a población sana”.

  

 

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09/10/2008 18:34 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Citizen Vicente

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     Tras casi tres meses de vacaciones, el niño Vicente se sentía algo hastiado de vaguear y gamberrear con los amigos. Primero en la ciudad, después en el pueblo donde los abuelos lo trataban a cuerpo de rey, más tarde en la playa y, por último, de nuevo en la ciudad. Como cada curso, estaba ansioso por volver al instituto y reencontrarse con amigos y compañeros, contar sus vacaciones y, junto con ellos, reírse de todo lo reible. Pero este curso tenía un aliciente nuevo. Algo de lo que había oído hablar reiteradamente durante el verano y que, según sus expectativas, elevaría a categoría de sublime algo tan antiguo como la enseñanza. Porque de eso se trataba, del método tan novedoso para enseñar cierta asignatura que las autoridades educativas de la comunidad habían ideado. Así pues, la criatura inició el nuevo curso tan contento, ávido de conocimientos y, sobre todo, deseoso de empezar las clases de Educación para la Ciudadanía o, como el presidente de su comunidad había decidido llamarla: Education for Citizenship.

  

     El desconcierto inicial se trastocó en cachondeo cuando los alumnos finalizaron la primera clase. La expectación por conocer en qué consistía el tan innovador método se vio pronto superada por al hilaridad de la situación, un tanto ridícula, de ver a un profesor, o profesora, dando la clase en castellano, o valenciano, mientras otro, u otra, repetía junto al primero lo mismo pero en ingles, o al menos eso intentaba. Y es que, al esperpéntico sistema hay que añadir el bajo nivel de ingles de algunos de los profesores para encarar la enseñanza de dicha asignatura. Porque, no nos engañemos, una cosa es dar clases de ingles, donde todo está estructurado en función del nivel que se enseña y se utiliza el libro de texto como guía, y otra bien distinta es dar en ingles cualquier otra materia.

 

     Vicente y sus amigos sin embargo vieron superadas sus expectativas, pues lo que ellos habían supuesto un rato de cachondeo, se transformó, por obra y gracia del president y su conseller de educación, en un lamentable espectáculo que, de no remediarlo alguien, aumentaría, aún más, el fracaso escolar en una comunidad que en los 13 años de gobierno del PP ya lo había hecho en 14 puntos, pasando a liderar el ranking autonómico de peores resultados académicos.

 

     Pero no contentos con la ridícula decisión de dar dicha clase en ingles, las autoridades educativas, conscientes quizá de que era una fantochada y por ello los profesores posiblemente no llevarían a cabo una puesta en escena tan ridícula, ordenaron a los inspectores que visitaran las clases para obligarles a ejecutar la orden. Con lo que el elenco de protagonistas de la obra se vio aumentado con la figura del comisario político en la persona del inspector escolar. Cosa que enfureció sobremanera a los claustros de profesores cuyos directores terminaron por denunciar el caos que imperaba en las aulas.

  

     Y todo por la enfermiza obsesión de la iglesia católica, y sus acólitos del Partido Popular, para que no se eduque a los ciudadanos en valores diferentes a los que ellos consideran correctos y verdaderos.

 

 

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01/10/2008 21:05 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Érase una vez… el Capitalismo

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    Cuando le dijeron que como trabajador y cotizante a la seguridad social, formaba parte del complejo entramado económico del país. Él, aturdido por lo trascendental del echo y aunque no acabó de comprender el alcance de la situación, se sintió orgulloso de pertenecer al reducido grupo de personas importantes. A partir de aquel momento creyó que él también era parte del sistema. Creyó entender los entresijos del capitalismo y empezó a ver con buenos ojos el liberalismo económico del que, por cierto, siempre había renegado. Su sueldo incluso le permitía ahorrar un poco cada mes, lo que le facilitó tener en la Caja de Ahorros un plazo fijo. A interés más bien bajo, eso sí, pero que le reportaba un beneficio. El bienestar se instaló en su vida y gracias a él tuvo acceso a cosas que nunca habría imaginado. No dudó en acogerse a un préstamo bancario para hacer unos arreglos en su viejo piso, préstamo que terminó convirtiéndose en hipoteca para comprar una casa en una flamante urbanización fuera de la ciudad, lejos del molesto ruido y la contaminación. Su banquero lo trataba con delicadeza, como se merecía un cliente de su categoría, siempre atento y dispuesto a ofrecerle nuevos productos financieros que sin duda le iban a reportar grandes beneficios. Y entre planes de pensiones, bonos del estado, fondos de inversión y acciones de empresas solventes, siempre le colaba una nueva línea de crédito. “Para lo que puedas necesitar”, le decía. Dinero fácil a bajo interés y a largo plazo, ese era el lema. Y claro, él, que había dejado de ser un humilde trabajador, acogía con alegría lo que su asesor de toda confianza le proponía sabiéndose seguro y respaldado por un gran banco. Así fue como pudo comprar todo aquello que deseó, hacer los viajes soñados, y llevar a sus hijos a colegios de pago. Pero…

 

     Una noche, durante la cena, todo se le vino abajo. Miraba las noticias de las nueve a la vez que degustaba un sabroso lenguado, refrigerado que no congelado, a la “Menier” que su esposa había aprendido en unas clases de cocina. La pantalla de plasma de cuarenta y tantas pulgadas, financiada con un crédito especial que aún estaba pagando, mostró las imágenes de la gran crisis económica que se había desatado. Después de meses planeando sobre el horizonte, cual pájaro de mal agüero, aquel día estalló salpicando con su hedionda pestilencia a todo ser viviente.

  

     El espejismo se rompió de repente sin darle tiempo a digerir lo ocurrido. De pronto tuvo la amarga sensación de que su estancia en el paraíso había terminado, que su regreso al mundo de los normales era inaplazable y que habituarse de nuevo a él iba a ser muy doloroso. Acudió a su banquero como quien acude a su confesor para pedir consejo y descubrió que se había ido, no sin antes cobrar la sustanciosa indemnización que a tal efecto pactó en su día con le entidad bancaria.

   

     Sin trabajo y con una hipoteca y varios préstamos a los que hacer frente, el nuevo rico, abominó del sistema al que erróneamente había creído pertenecer.

  

 

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01/10/2008 00:10 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

La inquietud de un instante

     Tuvo miedo, pero no supo de qué. Intuyó que algo iba a ocurrir, pero no supo qué. De pronto, un chasquido atrajo su atención, fue como un clic de encender o apagar algo...

  

    El grito que oyó le estremeció. Pero aún más, el silencio que le siguió.

 

 

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30/09/2008 02:25 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Guapa

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      ¡Guapa!, exclamó mirando al espejo. Y no le faltaba razón, porque guapa, lo era, o al menos, lo había sido. Los años habían pasado sin darse cuenta, había vivido una vida plena y por eso quizás no fue consciente del paso del tiempo. Cuando cada mañana se miraba en el espejo y veía su imagen reflejada, a pesar de que los ojos se achicaban, la piel se arrugaba, los labios se secaban y, con ellos, la sonrisa se convertía en mueca, ella se veía guapa. Se sentía guapa y eso la hacia sentir viva. La mantenía con ánimos para enfrentarse a otra rutinaria jornada en la que lo más excitante que vivía era el paseo del medio día bajo los tilos de la avenida que cruzaba el parque cercano a su casa. Allí, caminando pausadamente, señoreándose ante los demás paseantes, luciéndose a los ojos de gentiles caballeros que, al verla pasar, giraban sus cabezas para lanzarle miradas cargadas de picaras intenciones, la dama recuperaba su seductora atracción y se sentía orgullosa de ser el centro de las miradas. Como una jovencita a la caza de pretendiente, lucía sus encantos no sin un toque de falso reparo que la hacía más atractiva.

 

     La vieja dama, precisamente por vieja y por dama, se dejaba querer por unos y otros. No desdeñaba a ninguno, pero tampoco se comprometía con ninguno. Sabía que todos la ansiaban y eso le proporcionaba el placer indescriptible de sentirse querida por todos y amada por nadie. Era toda una señora que de tanto esperar la llegada del hombre ideal se le pasó el arroz. Y cuando lo descubrió, se miró al espejo y, con lágrimas en los ojos, se dijo: ¡Guapa!

 

 

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28/09/2008 20:34 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

El funcionario invisible

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     Sentado ante su mesa veía el ir y venir de sus compañeros, oía retazos de sus conversaciones, apenas cruzaba unas palabras con ellos y, sobre todo, pasaba las horas haciendo lo poco que desde hacía un tiempo le quedaba para hacer. Parapetado en esa especie de trinchera en la que había convertido su puesto de trabajo, el funcionario pasaba las horas trasteando en los papeles que alguien dejaba cada mañana, perfectamente ordenados y antes de llegar él, en el lado izquierdo de su mesa. Con delicada parsimonia, ojeaba, revisaba, leía y releía las hojas impresas, hacia anotaciones, y estampaba su diminuta ‘mosca’ y la fecha en la casilla para ello. La pantalla del ordenador, que había terminado por relegar a la esquina derecha de la mesa, permanecía encendida, la mayor parte del tiempo, con las bolas incandescentes del salva pantallas apareciendo y desapareciendo de forma aleatoria por doquier, esperando a que su usuario pulsara una tecla, señal inequívoca de que la iba a utilizar, aunque solo fuese para comprobar por enésima vez si había llegado un nuevo e-mail. Cuando eso ocurría, la rutina del funcionario se rompía, aunque sólo por el tiempo justo de pulsar la tecla, coger el ratón, clicar en el botón de actualizar y comprobar que el último e-mail seguía siendo el que recibió hacía ya tres meses. Después todo volvía a la normalidad, que, en su caso, era seguir oteando la oficina y pensar.

 

     Porque en eso ocupaba las ocho horas de su jornada laboral, en pensar. Su cabeza era un hervidero de pensamientos que se cruzaban, interponían, mezclaban, separaban, peleaban, contradecían, en fin era un autentico crisol de ideas y reflexiones que la mayor de las veces desaparecían con la misma rapidez con la que aparecían. El funcionario ejercitaba su mente con tal intensidad que en ocasiones sentía dentro de ella una especie de cosquilleo que terminaba por abrumarlo y se veía obligado a levantarse y entablar conversación con un compañero, o compañera, para evadirse de la pesada carga del pensar. En esos momentos, escasos, todo hay que decirlo, experimentaba sentimientos contradictorios fruto de su aislamiento y soledad. A la placidez por hablar con alguien se enfrentaba el miedo a no saber de qué hablar. Así era él, anodino y contradictorio.

 

     Un día, después de pasar tres en la soledad de su puesto de trabajo, observando silencioso el devenir de la vida diaria en la oficina y no tener contacto con sus compañeros, tuvo la terrible sensación de ser invisible. Fue consciente de que para los demás sólo era una especie de espectro que deambulaba perdido por allí. Y, fruto de una mente atormentada ante la evidencia de no ser nadie, tuvo una idea un tanto peregrina.  El funcionario, sabedor de que nadie lo echaría en falta, decidió dejar de acudir a su puesto de trabajo. Se quedaría en casa y esperaría a que alguno de sus compañeros, o su jefe, le llamara preguntado qué le pasaba.

 

     El funcionario llevó a cabo su plan y durante una semana no acudió al trabajo. Pero siguió cumpliendo su rutina diaria, se levantó a la misma ahora, se aseó, se vistió, desayunó, y a la hora de siempre salió de casa. Sólo que, en vez de dirigirse a la oficina, lo hizo a un parque cercano, donde se sentaba en un banco y esperaba. A la hora de comer iba a un bar cercano y comía el menú. Después, volvía al parque hasta la hora de marchar a casa. Así durante los cinco días laborables de la semana. Nadie lo llamó.

 

     El lunes siguiente volvió a la oficina donde todo seguía igual. Nadie le saludó ni preguntó qué le había pasado. Encontró perfectamente ordenados en la esquina izquierda de su mesa los papeles acumulados de una semana y con su habitual delicadeza y parsimonia los fue revisando, leyendo, anotando y estampando su ’mosca’ y fecha en el lugar para ello. De vez en cuando levantaba la cabeza, observaba a sus compañeros y esbozaba una sonrisa triunfante sabiéndose invisible y, al mismo tiempo, imprescindible. Pues había descubierto que nadie revisaba y firmaba aquellos papeles como él.

 

 

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07/09/2008 11:04 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Preguntas sin respuesta

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     Vio su propia imagen reflejada en el espejo y le preguntó quien era. Esperó la respuesta impaciente, intuyendo que, quien quisiera que fuera, no le diría la verdad. Volvió a preguntar. La imagen lo miró desafiante. Él se acobardó, bajó la vista y murmuró: “Tampoco es para ponerse así”.

 

     Llevaba años, demasiados, haciendo esa pregunta y cada vez que la hacía obtenía la misma respuesta, la fría mirada de un rostro indiferente, el silencio. La imagen callaba, no respondía, ignoraba lo que se le preguntaba o simplemente no sabía la respuesta. Él esperaba, confiaba en que algún día se lo diría.

 

     Ya no recordaba cuando se lo preguntó por primera vez. En que momento tuvo la necesidad de saber de él. Cómo fue que empezó todo, y por qué. ¡Había pasado tanto tiempo! ¡Era tan joven! Retazos de momentos vividos acudieron a su mente, recuerdos de días lejanos en que todo estaba por descubrir, por hacer, por recorrer. Días felices, de risas y emociones, días de despreocupaciones en que lo importante era vivir, estar con los amigos, disfrutar, ser felices sin pararse a pensar… ¿Pensar?, ¿en que tendría que pensar un niño?, ¿en lo que sería de él cuando traspasara la fatídica barrera de la edad adulta? No, un niño no piensa en eso, si acaso, y como un juego, piensa en lo que le gustaría ser de mayor. Pero eso nunca se cumple, es pura fantasía de niños que juegan a ser hombres. Y sin embargo, cuando llegamos a esa edad en que “Ya eres todo un hombre, se responsable, bla, bla, bla…”. Nadie lo preparó para eso, nadie le dijo que ser hombre tenía sus servidumbre, que no era fácil. Nadie le previno de lo que tendría que afrontar, ¡nadie! Y ahí empezó todo. Fue entonces cuando su mundo se tambaleó, las dudas le abordaron y…

 

     ¿Quién eres?”, preguntó una vez más mirando la imagen del espejo. Sintió que la respiración se le paraba al ver el pausado movimiento de los labios en la imagen. En el silencio de su soledad, la respuesta le llegó clara y nítida a los oídos. “Quizás deberías preguntar ¿Quién soy?”.

  

     Tampoco obtuvo respuesta a esa pregunta. Había pasado demasiado tiempo y demasiadas cosas. Descubrió entonces que se había pasado la vida haciéndose la pregunta equivocada.

   

 

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29/08/2008 23:59 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

La importancia del impacto

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     Un gato pasó delante de una puerta entornada, se coló por ella y entró en una casa. En la casa no había nadie y el gato se paseó por ella buscando. Nadie sabía qué buscaba el gato, de la misma forma que nadie sabía que el gato entró en la casa ni por qué la puerta estaba abierta. La casa tenía un salón, en el salón había una gran ventana que daba a un pequeño jardín trasero, junto a la ventana del salón había una jaula y dentro de la jaula un jilguero. Desde su encierro dorado el jilguero veía el jardín donde un perro jugueteaba con una pelota de goma a rayas de colores. El perro desde el jardín ladraba de vez en cuando para hacer saber que estaba allí. El jilguero desde su jaula respondía trinando su dulce melodía haciéndole saber que estaba bien. El gato mientras tanto buscaba por la casa.

 

     Nadie sabe cómo sucedió, pero cuando la dueña de la casa volvió y, extrañada al ver la puerta entreabierta, entró en ella llamando a su fiel perro, el drama se desencadenó. A la mujer se le heló la sangre al oír un terrible aullido y corriendo fue al salón. Allí pudo ver, como una imagen congelada de una película de acción, lo que nunca hubiese imaginado. Su turbación fue tal que pasado aquel instante, no estaba segura de haber visto lo que vio. Y cuando la policía la interrogó, titubeó. Dudando incluso de que todo aquello hubiese ocurrido.

  

     Según la buena mujer, cuando entró en el salón lo primero que vio fue el rostro y las patas delanteras de su fiel perro estampados, y en esto fue tajante e insistió en la literalidad de la expresión, al cristal de la ventana. Se diría que alertado por algo o alguien desde el interior, el perro se hubiese lanzado contra la ventana en un alarde de furia defensiva sin reparar que el cristal, reforzado para evitar ruidos e intrusos, le frenaría en seco. Tras los primeros instantes de confusión, la mujer miró a la jaula y vio dentro de ella al jilguero en una pose más que sorprendente. Según ella, el pájaro estaba paralizado en el aire con ambas alas desplegadas, cual imagen de Espíritu Santo en una estampa de Primera Comunión, y con el pico abierto emitiendo, en cámara lenta, un desesperado piar que le puso los pelos de punta. Simultáneamente pudo ver sobre el brazo de uno de los sillones del tresillo, pulcramente tapizado de terciopelo carmesí, una vestía inmunda que ella jamás había visto antes en su casa. Al principio la pobre mujer no identificó de qué se trataba, pero inmediatamente y gracias a su clarividencia y altos conocimientos de zoología, pues no obstante había sido durante muchos años ayudante de un prestigioso veterinario, se dio cuenta que se trataba de un gato. Al igual que el jilguero y el perro, el gato también estaba paralizado. En clara actitud de ataque, se sostenía sobre la patas traseras con el cuerpo y las patas delanteras estiradas al aire en posición amenazadora, enseñando las uñas, con la boca abierta y sus afilados dientes fuera a punto de lanzarse sobre su presa que, sin duda, debía ser el indefenso jilguero. Al igual que éste, el gato emitía, en cámara lenta también, un aullido tan aterrador que paralizó a la pobre mujer.

 

     Y así, paralizados el perro, el jilguero, el gato y la mujer, la escena quedó plasmada en la retina del observador cual fotograma de un rollo de película que, por razones desconocidas, se para durante la proyección dejando sobre la pantalla blanca del cine una vulgar foto fija.

 

     Lo que sucedió después, carece de importancia. Si el gato consiguió al fin, o no, su presa. O si el perro, tras la sorpresa inicial al estrellarse contra el cristal, rodeó la casa y entró por la puerta llegando al salón justo a tiempo de evitar el desastre. O si el jilguero acabó siendo el desayuno del gato intruso. Incluso si la presencia de la dueña de la casa significó un final feliz o por el contrario el trágico epílogo de una anodina historia doméstica. A nadie importa.

  

     En estos tiempos, en que el impacto de lo que sucede y no el suceso en sí es lo que interesa y atrae a millones de pasivos espectadores, de esta historia, lo que de verdad cuenta, es la foto fija del momento en que los protagonistas coinciden en un tiempo y un espacio dando forma a una escena, estéticamente admirable, que insinúa un próximo desenlace.

 

     La espectacularidad de los hechos, basada en unas imágenes impactantes y un sonido atronador, cuenta más, hoy en día, que los propios hechos. Es lo que tiene vivir en una sociedad tecnológicamente avanzada que, al mismo tiempo, retrocede proporcionalmente en lo humano. 

  

 

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29/08/2008 04:02 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Noches de Jazmín y Madreselva frente al mar

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     Calurosas noches de agosto frente a un mar quieto, casi inmóvil, cuya superficie, sin apenas ondulación, devuelve el centelleo lumínico de las farolas que alumbran el camino. El choque de la ola contra las rocas creando un encaje de espuma blanca que aparece como un fantasma y desaparece instantes después para dejar paso a la siguiente, y el rumor al arrastrar, perezosa, las piedras de la orilla donde rompe con desgana, forman con su murmullo la banda sonora de una pletórica escena nocturna donde ser y estar es lo que importa. El envolvente perfume de Jazmín y Madreselva los transporta a épocas pasadas haciendo renacer en ellos felicidades ignoradas, sensaciones olvidadas, e infancias añoradas. Las campanadas del reloj de una iglesia cercana anunciando la hora once de una noche sofocante es, aunque no lo sea, el aviso de la inminente aparición, tras del istmo rocoso, de las barcas de pesca que, en solemne desfile, se adentran en el mar en busca del banco de sardinas. Sus lámparas parpadean como estrellas en el horizonte formando una ilusoria caravana de exploradores prestos a conseguir su tan deseado tesoro plateado.

  

     Sentados a la puerta de casa, bajo la penumbra de una noche clara y estrellada, los amantes dejan pasar las horas deleitando sus sentidos. Viendo más allá de donde miran. Oliendo tentadores perfumes. Oyendo la insinuante melodía del mar. Saboreando la miel de sus labios. Acariciando la suave piel del otro. Dejándose, en fin, transportar a mundos remotos e idílicos en los que nada puede perturbar su dicha.

 

     Pero de pronto todo se desvanece, una potente luz los deslumbra, un estruendo repetitivo sacude sus cerebros a punto de estallar, un desagradable olor inunda el ambiente y, ante ellos, se materializa la horrenda visión. Por el camino pasa uno de esos coches todo terreno que tanto gusta exhibir a los nuevos ricos. Con sus potentes luces alógenas, la música a todo volumen, y dejando tras de sí un rastro pestilente de gasoil quemado. Los amantes regresan de sopetón a la realidad cruel de un mundo deshumanizado y al borde de la demencia. Parecen despertar de un sueño que, aunque sólo haya sido por unos instantes, han conseguido hacer realidad.

  

     Después, cuando, tras el visto y no visto paso de semejante demostración de poderío económico-tecnológico, los amantes intentan retornar a su apacible noche frente al mar. Descubren apesadumbrados que, a pesar de que el Jazmín y la Madreselva siguen perfumando el ambiente, el murmullo de las olas sigue amenizando la noche y, a lo lejos, las lámparas de las barcas sardineras brillan como luceros, es imposible regresar. Porque los instantes vividos son ya parte del recuerdo, como lo son tantos otros instantes de efímera felicidad.

  

 

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25/08/2008 17:55 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?

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    Decir lo que pienso, no sé. Decir lo que siento, no sé. Decir lo que, a lo largo de mi vida, he guardado dentro, no sé. Decir lo nunca dicho. Hablar de lo nunca hablado. Contar lo que desde hace muchos años acumulo dentro. Sacar de mi lo que he callado. Exponer a la luz lo que he ocultado. Soltar el pesado lastre de una vida vivida en solitario. Una vida escrita entre líneas, gastada con incerteza, atrapada entre contradicciones y apenas disfrutada.

     En la madurez de la existencia miro atrás y ante lo que veo siento melancolía, no por lo vivido sino por cómo lo viví. Cuando crees llegado el momento de reflexionar, de revisar el pasado y sentirte orgulloso, descubro con desazón que nada de lo hecho es motivo de grandes alharacas. Hice lo que había que hacer, lo que me dijeron que tenía que hacer, lo que todos esperaban que hiciese. Pero no hice lo que realmente quería hacer. Eso, como siempre, lo dejé para más adelante, para cuando tuviese la ocasión, que jamás llegó. La frustración de no ser lo que quería, porque sentía la obligación de seguir con la tradición. Un niño de diez años al que se le pregunta “¿Y tú que quieres ser de mayor?” Un niño tímido, protegido y cohibido que antes de responder mira a su padre, y ve su cara de satisfacción esperando la respuesta. Y el niño, que quiere responder bombero, se traga la palabra y balbucea “comerciante como mi padre”. Y el padre que suelta la carcajada, y le pasa su mano grandota por la cabeza despeinándolo. Y su madre que lo mira condescendiente, con su expresión de beatifica docilidad, y asiente con la cabeza. Y todos contentos de que el negocio familiar pueda tener continuidad. Esa fue mi primera gran decisión y mi primer gran error, luego todo sería rodar por la pendiente de la vida, dejándome llevar por el camino marcado para los prohombres de la familia.

     Creo que aquel hombre que de niño me despeinó cuando dije que quería ser como él, mi padre. Estaría orgulloso de mí si pudiese ver en que he convertido su tienda. De una simple tienda de ropa, en una capital de provincia, hemos pasado a una importante cadena de moda. Eso es motivo de orgullo incluso para mí que, como he dicho, no era lo que realmente quería hacer cuando niño. Pero, como él me dijo años más tarde, cuando en una crisis existencial le dije que quería dejarlo todo para hacer otra cosa, “a esta vida venimos marcados y no podemos eliminar la marca”. No supe entonces ni se ahora qué quiso decir, y la verdad, me importa un carajo. No creo en eso de que nacemos predestinados para hacer las cosas, eso es una falacia para que hagamos lo que ellos quieren. Pero, aún así, reconozco que aquel día me convenció, al igual que todas las veces que me asaltaron las mismas dudas. Asumí mi responsabilidad y saqué el negocio adelante, me arriesgué y gané ampliándolo hasta lo que hoy es. Y sin embargo mi vacío es mayor.

     He formado una familia a la que adoro y de la que me siento satisfecho y he procurado que ninguno de mis hijos se sienta obligado a seguir la tradición familiar. Por eso jamás les pregunté qué querían ser de mayores. Aún así, la empresa continuará gestionada por la familia, de eso se encargará, y muy bien, mi hija mayor. Sí, estoy orgulloso de mi esposa e hijos, pero eso no significa que sea feliz. Se que os sorprenderá, pero he de decirlo, he de ser coherente, al menos al final y lo digo con todas las palabras y mirándote a los ojos: ¡No soy feliz, nunca lo he sido!

     No reniego de lo hecho. Como buena persona educada en los valores cristianos, tenía la obligación moral de cumplir el papel asignado, además de ser agradecido con los que me dieron la vida y proporcionaron los medios para ser un hombre de provecho. Eso es algo que no cuestiono. Pero, al margen de estas consideraciones, el hacer lo que debía significó la anulación de mi propia persona, la mutación de mis inquietudes, hasta convertirme en un ser diferente. Aunque esa mutación pasara desapercibida para los demás, de ahí que, aunque creáis conocerme, en realidad no me conocéis.

     Lo dejo todo para ser lo que siempre he querido ser, bombero. Ya se que a mi edad no será posible, pero en esta vida siempre hay salidas si uno se lo propone. Por eso me he apuntado al cuerpo de voluntarios de bomberos forestales y me han aceptado. Ahora, cuando acabe este discurso, saldré por aquella puerta, solo y sin nada. Únicamente me llevaré vuestro cariño. Los recuerdos de lo vivido, es posible que no me quepan en el equipaje”.    

     

     Desde el estrado, el orador repasó con la mirada a los asistentes al banquete. Ellos, atónitos, lo miraban en silencio. No entendieron su discurso de despedida. Lo que debía ser una protocolaria alocución por su retirada de la primera fila del negocio para que su hija se hiciera cargo del mismo, se transformó en una cruda reflexión sobre una vida insatisfecha.

 

     Después, dedicó una sonrisa a su sorprendida esposa. Bajó del estrado y con paso firme, se dirigió a la salida. En la calle, aspiró el aire viciado de la ciudad que le supo a gloria, y echó a andar creyéndose al fin libre.

 

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24/07/2008 21:46 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Retorno a El Tomet, viaje a un pasado no olvidado

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     Esta foto, sacada de la sección Tus Fotos de El Periódico de Catalunya, que su autor: El Gat Negre ha titulado: Intentant arribar. Plasma magistralmente el no paso del tiempo en el entorno apropiado entre Sils i Riudarenes.

 

     La imagen congelada de la bicicleta sin ciclista, pero erguida al borde del camino, nos indica la metáfora del caminar, en este caso, rodar, sin llegar a ningún sitio. El camino de tierra, aparentemente si huellas de pisadas humanas, pero con el insinuante rastro de neumáticos de coche, parece decir que por él no pasa nadie desde hace mucho tiempo. Sin embargo no es así, la presencia del fotógrafo, y posible dueño de la bicicleta, así lo atestiguan.

  

     Viendo este paisaje y la quietud que desprende acuden a mí recuerdos de tiempos pasados, de momentos felices vividos en compañía de seres queridos allá por los años ochenta del siglo pasado. En otro lugar de Girona, en Medinya, en El Tomet. Los paseos por caminos como este al atardecer de tranquilas tardes de verano, de primavera, de otoño y de invierno. Antes o después, poco importa eso, de jugar unas partidas de Continental, de comer unos deliciosos espaguetis, o unas, no menos apetecibles, alubias. Fueron tiempos de sosiego, de amistad, de ilusiones compartidas. Tiempos que se fueron para no volver, como se fue el que los propició.

  

     El título de esta foto viene que ni pintado para describir el espíritu de aquellos días, llegar a la felicidad, aunque sólo fuese para rozarla con la punta de los dedos y deleitarse unos instantes con ella. Y lo conseguimos. Pero, como en esta vida nada es eterno, aquellos días tampoco los fueron y una mañana de otoño todo se quebró. Él era, como el árbol de la foto, el centro de todo, el que aglutinó a tanta gente y tan dispar en aquel lugar. Era fuerte de corazón, pero al mismo tiempo con el corazón más débil.

  

     Mirando la foto rememoro el tiempo pasado y descubro que la vida es eso, acumular momentos para después recordar.

 

     Gracias Gat Negre por haber propiciado este viaje al recuerdo con sólo mirar tú foto.

 

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16/07/2008 19:37 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Subir y bajar, un destino incierto

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     Continuamente subía y después bajaba sin saber por qué. Su vida se limitaba a subir sin llegar a ningún lugar concreto para a continuación bajar. La rutina de su quehacer le llevó a no preguntarse jamás cuál era la razón de tan ajetreada vida. No sabía si olvidó, o simplemente nunca lo supo, el objetivo de tanto subir y bajar. Su vida era un largo e inacabable arriba y abajo y en ese endiablado ajetreo fueron pasando los días y con ellos su aburrida existencia. Su acomodo a aquel trajín fue tal que podía decirse que lo hacía por pura inercia. Era como si en su ser se hubiese introducido una orden no escrita de que tenía que subir y una vez allí arriba debía bajar, para a continuación volver a subir y volver a bajar, subir y bajar, subir y bajar. Su mente, nublada por la rutinaria acción, no se permitía pensar en el por qué de aquella desazón. Porque, a pesar de todo, aquel sube y baja había terminado por crear una especie de “comecome” que no la dejaba vivir. Un carcomer la mente que, cuando se instala en la cabeza, no hay forma de echarlo de ella. Un desasosiego que nos corroe por dentro haciendo imposible la existencia. Ese malestar que, imparable y en silencio, va royendo nuestro ser como el ratón el queso, la había atrapado y no había forma de deshacerse de él. Mientras subía y bajaba no podía evitar pensar en lo que le estaba pasando y, en muchas ocasiones, se apoderaba de ella un arrebato de dejarlo todo, de abandonar aquella vida e iniciar una nueva lejos de allí. Una vida en la que no tuviese que subir y bajar.

  

     Pero, cuando estaba al límite, en ese punto en que sólo con dar un paso adelante te cambia la vida, oía el chasquido seco del cambio de rumbo y en esos segundos en que uno se distrae para cambiar de sentido e iniciar el recorrido contrario, perdía el valor de dar el paso y continuaba subiendo o bajando, según el caso.

  

     Veía pasar el tiempo y sabía que cada día que pasaba subiendo y bajando era un día perdido, un día menos para hacer aquello que hacía tiempo debía haber hecho. Y en ese ver pasar el tiempo fue envejeciendo y perdiendo también la esperanza de salir de allí.

 

     Poco a poco fue aceptando su destino y al hacerlo aceptaba con él su fracaso, su desdicha. Y cuanto más aceptaba, más perdía. Y, en ese aceptar y perder, sucumbió a la melancolía y cayó en eso que se ha dado en llamar depresión, de la que, al parecer, una vez dentro no se puede salir. Sin embargo y a pesar de ello, seguía subiendo y bajando, no como el primer día, claro, porque cuando se es joven todo es más fácil. Pero sí con la suficiente fuerza como para llegar arriba y después bajar. Hasta que un día, no se sabe a que hora ni por que razón, los vecinos decidieron cambiarla por una nueva.

 

     Convertida en chatarra, la cabina del ascensor finalizó su existencia apartada y olvidada. Al fin dejó de subir y bajar, pero eso de nada le sirvió.

   

 

     © PCB

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15/07/2008 17:58 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

La prejubilada, la sustituta, su jefe y el dueño que no sabe nada

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      No recuerdo muy bien cual, pero hay una corriente filosófica que divide la vida del hombre en cuatro etapas de veinticinco años cada una. La primera, de uno a veinticinco años es la del aprendizaje, donde el hombre, desde que es niño hasta que se convierte en adulto, recibe los cuidados, enseñanzas y conocimientos de los mayores. La segunda, de veintiséis a cincuenta años, es la del trabajo, en ella el hombre pone en práctica las enseñanzas recibidas y mantiene con su trabajo al resto de la familia. La tercera, de cincuenta y uno a setenta y cinco, es la de la enseñanza, donde el hombre deja de trabajar y dedica todo su tiempo a educar, enseñar y traspasar a los más jóvenes todo su conocimiento. Y la cuarta y última, de setenta y seis a cien años, es la del descanso y la contemplación, donde, cumplida su misión, el hombre, ya anciano, se prepara para morir recibiendo toda clase de atenciones y cuidados de la familia para que sus últimos días sean felices.

      En una sociedad donde lo humano prevalece sobre lo material esta filosofía es fácilmente asumible. No ocurre así en la sociedad no ya material, sino brutalmente especuladora en la que vivimos. Por desgracia, en la sociedad capitalista en la que estamos inmersos, donde pisotear al vecino con tal de alcanzar el estatus codiciado se ha convertido en rutina, intentar racionalizar la vida es una misión imposible, un sueño inalcanzable que seguirá siendo una utopía mientras los valores que rigen el comportamiento humano sigan siendo estrictamente mercantiles. El interés puramente económico fija nuestro comportamiento y el de nuestro entorno hasta el punto que, como trabajadores se nos obliga a anteponer los intereses de la empresa a los nuestros, y con demasiada frecuencia caemos en la trampa de creer que lo que es bueno para el dueño lo es para nosotros. Olvidando que mientras el dueño aumenta por mil su ya abultada cuenta corriente, nosotros apenas conseguimos mejorar la nuestra. Es ley de vida –dicen–. Sí, mientras seamos incapaces de cambiar la ley –añado–. Sirva esta reflexión como introducción al relato corto que sigue a continuación.

 

      Apenas cumplidos los sesenta la obligaron a jubilarse, prejubilación lo llamaron. Las condiciones fueron las habituales, nada del otro mundo, perdió un pequeño porcentaje de la pensión, pero –dijo ella– se gana en salud. Fue una forma de auto convencerse de que ya estaba bien como estaba, que no merecía la pena discutir con ellos. ¿Para qué? ¿Para darles el placer de que la humillaran aún más? No, definitivamente no valía la pena. Su marcha, no obstante, puso de manifiesto la falta de previsión de los que mandaban. La jubilaron sin pensar en quien haría lo que ella hacía, y cuando se percataron de la cagada, rápidamente escogieron a otra persona y le adjudicaron el puesto desocupado. Fue entonces cuando empezó una carrera contra reloj para formar a la recién llegada.

 

     Pretendieron que, antes de irse, la prejubilada traspasara sus conocimientos, adquiridos en sus cuarenta años de trabajo, a quien la debía sustituir. Pretendieron los sabios que dirigían la empresa que, en apenas siete días, ella enseñara, a quien haría su trabajo a partir de entonces, todo su saber, toda su experiencia de años de dedicación y aprendizaje. ¡Pobres imbéciles!, no tenían ni idea de lo que pretendían. Ella, que otra cosa no era pero buena persona un montón, se puso a explicar a la sustituta lo que hacía y cómo lo hacía. Pero, mientras ella contaba, la sustituta abrumada por la que se le venía encima, empezó a quejarse a su jefe de que no estaba recibiendo todo el conocimiento. Su jefe lejos de tranquilizarla y estudiar la situación con calma y visión de empresa, fue a quejarse a su jefe, el cual tampoco tuvo la perspicacia necesaria para tranquilizar los ánimos, y lo único que se le ocurrió fue quejarse a su jefe y así siguió la escalada de despropósitos hasta que el último de los jefes, que ni siquiera tenía conocimiento de que esa persona se iba a prejubilar, lo único que hizo fue llamarla a su despacho y, tras pegarle una bronca de aquí te espero sin saber muy bien por qué, la acusó de no colaborar. Ella no entendía nada.

 

     Mientras los jefes escalaban la queja hacia arriba, los días pasaban y la prejubilada contaba a su sustituta lo poco que, de todo su acumulado conocimiento, tuvo tiempo de traspasar. Llegado el día de la marcha, la prejubilada se fue a su casa, la sustituta  se encontró ante un marrón que no supo cómo resolver y los jefes, sentados en sus despachos, se sintieron orgullosos por cómo habían gestionado la crisis.

  

     La empresa por su parte siguió funcionando y generando los ansiados beneficios a su dueño que, dicho sea de paso, jamás tuvo conocimiento de lo sucedido.

  

     –¡Como debe ser! –dijeron todos a la vez–.

 

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03/07/2008 18:41 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Una tarde de futuro pluscuamperfecto

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     Sentados uno frente a otro, el mentor mira al que un día fue su pupilo. Con mirada cansada parece repasar la trayectoria de éste desde aquel lejano día en que, cansado de perder elecciones, le cedió la dirección del partido y se apartó dejándole libre el camino para que hiciera lo que tenía que hacer. Sus ojos entornados y mirada escrutadora buscan en el interior de su sucesor las razones del desencuentro que siempre hubo entre los dos. La expresión dura de su rostro, envejecido por los años y curtido por la experiencia, muestra a las claras su desacuerdo con la forma de actuar de aquel. Con la mano derecha parece tapar su boca, como reprimiendo las palabras de reproche por no haber sido capaz de hacer por su sucesor lo que él hizo por él.

 

     El anciano político, de vuelta ya de todo, se permite juzgar con su mirada la trayectoria de quien le sustituyó y, precisamente por ser su valedor, no puede evitar sentir cierta decepción al comprobar que aquel en quien confió tampoco supo entender la verdadera esencia del partido que él creó. Definitivamente, Don Manuel no ha tenido suerte con sus delfines.

  

     Primero fue Jorge, un joven de estética neonazi que parecía dispuesto a comerse el mundo y que finalmente acabó convertido en social demócrata. Tras el fiasco del joven, impulsivo, y espigado aspirante a modelo de Burberry, Don Manuel depositó su confianza en Antonio, un andaluz bajito e imagen de maestro rural que se ganó al partido con su oratoria directa y ‘chascarrillera’ aderezada con el acento característico de la región, pero que de nada le sirvió para llevar el partido al gobierno. Como dice el refrán: a la tercera va la vencida, y con el tercero tuvo más suerte. Una joven promesa ‘mesetaria’ de mente obtusa e ideario cavernoso que desde hacía unos años gobernaba una comunidad autónoma. No era una lumbrera, pero su verborrea populista atraía a las gentes y vistas las experiencias anteriores, Don Manuel le pasó el testigo al efervescente José María, el mismo al que hoy mira apesadumbrado y con cierta desconfianza preguntándose ¿Qué he hecho yo para merecer a éste? Y éste sí consiguió gobernar, durante dos legislaturas, las más oscuras y tristes de la democracia. Pero también llevó al partido a su etapa más radical. Su particular forma de dirigirlo, rayano lo dictatorial, lo arrastró al borde de la esquizofrenia cuyo cenit fueron los cuatro años de legislatura en que, por su tozudez en participar en una guerra y luego en negar las evidencias de un terrible atentado terrorista intentando culpar a otros, perdieron las elecciones y volvieron a la oposición.

  

     Don Manuel lo mira, y cuanto más lo hace más enigmático le resulta, creía conocerle y ahora, con el paso de los años, descubre que sin proponérselo creó una especie de monstruo que, una vez alcanzado el poder, se deshizo de todos los que le molestaban y asumió en solitario y por su cuenta la transformación del partido, en “su” partido.

  

     –No he tenido suerte con mis sucesores. ¿En qué me he equivocado? –parece pensar Don Manuel mirando la cara impertérrita de José María–. Y el otro, Mariano, aunque elegido en un congreso y gallego, como yo,  tampoco era una joya. Pero al menos sirvió para enderezar un poco las cosas… ¡Alberto!, ese sí que es un buen dirigente… Pero, ¿por qué me resulta tan difícil hacerlo presidente del partido?... Manolo, ya no eres el que eras, ahora nadie te hace caso y lo que es peor, has perdido influencia. Eres como el abuelo Cebolleta al que todos respetan pero nadie escucha… Sólo vienen a mí para que les cuente batallitas. No me tienen en cuenta y encima estos politicuchos de ahora están acabando con mi gran obra, el partido que yo creé y al que he dedicado mi vida. Tú –piensa aguzando la mirada de reproche sobre José María– sí tú, no te hagas el loco, eres el culpable, has destrozado el partido, tú…

     –Don Manuel, ¿en qué piensa? –José María vuelve su cara hacia el anciano político y fija en él su mirada llena de resentimiento–

     –En nada hijo… en nada –responde lacónico Don Manuel tras un largo silencio y sin desviar su escrutadora mirada de su antiguo delfin–

     –Entonces ¿nos tomamos otra? –pregunta José María mostrando satisfecho su famosa sonrisa bajo los restos de lo que fue un poblado bigote–

     –Sí, pero ésta la pagas tú –responde Don Manuel–. ¡Ah!, y la tapa que sea de pulpo gallego –remata el anciano dirigente popular–

     

     José María, sin borrar la sonrisa que parece eternamente esculpida en su rostro, asiente con la cabeza. Con dificultad levanta el brazo derecho y hace un intento fallido de chasquear los dedos para llamar al camarero.

 

     Una de las enfermeras de la residencia se le acerca y, arreglándole la manta escocesa que cubre sus piernas, les informa que es la hora de tomar la medicación.

 

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01/07/2008 17:53 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Yo, el balón

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     Aquí estoy una vez más, rodeado de veintidós fornidos jóvenes dispuestos a todo para hacerse conmigo. Esperando a que ese señor de negro toque el silbato y ese otro que me mira con deseo me de la primera patada, momento en el cual empiezan los noventa minutos más excitantes y ajetreados de mi existencia.

 

     Desde ese preciso instante y hasta que el de negro vuelva a tocar el silbato indicando que ha pasado el tiempo, yo no tendré ni un solo segundo de descanso. Rodaré sobre la hierba, volaré sobre sus cabezas, recibiré todo tipo de golpes: patadas, cabezadas, empujones y algún que otro manotazo, todos querrán tenerme entre sus pies y dos de ellos entre sus manos. Todos querrán llevarme, a base de piruetas y esquivando al contrario, hasta la puerta de los otros para, una vez allí, lanzarme de una potente patada contra la red y meterme dentro. Por el contrario, sólo dos querrán cogerme con sus manos y estrujarme con fuerza contra su pecho, protegiéndome para que ningún otro pueda tenerme. Es el momento más conmovedor y agradable de mi participación en ese, ¿cómo lo llaman ellos?, a si, encuentro o partido. Pero dura poco, apenas unos segundos, cuando la situación está controlada, él me lanza con todas sus fuerzas a sus compañeros. En esos instantes en que vuelo sobre la hierba siento el aire fresco sobre mí y los veo allí abajo como simples puntos que se mueven nerviosos hacia donde yo voy  pugnando por poseerme.

 

     Pero lo más emocionante es cuando en una de esas refriegas que tienen entre ellos dentro del área, unos para lanzarme a la red y otros para alejarme de ella, uno de los que quieren alejarme me toca con la mano. Cuando eso sucede yo vivo un momento especial, mi piel curtida por los golpes, al contacto de su mano fuerte y temblorosa, experimenta una descarga, breve pero intensa. Sólo son décimas de segundo pero suficiente para que yo me sienta feliz por esa delicada caricia, lo miro y veo en su rostro el gesto preocupado, como suplicándome que no diga nada, pues eso le costaría una sanción, entonces yo sigo mi camino y como agradecimiento por la caricia me desvío de la trayectoria original evitando así entrar en la red.

 

     En ese momento se entabla una discusión entre ellos donde unos acusan a los otros de haberme tocado con la mano. Mientras, yo, ajeno a todo, callo y espero a que finalicen. Pero en ocasiones los infiltrados del señor de negro, que vigilan desde fuera, ven lo sucedido y levantan la bandera indicándole que se ha producido una falta, entonces el que osó acariciarme es amonestado y su equipo es penalizado con un tiro libre a  su red, penalti lo llaman ellos.

  

     Como de lo que se trata, es de que me metan en la red contraria cuantas más veces mejor, cuando eso ocurre, el que lo consigue corre saltando de alegría y tras él sus compañeros hasta que lo alcanzan y abrazan amontonándose, unos sobre otros, de felices que están. Mientras que los contrarios observan aturdidos y cabizbajos pensando vete a saber qué cosas. Entonces miro hacia arriba y veo a los miles de seguidores que desde sus asientos gritan como posesos, unos de alegría y otros de rabia y me ruborizo pensando que yo, el balón, soy el causante de tal algarabía.

    

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30/06/2008 23:37 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Al final del camino... inicia otra vida

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     Y sin embargo, sabía que había llegado al final del camino…

  

     La incertidumbre había desaparecido, ya no sentía la desazón que se apropiaba de ella cuando, sin saber cómo ni por qué, caía en esa especie de desánimo general. Ella lo achacaba a las secuelas de la enfermedad que de niña la mantuvo en cama casi tres meses. Recordaba que, una vez superada, tuvo que aprender a andar de nuevo y eso le afectó demasiado. Su estabilidad emocional se vio alterada aunque no lo supo hasta años después, cuando ya de mayor empezó a sufrir las crisis que la mantenían apartada de los demás. Margarita, no obstante, había vivido una vida plena. Se había casado con el hombre que amaba y tuvieron tres hijos que la mantuvieron ocupada la mayor parte de los cuarenta y seis años de matrimonio. Dos de ellos le dieron tres nietos que llenaron de nuevo su tiempo libre mientras fueron pequeños.

  

     Cuando se acercaba a los setenta y cansada de tanto niño, se sintió sola. Su marido, tres años mayor que ella, no era precisamente lo que se dice la alegría de la huerta. Su concepto de felicidad se basaba en pasar el día frente a la TV y dar un corto paseo matinal, aparte claro, de comer cuatro veces al día y tener cerca a su esposa que le servia más de soporte que de cónyuge. Margarita descubrió horrorizada que odiaba esa vida, a la que estaba abocada irremediablemente si algo o alguien no lo evitaba.

 

     Barajó varias alternativas, todas pasaban por quitar de en medio a su amado esposo. Sí, amado, porque a pesar de todo, lo seguía amando. Era como un grano en el culo, pero era su grano, y lo quería. Por eso las desechó todas, veneno, clavarle el cuchillo jamonero, gas, ahogarlo en la bañera, e incluso atiborrarlo con sus pastillas de la tensión. Aunque encontró otra forma de dejarlo fuera de combate sin necesidad de matarlo: recluirlo en una residencia. Naturalmente él se negó, y fue entonces cuando ella le dio a elegir.

 

     Manolo se sentía ridículo ante el espejo del probador, se miraba y no se encontraba.  Vestido con aquellas ropas, tenía la sensación de ver frente a él a otra persona, alguien un poco pasado de rosca. Pero sin embargo, conforme lo miraba y se acostumbraba a tenerlo delante, sentía que el rechazo inicial desaparecía dejando salir a la luz una especie de complicidad con aquel otro yo que tenía delante. Cargados con bolsas de Zara, Margarita y Manolo llegaron a casa tras una jornada loca de compras. Hicieron sitio en el armario, sacaron la ropa anticuada y rancia y lo llenaron de ropa fresca, colorida y moderna.

 

     Como unos alocados jovenzuelos enamorados dejaron atrás el camino polvoriento de sus monótonas vidas y cogieron la autopista recién abierta por la que emprendieron una nueva. A gran velocidad recorrieron el último tramo de su vida. Entre viajes, excursiones, clases de baile, salidas al cine, teatro, restaurantes, juergas con los amigos, visitas a museos, actos sociales, reivindicativos, de protesta y algún que otro homenaje, Ma y Ma –como los llamaron los conocidos desde entonces– vivieron hasta el último suspiro su tercera edad.

 

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20/06/2008 18:55 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Sueño a la hora de la siesta

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    Sintió el roce de unas manos en la espalda y su cuerpo se estremeció. Ella siguió echada sobre la colchoneta, bocabajo, sumida en el sopor de una incipiente tarde de verano tostándose bajo el sol. A sus oídos llegaba el cansino sonido de música disco, lanzado al aire por una radio lejana, mezclado con el del monótono vaivén de las olas al romper en la orilla de la playa. Las manos seguían rozando su piel suave, primero a la altura de los hombros y luego deslizándose lentamente, con parsimonia, como si no tuviera prisa por llegar, acariciando la espalda, la cintura, el culo, las nalgas y piernas, hasta los dedos de los pies.

 

     –¿Duermes? –preguntó él.

     –No, sólo sueño –respondió ella.

     –¿Qué sueñas? –preguntó de nuevo él.

     –Que vuelo a un lugar.

     –¿Sola?

     –No, con alguien.

     –¿Quién es?

     –No te lo puedo decir.

     –Mejor, así creeré que soy yo.

  

     Ella no respondió y él, en silencio, dejó volar su imaginación mientras sus manos seguían aplicando crema hidratante en el cuerpo bronceado por el sol. Ahora era él quien soñaba y en el sueño se vio en un lugar lejano, el más lejano que podía imaginar. Estaba solo, en una playa desierta, de arena cobriza y agua turquesa, sin apenas olas y sin gente. Caminó por la arena mirando el horizonte, buscaba sin saber muy bien qué. En la arena, medio enterrada, encontró una caja. La cogió, la abrió y dentro vio un libro. Era antiguo, de tapas gruesas de piel, con un dibujo extraño y un título que no entendió. Lo sacó de la caja,  lo ojeó y…

 

     –¿Qué piensas? –preguntó ella interrumpiendo el sueño.

     –En un lugar lejano –respondió él.

     –¿Estás allí?

     –Sí.

     –¿Y qué haces?

     –He encontrado un libro que voy a leer.

     –Me gusta la idea. ¿Lo leerás para mí?

     –Si –susurró él antes de besar sus labios.

 

     Ella calló otra vez. Él siguió acariciando su piel, regresó al sueño, cogió el libro y leyó: “Todo fue tan rápido que no tuvieron tiempo de reaccionar. Las gentes que había allí creyeron que no sucedería nada, que aquello sería pasajero y que nadie sufriría daño. Pero cuan equivocados estaban. Nadie puede salir indemne de algo así. Eso lo supieron después, cuando el mal se hubo esparcido sobre ellos sin ninguna posibilidad de salvación…

 

     El sol se ponía tras el horizonte tiñendo de oro la lisa superficie marina, él caminaba sobre la arena cobriza, buscándola a ella.

 

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18/06/2008 19:09 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Melancólica tarde de otoño

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     Con suave parsimonia se deslizaba sobre el blanco impoluto dejando tras de sí el rastro azul de cosas jamás dichas, pero sí pensadas. La pluma, cogida con elegante destreza por la mano frágil, pero firme, de una mujer mayor, desgranaba su trazo claro y refinado al acariciar, más que rozar, la superficie lisa de la hoja. Deslizándose cual danzarina sobre el escenario, las palabras fluían formando frases cargadas de dolor que, a su vez, componían párrafos enlazados unos tras otros, expresando pensamientos largamente callados. En el silencio de una melancólica tarde de otoño, roto por al zigzagueo del plumín al deslizarse sobre el papel, la tinta azul transformaba en palabras escritas las palabras que ella jamás pronunció. Junto a la ventana, a través de la cual veía pasar, allí abajo, a los escasos transeúntes que se atrevían a desafiar la persistente lluvia otoñal, escribía aquello que un día lejano quiso decir pero que, por mantener la estúpida compostura a la que la habían abocado, calló. Libre de ataduras, superadas las rígidas normas sociales en las que había vivido, alejada de toda presión social y sobre todo, y por propia decisión, recluida en su mundo interior, la mujer se dispuso a contar su verdad. Decidida a decir aquello que había callado, a hablar por primera y quizás única vez de lo que pensaba, de todo cuanto había guardado dentro de sí, para ella sola. Aquel día de otoño, al fin tuvo la fuerza necesaria para escribir la verdadera historia de su vida. De la vida que no le dejaron vivir. De la vida que tuvo que ocultar. La vida que, mas que vivir, sufrió.

  

     Lo primero que debéis saber, hijos míos…” El inicio no dejaba lugar a dudas, la mujer contaba su vida al mundo, pero dirigiéndose a sus hijos. Cinco concretamente, porque las buenas familias, las familias de bien, como solía decir su difunto esposo, debían tener hijos para el cielo y cuantos más mejor. A esa primera declaración de intenciones, porque en definitiva era eso, seguía la descripción detallada de una vida desgarrada. La vida de una mujer nacida en el seno de una familia burguesa y educada para ocupar el escalafón más alto de los reservados a ellas en una sociedad hipócrita y timorata en la que contaba más la apariencia que los propios sentimientos. Con minuciosa rigurosidad fue recuperando del rincón de la memoria más recóndito, porque fue ahí donde tuvo que encerrarlos, bajo siete llaves, los retazos de una vida no vivida, una vida negada, una vida condenada a la oscuridad de una no existencia porque, de haber existido, otros hubieses sufrido. Y ella, educada para obedecer, asumió su papel y con él el sufrimiento de no vivir, precisamente para evitar a los demás, el de verla vivir feliz.

 

     La conocí con dieciséis años y desde aquel día la quise con todas mis fuerzas…” Paró unos instantes y desvió la mirada a la ventana. Vio las gotas de lluvia deslizarse por el cristal y recordó las lágrimas que derramó aquel día, en la soledad de su habitación, cuando supo que su amor jamás sería correspondido. Sus ojos se humedecieron y volvió a sentir el mismo deseo que sintió aquel día de verano en que la conoció. Recordó el momento como si lo viviera una vez más y su cuerpo se estremeció. A través del cristal mojado, mirando a los transeúntes que pasaban deprisa bajo la lluvia, revivió aquella noche de fiesta mayor en el pueblo de la costa donde veraneaba su familia. En el entoldado, cuando sus primas se la presentaron y, en esos instantes de recuerdos lejanos, sintió, como una ráfaga de aire fresco, el beso que ella le dio. La mujer se llevó la mano a la mejilla y la acarició como si quisiera retener en ella aquel instante. Después volvió a la hoja de papel, cogió la pluma y continuó escribiendo.

 

     Ella no sentía por mi lo que yo por ella. Lo supe el día en que me confesó que estaba enamorada de mi primo y que haría lo posible por convertirse en su esposa…” La pluma seguía deslizándose por las hojas en blanco, acariciando el papel y dejando en él el testimonio de una vida fracasada. Una vida diferente, demasiado adelantada para su época y por ello condenada al ostracismo. El ritmo acompasado de la frágil mano de la mujer enamorada de quien no debía, marcaba el paso del tiempo intentando no dejan nada sin escribir. El repaso que de su vida hacía en esa tarde de triste otoño, le servía para ajustar cuentas. No quería irse sin que, al menos sus hijos, supieran quien era en realidad su madre, o dicho de otra forma, quería que ellos conocieran a la madre que, de haber sido correspondido su amor, no habrían tenido jamás. La mujer miró por última vez a la calle, vio que había escampado y los transeúntes caminaban sin prisas, ya no había lluvia de que protegerse y le pareció que todo estaba como debía estar.

 

     Llegado este punto, sólo os puedo decir que de lo único que no me arrepiento es de haberos parido”. El silencio pesaba demasiado en la pequeña habitación, la lluvia había cesado, el sonido del trazo del plumín sobre la hoja había finalizado y ella, al fin, había hablado. Dejó la pluma, miró la última hoja escrita y se recostó en el sillón.

 

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16/06/2008 19:22 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Hipocondría, vanidad y la pertinaz sequía

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     Recién levantado se miró al espejo y al verse pensó que los años no pasaban en balde. Como cada mañana, exploró su rostro en busca de alguna imperfección, era su particular ritual diario fruto de la hipocondría en la que había caído a consecuencia de su vanidad. Rastreó cada milímetro de piel de su cara, anotando mentalmente cada uno de los signos de envejecimiento que durante la noche habían aparecido. Contó las nuevas imperfecciones y las clasificó según su estructura, tamaño y color. Abrió la boca y examinó los dientes y muelas haciendo malabarismos posturales para verlos desde todos los ángulos. Los cepilló con cuidado, con un cepillo especial de cerdas de visón, para eliminar los posibles restos de impurezas, se enjuagó la boca con tres líquidos dentales diferentes, primero el desinfectante, luego el reforzante y por último, el refrescante. Después inspeccionó los ojos prestando atención especial a la esclerótica, observó con suma atención su superficie en busca de posibles manchas o malformaciones y siguió atentamente la trama de los minúsculos vasos sanguíneos asegurándose que no había derrames. Examinó los lagrimales, se limpió las lagañas, analizó los restos en busca de posibles focos infecciosos y finalizó el absurdo rito ocular poniendo en ellos, primero un colirio para eliminar impurezas, y minutos después, otro para blanquear y dar brillo a la membrana. A continuación le tocó el turno al cabello. Se tocó el pelo, lo acarició con cuidado, levantándolo para inspeccionar la raíz, buscando canas, señal inequívoca de envejecimiento. Lo peinó, adelante, atrás, a un lado, al otro. Se puso loción para fortalecer la raíz y esperó.

 

     Pasados los cinco minutos de rigor, se prepara para aclarar el cabello. Abre el grifo del lavabo y lo que ve no le gusta, no sale agua. Lo cierra y vuelve abrir, una vez y después otra, el agua sigue sin salir. Va a la ducha, abre el grifo y el agua que no sale. Incrédulo ante la situación, su cuerpo empieza a temblar, siente que su mundo se desmorona. Se mira al espejo y ve su pelo grasiento, cubierto por la loción, sobrepasando el tiempo estipulado, acercándose peligrosamente al límite a partir del cual nadie sabe qué puede pasar. Su hipocondría se dispara aumentando la sensación de peligro. Corre a la cocina y abre el grifo del fregadero, tampoco sale agua. “¡No hay agua!” –grita–. El pelo está en peligro, el miedo se adueña de él, se angustia sólo de pensar que la loción que usa, precisamente para reforzarlo, acabe por deteriorarlo. Horrorizado ante el panorama que se avecina, abre la nevera buscando una botella de agua que no hay. Su mano temblorosa sigue buscando y, al borde de la histeria, se tropieza con una botella de litro y medio de cola. La cabeza le pica, siente como la pringosa loción resbala por la cabeza, alcanza las sienes, la frente, el cuello. Empuña la botella de cola y corre al lavabo, de su garganta sale un grito aterrador al verse reflejado en el espejo y, sin opción a nada más, vuelca el contenido de la botella sobre su cabeza.

 

     Al principio siente cierto alivio al caer el líquido frío sobre el cuero cabelludo. Después, el espumoso liquido oscuro parece hervir entre su pelo, ve aterrado la cascada de cola burbujeante caer cabeza abajo, inundando su cara, llenando su boca recién limpiada y desinfectada. Sus ojos inundados por la espuma de la pegajosa bebida apenas distinguen en el espejo su rostro desencajado.

 

     Quieto, de pie ante el espejo, mira con los ojos desorbitados lo que queda de él. Una especie de adefesio pringado, cubierto de una indescriptible melaza dulzona. La cara llena de restos de lo que parece chapapote –producido por la fatal mezcla de loción capilar y cola–. La cabeza desaliñada, con los pelos lacios, caídos a los lados, untados por una oscura y viscosa materia similar al betún. Desesperado abre el grifo del lavabo sin que este suelte ni siquiera una gota. El agua, ese bien tan preciado, parece dispuesta a fastidiarle el día.

 

     La alarma ha cundido en la ciudad, la pertinaz sequía que azota al país ha obligado a la autoridad municipal a poner en marcha el plan de emergencia. El consumo de agua se verá afectado por las restricciones que esa mañana se han puesto en marcha. Sólo habrá agua de una a tres de la tarde y de ocho a diez de la noche.

 

     Mientras, en el cuarto de baño de su casa, el hipocondríaco, ajeno a lo que sucede fuera, continua abriendo y cerrando el grifo.

 

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12/06/2008 19:20 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Evaluación del desempeño

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     Seis empleados de una importante corporación mundial son citados en las oficinas de una empresa de consultaría situada en un edificio señorial de la zona alta. Acuden puntuales a la cita y lo único que saben es que la jornada laboral de ese día se desarrollará en ese lugar. A medida que llegan, la persona que atiende la recepción, una joven exageradamente maquillada y con un atuendo tan moderno como provocador, les indica la sala donde deben entrar. En la sala hay una mesa de trabajo cuadrada con nueve sillas, delante de seis de ellas hay una cartulina blanca y un bolígrafo sobre la mesa, lo que da a entender que son las sillas que han de ocupar cada uno de ellos. Como ocurre siempre que un grupo de personas se reúne, los recién llegados se agrupan y se sientan unos junto a otros teniendo en cuenta lo que nadie ha estipulado pero que en el subconsciente de cada uno está grabado, la afinidad entre ellos. Mientras esperan la llegada de quien los ha convocado, hablan y especulan acerca del por qué están allí. Les extraña que no estén otros compañeros del departamento y, entre reflexiones y preguntas sin respuesta, intentan encontrar las razones por las que ellos sí y los otros no, sopesando si estar allí es bueno o malo. Cada uno expone los posibles motivos por los que los otros no están y entre interrogantes y suposiciones intentan comprender al alcance de aquella cita. El ambiente es relajado, de camadería y compañerismo donde unos y otros apuntan ideas sobre lo que harán una vez se inicie la sesión.

 

     A las nueve en punto se abre la puerta y la persona de la recepción entra un carrito con café, leche, infusiones, zumos y unas bandejas de pastas. La joven no dice nada, se limita a entrar el carrito, sonreír y abandonar la sala cerrando la puerta tras ella. El silencio, que se adueñó de la estancia cuando la puerta se abrió, es roto por un murmullo general que se desencadena ante la presencia del tentempié. El grupo retoma la conversación, esta vez más animados y optimistas, y entre bromas, sonrisas y chascarrillos transcurren los minutos de espera. Comen, beben y hablan, pero sobre todo esperan. Ninguno de los presentes, tres hombres y tres mujeres, da muestras de nerviosismo. Sin embargo, algunos se miran el reloj con mas frecuencia que de costumbre, otros no dejan de manosear el móvil abriéndolo y cerrándolo como si esperaran una llamada urgente, y otros mueven una de las piernas compulsivamente bajo la mesa sin darse cuenta de ello.

  

     Distraen su atención charlando de cosas intrascendentes, pero cuando se agotan las pastas, el café y los zumos, se dan cuenta que ha pasado más de una hora y allí no ha entrado nadie. Entonces, una de las presentes se levanta y, con cierto enfado, dice algo así como que aquello es intolerable, que es una tomadura de pelo y sale a preguntar cuanto tiempo los van a tener allí. La joven de la recepción, que es diferente a la que les recibió y sirvió el café, le dice que en unos minutos estará con ellos la persona que debe dirigir la sesión. Ella pregunta en que consiste la susodicha sesión y la recepcionista responde que no lo sabe. Pero que no se preocupe, que vuelva a la sala, que en seguida estarán con ellos, y si necesitan más café o zumos que se lo hagan saber. La empleada de la importante corporación mundial le da las gracias y regresa a la sala no muy convencida.

 

     Han pasado más de dos horas cuando otro de los presentes decide salir a informarse. La respuesta que recibe es similar a la anterior: “Enseguida les atenderá quien deba hacerlo”. Pero éste insiste en que no puede seguir esperando. Que necesita saber de qué va todo aquello y cual el motivo por el que están allí. La recepcionista, que vuelve a ser la joven del principio, le pregunta sorprendida si de verdad no sabe por qué están allí y ante la respuesta negativa de él, le dice que puede marcharse a su casa.

 

     El resto del grupo sigue en la sala, esperando a que su compañero regrese y les informe. Pasan las horas y el compañero no vuelve, nadie de los presentes sale para ver qué pasa. A las dos en punto, la recepcionista abre de nuevo la puerta y entra, no uno, sino dos carritos, uno con bocadillos y fruta y otro con bebida y café.

  

     Al igual que unas horas antes, la recepcionista deja los carritos, sonríe y sale cerrando la puerta tras ella. Nadie de los presentes dice nada.

 

     Al día siguiente, en la oficina, los seis asistentes a la sesión de la consultora comentan con sus compañeros la experiencia. Siguen sin saber a que fueron allí, pero lo que cuentan despierta en los que no estuvieron unas ganas irrefrenables de vivir la misma experiencia.

 

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11/06/2008 19:30 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Tres mujeres, tres barcas, el enigma de un cuadro

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      Por la playa caminan tres mujeres. Una lleva en sus brazos una niña chica, que puede ser hija o nieta suya. Colgado en su brazo derecho lleva un cesto de mimbre. Camina descalza sobre la arena mojada por las olas, vestida con una blusa azul celeste y falda que se adivina oscura bajo un mandil blanco. Sobre sus hombros una mantelina igualmente blanca y cubriendo su cabeza, un pañuelo también blanco que la protege del sol, dejando al descubierto su cara de tez morena. Es joven, aunque la vestimenta y la cabeza cubierta la hagan mayor. La mujer mira, con semblante serio, pero dulce al mismo tiempo, no se sabe si a la mujer que camina junto a ella o al que, desde fuera del cuadro, las observa.

 

     La mujer que camina junto a ella, es mayor. Diría que es su madre. Viste falda blanca y sobre ésta un mandil negro, la mantelina y el pañuelo de la cabeza también son negros. Bajo éste se perfila una cara envejecida, una boca sin dientes, con los labios hacia dentro y barbilla pronunciada, la nariz tosca y arrugada. Al contrario que su hija, calza sandalias. Lleva en su brazo derecho dos cestos de mimbre y camina pensativa, mirando al suelo, como si algo la preocupara.

 

     Tras ellas camina la más joven, hermana menor o hija de la que porta la niña chica en brazos que a su vez podría ser hija suya. También lleva colgados dos cestos de mimbre, en su brazo izquierdo. Viste, al igual que las otras dos, falda, blusa, mandil, mantelina y pañuelo en la cabeza, pero de colores claros y alegres: azul cielo, azul marino y blanco. Sus rasgos faciales son más suaves y dulces, una joven que apenas ha dejado atrás la adolescencia. Camina mirando la arena, ensimismada en sus cosas que, a buen seguro, nada tienen que ver con las que preocupan a las otras dos.

  

     Las tres mujeres caminan por la arena ajenas a las tres barcas que unos metros mar adentro se deslizan suavemente entre las olas. Unas y otras, mujeres y barcas, van en la misma dirección, hacia el sur, si nos atenemos a la orientación del escenario donde supuestamente se desarrolla la escena, captada por Joaquín Sorolla en la playa de la Malvarrosa en Valencia. Aunque esto es pura suposición.

 

     Pero es precisamente el hecho de que mujeres y barcas vayan en la misma dirección lo que plantea el enigma de esta pintura. Las mujeres parecen caminar contra la dirección del viento. Sus poses ligeramente inclinadas hacia adelante, el fluir de su ropas hacia atrás así como el volar de la parte trasera de los pañuelos, sobre todo el de la más joven, muestran claramente que el aire va hacia la izquierda del que observa el cuadro. Sin embargo, las olas y las velas infladas que empujan a las tres barcas hacia el sur, indican que el aire va en dirección contraria.

  

     ¿Percepción errónea del pintor? ¿O simplemente un desfase temporal entre la plasmación de unas y otras? ¿Pintó un día las barcas y otro a las mujeres con el consiguiente cambio de rumbo del viento? ¿O sencillamente lo hizo así porque daba al conjunto un ritmo más acompasado y armonioso? ¿Fue consciente el pintor de esa diferencia? ¿O, por el contrario, no existe tal diferencia y es sólo una percepción del que observa?

  

     Cuando miramos un cuadro casi siempre solemos ver algo ligeramente diferente a lo que el autor plasmó en él y en muchos casos, incluso radicalmente distinto. Cada cual interpreta a su manera y según sus preferencias lo pintado y casi siempre caemos en la tentación de hacer un juicio de valor. ¿Quien no ha oído alguna vez, en un museo o sala de exposiciones, la estrafalaria interpretación del enterado de turno sobre una obra? Pretendemos descifrar lo que el artista pintó, buscando incluso mensajes subliminales, olvidando que el autor plasmó lo que vemos sencillamente porque así lo veía, así se lo imaginó o así quería que fuese. 

 

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03/06/2008 18:53 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Ixcateco, que significa "personas de algodón"

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     En un mundo global, de ideas y comportamientos uniformes. Donde todo se rige por normas estandarizadas, basadas en valores puramente mercantiles y los beneficios han de ser rápidos y abultados. Un mundo donde se confunde lo urgente con lo importante, donde no se sabe diferenciar lo necesario de lo superfluo, donde vivimos más deprisa de lo que nuestro organismo es capaz de soportar, y engullimos, sin dar tiempo a asimilar, todo lo que encontramos en el vertiginoso viaje a ninguna parte en que hemos convertido nuestras vidas. Resulta gratificante leer un día, en un periódico cualquiera, que en un lugar de ese mundo desaforado, alguien intenta conservar una lengua que sólo la hablan ocho personas.

 

     Y uno se detiene ante esa noticia, y se entretiene en leerla, y al hacerlo, siente que el mundo se para. Por unos instantes incluso me siento transportado a ese rincón de México, porque es allí donde se habla el xwja o ixcateco, en Santa María Ixcatlán, un pequeño pueblo del Estado de Oaxaca. Al ver la foto que ilustra la noticia, me imagino a esas personas y las veo sentadas bajo la sombra de un árbol milenario, hablando de sus cosas, en su lengua que nadie mas entiende. Y veo sus caras de piel madura, surcadas por arrugas esculpidas a lo largo de una vida de trabajo y sacrificios. Y me acuerdo entonces de doña Rosa, una “viejita” de San Bartolo de Coyotepec en ese mismo estado, que hacía piezas de cerámica negra. Piezas que, en el verano de hace ya casi treinta años, fuimos expresamente a comprar a su taller, cuando un grupo de amigos viajamos por México.

 

     Leyendo la noticia descubro que el xwja es una de las 23 lenguas indígenas mexicanas en riesgo de extinción. Pero es al leer lo que dijo el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México, "Las lenguas mueren por desuso, silencio e indiferencia", cuando me sumerjo en el recuerdo de aquel viaje y acuden a mí, nombres y caras que hace tiempo olvidé. Otras, en cambio, aún perduran frescas. Como las de aquella familia de Chamula en el estado de Chiapas, a la que hicimos, a petición del cabeza de familia, unas fotos que, una vez reveladas, le enviamos por correo. Estaban tan contentos de hacerse una foto familiar que se vistieron para la ocasión. Menos la abuela, que se negó y no paró de hablar en su lengua, posiblemente una de las 23 a punto de desaparecer. El hijo nos dijo que ella creía que la cámara fotográfica le robaría su espíritu y por eso no quería ponerse para la foto. Quizás tenía razón aquella buena mujer, pero su hijo no lo creía así, por eso nos pidió que le hiciésemos la foto.

 

     Otra noticia de cariz bien diferente me devuelve a la realidad: “La continuada subida de los alimentos hasta 2017 causará la hambruna de millones de pobres”.    

 

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29/05/2008 19:14 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Padules. Un regreso ansiado, largamente aplazado

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     Nada era como recordaba. Intentaba recolocar lo que veía en la imagen congelada de mi memoria como quien monta un puzzle. Las diminutas piezas con los cambios producidos durante mi ausencia buscaban su ubicación correcta en el tablero reemplazando a las antiguas que, desoladas, se veían desplazadas. Esa sensación de despedida, de dejar atrás lo que fue para ser suplido por lo que es, y en ese sustituir, decir adiós a parte de la vida, a parte de uno mismo. Miraba con ojos bien abiertos, para que no se me escapara detalle alguno. Intentando absorber lo poco que quedaba de lo que viví. Intentando regresar a un tiempo que se fue, que se diluyó en la nada como el azucarillo en el café.

 

     Sentía la ingravidez del paso del tiempo y en los restos de lo que hubo encontré la confirmación de lo que un día fue. Me envolvió una sensación de bienestar al comprobar que no todo estaba perdido. Que mi memoria aún era capaz de recordar y mantener intactos lugares, cosas, personas y acontecimientos. Y conforme recorría el lugar acudían a mí hechos, nombres, imágenes, caras y palabras. Vividos, pronunciados, vistas, observadas y oídas mucho tiempo atrás. Regresaban de la profundidad de la memoria para hacerme saber que todo estaba allí, que, a pesar de que ya nada era igual, aquello que fue seguía intacto dentro de mí. Y sentí una enorme emoción al ver, oír y hablar otra vez como entonces.

 

     El recorrido fue corto, apenas un día, pero suficiente para constatar que era real, que no todo fue un sueño, que lo que dejé atrás cuando decidí –¿o fueron otros quienes lo decidieron?– seguir mi vida lejos de allí, era parte de mí y que, aunque nunca jamás regrese a aquel lugar, seguiré perteneciendo a él.

 

     Recuerdos, vivencias, experiencias, despertares, alegrías y temores, decepciones, risas y llantos, tristezas, amores y desamores, deseos, odios, equivocaciones, felicidad en fin, todo tenía cabida en aquel reencuentro. Aquel día fui feliz, recuperé por unas horas los lejanos días de una vida pasada, casi olvidada, pero tan cerca al mismo tiempo que cuando lo pensé sentí vértigo.

 

     Asomado al tajo noté el aire azotar mi cara y, como si estuviera sumergido en un sueño, oí el griterío de los niños, me vi junto a ellos correr y jugar en las eras. Sentí el escalofrío del agua helada de la balsa del Faraite, cuando en las calurosas tardes de domingo, de veranos interminables, nos bañábamos en ella.

 

     Recuperé, aunque sólo por unos instantes, la inocencia de aquellos niños que correteaban todo el día por las calles y corralones. Y sentí tristeza, una enorme tristeza, porque aquello jamás volvería. Acariciado por el aire del tajo y arropado por la mujer que amo, hice lo que llevaba años queriendo hacer, vivir, quien sabe si por última vez, el recuerdo de un niño que fue feliz.

 

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27/05/2008 19:20 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Acción, reacción

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     Todo sucedió tan rápido que no tuvo tiempo de reaccionar. Sus ojos vieron acercarse con una inusitada rapidez la mano pero su cerebro fue incapaz de detectar a tiempo la amenaza que se cernía sobre él y cuando lo hizo ya era demasiado tarde. El guantazo que recibió en la mejilla izquierda fue la respuesta que ella le dio a la petición que él le acababa de hacer. Sorprendido y con la cara dolorida, se quedó mirando como un papanata mientras se llevaba su mano a la mejilla enrojecida por el tortazo.

     No hubo cruce de palabras ni reproches entre la petición de él y la respuesta de ella, clara y contundente, que él aceptó sin rechistar. El efecto de la reacción –de él al recibir el tortazo– ante la acción –de ella al dárselo– fue de desconcierto y sobre todo incredulidad ante lo que acababa de acontecer. En su fuero interno él no esperaba que ella actuara así y al hacerlo lo dejó fuera de juego. Le hizo perder el sentido de las cosas que, desde su perspectiva machista, tenía. Dejándolo del todo perdido y abrumado ante la posibilidad de tener que hacer un nuevo planteamiento de la relación entre hombre y mujer.

     Él sentía vergüenza por la humillación que el guantazo representaba a vista de los demás. Sobre todo, ante los amigos que, al igual que él, consideraban la supremacía del hombre sobre la mujer un hecho incuestionable. Pero lo que mas le desconcertó fue su nula reacción ante la agresión sufrida y su falta de respuesta. El no devolver el golpe a su agresora, ni siquiera como reacción defensiva, y quedar, en cambio, perplejo y sumido en una profunda confusión, le obligó a reconsiderar, si no toda, si gran parte, de su percepción sobre los roles de hombres y mujeres en la sociedad.

     Para ella, en cambio, fue como una liberación. Ser capaz de responder sin explicaciones ni concesiones de ningún tipo, sólo como en ese instante le pedía el cuerpo, ante lo que ella consideró una agresión a su dignidad como mujer, la llenaba de orgullo y hacía sentir mas persona que nunca. Aunque, también es verdad, tras la euforia inicial y al ver la mejilla enrojecida de él, sintió una extraña sensación de culpabilidad que estuvo a punto de tirar por tierra el espacio que, como mujer, acababa de conquistar. Por unos instantes tuvo la irreprimible necesidad de pedir disculpas y obsequiar a su amado con una caricia en la mejilla herida. Pero su orgullo, enaltecido por la ofensa recibida, se lo impidió, evitando de ese modo mostrar su debilidad que le habría dado a él la oportunidad de restablecer su estatus de dominador frente al de dominada de ella, rechazando enérgicamente tanto el perdón como la caricia reconciliadora.

     Y así fue como ella consiguió hacerse respetar, sabiendo ocultar sus verdaderos sentimientos en el momento más crucial. Pero sobre todo, mostrando su firmeza y  determinación ante la ofensiva petición de él.

   

     Nota de autor: Del mismo modo que el hombre no es mas hombre por utilizar la violencia contra la mujer, tampoco es ella mas mujer por utilizarla contra él. Los roles en esta historia pueden ser perfectamente intercambiables, por desgracia la violencia no es patrimonio de un solo género –hombre o mujer–. Pero sí es cierto que, en el 99 % de los casos, el agresor es el hombre. 

     Esta historia sólo pretende mostrar que ante una agresión, sea quien sea uno y otro, hay que reaccionar parando los pies al agresor. De lo contrario se puede estar en el inicio de un ritual, macabro y sórdido, donde dar y recibir se convierte en una peligrosa rutina cuyo final será aumentar el número de victimas de lo que llamamos violencia de genero que, en lo que va de año, ya son 24.

 

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21/05/2008 18:23 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Zoo humano para turistas

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Tailandia crea un "zoo humano" para turistas

Se trata de un poblado al que se entra pagando en el que hay mujeres que llevan pesados aros de latón que les dilatan el cuello. (La Vanguardia 19/05/2008).

 

 

    

     En la sociedad en que vivimos, donde todo se valora en función del beneficio económico que nos reporta, no es extraño que se hagan aberraciones como la que describe la noticia publicada ayer en La Vanguardia.

     Hacer zoos humanos para deleite de los turistas tampoco es nada nuevo. Si acaso, lo es el tratamiento que se da a las piezas que se exhiben en ellos. La proliferación de parques temáticos por todo el planeta es un ejemplo de ello. Y, sin ir tan lejos, aquí tenemos unos cuantos donde se exhiben costumbres y folclore de culturas lejanas, como se exhiben los monos y demás animales en un zoo al estilo clásico. O, el famoso Pueblo Español de Barcelona, donde, hombre y mujeres vestidos con trajes regionales, hacían –desconozco si se siguen haciendo– exhibiciones sobre oficios desaparecidos de todo el país.

     La diferencia estriba en que mientras en estos parques temáticos se nos vende el producto como algo lúdico, donde unos actores interpretan danzas y ritos desaparecidos o en fase de desaparecer. En el de Tailandia no son actores, sino personas normales que siguiendo también unos ritos antiquísimos, han deformado sus cuellos a base de ponerse aros de metal y ahora los exhiben para solaz distracción de los turistas que visitan el país. 

     Siendo como es una aberración para las personas que han sido recluidas en esos poblados, que por cierto son de un grupo étnico de Myanmar (ex Birmania). Lo es aún más por haber sido creados para complacer el morbo y la malsana necesidad de experiencias fuertes de los turistas. Si estos no acudieran y pagaran los 7.7 dólares que cuesta la entrada, estos poblados no tendrían razón de ser.

     Como siempre, nos encontramos ante el dilema de dar aquello que se demanda. Y está claro que los turistas que acuden a ese país demandan, cada vez más, cosas que rompan los esquemas y distracciones que sobrepasen los límites establecidos. Eso lo saben muy bien las autoridades tailandesas que, con tal de mantener y aumentar la industria turística, no dudan en ofrecer cualquier cosa. En definitiva, nada que no se haga aquí. Cada cual defiende sus intereses y su gallina de los huevos de oro. Y si el ayuntamiento de Barcelona –por ejemplo y salvando las distancias– está dispuesto a sacrificar el bienestar de los vecinos (El 60% de los barceloneses está insatisfecho con los servicios municipales que recibe”) para aumentar el número de visita turísticas. ¿Por qué las autoridades tailandesas no podrían hacer lo mismo?

     El problema es que llega un momento en que perdemos el norte y no somos capaces de ponernos límites. Y llegado ese punto, todo se diluye en el “todo vale”, que se ha convertido en la única ley que somos capaces de aceptar. Dejamos de ser personas para convertirnos en una especie de seres amorfos que sólo entienden de beneficios económicos. Y aunque la excusa siempre es que el bien común –de la comunidad– prevalezca por encima del privado –del personal, del individuo–. Al final y gracias a una delicada filigrana digna de un mago, las autoridades competentes dan una vuelta de tuerca más hasta conseguir que ese bien común sea mas beneficioso para lo privado –empresas turísticas– que para lo público –municipios–.

     Aún así, no deja de ser una aberración el exhibir a esas mujeres, y está bien denunciarlo. Pero también sería interesante conocer su opinión. ¿Alguien se la ha pedido?

 

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20/05/2008 18:13 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Vio entonces una mirada compasiva

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Unos 200 niños polacos de un campo de refugiados austriaco llegaron en 1946 a Barcelona en una operación de la Cruz Roja. Eran niños rubios "de aspecto germano" robados por los nazis o fruto de experimentos para crear la superraza aria.” (El País 11/05/2008)

      Sentía su mirada clavada en él como afilados estiletes, los ojos le brillaban y desprendían un fulgor que le incomodaba, era una mezcla de desprecio y ausencia, como cuando uno muestra poco interés por lo que ve, sólo que en él, ese desinterés significaba mucho más.

     El adulto no entendía que un adolescente, apenas un niño, pudiera mirar de esa forma, con esa mirada turbia, fría, con ausencia total de sentimiento. Lo examinaba buscando en él los motivos por los que permanecía ahí parado, quieto, prácticamente sin mover un músculo ni parpadear desde que entró. Todo su cuerpo en tensión, esperando el momento, pero ¿qué momento?, en que pudiera moverse o decir algo. Delgado, demasiado para su edad –pensó el adulto–, demacrado y sin pelo. Porque no tenía pelo, no, no es que lo tuviese cortado al cero, era sencillamente que no tenía, que le había caído.

     El adolescente, o niño, daba igual porque después de todo era tan vulnerable como un recién nacido, no dijo nada, sólo esperó y escuchó y, aunque parecía ausente, oyó muy bien lo que el adulto dijo, y respondió, solo y a lo que se le preguntó, con  monosílabos y poco más, ahorrando palabras y esfuerzo, como si fuese inútil dar una explicación más allá de cuatro o cinco vocablos. Dando por hecho que quien preguntaba se había de conformar con respuestas concisas, sin florituras, como si no hubiera tiempo para demostraciones oratorias. Porque en realidad tiempo era lo que no había, lo que le faltó siempre. De niño no lo tuvo ni para conocer a su padre. Después, cuando apenas empezó a caminar, le faltó para seguir junto a su madre. Y más tarde, en aquella casa, con otros padres que él supo siempre no eran los suyos, porque no podían serlo tratándolo como lo hacían. El maldito tiempo, que pasa si detenerse, sin darle la oportunidad de quedarse, de hacerse del lugar donde está, de entablar relaciones duraderas con los demás. Allí de pie, ante el adulto que lo observaba, le preguntaba y escrutaba buscando en su interior la respuesta capaz de explicar la situación, el adolescente esperaba.

     Con los brazos caídos a ambos lados, el cuerpo ligeramente desgarbado, cansado, parecía no tener prisa por salir de allí, o si la tenía, si sentía la mínima inquietud por abandonar aquel lugar, salir de aquel despacho para volver con los otros niños, sus compañeros y amigos, su única familia desde que fue abandonado a su suerte, supo ocultarlo muy bien. Desde luego que practica no le faltaba. Tuvo que aprender a disimular, a tragarse el orgullo, a mentir incluso para poder sobrevivir. Cuando uno es arrebatado de los brazos de su madre, entregado a unos padres que no lo son y abandonado en un campo de entrenamiento militar, no le queda mas remedio que aprender a marchas forzadas técnicas de supervivencia.

     Cuando el adulto le dijo al fin que podía retirarse, que podía ir con sus compañeros, el adolescente lo miró directamente a los ojos. Su mirada desafiante y turbadora se encontró entonces con otra comprensiva y afectiva, el rostro del adulto mostró unos rasgos menos rudos y él comprendió que allí todo sería diferente. Unas diminutas gotas se abrieron paso entre los lagrimales secos del adolescente, el doctor le dijo entonces: “Anda, ve a jugar con tus compañeros”.

 

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16/05/2008 20:04 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

La última cita

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     Cabía la posibilidad de que ella decidiera dejarlo para siempre. También era posible que en su decisión dejara una puerta abierta, una pequeña esquirla de esperanza por si él decidía, a su vez, cambiar. En cualquier caso, y pasase lo que pasase durante el encuentro que esa tarde iban a mantener, ella se reservaba una carta en la manga por si en última instancia tenía que usarla.

     Cuando llegó tuvo la sensación de que el viaje había sido en balde, intuyó que todo lo que él le había dicho por teléfono, cuando con voz apenada le suplicó que fuese, era pura verborrea. Que nada de lo dicho era verdad o, al menos, no en el sentido que él quería darle y que ella, en su ingenuidad, había creído. El lugar no tenía nada que ver con el que años atrás, cuando era joven, consideró su particular nido de amor, donde tuvo los encuentros clandestinos con su amado. La habitación, de un hostal en un pueblecito costero, seguía allí, igual de indecorosa, con los mismos muebles, el mismo suelo, la misma pintura en las paredes, el mismo cuadro sobre la cabecera de la cama y la misma ducha goteando, pero más vieja y, por ello, triste y deprimente. Sus paredes rezumaban humedad y la pintura, verde manzana como le gustaba a ella, mas bien parecía cubierta de moho. Ni siquiera la iluminación era la misma, la ventana entreabierta, con la cortina de tela casi transparente de vieja, apenas dejaba pasar un resplandor apagado, difuminado por la presencia, al otro lado del estrecho callejón, de un edificio de apartamentos. “Hasta la luz nos han quitado” –murmuró–.

     Sentada sobre la cama recorrió con la vista la habitación y en el trayecto por las paredes, el techo y el suelo, su mente fue recuperando retazos de un pasado que no por lejano tenía olvidado. Su garganta reseca suplicaba un trago, mas que nada para volver a saborear lo que los recuerdos le hacían sentir. Su mirada apagada hacía un esfuerzo por ver, no la decadencia de un lugar que en definitiva era el reflejo su propia decadencia, sino lo que un día fue, lo que un día vivió allí. Su respiración cansina, casi enferma, fluía lenta como si esa fuera la última oportunidad. Sentada en aquella cama, sobre la colcha gastada, esperaba la llegada de quien en tiempos fue su amado. Con la impaciencia propia de una adolescente contaba los minutos, esperando el ansiado instante en que él apareciera, como los Ángeles en las estampas que de niña le daba su abuela, por la puerta de aquella destartalada habitación.

     Ella sabia que él no iría, lo supo siempre, pero conservó intacta la esperanza, porque eso era lo único que le quedaba. Su vida fue una continua espera, llena de esperanza, pero espera la fin y al cabo. Por eso aquel día, como había hecho los últimos veinte años, acudió a la habitación número seis de aquel hostal, sólo que en esa ocasión, lo hizo por diferente razón.

     Entre el gentío que se agolpaba al otro lado de la calle, ella miraba, con lágrimas en los ojos, cómo el viejo edificio se consumía bajo las llamas. Cómo el fuego devoraba al único testigo de su larga historia de amor. Y, como quien observa los últimos vestigios de una vida atormentada, vio pasar los fantasmas de un pasado doloroso, alejándose de ella rugiendo con rencor por haber sido capaz de romper la atadura que, desde aquel lejano día en que lo vio por primera vez, la encadenó para siempre.

     Con expresión triste pero corazón alegre se alejó de allí. Sabiendo que nunca más volvería a ese lugar. Y sorprendida por haber sido capaz de usar la carta que, con gran acierto, se guardó en la manga.

 

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09/05/2008 22:43 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

La lombriz y el caracol. O, como fenecer en el intento

     Al salir a la luz, después de un buen trecho perforando la tierra húmeda, lo primero que ve la lombriz es una cara babosa con dos largas antenas en la parte superior y otras dos mas cortas en la inferior. Deslumbrada por la intensidad de la luz, la lombriz espera unos segundos antes de poder reconocer en ella a su amigo caracol que la espera allí plantado desde hace un buen rato.

     Ya sería hora, perezosale dice el caracol a la aturdida lombriz–

     No me ‘atabales’ cara baba, que estoy desfallecida. Tú no sabes lo que cuesta excavar la tierra con esta sequía. Si sigue así, no sé que va a ser de nosotrosresponde la lombriz mientras termina de salir a la superficie–

     Una vez fuera, la lombriz se sacude los restos de tierra y a continuación hace unos ejercicios de estiramiento y enrollamiento para desentumecer su flexible cuerpo. Por último se limpia la cara, para lo que pide al caracol unas cuantas babas.

     Que pesada eres. ¡Llegaremos tarde!grita el caracol mientras le suelta las babas–

     No seas quejica que hay tiempo de sobra. Y ten cuidado que me has bañado. Sólo necesito una baba, no una catara  contesta la lombriz casi ahogada entre tanta baba– 

     Hoy es un día especial en aquel lugar, la pasada noche cayó la primera lluvia de primavera y la lombriz y el caracol han quedado con otros amigos para ir al prado a comer. La hierba empieza a crecer y sus tiernos tallos recién despuntados son un manjar muy apreciado al inicio de la estación.

     ¿Estás lista?pregunta el caracol–

     No sólo lo estoy, sino que además, lo soyresponde la lombriz orgullosa del brillo que su estilizado cuerpo desprende–

     ¡Presuntuosa!murmura el caracol–

     ¿Decías algo? Habla más alto que no se te oye –replica ella

     ¿Podemos irnos? –vuelve a preguntar el caracol–

     Cuando quieras, yo hace rato que estoy a puntoresponde altanera la lombriz–

     Los dos emprenden la marcha hacia el prado. Delante, el caracol, dejando sobre la tierra un camino de babas por el que la lombriz se desliza sin esfuerzo.

     ¿Quién más viene?pregunta la lombriz–

     Supongo que todos, como siempreresponde el caracol sin ni siquiera volverse–

     ¿Mariquita también?

     Supongo.

     ¿Y tus primos? ¿Sabes si vienen?vuelve a preguntar la lombriz.

     El caracol se para y hace una señal a la lombriz para que haga lo mismo. Están al borde del camino que han de cruzar para llegar al prado. Mira a un lado y otro para ver si se acerca algo que pueda perturbar su marcha y tras comprobar que no hay peligro, inicia de nuevo la marcha sobre la tierra húmeda.

     Date prisa no sea que venga uno de esos monstruos mecánicos que usan lo humanos y nos cha…

     ¡Cuidadoo! –grita la lombriz enrollándose sobre si misma para protegerse–

     Con la cabeza oculta en el anillo de su cuerpo, la lombriz oye el crujido de la concha del caracol al ser chafado contra la tierra del camino. El pobre, ni tiempo ha tenido de finalizar la frase. El negro neumático del tractor pasa sobre él sin darle tiempo a reaccionar y, sin compasión, lo aplasta dejándolo muerto sobre el camino.

     La lombriz aterrada lo mira y sin más continua su caminar hacia el otro lado del camino, no sin antes despedirse de su viejo amigo.

     Adiós caracol –le dice al pasar junto a lo que queda de él–.      

  

                                                           F  I  N

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07/05/2008 19:04 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Mirando un cuadro

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      Escena bucólica la pintada, que no retratada, por J.M.W. Turner en 1807. Muestra la lentitud del paso del tiempo en un entorno tranquilo, casi idílico. Donde sus únicos ocupantes charlan entre ellos de las cosas que le son mas cercanas. Ignorando los convulsos tiempos que les ha tocado vivir, como las guerras napoleónicas, que tal vez conocen de lejos, como algo que ocurre en otros lugares, tan remotos que no merece la pena, ni siquiera, tener en cuenta.

     A lo lejos se ve, entre la frondosa vegetación y a orillas del Tamesis a su paso por la localidad de Twickenham, no muy lejos de Londres, la villa que fue casa del poeta Alexander Pope. Quién sabe sí, mientras el pintor pintaba, el poeta estaría imbuido en la traducción de la Ilíada o en la creación de uno de sus poemas dedicado a su admirado Isaac Newton. En fin, conjeturas de simple admirador con una imaginación que va más allá de lo real. Más cerca del cual están, en el borde del río, los dos barqueros preparando la barca con la que, seguramente, trasladarán a la otra orilla las ovejas que esperan plácidamente. En silencio hacen su trabajo, sin hacerse notar. Como si allí no hubiese nadie, los dos hombres siguen en su quehacer sin alterar el orden de las cosas.

     Alejada de ellos y mas cerca del observador, una mujer habla, casi susurrando al oído, con su acompañante que escucha atentamente mientras los tres lugareños los observan. ¿Qué está diciéndole para que él escuche absorto, con la cabeza ligeramente bajada, mirando al suelo? Posiblemente que deben regresar, que es tarde y les queda mucho camino hasta casa. O, puede que le haga una confidencia personal. O, un comentario sobre los tres que tienen delante. Fuese lo que fuere que le esté diciendo, llama la atención la quietud del momento, y no es redundante aún tratandose de un cuadro. Porque precisamente, lo que atrae de él es eso, la paz y tranquilidad que desprende. Sólo hay que fijarse en las ovejas que ni siquiera están de pie.

     La luz de media tarde, o de una temprana mañana, inunda el paisaje dando a la escena el contrapunto justo de melancolía de la que hace gala. El tono brumoso del ambiente, sobre todo en la larga distancia, nos puede hacer pensar que estamos ante una incipiente mañana de primavera. Pero, la proliferación de nubes que, desde el margen izquierdo, van adueñándose de la casi totalidad del cielo, nos hacen creer que la escena transcurre una tarde, también de primavera. En cualquier caso, la esencia del cuadro no cambia y, aunque desconozco lo que motivó al pintor para plasmar esta escena, al margen claro del homenaje a un admirado poeta de su tiempo que vivía en aquella villa –el título que dio a la obra así lo atestigua “Pope’s villa at Twickenham”–, me inclino a pensar que fue la necesidad de tranquilidad y de alejarse de la ruidosa vida londinense, lo que le llevó a pintarlo.

     Una vida bucólica que, entonces como ahora, anhelamos vivir quienes no la tenemos.

 

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25/04/2008 17:04 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Por Sant Jordi, un libro y una rosa

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    Un libro

    

   Cuando abrió el libro tuvo el presentimiento de que abría una puerta a un mundo desconocido y no iba desencaminado. La primera página estaba en blanco, pero no le dio importancia, todos los libro tenían la primera página en blanco. El chasquido del papel al pasar la siguiente hoja le resultó agradable, presagiaba aventuras sin fin. Sin embargo, al ver la página también en blanco se estremeció. Por unos segundos dudó, no supo si seguir o dejarlo ahí. Pero la curiosidad por saber qué ocultaba, hizo que sus dedos cogieran otra hoja y de nuevo el chasquido, el presagio, y la decepción al comprobar que la tercera estaba tan blanca como las anteriores. Sorprendido por el misterio pasó la cuarta y tras ésta la quinta y así hasta la última hoja. El desconcierto se adueñó de él, no entendía cómo alguien podía escribir un libro en blanco. ¿Qué sentido tenía escribir un libro sin escribirlo? –preguntó sin obtener respuesta–. Cerró la tapa y dejó el libro sobre la mesa. El niño, abrumado por lo que acababa de ver, se fue a jugar.

Al día siguiente, cuando se levantó, vio el libro sobre la mesa. Lo miró y por unos instantes estuvo a punto de abrirlo, pero algo se lo impidió. De nuevo lo abandonó y se fue a jugar. Lo mismo sucedió en los días sucesivos, lo miraba, acercaba su mano, y cuando estaba a punto de abrirlo, algo le decía que no debía hacerlo. Pasaron los días y los años, el niño creció y el libro siguió allí, cerrado sobre la mesa, como él lo dejó aquel día ya lejano que lo hojeó sin comprender lo que no había escrito en él.

     Un día oyó en la TV una historia sobre un libro extraordinario que alguien había escrito en la antigüedad. Según contaron, lo que había escrito en él era tan terrible que nadie se atrevió jamás a leerlo. El libro –dijeron entonces– estaba guardado en una urna de acero con siete cerrojos y siete llaves para que nadie pudiera abrirlo. Porque si se abría todo lo escrito en él se haría realidad y el mundo dejaría de ser mundo.

     El niño, que ya era hombre, se acordó entonces del libro no escrito que hojeó de niño y se le ocurrió que tal vez lo que sucedió entonces fue que no entendió lo que había escrito en él, ¡habían pasado tantos años! Fue a la mesa y ante el libro miró la tapa trasera, la acarició y sin proponérselo sus dedos la cogieron y la abrieron. Como entonces, presintió que se adentraba en un mundo extraordinario, y como entonces, fue pasando las hojas hacia atrás. Mas que leer devoraba lo que había escrito, sumergido en el apasionante mundo que allí se describía no se percató del paso del tiempo. Cuando al fin leyó la última página, que era la primera, el hombre, otra vez niño, comprendió.

                                     

                               FIN

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22/04/2008 22:25 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Azucena es nombre de flor

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      Azucena es nombre de flor, la flor preferida de su madre. Por eso, cuando ella nació, la llamó Azucena. Fue una niña modelo y como era hija única, sus padres la cuidaron y educaron con todo su amor, sin que le faltara de nada. Para su madre era como la muñeca que de niña siempre deseó, pero nunca pudo tener. La peinaba continuamente cuidando con esmero su larga cabellera rubia. La aseaba y vestía con vestidos primorosos, llenos de detalles florales, que ella misma bordaba y remataba con esplendidos encajes almidonados.

     Azucena, mas que una niña, era una princesa. Siempre vestida con bonitos vestidos blancos, como la flor que le daba nombre. Su pelo siempre peinado. Unas veces liso, con larga melena de finos hilos de oro. Otras rizado, con tirabuzones dorados. Y otras, con trenzas de puro oro de veinticuatro quilates. Su cara, siempre risueña y plena de felicidad, alegraba la de sus padres que día a día la veían crecer y no reparaban en gastos para que su hija, su única hija, fuera la mejor de todas y ella, agradecida, los amaba y respetaba como sólo una hija feliz es capaz de hacer.

     Azucena crecía y su belleza aumentaba. Con el paso del tiempo su cuerpo se transformaba en una bella y escultural figura que las demás niñas envidiaban. Y los niños, ya casi hombres, deseaban poseer. Un día que, sentada en la terraza de su casa, leía una triste historia de amor, vio a un joven arrancar una flor a través de la verja del jardín. Era una perfumada dalia que ese día había florecido para deleite de los que por allí pasaban. El joven se la llevó a sus labios y luego, mirando hacia donde Azucena estaba, la lanzó con un vigoroso impulso. La flor calló a sus pies y Azucena, ruborizada, no supo qué hacer. Embobada, lo miraba mientras él le lanzaba una pícara sonrisa que la perturbó. Después se marchó, y ella, con la dalia a sus pies, se quedó allí sentada suplicando que pronto regresara.

     Desde ese día, Azucena no fue la misma. La tristeza apareció por primera vez en su rostro y la desgana se instaló en ella. Su madre, preocupada, le preguntaba qué le sucedía y ella siempre callaba. Día tras día salía a la terraza y esperaba la llegada del joven que le había arrebatado el corazón. Pero día tras día volvía dentro de casa triste y abatida por la ausencia de su presencia. Con el paso del tiempo se convirtió en una mujer triste y apenada y sus padres, ya mayores, no sabían que le sucedía y no podían ayudarla. Llamaron a médicos de todas las especialidades, pero ninguno halló dolencia alguna que justificara su abatimiento, aunque todos le recetaron medicinas y remedios curativos para el mal que la embargaba.

     Los años pasaban y con ellos, Azucena envejecía. Sus padres murieron y ella sola en la bonita casa se quedó. Su pelo ya no brillaba como finos hilos de oro, su piel dejó de ser fina y suave, y su cara perdía con los días el color rosado y alegre de cuando era joven. Su esbelta figura fue transformándose en una fofa y gruesa escultura y sus vestidos ya no eran del blanco puro de la flor que le dio nombre.

     Azucena, convertida en una vieja triste y amargada, pasaba los días sentada en la terraza, recordando el día en que aquel joven la miró. Un día reparó que en el suelo aún quedaban restos de aquella dalia que, con tanto amor, él le lanzó. Azucena, mirando los restos de aquella flor, comprendió que aquel día, con su indecisión, evitó lo que habría sido su gran historia de amor. De sus ojos brotaron lágrimas de dolor que al suelo fueron a parar, regando sin querer el fino polvo de la dalia del amor que de nuevo floreció. Azucena la cogió y la besó. Entonces vio al joven sonriendo al otro lado de la verja y ella corriendo fue tras él. Por fin, después de tantos años, su sueño se hizo realidad y Azucena volvió a sonreír y ser feliz.

     Las vecinas la encontraron sentada en su butaca en la terraza, tenía en sus manos una dalia seca y su semblante reflejaba la felicidad que había tenido de niña. Azucena, que  había quedado huérfana con apenas tres años, vivió sola en la casa gracias al cuidado de sus vecinas y había muerto apenas cumplidos los treinta años, aunque, viendo su cara, parecía que hubiesen pasado sesenta.

     

                                                           F  I  N

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18/04/2008 20:03 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

El eco de un estornudo lejano

     Todo empezó una mañana de un día cualquiera, hacía sol como podía estar nublado incluso lloviendo. Pero no, ese día, el sol brillaba como suele hacerlo todos los días de verano en un lugar como aquel, más cerca del trópico que del polo. Era temprano, con lo que la temperatura aún no había alcanzado los treinta grados, pero eso poco importaba, el calor se hacía sentir igual. Un calor húmedo, pegajoso, del que no te deja dormir por la noche, del que hace que la ropa se pegue al cuerpo haciéndola incómoda, molesta, sobrante. Aquella mañana, que no tenía nada de especial porque se presentaba tan aburrida y monótona como la anterior y como la anterior a ésta y a la anterior de la anterior de la anterior… hasta alcanzar, quien sabe, la primera mañana en aquel lugar, tan lejos en el tiempo como lo estaba el propio lugar de los demás lugares conocidos, Braulio se levantó cansado, con una pereza que, por otra parte, no era nada nuevo en él. Pero aún así, aquel día la pereza era mayor, como si durante la noche su cuerpo hubiese soportado un peso fuera de lo común. Se sentó en el borde de la cama y con un gesto cansino, como si incluso eso le costase un esfuerzo descomunal, intentó emitir su consabido primer estornudo.

     Braulio siempre estornudaba al levantarse, o mejor dicho, unos instantes antes de hacerlo, porque el estornudo le venía en ese intervalo de tiempo que hay entre incorporarse y ponerse de pie, en el instante justo en que, sentado en el borde de la cama, pensaba que en realidad no sabía para que se levantaba, porque después de todo, el levantarse no le reportaba nada nuevo, ni bueno ni malo, simplemente no le aportaba nada a su vida, al menos eso creía él. Pero, a pesar de ello o por causa de ello, seguía levantándose cada día a la misma hora, invariablemente a las seis y cuarenta y un minuto de la mañana, una hora, tan buena o tan mala, según se mire, como cualquier otra. Braulio no recordaba un solo día que se hubiese levantado sin haber estornudado, incluso estaba convencido de que si algún día no lo hacía, significaría que el fin había llegado.

     A esas alturas de la vida, el estornudo mañanero era para Braulio su particular seña de identidad, la prueba irrefutable de que, una vez más, había sobrevivido a los oscuros aconteceres nocturnos y llegado con vida al inicio de un nuevo día. Para sus vecinos, que cuidaban de él como si fuera el último bastión de una época gloriosa, era la señal de que ya había amanecido y por tanto la hora de levantarse. Después de ese primer y único estornudo diario no habría otro hasta el día siguiente a la misma hora. Era como un reloj biológico que, desde el inicio de los tiempos, diera la hora exacta una vez al día, marcando el inicio de la nueva jornada para los habitantes de Padalmires, una aldea  perdida en el valle del An Darax.

     Pero aquella mañana, idéntica a las demás vividas en aquel lugar, ocurrió algo diferente, algo casi imperceptible, insignificante, sin apenas trascendencia, una de aquellas cosas que por lo general cuando ocurren siempre decimos: “No importa, no pasa nada”, y que después descubrimos, demasiado tarde, que sí importaba y que naturalmente sí pasaba algo. Aquella mañana, sin saberlo y ser consciente de ello, Braulio desencadenó la mayor de las catástrofes conocidas. Aquella mañana de un día cualquiera, Braulio no estornudó y con ese no estornudo alteró el curso de la cosas y con ello, la vida en aquella pequeña aldea sufrió una ligera alteración cuyas consecuencias han llegado a nuestros días. Aquella mañana el vecino de Braulio, como era de esperar, no oyó su estornudo y no se despertó, siguió durmiendo con la seguridad que da saber que el vecino te despertará invariablemente a la hora en punto en que suelte su primer y único estornudo. Aquel día, al no levantarse, el vecino de Braulio no hizo lo que tenía que hacer y la aldea perdió para siempre su oportunidad.

     El vecino de Braulio era el alcalde de Padalmires y ese día debía acudir a la capital para presentar en el gobierno civil las alegaciones a la solicitud para la construcción, en su termino municipal, del único instituto de enseñanza media que iba a tener la comarca. Los padalmireses confiaban en el instituto como revitalizador de la aldea para evitar la despoblación que venían padeciendo durante los últimos años, por ello habían dado todas las facilidades para que les fuera adjudicado. Pero el día de la verdad, aquel día en que el alcalde debía lucirse ante los capitalinos, Braulio no estornudó, el alcalde no se despertó, el gobierno civil adjudicó el instituto a otro municipio, y la pequeña aldea siguió siendo pequeña y, cada vez, más deshabitada. Aquel día, como Braulio siempre había temido, fue el inicio del fin de Padalmires.

     Han pasado los años y allí sólo quedan casas derruidas, la vegetación ha inundado lo que antaño fueron calles y el último habitante hace años que la abandonó. Sin embargo, según cuentan los que han estado allí al amanecer, cada día, a las seis y cuarenta y un minuto de la mañana, se oye, como el eco de un lamento lejano, un estornudo.

 

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11/04/2008 18:56 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Una historia de amor tardío

      Absorto en la noticia que publicaba en primera página el periódico, Romualdo pasó ante ella sin apenas mirarla. Se sentó en el banco vacío y allí, al calor de los suaves rayos de sol de una mañana de invierno, leyó que dos enamorados octogenarios habían decidido dar por finalizado su amor cansados de vivir en un mundo hostil. Los enamorados habían puesto fin a sus vidas de la forma más simple y placentera que fueron capaz. A la luz de las velas y acompañados por las dulces melodías de sus canciones preferidas, los cuerpos desnudos cubiertos por el agua templada y perfumada, se abrazaban dentro de la bañera fundiéndose en un largo beso mientras la sangre fluía de sus muñecas con la misma lentitud que sus vidas se apagaban.

 

     La noticia, tratada por la prensa como un simple suicidio de dos personas mayores y tal vez enfermas, resultaba de una belleza demoledora a los ojos de un hombre que, como Romualdo, aspiraba a alcanzar la máxima felicidad. Él, que llevaba buscando el amor simple y puro desde su más tierna juventud, sintió que su corazón se encogía al leer el final de esa sencilla historia de amor. Compungido, sintió como sus ojos se humedecían nublando su vista e impidiéndole ver a la mujer que en ese momento pasaba ante él y, que de forma indisimulada, le lanzaba una mirada más que inocente, retadora. Era la misma mujer que unos minutos antes estaba sentada a la entrada del parque y que él, en su ensimismado interés por la noticia, ni le prestó atención.

 

     Días después se volvieron a encontrar. Romualdo paseaba por una de las avenidas del parque cuando vio acercarse, sinuosa, una figura femenina que le llamó la atención. Atraído por la exuberancia de su caminar, Romualdo fijó su vista en ella, y a medida que uno y otra avanzaban en su paseo, acercándose inevitablemente al inesperado encuentro, crecía en él una especie de hormigueo que se convirtió en excitación cuando ella, al pasar junto a él, rozó, como quien no quiere la cosa, su brazo. Romualdo, sin poderlo evitar, lanzó el más bonito piropo que jamás había dedicado a una mujer. Pero ella, altanera y henchida de orgullo, siguió su caminar sin siquiera mirar atrás, lo que aumentó la pasión en Romualdo que le declaró su amor.

 

     Tiempo después, Romualdo y Juliete, que así se llamaba la mujer, se juraban amor eterno y vivieron felices hasta que, viejos y cansados, un día decidieron… Pero eso, ya es otra historia.

  

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03/04/2008 19:16 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

La espesa niebla

      “La espesa niebla lo cubre todo. Apenas veo lo que tengo delante. Camino inmerso en esta especie de nube gris sin saber dónde ni qué piso. Miro al suelo y no veo ni mis zapatos, en realidad, de mis piernas solo veo hasta las rodillas. Resulta extraño verme a mi mismo caminar, las rodillas son el final de las piernas y al avanzar una tras la otra mi cuerpo parece flotar más que caminar. 

      El silencio, el inmenso silencio que se oye, o mejor dicho que no se oye. Por cierto, ¿el silencio se oye? O simplemente es algo que está ahí, que nos envuelve y… Silencio, ausencia de sonido, de ruido… No se, creo que me está afectando demasiado esta situación. Decía que el silencio me envuelve y eso, más que la niebla, me da miedo. Ando entre esta espesura gris intentando oír algo, captar elgún ruido y lo único que llega a mis oídos es el sonido sincopado de mi respiración, el de mis pasos sobre la tierra húmeda. Aparte de eso, nada, silencio absoluto. ¿Estoy solo en este lugar?”.        

      Se despierta sudoroso y alterado, le cuesta respirar, como si le faltara el aire, su corazón va a mil por hora. Sentado en la cama, con la cara desencajada mirando al frente, como si ante él tuviera algo extraño, Constancio intenta controlarse y volver a la normalidad. Mira a su lado y ve que ella sigue durmiendo placidamente, no la ha despertado, esta vez no.    

      Se levanta y va a la cocina donde bebe un vaso de agua fría y siente como le quema al tragar. Sentado frente a la nevera rememora el sueño y se estremece al comprobar que esta vez parecía real. Piensa en lo que esa mañana le dijo el psiquiatra: “Analiza el sueño, cada detalle, cada situación, cada persona que aparezca en él y después pregúntate ¿por qué?”     

      Después de recordar cada instante del sueño se hace la pregunta y espera la respuesta, pero ésta no llega, no hay respuesta. Sentado en la silla se estira y con la cabeza hacia atrás cierra los ojos e intenta relajarse. En su cabeza, la pregunta se multiplica hasta el infinito en busca de la respuesta ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?...     

      Cuando por fin abre los ojos no entiende lo que pasa. Se siente aturdido, dolorido, cansado, inmovilizado. Se toca la cabeza, ¡Dios, cómo me duele! No siente las piernas, mira a su derecha y la ve, es su novia, está quieta, inmóvil, en silencio. Frente a él, las luces rojas no paran de parpadear, lo deslumbran. La niebla parece despejarse, sus oídos captan lejano el sonido de las ambulancias al llegar. ¿Quienes son? Se pregunta al verlos acercarse al coche destrozado. Después, asustado, les pregunta a ellos ¿por qué?  

      © PCB

29/03/2008 13:47 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Un paseo diario no hace daño, ¿o sí?

     (Quinta y última parte)

     De vuelta a la comisaría, el inspector cogió el reloj de bolsillo que el cuerpo de la victima tenía entre sus manos cuando lo encontraron y lo examinó de forma concienzuda. Sabía que en él estaban ciertas respuestas y quería encontrarlas. A simple vista el reloj no decía nada, era de lo más normal. En el exterior de la tapa había labrado un dibujo que representaba una ciudad amurallada y sobre ella unas nubes. Sin embargo, al mirarlo con la lupa, el inspector descubrió que entre las nubes había un ojo del que salían unos diminutos rayos en dirección a la ciudad, y al pie de la muralla se podía leer, no sin cierta dificultad, la palabra Jerusalén. En el reverso había otro dibujo grabado. Un compás abierto en un ángulo de cuarenta y cinco grados parecía flotar sobre un sol naciente tras el horizonte marino, y dentro del sol, una vez más, un ojo que parecía vigilarlo todo. En el interior de la tapa, una foto esmaltada en blanco y negro mostraba la sonrisa feliz de una mujer joven, “su esposa, supongo” –pensó mirándola con cierta melancolía–. Sintió la necesidad de tocar aquella superficie brillante y tras comprobar que nadie lo miraba, como si se dispusiera a hacer algo inmoral, acarició la foto con la yema del dedo y sintió que el esmalte cedía levemente a la mínima presión. En ese momento pensó que debía arrancar aquella foto. No le costó mucho quitar el aro de plata trenzado que sujetaba el esmalte. Cuando al fin quitó la foto el inspector leyó la inscripción grabada en el interior de la tapa: Roger Rabanet, hermano mayor del templo de Jerusalén en el año del señor de 1966.

   

     Aquel atardecer el inspector se acercó al Montículo de los Cipreses para ver en persona lo que hacían los componentes de la supuesta secta. Todo lo que vio fue a un grupo de jóvenes vestidos al estilo hippie que, al compás de una guitarra y un bongó, entonaban canciones de letra cansina y repetitiva balanceando la cabeza en movimiento pendular igual de monótono. El inspector preguntó, a una señora que los miraba extasiada, si eso era todo lo que hacían. La señora respondió que mientras había sol sí, pero que cuando se escondía, empezaba el verdadero espectáculo.

 

     Efectivamente, una vez el sol se hubo puesto, el grupo elevó el volumen de sus cánticos e inició una especie de danza sincopada que aumentó de ritmo a medida que se hacía oscuro para, una vez de noche, desembocar en una frenética y ruidosa farándula donde una de las chicas se despojó de sus ropas hasta la cintura, dejando su torso desnudo, y con él, los pechos que no dejaban de saltar temblorosos como un par de flanes. El inspector se percató que las ropas de la joven quedaban tiradas en el suelo mientras el grupo de danzarines, seguido de los espectadores, iniciaba el descenso del montículo en lo que al parecer era un recorrido habitual por los caminos del parque hasta el estanque.

       –La diosa de antes era más hermosa –dijo la señora que seguía al lado del inspector–    

       –¿Qué diosa? –preguntó él–     

       –La diosa de las tinieblas, es a ella a quien adoran. La que se ha quitado la ropa –dijo la señora señalando al grupo–    

       –¿Quién era la de antes?       

       –La joven que apareció muerta en el estanque –respondió la señora que ya se iba tras la comparsa–     

       –¿La conocía usted? –preguntó el inspector siguiéndola–     

       –Sólo de verla aquí.    

       –¿Qué cree que le pasó?    

       –Pues que en realidad no era diosa, por eso no superó la prueba.    

       –¿Qué prueba?      

       –La que debe superar cada aspirante. A ella le tocó la del frío y claro, su frágil cuerpo y su espíritu débil no lo soportaron.    

       –¿Quiere decir que entró en el estanque por propia voluntad, para ser diosa de las tinieblas?

       –Pues claro, esa era la prueba. Demostrar que no le pasaba nada, pero claro… le pasó.

  

     El juez escuchó con suma atención la exposición del ministerio fiscal apoyada por la declaración del inspector Garcilaso que desgranó con detalle lo sucedido. En el banquillo de los acusados, el Sr. Rabanet parecía ausente, miraba sin ver a los presentes y de vez en cuando daba muestras de interesarse por lo que se decía. Las declaraciones de los testigos corroboraron lo expuesto por la acusación. El juez, oídas las partes dictaminó que no hubo asesinato sino suicidio, inducido, eso sí, por una falsa creencia y una abyecta aspiración a ser una deidad, además de por otras personas, aunque esto último no pudo probarse. La sentencia exculpó al Sr. Rabanet de toda implicación, pero al mismo tiempo confirmó su permanencia en el hospital donde debía recibir el tratamiento adecuado, al menos hasta que pudiera regresar a su hogar con las garantías suficientes de asistencia que le permitieran llevar una vida normal.

 

     Cuando el juez estaba a punto de dar por cerrado el caso y levantar la sesión, el Sr. Rabanet se alzó de su asiento y con inusitada firmeza pidió la palabra. El juez se la dio rogándole que fuera breve.

 

     –Señoría, me declaro culpable. Yo maté a la joven del estanque. –dijo con convicción el Sr. Rabanet– Yo… –intentó proseguir pero no pudo–

 

     Las fuerzas le fallaron, el cuerpo del anciano se balanceó como si una ráfaga de viento lo zarandeara y de pronto toda la presencia que, instantes antes, había mostrado, se desvaneció. Parecía no saber dónde estaba, se le vio abrumado, apagado y asustado. Agarrado a la baranda de madera, que le separaba de la sala, buscaba con la mirada, implorando ayuda porque se sentía perdido. El inspector se le acercó y, cogiéndolo del brazo, le ayudó a sentarse. Aturdido, el anciano templario levantó la mirada y, al ver la cara conocida del inspector, le agradeció el gesto de ayuda con una mueca que quería ser una sonrisa, luego le preguntó si recuperaría su reloj.

  

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27/03/2008 19:56 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Un paseo diario no hace daño, ¿o sí?

     (Cuarta parte)    

     El Sr. Rabanet dejó de hacer sus paseos diarios hasta el parque, no porque no quisiera hacerlos, sino por que no podía. Aunque no se le había acusado formalmente del asesinato, seguía siendo sospechoso. Por ello, y por su estado de salud, fue recluido en el Hospital Psiquiátrico donde fue tratado de su enfermedad. Para él no representó un gran quebranto estar recluido, tenía plena libertad para dar sus paseos diarios, tan beneficiosos para su salud, sólo que los hacía en los jardines vallados del hospital. Fue observándolo en uno de esos paseos, que el inspector tuvo la oportunidad de comprender y atar algunos de los cabos sueltos de su investigación. Aquel día había ido hasta el hospital para hacerle unas preguntas en relación con el Montículo de los Cipreses. Le informaron que estaba haciendo su paseo y se dirigió al jardín. Lo divisó a lo lejos, caminando solitario, pausadamente y con las manos entrelazadas a la espalda, cabizbajo, enfrascado en sus cosas. Desde dónde estaba, el inspector lo miró y presintió que aquel paseo debía ser similar al que solía hacer por el parque, por lo que decidió observarlo antes de acercarse a él. Lo siguió con la mirada, observando y anotando sus movimientos y reacciones. Lo vio ir hacia una fuente, rodearla y seguir su paseo por un camino de gravilla hasta una encrucijada donde se paró y miró a ambos lados, cómo si no supiera qué camino coger. Pareció otear más allá de los setos y decidirse al fin por el camino de la derecha, lo siguió y, al cabo de unos pasos, se paró de nuevo. Con la cabeza gacha se metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsa de plástico que desenrolló, siguió caminando con la bolsa en la mano, se paró de nuevo, se inclinó hacia un banco y a continuación lo vio enrollar la bolsa, algo abultada, por lo que supuso que había guardado algo en ella, para al fin ponérsela de nuevo en un bolsillo del abrigo.

      Cuando le pidió que le enseñara lo que llevaba en el bolsillo, el Sr. Rabanet se mostró nerviosos y, apretando los brazos contra su cuerpo, le contestó con un movimiento negativo de la cabeza. Fue la primera vez que el inspector detectó cierto rechazo hacia él. Por eso dejó a un lado el contenido del bolsillo y le preguntó si en sus paseos por el parque solía ir al Montículo de los Cipreses. El Sr. Rabanet lo miró desconfiado y volvió a negar con la cabeza. El inspector intentó sonsacarle alguna cosa, pero el anciano no soltó prenda. Su acérrimo proceder sorprendió al inspector que no supo cómo actuar. Sentado junto a él en un banco del jardín se sintió poco menos que inútil y mirándolo a los ojos le preguntó directamente sí tenía algo que ver en la muerte de la joven.         

     –Ella me quitó el reloj –fue todo lo que dijo–    

     –¿Sabe por qué lo hizo?     

     –Dijo que lo necesitaba para sus cosas.    

     –¿Qué cosas?    

     –Esas que hacía con sus amigos.    

     –¿Que hacía? ¿Dónde? ¿Con qué amigos?    

     –Entre los cipreses, ya sabe. En ese sitio que me ha preguntado antes.    

     –¿Qué hacían allí?     

     El Sr. Rabanet con una inusitada cordura le contó que la joven muerta pertenecía a una secta que adoraba a ciertos dioses paganos y cada tarde se reunían en aquella parte del parque para hacer sus ofrendas. Le contó que un día al cruzarse en su paseo diario con ella y el hombre de la silla de ruedas, la joven le preguntó la hora y él miró en su reloj de bolsillo. Ella le dijo entonces que era muy bonito y él se lo enseñó. Desde ese día la joven sólo quería que se lo enseñara, incluso una vez le pidió que se lo dejase ver a sus amigos. Después ya no volvió a preguntarle nunca mas por el reloj.      

      –¿Cuándo se lo quitó entonces? –preguntó el inspector–      

     –No lo sé –respondió mirando a lo lejos–. Espere un momento he de hacer algo –le dijo levantándose del banco–     

     El inspector lo vio alejarse en dirección al surtidor central, iba medio encorvado y con paso apresurado, parecía que tuviese prisa por llegar a algún lugar. El inspector se levantó y dio unos pasos, quería ver bien a dónde iba, y entonces vio que repetía la operación de antes, se sacó la bolsa de plástico del bolsillo y lo vio coger algo de encima de un banco, un pañuelo le pareció, y meterlo dentro de la bolsa. El inspector comprendió entonces cómo habían llegado las ropas de la victima a su casa. Lo vio acercarse por el camino de grava, con las manos cogidas a la espalda, caminaba despacio, pensativo, mirando el suelo. Al llegar a su altura levantó la cabeza, lo miró y le dio los buenos días. El inspector le respondió el saludo y el Sr. Rabanet siguió su lento caminar inmiscuido en sus cosas. 

     Continuará…

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26/03/2008 21:14 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Un paseo diario no hace daño, ¿o sí?

      (Tercera parte)

     

      La autopsia fue concluyente: La victima había sufrido una parada cardiaca como consecuencia de un brusco bajón de la temperatura corporal. Al no presentar señales de violencia, el forense no pudo establecer relación alguna entre la muerte y un posible ataque, por lo que su diagnostico fue: muerte natural. La intervención directa de terceras personas en la muerte de la mujer quedó así descartada, pero no tanto la participación indirecta. La declaración del Sr. Rabanet y las pruebas materiales obtenidas a raíz de la misma, señalaban al anciano, al menos, como participante necesario en la muerte de la mujer. Pero al mismo tiempo, la inconsistencia de la declaración, debida sin duda a su  incapacidad mental, planteaba las suficientes dudas razonables como para no ser imputado. El inspector tenía las pruebas: el reloj del sospechoso en manos de la victima y las ropas de ésta en la casa de aquel. Pero le resultaba imposible establecer la conexión necesaria entre ellas y el sospechoso. Necesitaba un testigo que confirmara la presencia del Sr. Rabanet junto al estanque a la misma hora que la mujer.

   

      Todo lo que pudo decir el enfermo en silla de ruedas al que cuidaba la victima, fue que cada día en el parque, durante su paseo, se cruzaban con el Sr. Rabanet el cual los saludaba muy amablemente. Esa era toda la relación que mantenían, nunca hablaron más allá de los buenos días de cortesía. Él desconocía si al margen de esos encuentros, que los suponía fortuitos, el acusado y la victima mantenían o habían mantenido otros de cualquier tipo, por lo que poco o nada podía aportar a la investigación. Sí añadió en cambio, que el día anterior al que encontraron el cadáver, ella iba vestida con los tejanos y la ropa que encontraron en casa del Sr. Rabanet, y el paseo por el parque duró menos tiempo. Recordaba que la mujer le dijo que tenía que hacer unas gestiones y debía dejarlo antes en casa, pero que al día siguiente harían un paseo más largo e interesante. “Hasta el montículo de los cipreses” –dijo él que le dijo ella–.

      El inspector no dio importancia a ese pequeño detalle, lo consideró como una contrapartida al hecho de que ese día tuviera que dejarlo en casa antes de tiempo. Lo anotó en el bloc por pura rutina y ni siquiera se planteó la necesidad de ir hasta ese lugar. No al menos hasta que oyó a una de sus compañeras hablar de él.

       El Montículo de los Cipreses estaba situado en el extremo oeste del parque. Alejado de las tres entradas, era un lugar que por sus características orográficas se prestaba a ser utilizado como escenario de actividades un tanto dudosas. En ese lugar se reunían al atardecer los componentes de cierta secta religiosa para practicar algunos de sus ritos, que, aunque eran un tanto peculiares, no representaban ninguna amenaza para los demás usuarios del lugar. Al menos hasta la fecha no había habido denuncias ni quejas hacia ellos y por eso se les permitía utilizar el lugar para sus reuniones del ocaso, como las llamaban. Al parecer eran muchos los paseantes que se acercaban al atardecer a ese lugar para ver las actividades de tan singular grupo religioso que eran por todos conocidas y consideradas como una atracción más del parque.

      Lo que el inspector no acabó de comprender fue por qué la mujer dijo de llevarlo allí en su próximo paseo si éste sería por la mañana, cuando en aquel lugar no había nada que ver. “¿Qué sentido tenía ir por la mañana cuando la actividad era por la tarde?" –se preguntaba una y otra vez sin encontrar respuesta–   

Continuará…

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25/03/2008 20:33 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Un paseo diario no hace daño, ¿o sí?

(Segunda parte)

       La investigación se centró en averiguar por qué la victima se introdujo de noche, cuando la temperatura rondaba los cero grados, y semidesnuda en el estanque, lo que hacía suponer que estaban ante un suicidio. O bien, y esa era otra línea de investigación, en caso de haber sido forzada a entrar, quién lo hizo y por qué. Lo que convertía el caso en un asesinato aunque no hubiese señales de violencia en el cuerpo.

     El objeto que colgaba de la mano del cadáver, era la única pista que podía llevarlos al asesino. El inspector se aferraba a ella como única prueba y por eso se sorprendió cuando el Sr. Rabanet se presentó en comisaría para denunciar que la victima le había robado un reloj. El policía no conseguía entender el por qué de la denuncia. La historia que le contó no tenia ni pies ni cabeza y la declaración no hizo sino que embrollar aún más las cosas. Pero lo más sorprendente de todo fue la explicación de que la ropa que le faltaba a la victima la tenía él en su casa. Hecho sin duda más que suficiente para inculparlo, aunque el inspector tenía serias dudas de que el Sr. Rabanet tuviese algo que ver con la muerte de la mujer.

     No consiguió el inspector sacar nada en claro del Sr. Rabanet, lo mismo decía que había visto a la mujer entrar en el estanque vestida y quitarse la ropa dentro, como que había sido él quien, después de semidesnudarla la había arrojado al estanque y en el forcejeo ella le había arrebatado el reloj. En cuanto a la hora en que ocurrieron los hechos, primero dijo que de madrugada, en una segunda versión dijo que fue a media tarde y después se desdijo asegurando que todo ocurrió durante la hora de la siesta. Lo único que no varió nunca, fue el motivo por el que la había matado: “era joven, bella y yo jamás podría tenerla” –dijo una y otra vez como coletillas.

   

     El registro del piso donde vivía el Sr. Rabanet corroboró las dudas del inspector. Los servicios de limpieza municipales tardaron varios días en sacar lo que almacenaba en él. Aunque se le había diagnosticado el Síndrome de Diógenes, el Sr. Rabanet no se comportaba como el típico afectado de dicho síndrome. Mantenía intacta alguna de sus facultades como la del aseo personal y sociabilidad lo que le permitió hacer una vida normal. Tampoco se recluyó en sí mismo quedándose en casa, aunque sí se había convertido en un hombre solitario y huraño, lo que no significaba evitar a los vecinos o negarles el saludo. En cuanto al almacenamiento de cosas, aún conservaba cierto grado de lucidez que le permitía ser selectivo en este aspecto. Por ello sólo recogía lo que encontraba, no en la calle, sino en el parque, y cuando no lo veía nadie. Era en definitiva, si se puede decir así, una versión refinada y con clase de dicho síndrome. O lo que es lo mismo, aún no había entrado en la fase de no retorno.

      Efectivamente, entre las bolsas de basura, los montones de cartones, diarios y revistas, y la infinidad de objetos como botellas, latas, tetrabrik, ropa como para montar un mercadillo y otras de diverso índole, los agentes encontraron, o creyeron encontrar, las prendas de vestir de la victima.  Una camisa, un jersey y una trenka fueron recogidos e introducidos en una bolsa de plástico después de que otro posible testigo las identificara como propiedad de la victima. Se trataba del hombre enfermo en silla de ruedas al que cuidaba la mujer asesinada. Ante la evidencia de las pruebas, el inspector no pudo evitar considerar al Sr. Rabanet autor del crimen, aunque siguió pensando que era inocente.  

Continuará…

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24/03/2008 19:47 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Un paseo diario no hace daño, ¿o sí?

      (Primera parte)

     Salió de casa y, como cada día, cogió la calle a la derecha, caminó con paso apresurado, parecía tener prisa, mas que otros días. Sin embargo saludó a los vecinos con los que se encontró, incluso paró en el quiosco donde charló unos instantes con la quiosquera y, como era costumbre, no compró el diario, se conformaba con leer los titulares de la primera página, siempre decía que era en ella donde se daban las grandes noticias y que si una no estaba reflejada ahí era porque no merecía la pena, porque no era importante. Después se despidió y continuó su camino, su largo paseo de cada día que le llevaría al parque.

     Allí vivía su gran transformación, era allí donde se quitaba la piel de persona educada, atenta y socialmente correcta para convertirse en otra bien diferente. Rodeado por la frondosa vegetación, conseguía ser como él quería. Bajo los árboles, entre los setos, ante las albercas y fuentes, protegido por las sombras o a pleno sol en las anchas avenidas de tierra bordeadas por castaños centenarios, el Sr. Rabanet era otro. Caminaba despacio, pensativo, con la cabeza gacha, inmerso en sus pensamientos. Como si lo ajeno no le importara, ignorando a los que se cruzaba, ni siquiera los miraba, iba a lo suyo, por su camino, cavilando en sus cosas.

     La aparición del cuerpo de una mujer joven entre la maraña de nenúfares y lirios de agua del estanque principal, alteró la placida vida del parque ese día. El cuerpo, vestido con unos tejanos apretados y desnudo de cintura para arriba, no presentaba a simple vista señales de violencia. Pero el color de la piel y, sobre todo, el amorotamiento e hinchazón de labios y otros miembros daba a entender que llevaba unas cuantas horas en el agua. Los asiduos al parque no salían de su asombro al reconocer en el cadáver a la cuidadora de un señor mayor en silla de ruedas que cada mañana paseaban por allí, lo que desencadenó todo tipo de comentarios convertidos después en rumores sobre las posibles causas del crimen.

     Desde la distancia, el Sr. Rabanet miraba al bullicio junto al estanque como quien mira a un grupo de babuinos alterados por la presencia de un intruso. Su interés por lo que allí sucedía no era mayor que el que podía sentir por la teoría de la relatividad, que por cierto conocía muy bien y quizás por ello se la refanfinflaba. Pero aún así se sintió atraído, no tanto por lo que pudiera pasar, sino por el hecho de que tal revuelo había conseguido sacarlo de su mundo interior. Con sigilo se acercó al lugar de los hechos, mirando a su alrededor, buscando la causa del revuelo y sin entender el comportamiento de ciertas personas, mujeres sobre todo, que se alejaban compungidas y quejosas del remolino humano.

      Los más enterados decían que el cadáver tenía en su mano derecha un objeto. Algo que, al sacar el cuerpo del agua, vieron colgando, pero que ninguno fue capaz de describir. Delirantes conjeturas sobre el supuesto objeto y la forma en que habían matado a la pobre mujer fue todo lo que les quedó a los presentes una vez la policía hubo retirado a la muerta. El Sr. Rabanet, inusitadamente atento a lo que se decía, se llevó la mano al pecho al oír una de ellas. Nervioso se palpó el bolsillo izquierdo del chaleco, como si necesitara confirmar que todo estaba en su sitio, y sintió una brusca subida de adrenalina al comprobar que no era así. Tembloroso se abrió ambos lados de la americana y se miró, certificando que su reloj de bolsillo no estaba donde debía estar.

Continuara…

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18/03/2008 20:41 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Siga la flecha

      De pronto todo se le vino abajo. Cuando terminó de leer la carta tuvo la sensación de que su vida retrocedía treinta años y se vio, al igual que entonces, sin nada, al inicio de una carrera de obstáculos casi imposible de completar. Pero entonces era joven, y su determinación por conseguirlo le dio la fuerza necesaria para sortearlos y acabar el recorrido. La flecha, seguir la flecha hasta conseguir lo que se quiere, ese era el mensaje, ese era el consejo, rematado al final con la coletilla: no dejes nunca de seguir la flecha. Como si fuera uno de esos entretenimientos del suplemento de fin de semana del periódico, inició el camino siguiendo la dirección marcada por la flecha blanca pintada en el suelo. No se cuestionó sí eso era lo que quería, ni sí era lo que más le convenía, simplemente inició el recorrido porque alguien se lo había dicho, porque alguien le había ¿convencido? de que ese era el único camino posible. Y como buen chico aceptó su destino sin rechistar.

 

     Ahora, cuando había completado el trayecto, sorteado los obstáculos, conseguido el objetivo, recibía una notificación, una simple hoja de papel con membrete del ministerio de turno donde se le informaba que nada de lo que tenía le pertenecía. Al parecer, un insignificante error de trascripción cometido en uno de los centenares de formularios oficiales que, a lo largo del trayecto, tuvo que cumplimentar, había terminado convirtiéndose, por obra y gracia del efecto ‘bola de nieve’, en un descomunal fraude.

 

     Desolado, se sirvió un coñac. Sentado en su sillón preferido se llevó la copa a los labios y dio un largo sorbo, el licor inició el descenso por la garganta quemando todo lo que encontraba a su paso. La sensación de ardor le relajó, dejó caer la cabeza hacia atrás apoyándola en el respaldo, cerró los ojos y dejó su mente en blanco. Los recuerdos no tardaron en aparecer, uno tras otro fueron pasando ante él como escenas congeladas en el tiempo, como fotos amarillentas, gastadas de tanto pasar.

 

     Se vio de nuevo en la salida, ante la flecha blanca, pero no estaba seguro de querer iniciar el recorrido. Se sintió vulnerable, acechado por el miedo que espera agazapado para abalanzarse sobre él y engullirlo al menor descuido. Dudando, sin estar seguro de nada, mirando a un lado y otro, buscando las voces de aliento, los consejos, las palabras de apoyo, una mano tendida. Pero nada de eso había, estaba solo, terriblemente solo. Una gran pena de adueñó de él.

 

     Cuando abrió los ojos, las lágrimas, liberadas, resbalaron por sus mejillas.

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17/03/2008 20:27 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Perdida

     Se sintió bloqueada, no sabía por dónde empezar. Estaba segura que la noche antes lo había dejado donde siempre, sobre la mesita del recibidor, la que hay a la derecha según se entra. Aturdida por el poco tiempo que le quedaba, se embarcó en una desaforada búsqueda que la hizo poner histérica. Recorrió la casa una y otra vez buscando, cada vez más desesperada, lo que para ella era como un talismán. Nunca salía de casa sin él, no podía, sería como salir desnuda. Como loca miró y removió toda la casa, pero nada, no había ni rastro. Su estado era ya de frenético desquicio cuando constató que su apreciado tesoro no estaba en ningún sitio. Su mente era cada vez más espesa, como si se transformara en una especie de masa plástica, similar a la plastilina, que se oscurecía por momentos impidiéndole pensar con claridad pero, presagiando la tragedia que, como una amenaza, se cernía sobre ella. Enajenada por la pérdida se miró el reloj y al ver la manecilla pequeña marcar las nueve, su desespero alcanzó el cenit de un estado anímico a punto de explotar. Descolgó el teléfono y marcó un número, esperó impaciente la señal, aguzó el oído como si fuera un radar que rastreara en busca de una señal, el aparato siguió dando señal de llamada, al final oyó la voz mecánica invitándola a dejar un mensaje y ella enfurecida colgó el aparato con un golpe seco. Apenas habían pasado diez minutos desde que descubrió que no estaba, pero para ella era una eternidad. Saber que no estaba, que no lo tenía cerca, representaba un cataclismo, su vida se desequilibró hasta el punto de hacerla salir de la realidad y como un fantasma vagó por el mundo de las tinieblas perdida. Sin él, descubrió horrorizada, no era nada.

     Como si acabara de despertar de un mal sueño, Casandra regresa a la realidad cuando el ascensor para en la decimocuarta planta. Las puertas se abren y como una autómata da los seis pasos necesarios para salir de la reluciente caja metálica y situarse ante la mesa de recepción. Su compañera, sentada al otro lado y con el pinganillo en la oreja, se la queda mirando como si viera a un fantasma y le pregunta si se encuentra bien. Ella, ensimismada como si no acabara de creer que está allí, tarda en reaccionar. Pero cuando lo hace, ejecuta un rápido movimiento de cabeza, se la queda mirando con cara de espanto y luego le responde que sí está bien, pero que todo es muy extraño. La del pinganillo le pregunta qué es lo extraño y Casandra responde que todo, sin más explicación.

      En su despacho, lo primero que hace es abrir el bolso y mirar con cierta angustia en su interior, busca con ansiedad entre las cosas que contiene y durante esos instantes la incertidumbre se apodera de ella transportándola a una situación que su memoria parece recordar. Los nervios se van apoderando de ella hasta hacerla enfurecer y, sobrepasada por la situación, lanza el bolso al suelo. Inmovilizada y espantada Casandra mira sus cosas esparcidas por el suelo, su rostro se relaja cuando al fin ve lo que anda buscando. Allí, entre clinex, llaves, y artículos de belleza, está inmóvil el teléfono móvil. Se acerca a él y con suma delicadeza lo coge, una vez en sus manos lo acaricia, lo enciende y a los pocos segundos una señal acústica le informa que tiene un mensaje en el buzón de voz. Casandra marca el número del buzón de voz, se lleva el móvil a la oreja y, con la respiración acelerada, escucha su propia voz pidiendo auxilio. 

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14/03/2008 19:32 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

El disertador y el disidente

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     Con cara de besugo miraba al aquel hablaba. Observaba en silencio cómo soltaba su diatriba y cómo, a medida que lo hacía, su euforia aumentaba hasta alcanzar el clímax necesario para, tras callar de golpe, sumir a la concurrencia en un estado casi catatónico.

     No perdía detalle de cada gesto de su rostro y, como si lo viera a través de un microscopio al que hubiera aumentado la definición de la lente, veía hasta los más imperceptibles movimientos de sus músculos faciales. Las arrugas en la comisura de los labios al abrirlos y cerrarlos en su atropellada expulsión de palabras que, en cascada, salían de su boca. Los párpados, cerrándolos y abriéndolos tan rápido que resultaba casi imposible no sentir cierta desazón por lo que a todas luces era algo más que un tic. Las arrugas en los extremos de los ojos, las famosas patas de gallo, que aumentaban según el ímpetu que daba a sus palabras. La frente, cuyas arrugas se contraían y estiraban al ritmo desaforado con el que las palabras encadenadas salían de su boca. Los minúsculos pelos del bigote, ya crecidos por lo avanzado del día, que se erizaban y contraían segregando cristalinas gotas de sudor. Sudor que poco a poco se generalizaba apareciendo por todos los poros de la frente, sienes y patillas en forma de diminutos granos translúcidos que humedecían su piel dándole una apariencia grasosa un tanto desagradable.

      

      Plantado ante aquel, que seguía hablando sin parar, no podía, o tal vez no quería, apartar la vista de tan esperpéntica visión. No sabía qué pretendía. Ni entendía lo que decía. Tan sólo alcanzaba a comprender dos palabras que repetía de vez en cuando: “Nosotros haremos…”. Siendo lo que seguía, un batiburrillo de palabras hilvanadas en un mensaje confuso y sin sentido cuyo significado no conseguía entender.

      Cansado de oír y no comprender, el disidente se alejó del disertante y al observarlo con la suficiente distancia, descubrió que estaba ante una persona gris, lineal y sin atisbo de personalidad, que repetía una y otra vez un discurso prefabricado sin siquiera poner un mínimo de sentimiento al exponerlo. Descubrió para su tranquilidad, que aquel hombre no merecía la pena ser escuchado, porque, después de todo, lo que decía no servía de nada. Recordó entonces, que cuatro años antes, otro hombre, igualmente gris, decía lo mismo que este y, al igual que ahora, tampoco entendió nada de lo que dijo.

    

     Abrumado por la verborrea del orador, se alejó de allí pensativo y al hacerlo recuperó la cordura, y entonces descubrió aliviado que aquel ser gris y lineal no era otra cosa que un político en campaña electoral.

  

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06/03/2008 23:19 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

En la consulta de la Seguridad Social

      El doctor salió a la sala de espera y pasó lista de los pacientes que tenían visita. Una señora de entre setenta y ochenta años llegó en ese instante y le enseñó el volante que llevaba para ser visitada. El doctor muy amablemente lo cogió, lo leyó y preguntó a la concurrencia qué día de la semana fue el 27.

      –Miércoles –dijo uno de los pacientes–

      –Esto no es para pasearse por aquí cuando a uno le viene bien –le dijo el doctor a la señora enarbolando el volante ante sus narices–

      –Pero aquí pone que tengo visita hoy –dijo la señora señalando el volante que aún estaba en manos del doctor–

      –El día 27 señora, mírelo –respondió el doctor señalando en el mismo volante la fecha–

      –No doctor, aquí arriba me apuntaron la fecha de hoy –insistió la señora dando señales de alteración–      

      El doctor miró de nuevo el dichoso papel. 

      –Bueno, empecemos de nuevo –añadió el doctor releyendo el volante con mas atención–

      Dígame su nombre para ver si está en la lista. La señora le dijo su nombre, el doctor miró la lista y después el volante que seguía en sus manos.

      –Sí, aquí está. Tenía usted razón –le dijo indicándole a continuación su turno–

      El doctor, una vez hubo finalizado su cometido de pasar lista y dar los turnos, regresó a su despacho y la señora se sentó en uno de los asientos de plástico negro de la consulta. Inmediatamente después inició un monólogo de queja dirigiéndose, en principio a otra paciente que había sentada frente a ella, pero como ésta no le hizo mucho caso, dirigió su alocución al resto de pacientes buscando con la mirada alguien que la escuchara.

     –Lo mismo me pasó el otro día en la Cruz Roja. Yo fui el día que decía el papel y después de estar esperando tres horas me dicen que en el ordenador decía que la visita era para el día siguiente… Ya ves la gracia que me hizo… Pues fui a las enfermeras para que la cambiaran y les dije muy enfadada que sus errores los pagamos nosotros… Lo mismo que aquí… Tenía que haberle dicho a este  hombre… Porque si yo me callo y no insisto y me voy a mi casa, pues fíjate, un día perdido y después a pedir otra vez hora… No me tendría que haber callado… Allí les dije eso,  que vuestro errores los pagamos nosotros y como me contestaron de malas maneras… pues les dije hijas de puta… sí hijas de puta, eso les dije… porque claro, luego quieren que nosotros hagamos las cosas bien…

    El doctor apareció de nuevo para decir que pasara el primer paciente y algo debió oír de lo que decía la señora, porque la miró con cara de pocos amigos. La señora siguió contando su personal visión de lo sucedido, sin que, por otra parte, le faltara razón. Los pacientes, esperando pacientemente, y nunca mejor dicho, su turno. Las enfermeras de las diferentes consultas asomándose de vez en cuando a las puertas para llamar, voz en grito, al siguiente. Y mientras tanto, como una paradoja de lo que la pobre señora había vivido, las manecillas inmóviles del reloj, situado en la pared del fondo de la sala, marcaban las siete y dos minutos, ves a saber desde cuándo.  

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03/03/2008 19:16 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Breve es la vida…

      La suave luz del amanecer deslumbra sus delicados ojos al salir del capullo. Con movimiento sincopado despliega sus frágiles alas y las agita hasta tensar la delicada trama de seda que las forman. Tiene en ellas pintado un original dibujo que simula la cara poco amigable de una horrible bestia, es su defensa contra aquellos que se le acercan con malas intenciones. Pero aún así, los bellos y vivos colores que la conforman atraen las miradas llenas de admiración de todos los que la ven pasar.    

     La pequeña mariposa mira deslumbrada, no tanto por la intensa luz del sol, como por la belleza que ante ella se despliega en aquel bosquecillo de plantas y flores llenas de vida. Desde la atalaya que para ella es la rama de la florida buganvilla sobre la que está posada, mira ansiosa en todas direcciones, busca a las de su especie para unirse a ellas e iniciar así su breve pero intensa estancia en aquel vergel.    

     Pasados los minutos y como que no consigue ver a ninguna de sus iguales, la bella mariposa repara en otras criaturas, algunas más pequeñas que ella, que pululan en una actividad frenética por las ramas de la buganvilla y, sin pensarlo dos veces, inicia el vuelo para acercarse a ellas. En su vuelo se cruza con una inquieta abeja que, agitando sus alas sin parar, va de flor en flor aspirando con fruición en su interior. La sigue e intenta entablar conversación con ella, pero la abeja, atareada como está chupando el dulce néctar de las flores recién abiertas, no le hace caso y al final, cansada de volar tras ella, la mariposa se posa sobre una roca para descansar.    

     Desde allí mira el suelo enmarañado de hierbas y hojas y observa asombrada la hilera de minúsculas criaturas negras que, cargadas con toda clase de objetos, van y viene en medio de un gran frenesí. Son las hacendosas horm