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Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?

“Decir lo que pienso, no sé. Decir lo que siento, no sé. Decir lo que, a lo largo de mi vida, he guardado dentro, no sé. Decir lo nunca dicho. Hablar de lo nunca hablado. Contar lo que desde hace muchos años acumulo dentro. Sacar de mi lo que he callado. Exponer a la luz lo que he ocultado. Soltar el pesado lastre de una vida vivida en solitario. Una vida escrita entre líneas, gastada con incerteza, atrapada entre contradicciones y apenas disfrutada.
En la madurez de la existencia miro atrás y ante lo que veo siento melancolía, no por lo vivido sino por cómo lo viví. Cuando crees llegado el momento de reflexionar, de revisar el pasado y sentirte orgulloso, descubro con desazón que nada de lo hecho es motivo de grandes alharacas. Hice lo que había que hacer, lo que me dijeron que tenía que hacer, lo que todos esperaban que hiciese. Pero no hice lo que realmente quería hacer. Eso, como siempre, lo dejé para más adelante, para cuando tuviese la ocasión, que jamás llegó. La frustración de no ser lo que quería, porque sentía la obligación de seguir con la tradición. Un niño de diez años al que se le pregunta “¿Y tú que quieres ser de mayor?” Un niño tímido, protegido y cohibido que antes de responder mira a su padre, y ve su cara de satisfacción esperando la respuesta. Y el niño, que quiere responder bombero, se traga la palabra y balbucea “comerciante como mi padre”. Y el padre que suelta la carcajada, y le pasa su mano grandota por la cabeza despeinándolo. Y su madre que lo mira condescendiente, con su expresión de beatifica docilidad, y asiente con la cabeza. Y todos contentos de que el negocio familiar pueda tener continuidad. Esa fue mi primera gran decisión y mi primer gran error, luego todo sería rodar por la pendiente de la vida, dejándome llevar por el camino marcado para los prohombres de la familia.
Creo que aquel hombre que de niño me despeinó cuando dije que quería ser como él, mi padre. Estaría orgulloso de mí si pudiese ver en que he convertido su tienda. De una simple tienda de ropa, en una capital de provincia, hemos pasado a una importante cadena de moda. Eso es motivo de orgullo incluso para mí que, como he dicho, no era lo que realmente quería hacer cuando niño. Pero, como él me dijo años más tarde, cuando en una crisis existencial le dije que quería dejarlo todo para hacer otra cosa, “a esta vida venimos marcados y no podemos eliminar la marca”. No supe entonces ni se ahora qué quiso decir, y la verdad, me importa un carajo. No creo en eso de que nacemos predestinados para hacer las cosas, eso es una falacia para que hagamos lo que ellos quieren. Pero, aún así, reconozco que aquel día me convenció, al igual que todas las veces que me asaltaron las mismas dudas. Asumí mi responsabilidad y saqué el negocio adelante, me arriesgué y gané ampliándolo hasta lo que hoy es. Y sin embargo mi vacío es mayor.
He formado una familia a la que adoro y de la que me siento satisfecho y he procurado que ninguno de mis hijos se sienta obligado a seguir la tradición familiar. Por eso jamás les pregunté qué querían ser de mayores. Aún así, la empresa continuará gestionada por la familia, de eso se encargará, y muy bien, mi hija mayor. Sí, estoy orgulloso de mi esposa e hijos, pero eso no significa que sea feliz. Se que os sorprenderá, pero he de decirlo, he de ser coherente, al menos al final y lo digo con todas las palabras y mirándote a los ojos: ¡No soy feliz, nunca lo he sido!
No reniego de lo hecho. Como buena persona educada en los valores cristianos, tenía la obligación moral de cumplir el papel asignado, además de ser agradecido con los que me dieron la vida y proporcionaron los medios para ser un hombre de provecho. Eso es algo que no cuestiono. Pero, al margen de estas consideraciones, el hacer lo que debía significó la anulación de mi propia persona, la mutación de mis inquietudes, hasta convertirme en un ser diferente. Aunque esa mutación pasara desapercibida para los demás, de ahí que, aunque creáis conocerme, en realidad no me conocéis.
Lo dejo todo para ser lo que siempre he querido ser, bombero. Ya se que a mi edad no será posible, pero en esta vida siempre hay salidas si uno se lo propone. Por eso me he apuntado al cuerpo de voluntarios de bomberos forestales y me han aceptado. Ahora, cuando acabe este discurso, saldré por aquella puerta, solo y sin nada. Únicamente me llevaré vuestro cariño. Los recuerdos de lo vivido, es posible que no me quepan en el equipaje”.
Desde el estrado, el orador repasó con la mirada a los asistentes al banquete. Ellos, atónitos, lo miraban en silencio. No entendieron su discurso de despedida. Lo que debía ser una protocolaria alocución por su retirada de la primera fila del negocio para que su hija se hiciera cargo del mismo, se transformó en una cruda reflexión sobre una vida insatisfecha.
Después, dedicó una sonrisa a su sorprendida esposa. Bajó del estrado y con paso firme, se dirigió a la salida. En la calle, aspiró el aire viciado de la ciudad que le supo a gloria, y echó a andar creyéndose al fin libre.
© PCB
Retorno a El Tomet, viaje a un pasado no olvidado

Esta foto, sacada de la sección Tus Fotos de El Periódico de Catalunya, que su autor: El Gat Negre ha titulado: Intentant arribar. Plasma magistralmente el no paso del tiempo en el entorno apropiado entre Sils i Riudarenes. La imagen congelada de la bicicleta sin ciclista, pero erguida al borde del camino, nos indica la metáfora del caminar, en este caso, rodar, sin llegar a ningún sitio. El camino de tierra, aparentemente si huellas de pisadas humanas, pero con el insinuante rastro de neumáticos de coche, parece decir que por él no pasa nadie desde hace mucho tiempo. Sin embargo no es así, la presencia del fotógrafo, y posible dueño de la bicicleta, así lo atestiguan. Viendo este paisaje y la quietud que desprende acuden a mí recuerdos de tiempos pasados, de momentos felices vividos en compañía de seres queridos allá por los años ochenta del siglo pasado. En otro lugar de Girona, en Medinya, en El Tomet. Los paseos por caminos como este al atardecer de tranquilas tardes de verano, de primavera, de otoño y de invierno. Antes o después, poco importa eso, de jugar unas partidas de Continental, de comer unos deliciosos espaguetis, o unas, no menos apetecibles, alubias. Fueron tiempos de sosiego, de amistad, de ilusiones compartidas. Tiempos que se fueron para no volver, como se fue el que los propició. El título de esta foto viene que ni pintado para describir el espíritu de aquellos días, llegar a la felicidad, aunque sólo fuese para rozarla con la punta de los dedos y deleitarse unos instantes con ella. Y lo conseguimos. Pero, como en esta vida nada es eterno, aquellos días tampoco los fueron y una mañana de otoño todo se quebró. Él era, como el árbol de la foto, el centro de todo, el que aglutinó a tanta gente y tan dispar en aquel lugar. Era fuerte de corazón, pero al mismo tiempo con el corazón más débil. Mirando la foto rememoro el tiempo pasado y descubro que la vida es eso, acumular momentos para después recordar. Gracias Gat Negre por haber propiciado este viaje al recuerdo con sólo mirar tú foto. © PCB
Subir y bajar, un destino incierto

Continuamente subía y después bajaba sin saber por qué. Su vida se limitaba a subir sin llegar a ningún lugar concreto para a continuación bajar. La rutina de su quehacer le llevó a no preguntarse jamás cuál era la razón de tan ajetreada vida. No sabía si olvidó, o simplemente nunca lo supo, el objetivo de tanto subir y bajar. Su vida era un largo e inacabable arriba y abajo y en ese endiablado ajetreo fueron pasando los días y con ellos su aburrida existencia. Su acomodo a aquel trajín fue tal que podía decirse que lo hacía por pura inercia. Era como si en su ser se hubiese introducido una orden no escrita de que tenía que subir y una vez allí arriba debía bajar, para a continuación volver a subir y volver a bajar, subir y bajar, subir y bajar. Su mente, nublada por la rutinaria acción, no se permitía pensar en el por qué de aquella desazón. Porque, a pesar de todo, aquel sube y baja había terminado por crear una especie de “comecome” que no la dejaba vivir. Un carcomer la mente que, cuando se instala en la cabeza, no hay forma de echarlo de ella. Un desasosiego que nos corroe por dentro haciendo imposible la existencia. Ese malestar que, imparable y en silencio, va royendo nuestro ser como el ratón el queso, la había atrapado y no había forma de deshacerse de él. Mientras subía y bajaba no podía evitar pensar en lo que le estaba pasando y, en muchas ocasiones, se apoderaba de ella un arrebato de dejarlo todo, de abandonar aquella vida e iniciar una nueva lejos de allí. Una vida en la que no tuviese que subir y bajar.
Pero, cuando estaba al límite, en ese punto en que sólo con dar un paso adelante te cambia la vida, oía el chasquido seco del cambio de rumbo y en esos segundos en que uno se distrae para cambiar de sentido e iniciar el recorrido contrario, perdía el valor de dar el paso y continuaba subiendo o bajando, según el caso.
Veía pasar el tiempo y sabía que cada día que pasaba subiendo y bajando era un día perdido, un día menos para hacer aquello que hacía tiempo debía haber hecho. Y en ese ver pasar el tiempo fue envejeciendo y perdiendo también la esperanza de salir de allí.
Poco a poco fue aceptando su destino y al hacerlo aceptaba con él su fracaso, su desdicha. Y cuanto más aceptaba, más perdía. Y, en ese aceptar y perder, sucumbió a la melancolía y cayó en eso que se ha dado en llamar depresión, de la que, al parecer, una vez dentro no se puede salir. Sin embargo y a pesar de ello, seguía subiendo y bajando, no como el primer día, claro, porque cuando se es joven todo es más fácil. Pero sí con la suficiente fuerza como para llegar arriba y después bajar. Hasta que un día, no se sabe a que hora ni por que razón, los vecinos decidieron cambiarla por una nueva.
Convertida en chatarra, la cabina del ascensor finalizó su existencia apartada y olvidada. Al fin dejó de subir y bajar, pero eso de nada le sirvió.
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La prejubilada, la sustituta, su jefe y el dueño que no sabe nada

No recuerdo muy bien cual, pero hay una corriente filosófica que divide la vida del hombre en cuatro etapas de veinticinco años cada una. La primera, de uno a veinticinco años es la del aprendizaje, donde el hombre, desde que es niño hasta que se convierte en adulto, recibe los cuidados, enseñanzas y conocimientos de los mayores. La segunda, de veintiséis a cincuenta años, es la del trabajo, en ella el hombre pone en práctica las enseñanzas recibidas y mantiene con su trabajo al resto de la familia. La tercera, de cincuenta y uno a setenta y cinco, es la de la enseñanza, donde el hombre deja de trabajar y dedica todo su tiempo a educar, enseñar y traspasar a los más jóvenes todo su conocimiento. Y la cuarta y última, de setenta y seis a cien años, es la del descanso y la contemplación, donde, cumplida su misión, el hombre, ya anciano, se prepara para morir recibiendo toda clase de atenciones y cuidados de la familia para que sus últimos días sean felices.
En una sociedad donde lo humano prevalece sobre lo material esta filosofía es fácilmente asumible. No ocurre así en la sociedad no ya material, sino brutalmente especuladora en la que vivimos. Por desgracia, en la sociedad capitalista en la que estamos inmersos, donde pisotear al vecino con tal de alcanzar el estatus codiciado se ha convertido en rutina, intentar racionalizar la vida es una misión imposible, un sueño inalcanzable que seguirá siendo una utopía mientras los valores que rigen el comportamiento humano sigan siendo estrictamente mercantiles. El interés puramente económico fija nuestro comportamiento y el de nuestro entorno hasta el punto que, como trabajadores se nos obliga a anteponer los intereses de la empresa a los nuestros, y con demasiada frecuencia caemos en la trampa de creer que lo que es bueno para el dueño lo es para nosotros. Olvidando que mientras el dueño aumenta por mil su ya abultada cuenta corriente, nosotros apenas conseguimos mejorar la nuestra. Es ley de vida –dicen–. Sí, mientras seamos incapaces de cambiar la ley –añado–. Sirva esta reflexión como introducción al relato corto que sigue a continuación.
Apenas cumplidos los sesenta la obligaron a jubilarse, prejubilación lo llamaron. Las condiciones fueron las habituales, nada del otro mundo, perdió un pequeño porcentaje de la pensión, pero –dijo ella– se gana en salud. Fue una forma de auto convencerse de que ya estaba bien como estaba, que no merecía la pena discutir con ellos. ¿Para qué? ¿Para darles el placer de que la humillaran aún más? No, definitivamente no valía la pena. Su marcha, no obstante, puso de manifiesto la falta de previsión de los que mandaban. La jubilaron sin pensar en quien haría lo que ella hacía, y cuando se percataron de la cagada, rápidamente escogieron a otra persona y le adjudicaron el puesto desocupado. Fue entonces cuando empezó una carrera contra reloj para formar a la recién llegada. Pretendieron que, antes de irse, la prejubilada traspasara sus conocimientos, adquiridos en sus cuarenta años de trabajo, a quien la debía sustituir. Pretendieron los sabios que dirigían la empresa que, en apenas siete días, ella enseñara, a quien haría su trabajo a partir de entonces, todo su saber, toda su experiencia de años de dedicación y aprendizaje. ¡Pobres imbéciles!, no tenían ni idea de lo que pretendían. Ella, que otra cosa no era pero buena persona un montón, se puso a explicar a la sustituta lo que hacía y cómo lo hacía. Pero, mientras ella contaba, la sustituta abrumada por la que se le venía encima, empezó a quejarse a su jefe de que no estaba recibiendo todo el conocimiento. Su jefe lejos de tranquilizarla y estudiar la situación con calma y visión de empresa, fue a quejarse a su jefe, el cual tampoco tuvo la perspicacia necesaria para tranquilizar los ánimos, y lo único que se le ocurrió fue quejarse a su jefe y así siguió la escalada de despropósitos hasta que el último de los jefes, que ni siquiera tenía conocimiento de que esa persona se iba a prejubilar, lo único que hizo fue llamarla a su despacho y, tras pegarle una bronca de aquí te espero sin saber muy bien por qué, la acusó de no colaborar. Ella no entendía nada. Mientras los jefes escalaban la queja hacia arriba, los días pasaban y la prejubilada contaba a su sustituta lo poco que, de todo su acumulado conocimiento, tuvo tiempo de traspasar. Llegado el día de la marcha, la prejubilada se fue a su casa, la sustituta se encontró ante un marrón que no supo cómo resolver y los jefes, sentados en sus despachos, se sintieron orgullosos por cómo habían gestionado la crisis. La empresa por su parte siguió funcionando y generando los ansiados beneficios a su dueño que, dicho sea de paso, jamás tuvo conocimiento de lo sucedido. –¡Como debe ser! –dijeron todos a la vez–. © PCB
Una tarde de futuro pluscuamperfecto

Sentados uno frente a otro, el mentor mira al que un día fue su pupilo. Con mirada cansada parece repasar la trayectoria de éste desde aquel lejano día en que, cansado de perder elecciones, le cedió la dirección del partido y se apartó dejándole libre el camino para que hiciera lo que tenía que hacer. Sus ojos entornados y mirada escrutadora buscan en el interior de su sucesor las razones del desencuentro que siempre hubo entre los dos. La expresión dura de su rostro, envejecido por los años y curtido por la experiencia, muestra a las claras su desacuerdo con la forma de actuar de aquel. Con la mano derecha parece tapar su boca, como reprimiendo las palabras de reproche por no haber sido capaz de hacer por su sucesor lo que él hizo por él.
El anciano político, de vuelta ya de todo, se permite juzgar con su mirada la trayectoria de quien le sustituyó y, precisamente por ser su valedor, no puede evitar sentir cierta decepción al comprobar que aquel en quien confió tampoco supo entender la verdadera esencia del partido que él creó. Definitivamente, Don Manuel no ha tenido suerte con sus delfines.
Primero fue Jorge, un joven de estética neonazi que parecía dispuesto a comerse el mundo y que finalmente acabó convertido en social demócrata. Tras el fiasco del joven, impulsivo, y espigado aspirante a modelo de Burberry, Don Manuel depositó su confianza en Antonio, un andaluz bajito e imagen de maestro rural que se ganó al partido con su oratoria directa y ‘chascarrillera’ aderezada con el acento característico de la región, pero que de nada le sirvió para llevar el partido al gobierno. Como dice el refrán: a la tercera va la vencida, y con el tercero tuvo más suerte. Una joven promesa ‘mesetaria’ de mente obtusa e ideario cavernoso que desde hacía unos años gobernaba una comunidad autónoma. No era una lumbrera, pero su verborrea populista atraía a las gentes y vistas las experiencias anteriores, Don Manuel le pasó el testigo al efervescente José María, el mismo al que hoy mira apesadumbrado y con cierta desconfianza preguntándose ¿Qué he hecho yo para merecer a éste? Y éste sí consiguió gobernar, durante dos legislaturas, las más oscuras y tristes de la democracia. Pero también llevó al partido a su etapa más radical. Su particular forma de dirigirlo, rayano lo dictatorial, lo arrastró al borde de la esquizofrenia cuyo cenit fueron los cuatro años de legislatura en que, por su tozudez en participar en una guerra y luego en negar las evidencias de un terrible atentado terrorista intentando culpar a otros, perdieron las elecciones y volvieron a la oposición.
Don Manuel lo mira, y cuanto más lo hace más enigmático le resulta, creía conocerle y ahora, con el paso de los años, descubre que sin proponérselo creó una especie de monstruo que, una vez alcanzado el poder, se deshizo de todos los que le molestaban y asumió en solitario y por su cuenta la transformación del partido, en “su” partido.
–No he tenido suerte con mis sucesores. ¿En qué me he equivocado? –parece pensar Don Manuel mirando la cara impertérrita de José María–. Y el otro, Mariano, aunque elegido en un congreso y gallego, como yo, tampoco era una joya. Pero al menos sirvió para enderezar un poco las cosas… ¡Alberto!, ese sí que es un buen dirigente… Pero, ¿por qué me resulta tan difícil hacerlo presidente del partido?... Manolo, ya no eres el que eras, ahora nadie te hace caso y lo que es peor, has perdido influencia. Eres como el abuelo Cebolleta al que todos respetan pero nadie escucha… Sólo vienen a mí para que les cuente batallitas. No me tienen en cuenta y encima estos politicuchos de ahora están acabando con mi gran obra, el partido que yo creé y al que he dedicado mi vida. Tú –piensa aguzando la mirada de reproche sobre José María– sí tú, no te hagas el loco, eres el culpable, has destrozado el partido, tú…
–Don Manuel, ¿en qué piensa? –José María vuelve su cara hacia el anciano político y fija en él su mirada llena de resentimiento–
–En nada hijo… en nada –responde lacónico Don Manuel tras un largo silencio y sin desviar su escrutadora mirada de su antiguo delfin–
–Entonces ¿nos tomamos otra? –pregunta José María mostrando satisfecho su famosa sonrisa bajo los restos de lo que fue un poblado bigote–
–Sí, pero ésta la pagas tú –responde Don Manuel–. ¡Ah!, y la tapa que sea de pulpo gallego –remata el anciano dirigente popular–
José María, sin borrar la sonrisa que parece eternamente esculpida en su rostro, asiente con la cabeza. Con dificultad levanta el brazo derecho y hace un intento fallido de chasquear los dedos para llamar al camarero.
Una de las enfermeras de la residencia se le acerca y, arreglándole la manta escocesa que cubre sus piernas, les informa que es la hora de tomar la medicación.
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Yo, el balón

Aquí estoy una vez más, rodeado de veintidós fornidos jóvenes dispuestos a todo para hacerse conmigo. Esperando a que ese señor de negro toque el silbato y ese otro que me mira con deseo me de la primera patada, momento en el cual empiezan los noventa minutos más excitantes y ajetreados de mi existencia.
Desde ese preciso instante y hasta que el de negro vuelva a tocar el silbato indicando que ha pasado el tiempo, yo no tendré ni un solo segundo de descanso. Rodaré sobre la hierba, volaré sobre sus cabezas, recibiré todo tipo de golpes: patadas, cabezadas, empujones y algún que otro manotazo, todos querrán tenerme entre sus pies y dos de ellos entre sus manos. Todos querrán llevarme, a base de piruetas y esquivando al contrario, hasta la puerta de los otros para, una vez allí, lanzarme de una potente patada contra la red y meterme dentro. Por el contrario, sólo dos querrán cogerme con sus manos y estrujarme con fuerza contra su pecho, protegiéndome para que ningún otro pueda tenerme. Es el momento más conmovedor y agradable de mi participación en ese, ¿cómo lo llaman ellos?, a si, encuentro o partido. Pero dura poco, apenas unos segundos, cuando la situación está controlada, él me lanza con todas sus fuerzas a sus compañeros. En esos instantes en que vuelo sobre la hierba siento el aire fresco sobre mí y los veo allí abajo como simples puntos que se mueven nerviosos hacia donde yo voy pugnando por poseerme.
Pero lo más emocionante es cuando en una de esas refriegas que tienen entre ellos dentro del área, unos para lanzarme a la red y otros para alejarme de ella, uno de los que quieren alejarme me toca con la mano. Cuando eso sucede yo vivo un momento especial, mi piel curtida por los golpes, al contacto de su mano fuerte y temblorosa, experimenta una descarga, breve pero intensa. Sólo son décimas de segundo pero suficiente para que yo me sienta feliz por esa delicada caricia, lo miro y veo en su rostro el gesto preocupado, como suplicándome que no diga nada, pues eso le costaría una sanción, entonces yo sigo mi camino y como agradecimiento por la caricia me desvío de la trayectoria original evitando así entrar en la red.
En ese momento se entabla una discusión entre ellos donde unos acusan a los otros de haberme tocado con la mano. Mientras, yo, ajeno a todo, callo y espero a que finalicen. Pero en ocasiones los infiltrados del señor de negro, que vigilan desde fuera, ven lo sucedido y levantan la bandera indicándole que se ha producido una falta, entonces el que osó acariciarme es amonestado y su equipo es penalizado con un tiro libre a su red, penalti lo llaman ellos.
Como de lo que se trata, es de que me metan en la red contraria cuantas más veces mejor, cuando eso ocurre, el que lo consigue corre saltando de alegría y tras él sus compañeros hasta que lo alcanzan y abrazan amontonándose, unos sobre otros, de felices que están. Mientras que los contrarios observan aturdidos y cabizbajos pensando vete a saber qué cosas. Entonces miro hacia arriba y veo a los miles de seguidores que desde sus asientos gritan como posesos, unos de alegría y otros de rabia y me ruborizo pensando que yo, el balón, soy el causante de tal algarabía.
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Al final del camino... inicia otra vida

Y sin embargo, sabía que había llegado al final del camino…
La incertidumbre había desaparecido, ya no sentía la desazón que se apropiaba de ella cuando, sin saber cómo ni por qué, caía en esa especie de desánimo general. Ella lo achacaba a las secuelas de la enfermedad que de niña la mantuvo en cama casi tres meses. Recordaba que, una vez superada, tuvo que aprender a andar de nuevo y eso le afectó demasiado. Su estabilidad emocional se vio alterada aunque no lo supo hasta años después, cuando ya de mayor empezó a sufrir las crisis que la mantenían apartada de los demás. Margarita, no obstante, había vivido una vida plena. Se había casado con el hombre que amaba y tuvieron tres hijos que la mantuvieron ocupada la mayor parte de los cuarenta y seis años de matrimonio. Dos de ellos le dieron tres nietos que llenaron de nuevo su tiempo libre mientras fueron pequeños.
Cuando se acercaba a los setenta y cansada de tanto niño, se sintió sola. Su marido, tres años mayor que ella, no era precisamente lo que se dice la alegría de la huerta. Su concepto de felicidad se basaba en pasar el día frente a la TV y dar un corto paseo matinal, aparte claro, de comer cuatro veces al día y tener cerca a su esposa que le servia más de soporte que de cónyuge. Margarita descubrió horrorizada que odiaba esa vida, a la que estaba abocada irremediablemente si algo o alguien no lo evitaba.
Barajó varias alternativas, todas pasaban por quitar de en medio a su amado esposo. Sí, amado, porque a pesar de todo, lo seguía amando. Era como un grano en el culo, pero era su grano, y lo quería. Por eso las desechó todas, veneno, clavarle el cuchillo jamonero, gas, ahogarlo en la bañera, e incluso atiborrarlo con sus pastillas de la tensión. Aunque encontró otra forma de dejarlo fuera de combate sin necesidad de matarlo: recluirlo en una residencia. Naturalmente él se negó, y fue entonces cuando ella le dio a elegir.
Manolo se sentía ridículo ante el espejo del probador, se miraba y no se encontraba. Vestido con aquellas ropas, tenía la sensación de ver frente a él a otra persona, alguien un poco pasado de rosca. Pero sin embargo, conforme lo miraba y se acostumbraba a tenerlo delante, sentía que el rechazo inicial desaparecía dejando salir a la luz una especie de complicidad con aquel otro yo que tenía delante. Cargados con bolsas de Zara, Margarita y Manolo llegaron a casa tras una jornada loca de compras. Hicieron sitio en el armario, sacaron la ropa anticuada y rancia y lo llenaron de ropa fresca, colorida y moderna.
Como unos alocados jovenzuelos enamorados dejaron atrás el camino polvoriento de sus monótonas vidas y cogieron la autopista recién abierta por la que emprendieron una nueva. A gran velocidad recorrieron el último tramo de su vida. Entre viajes, excursiones, clases de baile, salidas al cine, teatro, restaurantes, juergas con los amigos, visitas a museos, actos sociales, reivindicativos, de protesta y algún que otro homenaje, Ma y Ma –como los llamaron los conocidos desde entonces– vivieron hasta el último suspiro su tercera edad.
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Sueño a la hora de la siesta

Sintió el roce de unas manos en la espalda y su cuerpo se estremeció. Ella siguió echada sobre la colchoneta, bocabajo, sumida en el sopor de una incipiente tarde de verano tostándose bajo el sol. A sus oídos llegaba el cansino sonido de música disco, lanzado al aire por una radio lejana, mezclado con el del monótono vaivén de las olas al romper en la orilla de la playa. Las manos seguían rozando su piel suave, primero a la altura de los hombros y luego deslizándose lentamente, con parsimonia, como si no tuviera prisa por llegar, acariciando la espalda, la cintura, el culo, las nalgas y piernas, hasta los dedos de los pies.
–¿Duermes? –preguntó él.
–No, sólo sueño –respondió ella.
–¿Qué sueñas? –preguntó de nuevo él.
–Que vuelo a un lugar.
–¿Sola?
–No, con alguien.
–¿Quién es?
–No te lo puedo decir.
–Mejor, así creeré que soy yo.
Ella no respondió y él, en silencio, dejó volar su imaginación mientras sus manos seguían aplicando crema hidratante en el cuerpo bronceado por el sol. Ahora era él quien soñaba y en el sueño se vio en un lugar lejano, el más lejano que podía imaginar. Estaba solo, en una playa desierta, de arena cobriza y agua turquesa, sin apenas olas y sin gente. Caminó por la arena mirando el horizonte, buscaba sin saber muy bien qué. En la arena, medio enterrada, encontró una caja. La cogió, la abrió y dentro vio un libro. Era antiguo, de tapas gruesas de piel, con un dibujo extraño y un título que no entendió. Lo sacó de la caja, lo ojeó y…
–¿Qué piensas? –preguntó ella interrumpiendo el sueño.
–En un lugar lejano –respondió él.
–¿Estás allí?
–Sí.
–¿Y qué haces?
–He encontrado un libro que voy a leer.
–Me gusta la idea. ¿Lo leerás para mí?
–Si –susurró él antes de besar sus labios.
Ella calló otra vez. Él siguió acariciando su piel, regresó al sueño, cogió el libro y leyó: “Todo fue tan rápido que no tuvieron tiempo de reaccionar. Las gentes que había allí creyeron que no sucedería nada, que aquello sería pasajero y que nadie sufriría daño. Pero cuan equivocados estaban. Nadie puede salir indemne de algo así. Eso lo supieron después, cuando el mal se hubo esparcido sobre ellos sin ninguna posibilidad de salvación…”
El sol se ponía tras el horizonte tiñendo de oro la lisa superficie marina, él caminaba sobre la arena cobriza, buscándola a ella.
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Melancólica tarde de otoño

Con suave parsimonia se deslizaba sobre el blanco impoluto dejando tras de sí el rastro azul de cosas jamás dichas, pero sí pensadas. La pluma, cogida con elegante destreza por la mano frágil, pero firme, de una mujer mayor, desgranaba su trazo claro y refinado al acariciar, más que rozar, la superficie lisa de la hoja. Deslizándose cual danzarina sobre el escenario, las palabras fluían formando frases cargadas de dolor que, a su vez, componían párrafos enlazados unos tras otros, expresando pensamientos largamente callados. En el silencio de una melancólica tarde de otoño, roto por al zigzagueo del plumín al deslizarse sobre el papel, la tinta azul transformaba en palabras escritas las palabras que ella jamás pronunció. Junto a la ventana, a través de la cual veía pasar, allí abajo, a los escasos transeúntes que se atrevían a desafiar la persistente lluvia otoñal, escribía aquello que un día lejano quiso decir pero que, por mantener la estúpida compostura a la que la habían abocado, calló. Libre de ataduras, superadas las rígidas normas sociales en las que había vivido, alejada de toda presión social y sobre todo, y por propia decisión, recluida en su mundo interior, la mujer se dispuso a contar su verdad. Decidida a decir aquello que había callado, a hablar por primera y quizás única vez de lo que pensaba, de todo cuanto había guardado dentro de sí, para ella sola. Aquel día de otoño, al fin tuvo la fuerza necesaria para escribir la verdadera historia de su vida. De la vida que no le dejaron vivir. De la vida que tuvo que ocultar. La vida que, mas que vivir, sufrió.
“Lo primero que debéis saber, hijos míos…” El inicio no dejaba lugar a dudas, la mujer contaba su vida al mundo, pero dirigiéndose a sus hijos. Cinco concretamente, porque las buenas familias, las familias de bien, como solía decir su difunto esposo, debían tener hijos para el cielo y cuantos más mejor. A esa primera declaración de intenciones, porque en definitiva era eso, seguía la descripción detallada de una vida desgarrada. La vida de una mujer nacida en el seno de una familia burguesa y educada para ocupar el escalafón más alto de los reservados a ellas en una sociedad hipócrita y timorata en la que contaba más la apariencia que los propios sentimientos. Con minuciosa rigurosidad fue recuperando del rincón de la memoria más recóndito, porque fue ahí donde tuvo que encerrarlos, bajo siete llaves, los retazos de una vida no vivida, una vida negada, una vida condenada a la oscuridad de una no existencia porque, de haber existido, otros hubieses sufrido. Y ella, educada para obedecer, asumió su papel y con él el sufrimiento de no vivir, precisamente para evitar a los demás, el de verla vivir feliz.
“La conocí con dieciséis años y desde aquel día la quise con todas mis fuerzas…” Paró unos instantes y desvió la mirada a la ventana. Vio las gotas de lluvia deslizarse por el cristal y recordó las lágrimas que derramó aquel día, en la soledad de su habitación, cuando supo que su amor jamás sería correspondido. Sus ojos se humedecieron y volvió a sentir el mismo deseo que sintió aquel día de verano en que la conoció. Recordó el momento como si lo viviera una vez más y su cuerpo se estremeció. A través del cristal mojado, mirando a los transeúntes que pasaban deprisa bajo la lluvia, revivió aquella noche de fiesta mayor en el pueblo de la costa donde veraneaba su familia. En el entoldado, cuando sus primas se la presentaron y, en esos instantes de recuerdos lejanos, sintió, como una ráfaga de aire fresco, el beso que ella le dio. La mujer se llevó la mano a la mejilla y la acarició como si quisiera retener en ella aquel instante. Después volvió a la hoja de papel, cogió la pluma y continuó escribiendo.
“Ella no sentía por mi lo que yo por ella. Lo supe el día en que me confesó que estaba enamorada de mi primo y que haría lo posible por convertirse en su esposa…” La pluma seguía deslizándose por las hojas en blanco, acariciando el papel y dejando en él el testimonio de una vida fracasada. Una vida diferente, demasiado adelantada para su época y por ello condenada al ostracismo. El ritmo acompasado de la frágil mano de la mujer enamorada de quien no debía, marcaba el paso del tiempo intentando no dejan nada sin escribir. El repaso que de su vida hacía en esa tarde de triste otoño, le servía para ajustar cuentas. No quería irse sin que, al menos sus hijos, supieran quien era en realidad su madre, o dicho de otra forma, quería que ellos conocieran a la madre que, de haber sido correspondido su amor, no habrían tenido jamás. La mujer miró por última vez a la calle, vio que había escampado y los transeúntes caminaban sin prisas, ya no había lluvia de que protegerse y le pareció que todo estaba como debía estar.
“Llegado este punto, sólo os puedo decir que de lo único que no me arrepiento es de haberos parido”. El silencio pesaba demasiado en la pequeña habitación, la lluvia había cesado, el sonido del trazo del plumín sobre la hoja había finalizado y ella, al fin, había hablado. Dejó la pluma, miró la última hoja escrita y se recostó en el sillón.
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Hipocondría, vanidad y la pertinaz sequía

Recién levantado se miró al espejo y al verse pensó que los años no pasaban en balde. Como cada mañana, exploró su rostro en busca de alguna imperfección, era su particular ritual diario fruto de la hipocondría en la que había caído a consecuencia de su vanidad. Rastreó cada milímetro de piel de su cara, anotando mentalmente cada uno de los signos de envejecimiento que durante la noche habían aparecido. Contó las nuevas imperfecciones y las clasificó según su estructura, tamaño y color. Abrió la boca y examinó los dientes y muelas haciendo malabarismos posturales para verlos desde todos los ángulos. Los cepilló con cuidado, con un cepillo especial de cerdas de visón, para eliminar los posibles restos de impurezas, se enjuagó la boca con tres líquidos dentales diferentes, primero el desinfectante, luego el reforzante y por último, el refrescante. Después inspeccionó los ojos prestando atención especial a la esclerótica, observó con suma atención su superficie en busca de posibles manchas o malformaciones y siguió atentamente la trama de los minúsculos vasos sanguíneos asegurándose que no había derrames. Examinó los lagrimales, se limpió las lagañas, analizó los restos en busca de posibles focos infecciosos y finalizó el absurdo rito ocular poniendo en ellos, primero un colirio para eliminar impurezas, y minutos después, otro para blanquear y dar brillo a la membrana. A continuación le tocó el turno al cabello. Se tocó el pelo, lo acarició con cuidado, levantándolo para inspeccionar la raíz, buscando canas, señal inequívoca de envejecimiento. Lo peinó, adelante, atrás, a un lado, al otro. Se puso loción para fortalecer la raíz y esperó.
Pasados los cinco minutos de rigor, se prepara para aclarar el cabello. Abre el grifo del lavabo y lo que ve no le gusta, no sale agua. Lo cierra y vuelve abrir, una vez y después otra, el agua sigue sin salir. Va a la ducha, abre el grifo y el agua que no sale. Incrédulo ante la situación, su cuerpo empieza a temblar, siente que su mundo se desmorona. Se mira al espejo y ve su pelo grasiento, cubierto por la loción, sobrepasando el tiempo estipulado, acercándose peligrosamente al límite a partir del cual nadie sabe qué puede pasar. Su hipocondría se dispara aumentando la sensación de peligro. Corre a la cocina y abre el grifo del fregadero, tampoco sale agua. “¡No hay agua!” –grita–. El pelo está en peligro, el miedo se adueña de él, se angustia sólo de pensar que la loción que usa, precisamente para reforzarlo, acabe por deteriorarlo. Horrorizado ante el panorama que se avecina, abre la nevera buscando una botella de agua que no hay. Su mano temblorosa sigue buscando y, al borde de la histeria, se tropieza con una botella de litro y medio de cola. La cabeza le pica, siente como la pringosa loción resbala por la cabeza, alcanza las sienes, la frente, el cuello. Empuña la botella de cola y corre al lavabo, de su garganta sale un grito aterrador al verse reflejado en el espejo y, sin opción a nada más, vuelca el contenido de la botella sobre su cabeza.
Al principio siente cierto alivio al caer el líquido frío sobre el cuero cabelludo. Después, el espumoso liquido oscuro parece hervir entre su pelo, ve aterrado la cascada de cola burbujeante caer cabeza abajo, inundando su cara, llenando su boca recién limpiada y desinfectada. Sus ojos inundados por la espuma de la pegajosa bebida apenas distinguen en el espejo su rostro desencajado.
Quieto, de pie ante el espejo, mira con los ojos desorbitados lo que queda de él. Una especie de adefesio pringado, cubierto de una indescriptible melaza dulzona. La cara llena de restos de lo que parece chapapote –producido por la fatal mezcla de loción capilar y cola–. La cabeza desaliñada, con los pelos lacios, caídos a los lados, untados por una oscura y viscosa materia similar al betún. Desesperado abre el grifo del lavabo sin que este suelte ni siquiera una gota. El agua, ese bien tan preciado, parece dispuesta a fastidiarle el día.
La alarma ha cundido en la ciudad, la pertinaz sequía que azota al país ha obligado a la autoridad municipal a poner en marcha el plan de emergencia. El consumo de agua se verá afectado por las restricciones que esa mañana se han puesto en marcha. Sólo habrá agua de una a tres de la tarde y de ocho a diez de la noche.
Mientras, en el cuarto de baño de su casa, el hipocondríaco, ajeno a lo que sucede fuera, continua abriendo y cerrando el grifo.
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Evaluación del desempeño

Seis empleados de una importante corporación mundial son citados en las oficinas de una empresa de consultaría situada en un edificio señorial de la zona alta. Acuden puntuales a la cita y lo único que saben es que la jornada laboral de ese día se desarrollará en ese lugar. A medida que llegan, la persona que atiende la recepción, una joven exageradamente maquillada y con un atuendo tan moderno como provocador, les indica la sala donde deben entrar. En la sala hay una mesa de trabajo cuadrada con nueve sillas, delante de seis de ellas hay una cartulina blanca y un bolígrafo sobre la mesa, lo que da a entender que son las sillas que han de ocupar cada uno de ellos. Como ocurre siempre que un grupo de personas se reúne, los recién llegados se agrupan y se sientan unos junto a otros teniendo en cuenta lo que nadie ha estipulado pero que en el subconsciente de cada uno está grabado, la afinidad entre ellos. Mientras esperan la llegada de quien los ha convocado, hablan y especulan acerca del por qué están allí. Les extraña que no estén otros compañeros del departamento y, entre reflexiones y preguntas sin respuesta, intentan encontrar las razones por las que ellos sí y los otros no, sopesando si estar allí es bueno o malo. Cada uno expone los posibles motivos por los que los otros no están y entre interrogantes y suposiciones intentan comprender al alcance de aquella cita. El ambiente es relajado, de camadería y compañerismo donde unos y otros apuntan ideas sobre lo que harán una vez se inicie la sesión.
A las nueve en punto se abre la puerta y la persona de la recepción entra un carrito con café, leche, infusiones, zumos y unas bandejas de pastas. La joven no dice nada, se limita a entrar el carrito, sonreír y abandonar la sala cerrando la puerta tras ella. El silencio, que se adueñó de la estancia cuando la puerta se abrió, es roto por un murmullo general que se desencadena ante la presencia del tentempié. El grupo retoma la conversación, esta vez más animados y optimistas, y entre bromas, sonrisas y chascarrillos transcurren los minutos de espera. Comen, beben y hablan, pero sobre todo esperan. Ninguno de los presentes, tres hombres y tres mujeres, da muestras de nerviosismo. Sin embargo, algunos se miran el reloj con mas frecuencia que de costumbre, otros no dejan de manosear el móvil abriéndolo y cerrándolo como si esperaran una llamada urgente, y otros mueven una de las piernas compulsivamente bajo la mesa sin darse cuenta de ello.
Distraen su atención charlando de cosas intrascendentes, pero cuando se agotan las pastas, el café y los zumos, se dan cuenta que ha pasado más de una hora y allí no ha entrado nadie. Entonces, una de las presentes se levanta y, con cierto enfado, dice algo así como que aquello es intolerable, que es una tomadura de pelo y sale a preguntar cuanto tiempo los van a tener allí. La joven de la recepción, que es diferente a la que les recibió y sirvió el café, le dice que en unos minutos estará con ellos la persona que debe dirigir la sesión. Ella pregunta en que consiste la susodicha sesión y la recepcionista responde que no lo sabe. Pero que no se preocupe, que vuelva a la sala, que en seguida estarán con ellos, y si necesitan más café o zumos que se lo hagan saber. La empleada de la importante corporación mundial le da las gracias y regresa a la sala no muy convencida.
Han pasado más de dos horas cuando otro de los presentes decide salir a informarse. La respuesta que recibe es similar a la anterior: “Enseguida les atenderá quien deba hacerlo”. Pero éste insiste en que no puede seguir esperando. Que necesita saber de qué va todo aquello y cual el motivo por el que están allí. La recepcionista, que vuelve a ser la joven del principio, le pregunta sorprendida si de verdad no sabe por qué están allí y ante la respuesta negativa de él, le dice que puede marcharse a su casa.
El resto del grupo sigue en la sala, esperando a que su compañero regrese y les informe. Pasan las horas y el compañero no vuelve, nadie de los presentes sale para ver qué pasa. A las dos en punto, la recepcionista abre de nuevo la puerta y entra, no uno, sino dos carritos, uno con bocadillos y fruta y otro con bebida y café.
Al igual que unas horas antes, la recepcionista deja los carritos, sonríe y sale cerrando la puerta tras ella. Nadie de los presentes dice nada.
Al día siguiente, en la oficina, los seis asistentes a la sesión de la consultora comentan con sus compañeros la experiencia. Siguen sin saber a que fueron allí, pero lo que cuentan despierta en los que no estuvieron unas ganas irrefrenables de vivir la misma experiencia.
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Tres mujeres, tres barcas, el enigma de un cuadro

Por la playa caminan tres mujeres. Una lleva en sus brazos una niña chica, que puede ser hija o nieta suya. Colgado en su brazo derecho lleva un cesto de mimbre. Camina descalza sobre la arena mojada por las olas, vestida con una blusa azul celeste y falda que se adivina oscura bajo un mandil blanco. Sobre sus hombros una mantelina igualmente blanca y cubriendo su cabeza, un pañuelo también blanco que la protege del sol, dejando al descubierto su cara de tez morena. Es joven, aunque la vestimenta y la cabeza cubierta la hagan mayor. La mujer mira, con semblante serio, pero dulce al mismo tiempo, no se sabe si a la mujer que camina junto a ella o al que, desde fuera del cuadro, las observa.
La mujer que camina junto a ella, es mayor. Diría que es su madre. Viste falda blanca y sobre ésta un mandil negro, la mantelina y el pañuelo de la cabeza también son negros. Bajo éste se perfila una cara envejecida, una boca sin dientes, con los labios hacia dentro y barbilla pronunciada, la nariz tosca y arrugada. Al contrario que su hija, calza sandalias. Lleva en su brazo derecho dos cestos de mimbre y camina pensativa, mirando al suelo, como si algo la preocupara.
Tras ellas camina la más joven, hermana menor o hija de la que porta la niña chica en brazos que a su vez podría ser hija suya. También lleva colgados dos cestos de mimbre, en su brazo izquierdo. Viste, al igual que las otras dos, falda, blusa, mandil, mantelina y pañuelo en la cabeza, pero de colores claros y alegres: azul cielo, azul marino y blanco. Sus rasgos faciales son más suaves y dulces, una joven que apenas ha dejado atrás la adolescencia. Camina mirando la arena, ensimismada en sus cosas que, a buen seguro, nada tienen que ver con las que preocupan a las otras dos.
Las tres mujeres caminan por la arena ajenas a las tres barcas que unos metros mar adentro se deslizan suavemente entre las olas. Unas y otras, mujeres y barcas, van en la misma dirección, hacia el sur, si nos atenemos a la orientación del escenario donde supuestamente se desarrolla la escena, captada por Joaquín Sorolla en la playa de la Malvarrosa en Valencia. Aunque esto es pura suposición.
Pero es precisamente el hecho de que mujeres y barcas vayan en la misma dirección lo que plantea el enigma de esta pintura. Las mujeres parecen caminar contra la dirección del viento. Sus poses ligeramente inclinadas hacia adelante, el fluir de su ropas hacia atrás así como el volar de la parte trasera de los pañuelos, sobre todo el de la más joven, muestran claramente que el aire va hacia la izquierda del que observa el cuadro. Sin embargo, las olas y las velas infladas que empujan a las tres barcas hacia el sur, indican que el aire va en dirección contraria.
¿Percepción errónea del pintor? ¿O simplemente un desfase temporal entre la plasmación de unas y otras? ¿Pintó un día las barcas y otro a las mujeres con el consiguiente cambio de rumbo del viento? ¿O sencillamente lo hizo así porque daba al conjunto un ritmo más acompasado y armonioso? ¿Fue consciente el pintor de esa diferencia? ¿O, por el contrario, no existe tal diferencia y es sólo una percepción del que observa?
Cuando miramos un cuadro casi siempre solemos ver algo ligeramente diferente a lo que el autor plasmó en él y en muchos casos, incluso radicalmente distinto. Cada cual interpreta a su manera y según sus preferencias lo pintado y casi siempre caemos en la tentación de hacer un juicio de valor. ¿Quien no ha oído alguna vez, en un museo o sala de exposiciones, la estrafalaria interpretación del enterado de turno sobre una obra? Pretendemos descifrar lo que el artista pintó, buscando incluso mensajes subliminales, olvidando que el autor plasmó lo que vemos sencillamente porque así lo veía, así se lo imaginó o así quería que fuese.
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Ixcateco, que significa "personas de algodón"

En un mundo global, de ideas y comportamientos uniformes. Donde todo se rige por normas estandarizadas, basadas en valores puramente mercantiles y los beneficios han de ser rápidos y abultados. Un mundo donde se confunde lo urgente con lo importante, donde no se sabe diferenciar lo necesario de lo superfluo, donde vivimos más deprisa de lo que nuestro organismo es capaz de soportar, y engullimos, sin dar tiempo a asimilar, todo lo que encontramos en el vertiginoso viaje a ninguna parte en que hemos convertido nuestras vidas. Resulta gratificante leer un día, en un periódico cualquiera, que en un lugar de ese mundo desaforado, alguien intenta conservar una lengua que sólo la hablan ocho personas.
Y uno se detiene ante esa noticia, y se entretiene en leerla, y al hacerlo, siente que el mundo se para. Por unos instantes incluso me siento transportado a ese rincón de México, porque es allí donde se habla el xwja o ixcateco, en Santa María Ixcatlán, un pequeño pueblo del Estado de Oaxaca. Al ver la foto que ilustra la noticia, me imagino a esas personas y las veo sentadas bajo la sombra de un árbol milenario, hablando de sus cosas, en su lengua que nadie mas entiende. Y veo sus caras de piel madura, surcadas por arrugas esculpidas a lo largo de una vida de trabajo y sacrificios. Y me acuerdo entonces de doña Rosa, una “viejita” de San Bartolo de Coyotepec en ese mismo estado, que hacía piezas de cerámica negra. Piezas que, en el verano de hace ya casi treinta años, fuimos expresamente a comprar a su taller, cuando un grupo de amigos viajamos por México.
Leyendo la noticia descubro que el xwja es una de las 23 lenguas indígenas mexicanas en riesgo de extinción. Pero es al leer lo que dijo el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México, "Las lenguas mueren por desuso, silencio e indiferencia", cuando me sumerjo en el recuerdo de aquel viaje y acuden a mí, nombres y caras que hace tiempo olvidé. Otras, en cambio, aún perduran frescas. Como las de aquella familia de Chamula en el estado de Chiapas, a la que hicimos, a petición del cabeza de familia, unas fotos que, una vez reveladas, le enviamos por correo. Estaban tan contentos de hacerse una foto familiar que se vistieron para la ocasión. Menos la abuela, que se negó y no paró de hablar en su lengua, posiblemente una de las 23 a punto de desaparecer. El hijo nos dijo que ella creía que la cámara fotográfica le robaría su espíritu y por eso no quería ponerse para la foto. Quizás tenía razón aquella buena mujer, pero su hijo no lo creía así, por eso nos pidió que le hiciésemos la foto.
Otra noticia de cariz bien diferente me devuelve a la realidad: “La continuada subida de los alimentos hasta 2017 causará la hambruna de millones de pobres”.
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Padules. Un regreso ansiado, largamente aplazado

Nada era como recordaba. Intentaba recolocar lo que veía en la imagen congelada de mi memoria como quien monta un puzzle. Las diminutas piezas con los cambios producidos durante mi ausencia buscaban su ubicación correcta en el tablero reemplazando a las antiguas que, desoladas, se veían desplazadas. Esa sensación de despedida, de dejar atrás lo que fue para ser suplido por lo que es, y en ese sustituir, decir adiós a parte de la vida, a parte de uno mismo. Miraba con ojos bien abiertos, para que no se me escapara detalle alguno. Intentando absorber lo poco que quedaba de lo que viví. Intentando regresar a un tiempo que se fue, que se diluyó en la nada como el azucarillo en el café.
Sentía la ingravidez del paso del tiempo y en los restos de lo que hubo encontré la confirmación de lo que un día fue. Me envolvió una sensación de bienestar al comprobar que no todo estaba perdido. Que mi memoria aún era capaz de recordar y mantener intactos lugares, cosas, personas y acontecimientos. Y conforme recorría el lugar acudían a mí hechos, nombres, imágenes, caras y palabras. Vividos, pronunciados, vistas, observad