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Motín en la granja de Pin y Pon

Un día, los animales de la granja de Pin y Pon, artos de no poder recuperar lo que años atrás los animales de la granja de Za y Pa les ganaron en el juego de La Oca, se propusieron ir a un lugar del que aprender trucos nuevos que le ayudaran a recuperarlo. Pero, el día en que iniciaron los preparativos para tan magna marcha, ocurrió algo inesperado…
El perro le dijo al caballo: “Aparta patoso que quiero pasar”. El caballo le respondió con una patada lanzándolo a varios metros de distancia. “No molestes sarnoso” –le dijo al darle la coz–. La zorra, que como siempre merodeaba por allí, se acercó al dolorido perro y tras reconfortarlo por la ofensa recibida, le ofreció su apoyo para lo que hiciera falta. Poco después llegó la gata del vecino, refinada y perfumada se paseó delante del perro y la zorra escuchando con atención lo que decían. Ellos se la miraron y la invitaron a participar. “Cuantos más seamos, más posibilidades de vencerle tendremos” –dijo la zorra al perro para que aceptara a la gata–. Los tres entablaron una alianza en la que se juraron lealtad para derrocar al tirano. Preparaban el plan de ataque cuando se les acercó el dueño de la gata, un corpulento percherón de poblada melena con aires de bonachón, y les preguntó a qué jugaban. El perro le respondió y le puso al corriente de lo que tramaban, el percherón se apuntó y propuso una nueva estrategia para acabar con el déspota líder.
Mientras tanto, en el hueco de la ventana del gallinero, la gallina despotricaba a voz en grito contra la maldad del pobre caballo. Dentro del gallinero, el gallo enaltecía los ánimos de gallinas, pollos y conejos que, excitados, iban de un lado a otro alzando la voz contra el opresor. Todo esto ocurría ante el pasmado caballo que los miraba estupefacto sin entender por qué se comportaban así. Él era el jefe porque así lo habían querido ellos después de que al anterior lo nombrara antes de retirarse y, sin embargo, ahora parecía que todos se volvían contra él.
Todos no, algunos de los animales se posicionaron a su lado ofreciéndole su apoyo e incluso, dando la cara por él ante el grupo de los disidentes. La ardilla, que frecuentaba los alrededores, se le acercó y se ofreció para hacer de portavoz. El hurón también lo apoyó, y de más lejos vinieron el galgo, el lince y el burro que abandonó su hábitat para estar con él. Mientras unos se posicionaban con él y otros en su contra, el búho, que había sido el último en incorporarse a la granja, y precisamente por invitación del caballo, prefirió mantenerse al margen y coquetear con unos y otros. Pero mostrando simpatía por el grupo de los disidentes, mas que nada porque el caballo lo había dejado fuera de los cargos del nuevo comité de dirección.
El enfrentamiento de los disidentes crecía y el tono de la discusión aumentaba y se agudizaba según se acercaba el gran día. La zorra ya no se escondía, desafiaba al caballo a cara descubierta, aunque para ello eligió a un novato, un grácil ruiseñor que siempre había merodeado junto al caballo y que ese lunes se descolgó con una perorata contra su jefe que sorprendió a todos.
Pero no fue el único en aparecer, también lo hizo el temible pastor alemán que cuatro años antes lo había dejado todo para iniciar una nueva vida junto a una delicada perrita dálmata. Éste volvió por sus fueros con gran algarabía de la concurrencia que vio en él y sus propuestas una vía para acabar con los delirios de cambio del caballo. Por si eso fuera poco, el viejo jabalí, que siempre había apoyado al caballo, se descolgó proponiendo para jefe al siempre respetado lobo que naturalmente, y como era habitual en él, no dijo nada esperando tal vez que las aguas volvieran a su cauce una vez pasado el ciclón que, inevitablemente, arrastraría al abismo a muchos de ellos.
A día de hoy, todo lo que se sabe de estos sucesos, es que unos y otros siguen enzarzados en una cada vez más encarnizada reyerta, que, de seguir así, puede acabar muy mal. Y entre tanto sidral, esperan ansiosos a que la voz de quien ostenta el autentico pedigrí de la comunidad, la temible hiena, se haga oír dictando el rumbo ha seguir.
Mientras, los animales de la granja de Za y Pa miran con cara de satisfacción a sus vecinos y no disimulan su felicidad al verlos despellejarse sin piedad entre ellos.
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En El Palau de la Música

Las musas del Palau observan los movimientos sincopados, certeros y precisos de los arcos. Miran como suben y bajan, deslizándose sobre las cuerdas con suma elegancia. Abren los ojos sorprendidas ante la rapidez de la ejecución en algunos pasajes y la lenta, casi imperceptible movilidad, en otros. Embobadas, hipnotizadas por el sigiloso movimiento, las musas no quitan ojo de lo que sucede a sus pies. En el escenario, como si acariciaran la suave piel de su amada, los violinistas rozan las cuerdas de su violín con los tensos y finos hilos del arco que van y vienen, con decisión y majestuosidad, como balanceados por olas imaginarias. Del roce, insignificante unas veces y violento otras, surgen las notas musicales para desparramarse danzarinas por la sala, libres y divertidas suben y bajan van y vienen, alegrando los oídos de los que sentados ante el quinteto observan y degustan con placer tan delicioso manjar. De vez en cuando, como si de poner orden se tratara, se oyen las graves notas de la trompa que parece querer imponer su ritmo a las juveniles y desinhibidas corcheas de los violines. Entonces, como por arte de magia, las dulces y aflautadas notas del oboe surgen del instrumento hábilmente manejado, acudiendo en su ayuda y junto con las del violonchelo que no quiere perderse la fiesta, se unen a las demás mezclándose, fusionándose en una amalgama musical que da lugar a una bella sinfonía.
Las musas del Palau, al borde del éxtasis, miran y disfrutan del momento, viven con intensidad esos instantes en que los sentidos se funden hasta hacer desparecer todo signo de realidad, y llenas de felicidad absorben la música que los cinco, cuatro hombres y una mujer, vestidos de riguroso negro recrean con elegantes movimientos. Sobre el escenario los violines y violas, el oboe, el chelo y la trompa desgranan las notas de la sinfonía transportando a los que desde el patio de butacas escuchan, a un mundo imaginario, un mundo donde el ritmo no lo marcan los problemas, las guerras, la política, la economía o el índice bursátil, sino unos simples instrumentos musicales que en manos de unos virtuosos son capaces de darnos la felicidad.
Fuera, en el mundo exterior, las cadenas de televisión muestran, bajo el epígrafe de debate electoral, un lamentable espectáculo donde las descalificaciones, no por sabidas menos desagradables, entre los dos aspirantes a gobernar son los acordes de una cansina sinfonía que dura ya demasiado tiempo.
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La mar
–¿A donde vas? –preguntó la L al verla pasar.
–A la mar –respondió la A.
–¿Puedo ir contigo? –preguntó la L.
–Sí –respondió la A. La M, que estaba cerca, dijo:
–Yo también voy –y se unió a ellas.
Al pasar las tres ante la R, ésta les preguntó:
–¿Dónde vais tan contentas?
–A la mar –respondieron a coro las tres.
–¿Te vienes? –le preguntaron.
–Encantada –respondió la R–. Sin mi no habrá mar –apostilló.
Cuando llegaron al final, las cuatro, cogidas de la mano, se arrojaron al acantilado. Desde ese día, el agua de la mar cubre tres cuartas partes del planeta Tierra.
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La vaca, la sardina y el aguila
Pace la vaca en paz,
en el prado verde de fresca hierba.
Pace el hombre con ella,
en la creencia que la paz será con él.
Pacen los dos felices,
ignorando lo que pasa ante sus narices.
Nada la sardina feliz,
bajo el agua transparente del mar azul.
Nada el hombre tras ella,
pensando que será un buen bocado para la cena.
Nadan los dos confiados,
sin darse cuenta que son espiados.
Vuela la golondrina contenta,
por el cielo claro una tarde de primavera.
Vuela el hombre sobre ella,
admirando el lento movimiento de sus alas desplegadas.
Vuelan los dos oteando,
más allá del horizonte por si captan lo que andan buscando.
Pace la vaca,
nada la sardina,
vuela la golondrina.
El hombre, creyéndose superior,
pace, nada y vuela buscando en el exterior
lo que ellas custodian con amor.
El hombre, obsesionado por poseer,
olvida buscar en su interior,
la razón de existir en un mundo tan cruel.
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