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Expectativas y desempeño en una tarde de chirimiri
«Nada que no sepa ya», musita tras leer en el informe que tiene en sus manos: “No ha cumplido las expectativas depositadas en él”. Con desgana desvía su mirada a la ventana y absorto en el grisáceo día que ve al otro lado del cristal, piensa en lo hecho y se pregunta cuáles debían ser las expectativas esas que no ha cumplido. Su rostro, cansado más por el aburrimiento que por los años de trabajo, refleja la decepción de quien descubre que sus superiores son tan predecibles que ni tan sólo han sido capaces de ver lo evidente al depositar supuestas expectativas en él. Se pregunta si su actitud no habrá sido suficientemente explícita como para que no hayan captado el mensaje subliminal de que él ya no está dispuesto para hacer según qué, o, mejor aún, para hacer nada. La estrategia seguida durante todo el año de no mostrar interés por nada; ni inquietud por mejorar; ni espíritu de superación, tan apreciado en la organización; ni siquiera ansias de poder, parece que no ha dado el resultado esperado y se pregunta en qué ha fallado. Su rostro esboza una sonrisa maliciosa al pensar en que tampoco se han cumplido sus expectativas que, dicho sea de paso, nada tienen que ver con las depositadas en él por sus superiores y, haciendo un malabarístico juego mental, relaciona unas con las otras entremezclando lo que quieren ellos con lo que quiere él. Y lo que unos minutos antes veía como antagónico, ahora le resulta compatible.
Mientras que en la calle la lluvia empieza a caer obligando a los viandantes a desplegar sus paraguas para protegerse del persistente chirimiri, el agente especial González, con la mirada fija en el cristal de una ventana demasiado vieja, repasa su vida. Una vida plagada de éxitos profesionales y, porque no, de algún fracaso. Pero en general de buenos y gratos momentos aunque, y eso no lo olvida, de joven las circunstancias le obligasen a renunciar a sus sueños y dedicarse a algo que no era lo que quería. De todos sus años haciendo de espía o, como él prefiere llamarlo, de fisgón, guarda buenos recuerdos. Después de todo es un buen profesional y así se lo han reconocido en muchas ocasiones. Es ahora, llegado a un punto en que nada de lo que hace le reporta satisfacción y el entusiasmo de antaño se ha convertido en aborrecimiento, que se siente fuera de lugar. Ya no considera como propia la organización ni, por supuesto, lo que en ella se hace. Los nuevos tiempos han cambiado las funciones y donde antes había acción y dinamismo ahora hay gestión. Odia esa palabra, la relaciona con la maldita burocracia con la que siempre tuvo que pelear y combatir para poder hacer su trabajo con la suficiente libertad. Trabajo que añora, porque el que hace ahora es puro tramite, papeleo absurdo que no lleva a ninguna parte por mucho que quieran disfrazarlo con el rimbombante nombre de Gestión Activa de Recursos o, como gusta llamarlo a su jefe: GAR.
El espía González devuelve su mirada al informe y siente aversión al leer en él frases hechas, formadas a base de conceptos abstractos como: gestionar presupuestos, reducir gastos, cumplir fechas, alcanzar niveles óptimos, valoración racional por encima de tal o cual cuantía. Trufados de cifras y porcentajes que no le dicen nada. En aquella ensalada de palabras y números, busca, sin encontrar, las supuestas expectativas que sus superiores habían depositado en él y se ve incapaz de descifrar los mensajes en clave que su mente, viciada por años descifrando incógnitas, cree que hay.
Asqueado, deja el informe en un cajón y mira a su alrededor. Todo le parece viejo, añejo, anticuado. Observa con detenimiento el quehacer de uno de sus compañeros que, a escasos metros de él, y aislado del entorno por los auriculares del ipod, parece disfrutar en su mesa ensimismado ante el ordenador. Es casi veinte años más joven y por supuesto cuenta con unas enormes ganas de triunfar. El agente González se levanta, se pone la americana, da un vistazo al lugar y se dirige a la puerta. Antes de salir se despide hasta mañana. Nadie responde, sus compañeros están ocupados en revisar formularios.
En la calle, ajeno a las expectativas de los humanos, el chirimiri sigue cayendo.
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La absurda traducción simultánea

Un señor al que llamaremos Uno tenía que reunirse con otro señor al que llamaremos Dos para hablar de asuntos de estado sumamente importantes. El señor Uno era de un país lejano y pertenecía a una cultura que tenía su propia lengua que llamaremos Lenguauno y había viajado hasta el país del señor Dos, que pertenecía a otra cultura también con su propia lengua que llamaremos Lenguados, para que éste le explicara como había resuelto la normalización lingüística con su vecino que, al ser de cultura ligeramente diferente hablaba otra lengua que llamaremos Lenguacomún. Tanto el señor Uno como el señor Dos hablaban además una lengua común, que curiosamente era la del vecino del señor Dos, es decir los dos hablaban la lengua Lenguacomún. No entraré en detalles de cómo es que ambos hablaban la misma lengua, además de la suya propia, pues lo único que conseguiría es embrollar aun más las cosas.
Ante la inminente visita del señor Uno y teniendo en cuenta que el señor Dos tenía derecho a expresarse en su propia lengua, éste decidió contratar los servicios de un traductor para que hiciera la traducción simultánea de la lengua Lenguados a la Lenguacomún, que era con la que se expresaba el señor Uno. De esa forma, pensaba el señor Dos, él podría expresarse en su propia lengua y el señor Uno entendería perfectamente lo que se hablara en reunión tan importante. Naturalmente la contratación de dicho servicio de traducción simultánea tenía un coste que lógicamente corrió a cargo de las arcas del estado.
Pero al señor Dos eso no le preocupaba. Lo importante era la reunión con el señor Uno que, sentado frente a él, disponía de unos modernos auriculares por los que oír la traducción a la lengua Lenguacomún de lo que el señor Dos le explicaba en su propia lengua sobre la normalización lingüística llevada a cabo en su país. Éste, naturalmente sin auriculares, ya que al hablar también la lengua en la que se expresaba el señor Uno, no los necesitaba. En algunos momentos, al señor Dos se le escapaban expresiones, e incluso frases completas, en la lengua común, lo que provocaba un embrollo en el traductor simultáneo que inconcientemente lo traducía a la lengua Lenguados. Con lo que el señor Uno ponía cara de no entender nada, lo que a su vez servía al señor Dos para darse cuenta de su error y repetir lo dicho en su lengua, para que el traductor hiciese su trabajo. Esos lapsos crearon cierto desconcierto en el visitante señor Uno que finalizada la reunión, no tenía del todo claro si en realidad había servido para algo.
Por aquel entonces el mundo padecía los estragos de una crisis económica que no tenía visos de finalizar y en mayor medida en el país del señor Dos. Además, se habían descubierto ciertos casos de corrupción donde personas relacionadas con instituciones y organismos públicos se había adueñado de grandes cantidades de dinero público, lo que había provocado el estupor y sumo cabreo de los ciudadanos que no entendieron que, en una situación de crisis donde el número de parados aumentaba cada día, se gastase dinero en traducir unas conversaciones que ambos contertulios podían haber realizado en la lengua común que, además, era oficial junto con la propia. El señor Dos, ante el aluvión de críticas por el gasto innecesario, adujo que el señor Uno también tenía su propia lengua. Esta estúpida excusa lejos de apaciguar los ánimos de los sufridos ciudadanos los desató aun más. Porque, le contestaron con toda razón, siendo así, lo más lógico habría sido contratar traducción simultanea de la lengua Lenguauno a la Lenguados y viceversa, no de la Lenguados a la Lenguacomún.
Bien, el embrollo que usted, lector, puede haber sufrido al leer este pequeño cuento no es nada comparado con el sufrido por el señor Uno al verse obligado a utilizar unos auriculares para entender a su ilustre anfitrión durante la conversación oficial que, una vez finalizada, a buen seguro ambos departieron campechanamente en la lengua común.
No pongo en duda el derecho del señor Dos a expresarse en su lengua y ha contar con los mecanismos necesarios para que su interlocutor el señor Uno lo haga en la suya y ambos se entiendan. La cuestión es: ¿Está justificado el gasto de traducción simultánea en una reunión parlamentaria cuando ambos contertulios hablan la misma lengua?
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Eruditas de la vida social, entrañables chismosas
Sabían vida y milagros de reyes, reinas, príncipes y princesas. Conocían las últimas tendencias en moda, lo que se llevaba y lo que ya no era moderno. Estaban informadas de todo cuanto ocurría en el mundo del corazón y del artisteo. Eran devoradoras incansables de las revistas de cotilleo, que nada tenían que ver con las de ahora excepto la cabecera de algunas de ellas. No se perdían ni una Reina por un Día, Noches del Sábado y otros programas de variedades y de moda que la TV de entonces, la única que había, programaba. Eran unas expertas en el cotilleo global –concepto entonces desconocido–. Y, lo más asombroso, lo eran sin salir de aquel encantador pueblo de apenas unos centenares de habitantes. Estaban al tanto de todo lo relacionado con la realeza y conocían, como si las trataran cada día, a las Fabiolas, Graces, Faras, Jaquelines y toda la nómina de reinas y princesas que por aquellos años, los sesenta del siglo pasado, poblaban la tierra. Sus conocimientos les permitían recitar de carrerilla y sin equivocarse las diferentes dinastías reinantes entonces. Pero ¿podrían haber hecho lo mismo con las reinantes en la edad media? Se sabían vida y milagros, no sólo de reyes y reinas, también de artistas, toreros, folklóricas y gentes de la aristocracia, que eran los que entonces copaban las portadas y páginas de las revistas del corazón, de hecho eran los únicos que aparecían. Eran otros tiempos, la democracia aún estaba lejos y nadie se podía imaginar que, un día, esas mismas portadas serían ocupadas por Belenes y Jesulines, Aramises y Borjas, y toda una nueva clase denominada mediática surgida a la sombra de una sociedad hastiada donde quienes ansían notoriedad no dudan en exponer públicamente sus miserias y las de los que les rodean si con ello obtienen un beneficio económico inmediato.
Pero no sólo sabían de cotilleos y del corazón, ellas eran más que eso. Conocían los últimos adelantos en utensilios de cocina y todo lo relacionado con la casa, no obstante eran amas de casa, que era lo que, en definitiva, eran todas las mujeres en Padules; con alguna excepción, como la que además era: peluquera, maestra, tendera y me parece que nada más. Sabían de todo y eran expertas en cocina, pero no de la tradicional, que de esa ya lo eran todas las mujeres. Ellas experimentaban nueva cocina o, como se llamaría años después afrancesando el término: nouvelle cuisine. Se atrevían a cocinar platos que en el pueblo eran desconocidos y se vanagloriaban de ser las primeras en hacerlo. Siguiendo las recetas de las revistas que leían, supongo.
Eran consideradas las cotillas locales y lo cierto es que terminaron por imponer su estilo. Lo que decían sentaba cátedra y la coletilla «Lo ha dicho…» era frecuente cuando se hablaba de famosos. Eran, en fin, una enciclopedia andante de los sucesos mundanos del planeta y todo gracias a la revistas del corazón y la TV. Ellas, como ninguna otra persona, supieron ver, oír y leer todo lo relacionado con el mundo de la farándula y entenderlo; no sólo como simple cotilleo, sino como una forma de vida a la que aportaban, de su propia cosecha, comentarios y reflexiones que los engrandecían. Ahora, desde la distancia de más de cuarenta años, me parece que aquellas dos mujeres –porque eran dos– eran unas eruditas de la vida social y que para ellas aquellas revistas y la TV, que justo empezaba entonces su andadura en aquel pueblo, eran una ventana abierta al mundo por la que se colaban ciertos aires de libertad en aquella época oscura de la dictadura.
Estaban en todos los guisos y nada se les escapaba. No había suceso local o llegado del exterior al que ellas no aportaran su particular punto de vista. Todo lo sabían y si no, se lo inventaban. El rumor terminaba convertido en noticia por la destreza oratoria de una, o de ambas. Y sucedió que entre ellas surgió una rivalidad que, en cierta manera, enriqueció la noción de cotilleo. Ellas fueron, sin saberlo, una especie de reporteras en Padules, sólo que, en vez de dar a conocer al mundo lo que allí sucedía, daban a conocer allí lo que sucedía en el mundo. Fueron, por así decirlo, las precursoras de las actuales tertulianas de los programas rosa de la TV.
Quizás exagero, tal vez no fueron como las he retratado, aunque un poco sí. Pero esa es la percepción que conservo de ellas por aquel entonces, y ya se sabe que los niños ven las cosas más grandes de lo que son. Pasaron los años, crecimos, envejecimos y cada cual siguió con su vida. Ellas, supongo, dejaron a un lado a reyes, reinas, toreros, artistas y demás fauna mediática. Pero, aquellas Maria B y Consuelo L metomentodo, quedaron incrustadas en algún lugar de mi memoria y ahí, con todo mi respeto y cariño, quiero que sigan. Porque, junto con otros y otras, fueron parte de un tiempo que se fue, en un lugar que sigue estando.
Vosotros, paulencos y paulencas que vivisteis aquello, quizá recordéis de quien hablo.
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En el día de los muertos, un relato de difuntos
Se veía dentro de un ataúd, rodeado de tres ramos de gladiolos blancos y una corona de dalias moradas y amarillas que le hacía daño a la vista, y se preguntaba qué hacía ahí. Se veía vestido con el traje gris marengo, un poco anticuado ya, que se había hecho para la boda de un amigo; inmóvil, con los ojos cerrados y las manos cogidas en santa postura sobre el vientre y la cara exageradamente sonrosada. «Para estar muerto tiene un color saludable», oyó decir a la mujer de su amigo que no pudo evitar una sonrisa maliciosa ante la ocurrencia. Dio un vistazo al aforo, más bien escaso, y constató que personas consideradas importantes para él no estaban allí. Sí estaba, sin embargo, su ex. «¿Qué hace ésta aquí? ¿Quién la ha invitado?». Descendió, se le acercó y le gritó al oído «¡Zorra!», ascendiendo de nuevo a toda prisa, alejándose del peligro, como hacía cuando vivían juntos. La mujer dio un respingo como si algo la hubiese asustado y ofuscada miró a uno y otro lado buscando la causa. Desde su atalaya de espíritu, el difunto le dedicó un corte de mangas acompañado de un «¡Jódete!», que resonó en la sala sin ser oído por los asistentes al responso oficiado, sin gran convicción, por un lacónico maestro de ceremonias. Decía el orador que él, el difunto, había sido una persona querida. Claro que a continuación tuvo que aclarar que «al menos por los que lo querían», sin embargo, también dijo que «a pesar de sus muchos defectos, no todos malos, era una persona entrañable, sencilla y recta, sobre todo muy recta». Y aquí el rostro de algunos asistentes se contrajo mostrando su extrañeza ante la afirmación. «¿Recto el muerto? Será ahora que está estirado en el ataúd», musitó el que hasta un día antes había sido su abogado. La glosa del difunto continuó por caminos pantanosos, obviando que se había suicidado para evadir a la justicia y poniendo de manifiesto que el orador, empleado de la funeraria al fin y al cabo, desconocía por completo al difunto.
En su no parar de un lado a otro observando a los hasta ayer amigos, conocidos y familia, el difunto, o mejor dicho: su espíritu, comprobó que sólo uno de los asistentes parecía sentir de verdad su muerte. Era su madre claro, la única persona que tenía los ojos llorosos y de vez en cuando soltaba un compungido suspiro que denotaba aflicción. Profundamente emocionado se le acercó con intención de consolarla, aunque sin saber cómo. Al rozarle la cara con su mejilla, oyó las afligidas palabras que su madre murmuraba para sí y retrocedió asustado. «Maldito seas, que te pudras en el infierno. ¡Mal hijo!», pareció oírle decir. «Pero no puede ser», se dijo. «Ella es mi madre, no puede decir eso de mí». En esas estaba el espíritu del difunto cuando desde la parte trasera de la sala se oyó una voz cavernosa espetar al orador: «Acabe de una vez, ese mal nacido no se merece ni un minuto más de nuestro tiempo». Se giró y clavó su mirada en el hombre vestido de negro que de pie en el pasillo conminaba al orador a dar por concluida la ceremonia. Era su socio, el mismo que a partir de ese momento tendría que hacer frente a la justicia por los desmanes cometidos por él. El difunto lo vio sobresaltado, excitado, cabreado más bien, y desde la altura no perdió detalle de lo que hacía. Despotricando contra el muerto, el hombre vestido de negro caminaba con paso firme por el pasillo hasta el ataúd. Una vez ante él lo miró con rabia y escupió sobre su cara. «Demasiado sonrosada para un muerto», pensó. Maldijo el día en que lo conoció, sacó una pistola del interior de la americana negra y, apuntándole al corazón, disparó. El estruendo sobresaltó a los presentes, un pesado silencio inundó la sala mientras el asesino, que seguramente no lo era porque el asesinado ya estaba muerto, lo miró con desprecio, soltó un sonoro: «¡Cabrón!», y se marchó.
El espíritu del difunto no salía de su asombro, paralizado de terror permanecía quieto en una esquina del techo mirando lo sucedido sin entender nada y sin saber qué hacer. Porque, ¿qué ha de hacer un difunto al que le acaban de pegar un tiro? «Si ya estoy muerto, ¡qué se supone que he de hacer!, ¿morirme otra vez?», pensaba acurrucado en la esquina. «Que asesinato más tonto, ni sangre hay», susurró la mujer del amigo. «Y eso que le ha dado en el corazón», apostilló el marido.
Acabada la ceremonia por la vía expeditiva, los asistentes abandonaron la sala, los empleados de la funeraria trasladaron el féretro al cementerio donde lo incineraron y el espíritu del difunto, confundido y acojonado, deambulaba por la sala sin saber si lo suyo había sido suicidio o asesinato.
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Cuando la espera es lo único que queda
Sentado en el banco espera la llegada del momento y cada instante que pasa siente más lejano el tiempo pasado. En la quietud de una tarde de apacible verano, a la sombra de la vieja acacia y acariciado por la suave brisa, piensa en el futuro inmediato de apenas unas horas que es, en su situación, lo más lejano a lo que puede aspirar. La vida que resta por venir ya no la cuenta en años, ni siquiera en meses, se conforma con contarla en días. Sus planes se limitan a vivir lo inmediato, a llenar el tiempo que transcurre, lento, entre el levantarse y el acostarse, con el cotidiano paseo como única obligación, y poco más. Sabe que todo lo que tiene que hacer es esperar, y esa espera le resulta placentera unas veces, y exasperante otras. Acepta, sin cuestionar si es o no razonable, el sino de lo inapelable. Su condición religiosa le impide ni siquiera sopesar otras opciones, la resignada espera es lo único a lo que está autorizado. Y él, sumiso a los designios de su Señor, jamás lo discutió. Así pues, sentado en el banco, espera. Y mientras lo hace, piensa. Porque pensar es lo único que le queda y a lo que no está dispuesto a renunciar. En eso si que no caben designios ni obediencia debida a los mandamientos, por muy señor que sea quien los dicte. Piensa levemente, como de pasada, en lo que hará, que es más bien poco, en las inmediatas horas. Piensa, más detenidamente, en el tiempo pasado, en lo hecho, bueno y malo. Pero sobre todo piensa en lo no hecho. En lo que, por una u otra razón, no hizo mientras pudo y ese recordar lo que tenía que haber hecho, es lo que le hace pensar aún más.
Ve los niños jugar ante él, vigilados por sus madres que hablan de sus cosas. Él, desde la distancia, más que física de edad, las observa e intenta entender sus palabras. Palabras que le llegan mezcladas con la algarabía de los niños y a trompicones, impidiéndole hilvanar en su totalidad la conversación. Por lo que, haciendo uso de su imaginación, intenta completarla convirtiéndose así en partícipe pasivo de la vida ajena. El anciano impenitente cambia verbos, sujetos y predicados. Añade adjetivos, deshace expresiones, corta frases y monta otras diferentes. Como el cortar y pegar de un tratamiento de texto informático, crea su propio diálogo a partir de los retazos escuchados a las madres que, en las largas tardes de verano, hablan sin parar mientras vigilan a sus niños que juegan ante él. Es el tiempo de espera, el tiempo en que no se tiene nada que hacer porque nada queda por hacer.
Observar, ver y pensar, sobre todo pensar y también imaginar, porque una y otra cosa es lo único que queda cuando se llega a donde él ha llegado. Y a veces, cada vez más, ni siquiera eso queda. Por eso, y consciente como es de que después de todo ese tiempo es un regalo, no quiere renunciar a esos momentos de espera.
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El esprint final, si es que hay un final

El encorsetado muchacho levantó la vista y lo miró. Su sonrisa de niño bueno pero travieso se heló y el cuello almidonado de su camisa blanca se endureció, apretando, aún más, el tenso pescuezo de jirafa cuando vio la mirada de su jefe perdida en miles de elucubraciones, tratando de encontrar una salida airosa. El muchacho de impecable corte y confección comprendió en ese momento que la aventura había finalizado.
Los impolutos ademanes de niño bien, educado en colegios de pago donde la palabra de Dios iluminaba el camino a seguir, no revelaron la indecisión de quien durante años había mostrado la enérgica compostura de líder. Pero sí insinuaron cierto titubeo en la decisión a tomar. No estaba seguro de hacer lo correcto, pero la presencia de otros le obligó a mantener el tipo para dar la imagen de seguridad que todos esperaban de él. El entallado muchacho se dejó caer en la silla presintiendo al fin la derrota y en su interior pronunció, a modo de epitafio, la terrible frase que lo resumía todo: «Tanto esfuerzo para nada».
La carrera hacia delante, iniciada meses atrás por él y sus compañeros cuando la trama fue puesta al descubierto, había llegado al esprint final. Y, al igual que ocurre a veces con los deportistas de elite, un simple e imprevisto incidente acabó tirando por tierra todos los esfuerzos por salir airosos. De nada sirvió la ayuda de jueces y fiscales amigos. Ni siquiera la incompetencia de los adversarios, incapaces de rentabilizar a su favor el escándalo. Al final la cordura se imponía y los involucrados en la trama corrupta eran desenmascarados.
Los maniquís de escaparate pret a porter recobraron su quietud y quedaron inmóviles tras el cristal a la vista de todos. Vestidos con trajes de corte impecable y factura extraviada, miraban con los ojos vidriosos a los paseantes que, desde el otro lado, los señalaban. Ellos no comprendían a qué venía tanto revuelo si, al fin y al cabo, no tenían vida.
A mucha distancia de donde estaban, en un despacho de la sede central, alguien había invocado sus nombres: Camps, Costa, Rambla… El jefe supremo, inmiscuido en sus propias cosas, levanto la vista y arqueó la ceja. Los asistentes supieron entonces que esos pertenecían ya al grupo de los innombrables.
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El perverso influjo de la fama
La locura fue haciendo mella en su carácter y conforme pasaban los años su comportamiento se hizo más irracional. Lejos quedaba la dulzura de su rostro, la inocencia de su mirada y la simpleza de su sonrisa. La joven muchacha, feliz al estar junto al hombre que amaba y padre de su hija, no imaginó entonces, cuando la relación se rompió por culpa de demasiada gente, que pasados los años llegaría al estado en el que ahora estaba. Su amor por un joven intrépido y al mismo tiempo primitivo, capaz de enfrentarse al toro sólo por satisfacer su ego machista, elevado a la enésima potencia por el cacareo excitado de cientos de mujeres que no dudaron en quitarse bragas y sostenes en plaza pública para homenajear al diestro, le cegó y no le dejó ver la que se avecinaba. Entonces se conformó y abandonó, con su hija en brazos todavía, la fortaleza familiar en la que demasiada gente andaba de un lado a otro metiéndose en su vida y en la de su amado. Fue el desencuentro con la madre, el padre, los hermanos, incluso tías lejanas y alejadas –de él–, lo que propició la huida hacia delante, intentando alejarse del influjo perverso de un amor no correspondido del que nunca ha conseguido desembarazarse.
Pasados los años y vivido de todo, aquella joven es ahora una mujer despechada, amargada y desquiciada. Jaleada por unos compañeros de trabajo, para ella más que trabajo impúdica exhibición de sí misma y sus fracasos, que dicen ser sus amigos cuando en realidad solo son simples gorgojos en busca de carroña con la que alimentar su espacio televisivo, se ha lanzado a una carrera fraticida hacia el abismo de su propia inmolación en la que no duda en embarcar a lo que más quiere: su hija. Por la que, según dice día sí día también, incluso está dispuesta a matar. El uso y abuso de una sobre exposición pública la ha transformado en un monstruo de feria que sus “amigos” no dudan en mostrar hasta la saciedad haciéndole repetir los gestos mil veces ensayados y decir frases otras mil veces escuchadas que han quedado ya como su particular seña de identidad.
La locura no tiene fin si quien la padece o, como en este caso, la estimula no se propone finalizarla. Un loco difícilmente sabe que lo es. No es el caso. Ella no está loca, está enloquecida de amor y dolor por el hombre que ni siquiera es capaz de dar la cara por la hija que tienen en común, y cada día que pasa lo está más. Lo que necesita es alguien que la aleje de la causa de esa locura, alguien capaz de dar con el antídoto que le haga olvidar el objeto de su desdicha. Ha estado cerca, lo ha tenido a su lado, pero su afán por seguir siendo el centro de atención y el desvergonzado interés por mantener la mamella de los que viven de su desgracia, han hecho que se aleje de ella sin remisión. Quedando, una vez más, tirada en el arrabal de la pantalla catódica donde se crece y da lo mejor de sí misma, o eso cree ella porque eso dicen sus aduladores.
Condenada a estar sola, desconoce cuánto durará, cuánto aguantará y cuánto será capaz de resistir el desquicio en el que ha convertido su vida. Pero, sea cual sea el tiempo del que disponga, su cara desencajada y excesivamente maquillada seguirá apareciendo en la pantalla para gritar con su voz cavernosa: «¡A mi niña, ni tocarla!»
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El gran carrusel del sí quiero
Dijo ella: «Si después nos tenemos que divorciar, nos divorciamos. Pero primero hay que casarse». Lo dijo sentenciando, dejando claro a sus interlocutoras que en esta vida hay que seguir el guión paso a paso, sin saltarse una sola etapa, primero lo primero y después, pues lo que toque. Disfrazada de no se sabe qué, con una copa en la mano que alzaba dificultosamente al aire con intención de brindar, se supone que por su felicidad, y rodeada de amigas, risueñas y alegres, no se sabe si porque eran felices o por la cantidad de alcohol ingerido, la novia celebraba su noche loca que era la de su despedida de soltera.
Dijo él: «Quiero disfrutar de mis últimas horas de libertad porque mañana seré un casado más». Lo dijo con voz ronca y atropellada de tanto gritar y beber. En su entonación podía intuirse cierta rabia, pero sobre todo, había resignación. Disfrazado de colegiala precoz, con un enorme pene de plástico asomando entre unas no menos plastificadas tetas, la cara pringada por un burdo y exagerado maquillaje y sosteniendo en su mano un vaso de tubo a rebosar de una mezcla de ginebra barata y cola, el novio brindaba con sus amigos ante la burlona sonrisa de una estriper a punto de quitarse el sostén, por lo que se suponía debía ser su gran noche.
Una y otro pasaron con sus respectivas amigas y amigos esa noche tan especial de la pérdida de la soltería, celebrando, en fiestas diferentes y alejadas entre sí, su noche más loca antes de prometerse ante Dios fidelidad eterna. Porque, «una boda de verdad se hace por la Iglesia, aunque una no sea creyente», zanjó la novia a la insinuación, un tanto impertinente, de una de las amiga. Pero pensando ya en el divorcio en caso de que la experiencia no resultara como ella esperaba. El novio, por el contrario, ni siquiera cuestionó la ceremonia religiosa. Lo que a él le importaba era ella y, si quería casarse por la Iglesia, pues no había nada que decir, uno se sacrifica por la mujer que quiere y punto. Ahora bien, «una vez casados al menda no se le impone nada y menos mi mujer», dijo el novio tambaleándose instantes antes de que los pechos desnudos de la estriper impactaran contra su cara.
Las carcajadas entrecortadas rayano la histeria de la novia al ver ante ella al descomunal cuerpo modelado a base de horas de gimnasio y altas dosis de anabolizantes del estriper, denotaba el estado de excitación en el que estaba, no tanto por la presencia del supuesto macho como por la cantidad de alcohol y otras sustancias que a esas horas de la noche ya había ingerido. Jaleada por las amigas, la novia se fue acercando sinuosa y provocadora al cuerpo semidesnudo del fornido objeto de deseo que, con pose libidinosa y mirada de hastío, la incitaba a meter la mano en su diminuto tanga. «A no, eso sólo se lo toco a mi novio», pensó un segundo antes de meter, al fin, la mano donde no quería.
Al día siguiente, ni la novia ni el novio recordaban nada de lo sucedido la noche antes. Sus mentes, aún abotargadas por los excesos de la despedida de solteros y afectadas de un repentino dolor de cabeza, aparecido oportunamente para apartar de sus mentes lo que no deseaban recordar, apenas conseguían hilvanar dos o más instantes de los vividos con los amigos. Ella, vestida de largo e inmaculado blanco, con cola de varios metros y velo nupcial de fino tul salpicado por motas rosas y él, vestido de ceremonia con un traje gris de molestos tornasolados plateados, camisa blanca, chaleco a rayas ocre y burdeos y lazo dorado mal anudado para dar una imagen de “vestido pero informal”, se encontraron en el altar y se dieron el «sí quiero».
Lo que sucedió después era, en cierta forma, previsible. Pasada la consiguiente resaca de celebración nupcial en un paraje singular y luna de miel en país exótico, la feliz pareja inició su singladura matrimonial. Una más de las muchas que diariamente se inician y que no siempre llegan al final. Los antaño felices novios y ahora no tan felices esposos, ya ni siquiera se hablan. Sus abogados negocian el divorcio mientras ellos preparan las respectivas fiestas de regreso a la soltería haciendo un crucero de singles donde posiblemente conocerán a alguien que, como ellos, estén dispuestos a entrar de nuevo en el gran carrusel.
Como dijo la novia, «primero nos casamos y después…» Pues eso, después que sea lo que tenga que ser, pero la fiesta que no se la quite nadie.
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Piedras calientes para matar el frío
Hacía tanto frío en el almacén donde las mujeres limpiaban la uva que tenían que recurrir a métodos, no por rudimentarios menos efectivos, para entrar en calor. Una junto a otra, abrigadas con jerséis de lana, faldas, o pantalones las más atrevidas, y medias gruesas o leotardos y con el delantal hasta los pies, pasaban toda la mañana hasta la hora de comer y luego toda la tarde hasta que empezaba a anochecer sentadas ante los cajones de uva recién cortada. En una mano el racimo y en la otra la tijera con la que cortaban las uvas malas o no crecidas. Amenizaban la larga jornada de trabajo cantando coplas, contando chistes y, como no, cotilleando. En ocasiones el encargado les llamaba la atención y ellas, obedientes, dejaban de hablar y entonaban una canción a modo de respuesta, dándole a entender que a ellas no había quien las callara. El frío del otoño les atería las manos y al cabo de unos días los sabañones hacían su aparición enrojeciendo los dedos y dificultando la tarea de limpiar uvas. Piedras calientes para calentar las manos, y los pies, enfriados de estar tanto tiempo sentadas inmóviles. Piedras que los hombres ponían en la lumbre encendida en la calle para calentarse ellos mientras descargaban y pesaban los cajones de uva que, cargados en las bestias (mulos, mulas y burros), traían de la vega. Piedras calientes que servían para apaciguar el dolor del frío en las manos de las mujeres que hacían La Faena, rudimentario pero efectivo sistema.
Días grises que presagiaban el invierno. La niebla bajaba de la sierra. Los cántaros debajo de las canaleras recogiendo el agua de la lluvia. Los charcos, y sobre ellos, en un visto y no visto, los frailes –burbujas que formaban las gotas de lluvia al caer sobre el charco y que quedaban flotando unos instantes–. El chapoteo del agua sobre la launa del terrao, el olor a tierra mojada. Mi padre majando el esparto, haciendo soga sentado en el descargador con la puerta abierta mientras fuera la lluvia seguía cayendo. Mi madre haciendo las cosas de casa, siempre ocupada. El frío que arreciaba y el fuego de la lumbre. Cuando escampaba, los niños, calzados con las botas de agua, salíamos a la calle a correr bajo la última lluvia, a saltar sobre los charcos para salpicarnos unos a otros y, sobre todo, a las niñas que jugaban a la rueda cantando: «Que llueva, que llueva, la virgen de las cuevas que caiga un chaparrón, que rompa los cristales de la estación» –creo que decía así o algo parecido–. La hierba mojada, los caracoles salían de su escondrijo e iniciaban su trabajoso deslizar por ribazos y balates ¡¿A dónde irían?! Era el momento de cogerlos para después comerlos en arroz o con tomate. Cuando el sol salía y la tierra empezaba a secarse los hormigueros eclosionaban y aparecían las hormigas voladoras, las cogíamos para usarlas de cebo en los cepos de cazar pájaros.
A veces me veo de niño observando todas estas cosas como si una enorme pantalla las proyectara mostrando lo que un día fue y durante esos instantes siento tristeza por el niño que ya no lo será y, al mismo tiempo, satisfacción por haber tenido al suerte de serlo.
Son imágenes sueltas, recuerdos puntuales de un tiempo y un lugar que acuden a mí atraídos por la lluvia que hoy cae sobre la ciudad, la primera en cuatro meses. Y aunque aquí: el olor a tierra mojada es olor a asfalto mojado, los cántaros recogiendo el agua de lluvia son rejillas de alcantarillas y los charcos donde flotan los frailes son calles inundadas. La mente, indagando en el recuerdo, es capaz de recobrar lo que seguramente no es otra cosa que añoranza. Ya no hay lumbre en las casas, ni un padre haciendo soga de esparto, ni niños con botas de goma saltando sobre los charcos, ni niñas cantando a la lluvia, ni hormigas voladoras, ni cepos, ni piedras calientes para matar el frío. Ahora hay otras cosas, pero no es lo mismo.
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Pinito y Marcial una pareja sin igual

Pinito, con semblante y porte ceremonioso, como requieren las grandes ocasiones, mira unos instantes al hemiciclo repasando con la mirada serena a sus efectivos como si quisiera asegurarse de que están todos. Después, de un rápido vistazo, repasa también a los de sus contrincantes. Carraspea y al fin dice que necesita más dinero y ha pensado que sería bueno para todos que los que más tienen paguen un poco más. Pero en realidad no sabe como hacerlo y anda buscando cómo ingeniárselas para subir los impuestos a los que tienen más dinero. No quiere sin embargo tocar los sueldos, de ahí dice que no saldrá nada. «El sueldo de los trabajadores es intocable», dicen que dijo quienes estaban cerca de él. Sin embargo, el capital acumulado en cuentas a plazos o, invertido en negocios que reportan beneficios, si se pueden tocar. No tiene en cuenta, sin embargo, que muchos de los trabajadores cuyo sueldo no quiere grabar con más impuestos, ponen lo que ahorran a plazo fijo. Pero aún así no recaudará lo suficiente, con lo que tendrá que buscar por otro lado, por ejemplo: grabando aún más los impuestos de alcohol y tabaco. Y seguirá sin ser suficiente, con lo que tendrá también que aumentar el IVA. En fin, en esas anda enfrascado el pobre de Pinito mientras todos le dicen que no sabe ni jota de gobernar, que es un irresponsable y que de seguir así nos llevará a todos a la ruina. Claro que a unos más que a otros. Porque, por poner un ejemplo, a los banqueros no veo yo que los lleve a muchas ruinas. Por cierto, ¿nadie les pedirá explicaciones por lo sucedido? ¿Ni justificantes por el dinero evaporado y que el estado ha debido reponer como si nada? Después del desastre, ellos siguen tan ricamente cobrando sus astronómicos sueldos, que encima se atreven a aumentarse desafiando a todo cristo y como si la cosa no fuera con ellos. ¿Ningún juez o fiscal ha considerado oportuno sentarlos en el banquillo aunque sólo sea para contar lo que ha pasado? Como iba diciendo, sus contrincantes le acusan de no saber hacer frente a la crisis. Algunos, incluso, le acusan de ser el causante de ella. Esa si que es buena, y los banqueros, verdaderos si no culpables si responsables en alto grado, tan ricamente en sus fortalezas viéndolas venir. Total que Pinito lo tiene crudo.
Marcial es otra cosa. Él anda enfrascado en sus problemillas con algunos de sus colegas intentando capear el temporal Gurtel y la verdad es que no está para muchos trotes. Pero llegado el momento y si la situación lo requiere salta a la palestra y dice cuatro cosas, justitas porque su argumentario no da para más, sobre la crisis, la situación nacional y sobre todo dar la vara al pobre de Pinito que cada vez está más confuso y no sabe como hacer para que el cejijunto del Marcial se avenga a razones y juntos hacer algo serio por este país. Como si se hubiese disparado un resorte en el asiento donde está sentado, Marcial salta al estrado nada mas oír la propuesta de Pinito para decirle, con semblante serio y preocupado, que de subir impuesto nada de nada. Que con eso lo único que conseguiría es empobrecer aún más a los españoles, sobre todo, y en esto insisten de forma machacona él y todos sus colegas, los que depende de un sueldo. Y digo yo: ¿si la subida de impuesto no es sobre el rendimiento del trabajo, cómo es que lo vamos a pagar los que dependemos de un sueldo? Misterios de la vida. Pero claro, cuando Marcial y los suyos hablan hay que escucharlos siempre no con dos, sino con cuatro o más orejas, porque de entre sus palabras salen mensajes con dobles, triples y hasta cuádruples sentidos y hay que ponerse en la piel de los suyos para descifrarlos en su justa medida. Por ejemplo, cuando dice que la subida de impuestos afectará a los sueldos, en realidad se está refiriendo a las grandes fortunas porque el tipo de impuesto que se aumentará es sobre el capital.
Marcial, que haciendo honor a su nombre es bastante belicoso, advierte al apocado Pinito que no le dejará salirse con la suya y para que vaya tomando nota le lanza una andana de calificativos descalificadores de su labor seguidos de una serie de propuestas tan endebles, confusas y sin fundamento que Pinito y su equipo lo miran y con el talante que les caracteriza le responden a coro: «Mira como tiemblo, Marcial»
Resumiendo, una vez más, el debate entre Pinito y Marcial para lo único que ha servido es para que los ciudadanos de a pie sigamos pensando en las próximas vacaciones.
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Vio el no amanecer y se asustó

Y sin embargo todo fue más simple de lo que cuentan. Aquel día amaneció más tarde. Esto puede parecer un sin sentido, una frase hecha para dar más énfasis al hecho de que algo ocurrió aquel día. ¿Cómo va a amanecer más tarde? ¿Más tarde que qué? El amanecer es cuando es, y no cambia de hora como cambiamos nosotros la de levantarnos. Pero aún así, aquel día amaneció más tarde. Y cuando digo más tarde, quiero decir que lo hizo, al menos, unas cuantas horas después de lo habitual. Pero él, no tuvo tiempo de comprobarlo.
Lo supo porque ese día se levantó, como siempre, a las ocho de la mañana y cuando abrió la ventana se encontró con que aún era de noche. Pero no de noche clareando a día, no, era de noche noche, oscura y cerrada, como si fuera la madrugada. Miró el despertador y con los ojos somnolientos comprobó la hora. Las ocho y dos minutos. Fue a la cocina y miró el reloj colgado en la pared sobre el frigorífico, naturalmente marcaba las ocho y unos minutos. Después miró en el móvil y vio las ocho y cinco. Efectivamente eran las ocho de la mañana y aún era de noche.
Ese desfase en el amanecer de un día de mayo le afectó de tal manera que soliviantado deambuló por casa sin saber, no ya qué hacer, sino lo que tenía o debía hacer. Sin saber cómo ni por qué, perdió el ritmo al que estaba acostumbrado y eso lo desorientó hasta el punto de sentir pánico. Sintió un miedo incontrolable que se adueñaba de él y, en ese proceso de descolocación, presintió que algo horrible iba a suceder.
Se quedó inmóvil sentado en la cama mirando la ventana, esperando que la luz del día irrumpiera con toda su fuerza derrotando la noche oscura. De vez en cuando miraba el despertador y veía las manecillas avanzar inexorablemente y con ellas los segundos, los minutos y, ¡hasta las horas! Y fuera, la noche seguía reinando.
Dentro de sí, el miedo seguía latente, expectante, esperando. Pensaba en lo que sucedía y en lo que debería haber sucedido, pero que, por razones que no alcanzaba a comprender, no sucedió esa mañana: hacerse de día. No podía apartar de su mente la idea de que nunca más vería la luz del sol. Entonces se preguntó: “¿Qué pasaría si la Tierra dejara de rotar sobre sí misma?” La sangre se le heló al intuir la respuesta: “¡Eso pasaría! Lo que estas viendo”.
Al despertar, la luz del sol, que ya entraba por la ventana, deslumbró sus ojos. Esperó unos segundos y miró el despertador. Al ver la hora supo que ese día se le habían pegado las sábanas.
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El niño que llora
Se incorporó de golpe lanzando un grito tan desgarrador que se hizo daño en la garganta. Sentada sobre la cama, Virtudes, tenía el cuerpo empapado en sudor. La luz blanca de la luna llena entraba por la ventana entreabierta, eran las tres de la madrugada. Aquel sueño era tan real que le parecía continuar oyendo el llanto del niño. Un llanto triste, monótono y largo, ¡muy largo! En el sueño, aquel niño lloraba continuamente aunque a intervalos. Los momentos de silencio los cubría con gemidos y lamentos que resultaban más dolientes y aterradores que el propio llanto. Estaba despierta y, sin embargo, seguía oyendo el llanto de un niño.
Intentó recordar el sueño pero no había nada, no consiguió recordar ninguna imagen de él. Sólo había aquel llanto, aquel gemido, aquel lamento de un niño que parecía abandonado, dejado, olvidado en no se sabe dónde y que lloraba sin descanso pidiendo, suplicando, llamando, tal vez, a su madre.
Aturdida como estaba, no entendía que estando despierta siguiera oyendo el llanto del niño. Se levantó y fue a la cocina, se sirvió un vaso de leche y salió a la terraza. El aire frío de la madrugada le azotó el rostro, el cielo estrellado le hacía miles de guiños y la descarada redondez de la luna llena iluminaba la ciudad que, como un decorado de una vieja película, se extendía a sus pies.
No tuvo tiempo de dar el primer sorbo, cuando se acercaba el vaso rebosante de blanco líquido a los labios, llegó nítido a sus oídos el doloroso llanto que de nuevo iniciaba su atormentado compás. La mano se abrió como si alguien activara un resorte escondido y el vaso inició una lenta pero acelerada caída libre hasta estrellarse contra el suelo. La terraza quedó cubierta por una viscosa alfombra blanca y ella aterrada ante la certeza de que el llanto no era un sueño, entró en casa y cerró la puerta creyendo que así no oiría aquello que no quería oír.
“No puede ser que llore y nadie lo consuele”, pensaba acurrucada en el sillón frente a la televisión apagada. La pantalla gris reflejaba su imagen y al verla se sobresaltó, sintió miedo de ella misma. Fuera, en algún lugar, el niño seguía llorando y nadie lo consolaba. “Ya se cansará, en algún momento tiene que hacerlo”, se decía mientras seguía allí quieta, abrazándose las piernas encogidas y apretándolas contra su pecho. El balanceo de su cuerpo acurrucado era cada vez más rápido, creía que si se movía el niño se alejaría y dejaría de oír su lastimoso llanto.
“Todo fue tan rápido que nadie pudo hacer nada. La mujer apareció de golpe sin que nadie la viera. Llevaba en sus brazos un bebé y parecía asustada, andaba de prisa y recelosa como si temiera algo o huyera de alguien, no lo sabemos. Cuando fue a cruzar la calle miró atrás pero no se detuvo, siguió caminando, entonces oímos un frenazo, unos gritos de alerta y un golpe seco seguido de un aullido desgarrado que nos heló la sangre. Después todo fue silencio, vimos a la gente correr hacia el lugar donde la mujer yacía ensangrentada y en sus brazos, apretado contra su pecho, el bebé. Nadie se atrevía a tocarlos, la estampa era demasiado aterradora para acercarse. Fue entonces cuando empezamos a oír, primero muy lejano, el llanto de un niño desconsolado. La ambulancia se llevó a la mujer muerta y al bebé que seguía llorando. No sabemos qué fue de él”.
Cuando de niña Virtudes escuchó, de labios de su tía, esta historia, sufrió una especie de convulsión que estuvo a punto de hacerla enfermar. Aquel día jugaba con sus muñecas mientras su madre, su tía y algunas amigas merendaban y cotilleaban para pasar la tediosa tarde de domingo. Aquella primavera su tía Obdulia, hermana de su madre, había venido de la ciudad para pasar unos días y reponerse de una gripe que acababa de pasar. Fue entonces cuando les contó aquella trágica historia de la mujer que murió llevando su bebé en brazos. Cuando su tía hubo finalizado de contar la historia, Virtudes, muy afectada, cogió las muñecas y las guardó en un saco y desde entonces nunca jamás quiso jugar con ellas.
Aquella noche, Virtudes oyó llorar a las muñecas que, encerradas en el saco, pedían salir. Pero ella se tapó los oídos y las ignoró. A la mañana siguiente fue a ver el saco y al abrirlo descubrió que estaba vacío, las muñecas ya no estaban. Preguntó a su madre, pero no sabía nada, al igual que su tía Obdulia. Las muñecas habían desaparecido y nunca jamás supo qué había sido de ellas. Pero desde ese día, Virtudes, oía de vez en cuando a un niño llorar.
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El agobio de Bartolo

Abrió los ojos y el resplandor le cegó, sintió el desagradable escozor de la piel quemada. “¿Dónde estoy?”, se preguntó confuso. El aturdimiento pudo con él, volvió a cerrar los ojos y se dejó llevar…
“Salieron temprano de casa, debían recorrer un largo trecho de dos horas hasta su destino. Él, su mujer y el pequeño Igor de seis años subieron al coche apenas salido el sol. Era un sábado radiante de primavera y aunque a él no le seducía la idea de pasar el fin de semana en la playa no tuvo más remedio que aceptar tras la persistente insistencia del niño y su madre.
Esa mañana se sentía cansado, había dormido poco y mal y hubiera preferido quedarse en casa para reponer fuerzas, dormir hasta bien entrada la mañana y después hacer el vago, eso era lo que más le gustaba a Bartolo, no hacer nada, ver pasar el tiempo sin agobiarse.
Agobiado, así se sentía esa mañana, el madrugón para llegar a la casa de la playa antes de que el sol apretara con todas sus fuerzas, no le había sentado nada bien y sabía que eso le tendría todo el día con ese malestar que tanto odiaba. Y encima, una vez en la playa, tendría que dedicar parte del día a limpiar la casa, a ir al súper para llenar la nevera y por supuesto a ordenar el jardín, quitar la maleza, pasar la segadora y posiblemente desatascar el sistema de riego que, como cada año, estaría herrumbroso.
En todo esto pensaba mientras conducía monótonamente por la autopista. En el asiento de al lado, su mujer se limaba las uñas y hablaba sin parar de no sabe qué cosa que le había ocurrido a no sabe qué cuñada de no sabe quién, si de él, de ella o de cualquier vecina. El pequeño Igor, sentado en el asiento de atrás, tarareaba una estúpida canción con la que una no menos estúpida niña había ganado no sabe que estúpido festival de canción infantil y que la televisión repetía hasta la saciedad provocando la aversión total hacia ella. El sol seguía imparable su ascenso lanzando sus templados rayos contra la ventanilla del conductor dando de lleno en el costado izquierdo de Bartolo haciéndole caer en un embarazoso y peligroso sopor que se veía acrecentado por el monótono y continuado runruneo de su mujer y el persistente canto de Igor.
Exactamente no se sabe en que punto del trayecto ocurrió. Unos dicen que fue a pocos kilómetros de su destino. Otros, que fue a la mitad del recorrido. Pero lo cierto es que nadie lo sabía. Lo único que si se sabe a ciencia cierta es que salieron de casa muy temprano y nunca llegaron a la playa...”
Sintió un ligero zarandeo mezclado con un lejano susurro, una, dos, tres veces. La que hizo cuatro no fue ligero, fue como un terremoto, algo o alguien le acababa de dar un violento empujón que le hizo salir del sopor en el que estaba inmerso y a sus oídos llegó un sonoro: “¡Bartolooo, despierta hombre, que te vas achicharrar!”
Abrió los ojos y la visión le trastornó. Ante él tenía, envuelta por una especie de aureola resplandeciente, la cara redonda y enrojecida de su novia susurrándolo algo ininteligible. Se incorporó y entonces sintió el desagradable escozor de la piel quemada por el abrasador sol del medio día. “¿Dónde estoy?”, le preguntó. “¡En el limbo, hijo, en el limbo!... ¿Dónde vas ha estar? ¡Pues en la playa!”. Sentado en la arena, atontado por el sol, Bartolo intentaba situarse mientras oía, detrás de él envuelta en la monótona sintonía de una odiosa canción, como su suegra le decía: “Anda ponte crema que pareces un pollo asado”.
Sólo Bartolo sabe porque tomó la decisión. Fue ese domingo de agosto, a la vuelta de la playa. Sentado en el tren miraba a su novia y a la madre de ésta que, sentadas frente a él, hablaban sin parar de no sabe qué cuñada. A su lado, el inexistente, por ignorado, padre de su novia, ojeaba una revista pasando las hojas con parsimonioso aburrimiento. Esa visión le recordó el sueño que había tenido en la playa y se horrorizó, se sintió agobiado. Entonces se levantó del asiento, los miró y, sin decirles nada, desapareció.
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Reflexiones de un humano junto al lago

La quietud del agua, el bisbiseo de las hojas acariciadas por la brisa y el canto de los pájaros, junto al sopor de las horas centrales del día en que el calor nos hace dormitar, invitan a la reflexión, al recuento de deseos cumplidos, desechados por imposibles o pendientes de realizar. Sentado en la ribera del lago, entre cañas, adelfas y juncales, el hombre permanece quieto, mirando las suaves ondas que los Grillos de Agua, las Hidrómetras y los Zapateros provocan al desplazarse sobre la superficie del agua en busca de otros insectos para alimentarse. Los movimientos rápidos silenciosos y certeros de estas chinches acuáticas llaman la atención del visitante y le hacen pensar en lo efímero de la existencia. En esos momentos en que la quietud de un lugar bucólico se impone a la vida de ciudad, donde el círculo vicioso de prisa, tiempo y desplazamiento precipita al hombre a un abismo de contradicciones entre lo que ha de hacer y la falta de tiempo para hacerlo, el visitante busca en el sencillo comportamiento de aquellos diminutos chinches la respuesta a su inquietud.
Sumergido en sus preocupaciones de hombre urbano, el visitante no ve la respuesta escrita, metafóricamente, en lo que tiene ante los ojos. Allí, en aquel reducido espacio al borde del lago, delimitado por la vegetación y donde sus habitantes se limitan a vivir la fugaz existencia sin mayor complicación, él se siente un extraño. El silencio, roto de vez en cuando por el piar de un pájaro, el croar de una rana o el silbido del aire entre las cañas, le resulta pesado y la ausencia de ruido artificial le provoca cierto desasosiego que se transforma en miedo cuando piensa que está sólo.
Posada sobre un tronco clavado dentro del agua, una Tórtola Turca observa al visitante sin entender su desazón. El pájaro intuye la ansiedad que invade al humano y quisiera echarle una mano, desde el tronco se mueve y aletea para atraer su atención, lanza al aire una retahíla cantarina y se esfuerza por hacerle entender que la vida es simple si uno así lo quiere. El humano sigue mirando cabizbajo las ondas en el agua ignorando a la tórtola que a poca distancia canta para él.
De pronto, la quietud del lugar se ve perturbada. Pájaros, ranas y chinches de agua se precipitan a sus escondrijos para no ser vistos. El disparo de una escopeta ha retumbado como un trueno. Desde la orilla, el visitante, con la escopeta en sus manos, mira, contrariado por haber herrado el disparo, cómo la Tórtola Turca levanta el vuelo alejándose de él.
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Las anchoas del Cantábrico quieren un bolso de Vuitton
Cuando la señora vio la caja, bellamente envuelta en papel de seda con el anagrama de una famosa tienda de artículos de lujo, que había recibido de un amigo suyo, tuvo, lo que en la jerga juvenil se conoce como, un subidón. La abrió y con su mano abotifarrada cogió lo que contenía y de un golpe lo sacó lanzando al aire un alocado “¡hala!” al ver lo que era. Estaba excitadísima ante lo que tenía delante. Cogido de las asas, colgaba de su mano un bello bolso de piel color rojo pasión, como la que debía sentir ella en ese momento. La felicidad inicial ante el magnifico regalo de su amigo querido trastocó en preocupación al ser consciente de que el regalo era demasiado caro y, viniendo de quien venía, podría ser motivo de conflicto. Por unos instantes dudó si aceptar o rechazar el regalo, y en esos momentos de titubeo entre una cosa y la otra, paseó su cuerpo mofletudo por el despacho luciendo de bolso en un improvisado desfile para sí misma. En cuestión de segundos su conciencia había dilucidado las dudas y decidido que aceptaba el regalo. “Porque todo el mundo recibe regalos, incluso el presidente, al que otro presidente le regala anchoas del Cantábrico”, se dijo para tranquilizar la conciencia.
Como ya había hecho con los anteriores regalos de ese amigo tan especial y consciente de que no hacía nada incorrecto, lo aceptó sin más. Pero, por si acaso, como las otra veces, tampoco en esta ocasión dijo nada a nadie. Así, ese día, la colección de bolsos de lujo de la señorona se incrementó en uno más.
La oportunidad de lucir el bolso nuevo le llegó a la impetuosa señora cuando un colega suyo tuvo que ir al juzgado a declarar por otros presuntos regalos recibidos del mismo amigo. Ese día, vestida con un traje chaqueta a juego con el bolso, su mayestático peinado y su rostro maquillado hasta decir basta, la señora con voz de cazalla acompañó a su colega a declarar. Nadie reparó entonces en la pomposidad del bolso que la incontinente señora cogía con su mano derecha y que días después se convertiría, al igual que los trajes del colega, en protagonista involuntario de un escándalo político de altura.
Cuando se supo que el amigo había declarado a la policía que la señora también había recibido sus regalos, concretamente bolsos de lujo. Ésta montó en cólera y ante los medios de comunicación dijo que todos recibían regalos y, una vez más, sacó a colación las famosas anchoas del Cantábrico. Con su voz cavernosa, amenazó con llevar a los tribunales a quienes, haciéndose eco de lo declarado por su amigo, publicaran lo que ella consideraba un grave ataque a la dignidad de su persona. Sin embargo, no negó haber recibido los regalos, ni denunció a su amigo por declarar que los había recibido.
Entre tanto, en el Cantábrico, las inocentes anchoas andaban un tanto alborotadas. Pues, sin comerlo ni beberlo, las habían involucrado en un asunto del que ellas no sabían nada y andaban –nadaban mejor dicho– confundidas porque no tenían muy claro si, cuando las invitaran, debían ir a palacio sin más o, por el contrario, debían exigir que les regalaran también a ellas un bolso de lujo, a ser posible de la marca Vuitton.
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Imaginaba un lugar

Imaginaba un lugar lejano, donde todo fuera diferente. Donde no se sintiera cohibido ante los demás. Ni presionado por falsos principios morales impuestos por clérigos de mente lóbrega. Ni sometido a conceptos legales mal interpretados por jueces con aspiraciones de redentor. Ni doblegado a poderes, civiles o de otra índole, impuestos en nombre de tal o cual régimen. Ni forzado a mostrar lealtad a símbolos inventados por conveniencia. Ni obligado a servir ideales partidistas. Un lugar donde poder ser él, con sus defectos y virtudes, manías y preferencias. Donde mostrarse tal cual era sin temer el rechazo, la murmuración y la censura de los otros. Donde la gente viviera y dejara vivir y todo fuera como debe ser.
Imaginaba un lugar alegre, divertido, luminoso, agradable, vistoso, bonito, colorido. Donde no fuese necesaria la tristeza, el llanto, la oscuridad, la maldad, la fealdad, la negrura. Un lugar donde disfrutar en vez de sufrir, cantar en vez de rezar, bailar en vez de castigar, amar en vez de guerrear, aprender en vez de olvidar, saludar en vez de ignorar, preguntar en vez de aceptar, hablar en vez de callar, escuchar en vez de imponer, enseñar en vez de ocultar.
Imaginaba un lugar amplio, abierto a todos, sin barreras ni fronteras que dividieran unos de otros. Un lugar sencillo. Sin grandes alardes tecnológicos, pero con los suficientes, y al alcance de todos, para facilitar la convivencia. Sin grandes construcciones que solo sirven para aislar a unos de otros. Sin falsos iconos fruto de la estupidez humana para satisfacer egos desbocados. Un lugar donde lo natural prevaleciera sobre lo artificial, el respeto al otro fuera lo normal, la convivencia sin hacerse daño, las medicinas curaran a todos en vez de enriquecer a unos pocos y las enfermedades fuesen atendidas con rigor.
Imaginaba un lugar en el que no hubiese hambre, ignorancia, odio, envidia, prepotencia, maltrato, violencia ni frustración. Y hubiese abundancia, sabiduría, amor, respeto, concordia, satisfacción.
Imaginaba un lugar donde ser feliz y vivir sin necesidad de temer la llegada del fin. Y así pasó la vida, imaginando, sin encontrar, un lugar así.
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Aquel día, quisimos ser astronautas

Hay hombres que se convierten en lobos cuando está llena. Los musulmanes la tienen por símbolo religioso cuando está en cuarto creciente. Los niños sueñan con alcanzarla y tocarla con sus dedos, como si tocaran un globo. El hombre se conforma con observarla y estudiar sus ciclos para comprenderla, sospecha que si algún día desentraña sus secretos sabrá más de sí mismo. Los estados, unos más que otros, pretenden conquistarla, hacerse con ella y colonizarla para utilizarla con fines científicos. Las grandes corporaciones también quieren conquistarla y colonizarla; pero, al contrario de los estados, para explotarla y sacar grandes beneficios económicos de ella.
A lo largo de la historia, los hombres la hemos adorado y le hemos temido, la hemos culpado de desastres que no comprendíamos, la hemos ensalzado y despreciado, le hemos cantado y recitado, la hemos fotografiado, filmado y pintado, nos hemos enamorado de ella y repudiado después. Ella, ajena a nuestros sentimientos, sigue con sus cosas. Aparece, crece y cuando llega a su esplendor, desde la altura, nos mira con la prepotencia de quien se sabe imprescindible porque de su influjo depende lo que aquí ocurre. Después, mengua hasta desaparecer, mostrando, con un gesto rayano lo sarcástico, su desprecio a nuestro engreimiento. Ella es y se siente libre, y así actúa. Viene y va cumpliendo sus plazos, mostrando su semblante y ocultando sus secretos. Y cuando el hombre intenta acercársele, ella lo espera y no lo rehuye; al contrario, le ofrece su quietud, su ausencia de todo.
Así fue hace hoy 40 años. Cuando el hombre pisó su superficie y la hizo estremecer. Aquel día, la Luna, sintió una sensación especial, se hizo mayor. Y el niño, hombre ya, al fin cumplió el largo sueño de alcanzarla, aunque no tocarla con su propia mano.
Aquel día, cuando la TV enseñó las imágenes medio borrosas de un traje espacial caminar por la luna, los niños nos imaginamos dentro de él y quisimos ser astronautas.
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A la derecha del camino, la casa nº 6

Al llegar a la curva, pasado el puti-club situado a la izquierda de la carretera, había que estar muy atento y poner el intermitente con suficiente antelación para evitar que el coche de detrás, si lo había, colisionara con el nuestro al frenar para coger el camino a la derecha. Situado en plena curva de una carretera local –comarcal como mucho– y sin indicador de a dónde llevaba, se cogía tras una frenada, un giro brusco y un ligero acelerón para superar la pronunciada, aunque corta, pendiente dificultada por la irregularidad del terreno. El camino, parecía expresamente camuflado para evitar visitas no deseadas. Llegar al destino dependía del conocimiento del terreno y la destreza al ejecutar la maniobra. La primera vez que fuimos no pude evitar que el viejo Dos Caballos se calara.
Salvado el desnivel con la carretera, el viaje discurría entre ribazos cubiertos de hierba y arbustos hasta lo que podríamos llamar el núcleo urbano, formado por seis o siete casas. La primera, situada a la izquierda del camino era la de R y M. Le seguía la de una señora mayor que no vivía allí, pero iba de vez en cuando. A continuación, justo donde el camino se bifurca formando una especie de pequeña plazoleta, que llamaremos centro urbano, estaba la casa del payés de toda la vida, una casa grande formada de varias edificaciones donde vivía la familia. Siguiendo la bifurcación del camino estaba la casa de P y C. Después, el campo abierto y mas allá el bosque. A la derecha de la supuesta plazoleta, considerada el centro urbano, estaban las dos casas restantes, una pegada a la otra. La primera de ellas, oculta a la vista desde el camino por una frondosa barrera de árboles, bajo los que solíamos dormitar la siesta en verano, y a la que se accedía tras realizar un giro malabárico de casi 360º, era la casa nº 6, la de P y M.
Aquella primera vez fuimos a celebrar el inicio de la restauración de la casa y es posible, no recuerdo bien, también el cumpleaños de P. Nos reunimos un grupo de amigos. Unos, de él, de toda la vida. Otros, nosotros, de ella y entonces también de él, aunque más recientes. También estaban una de las hermanas, el hermano y unos sobrinos de él, y su madre, la omnipresente Nona. Fue un día divertido y feliz, fue el inicio de una época plena de confidencias, reflexiones, debates y risas, sobre todo muchas risas, a la sombra de los árboles, bajo las estrellas, y al calor del hogar. Fue en el nº 6, a la derecha del camino según se llega a El Tomet.
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La vuelta a la tortilla como metáfora política

De haber podido hacer otra cosa lo habría hecho. Pero en aquel momento sólo tuvo una opción. Bueno tenía más, pero racionalmente sólo podía lleva a cabo una. Con la sartén en la mano izquierda y la tapadera, aguantando la tortilla a la que acababa de dar la vuelta, en la derecha, sólo cabía completar el ritual de poner la tortilla de patatas nuevamente en la sartén para seguir haciéndola. Después, dejada la sartén sobre el fuego, dedicó toda su atención a la quemadura.
Los escasos diez segundos transcurridos desde que, al girar la sartén para voltear la tortilla, la gota de aceite hirviendo cae en la parte interior de su muñeca derecha, hasta que, liberadas las manos, pone bajo el chorro de agua fría la muñeca herida y se aplica pomada, fueron suficientes para que el círculo de apenas 5 milímetros de diámetro de piel enrojecida apareciera como la marca indeleble de una torpeza. Porque torpeza fue no utilizar un paño de cocina para coger la tapadera, protegiendo de paso la mano y la muñeca de quemaduras innecesarias.
Como torpeza fue no utilizar la pomada adecuada. Pero eso lo sabría días después, cuando descubrió que el pequeño circulo rojo, lejos de secarse, supuraba. ¡La infección había llegado! Y con ella la sensación de haber errado en todo lo hecho desde el instante en que le dio la vuelta a la tortilla.
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La existencia
Cuando abrió la ventana, todo lo que vio fue oscuridad. Sorprendida, cerró los ojos, como si con ese gesto quisiera conjurar la negrura que ante ella se extendía. Contó hasta diez y luego los abrió de nuevo, tan lentamente que cuando los tuvo abiertos fue incapaz de distinguir si no veía porque fuera seguía oscuro o porque en realidad los ojos permanecían cerrados.
La zozobra ante lo que no veía, hizo que la niña sintiera miedo. Temblorosa, cerró de nuevo la ventana. Desconocía la inocente niña que, al otro lado, la esperaba una larga e imprevisible existencia.
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Con su pertinaz e irracional proceder
Caminar lo que se dice caminar, el caracol Celedonio, caminaba mas bien poco. Su hábito era deslizarse y lo hacía sobre cualquier superficie, aunque él prefería la hierba fresca del amanecer, cubierta por las diminutas gotas del rocío cuando el sol despuntaba por detrás del cerro que protegía el valle. Con su casa a cuestas, Celedonio iba de un lado a otro, dejando un rastro baboso a su paso, en busca de tiernas hojas y tallos de plantas y hortalizas para comer. Procuraba no cansarse, confiado y sin prisas iba chino chano evitando los rayos del sol. Cuando el calor apretaba buscaba un lugar fresco para ocultarse y pasar allí, dentro de su concha, las horas muertas oyendo el canto de las chicharras.
Cantar no es que cantara, pero chillar lo hacía muy bien. La chicharra Cornelia además de joven era bella y muy presumida. Le gustaba situarse en lo más alto de los álamos para que los rayos del sol dieran sobre ella todo el día y así lanzar sus chillidos a los cuatro vientos. Tenía un don especial para modular las contracciones del aparato abdominal y hacer salir de él los mejores y más sonoros, a la vez que armoniosos, chillidos. Era la que más y mejor chillaba y lo hacía con un estilo propio, aprendido en sus numerosos viajes a lo largo del valle donde conocía y se relacionaba con otras especies. Precisamente ese cosmopolitismo, del que hacía gala y se sentía orgullosa, la hacía merecedora de los celos y envidias de las demás chicharras.
Aquel día de julio, el calor apretaba con fuerza y Cornelia, posada desde antes del amanecer en la rama más alta de uno de los álamos que bordeaban el río, esperaba la llegada del primer rayo de sol para iniciar el sonoro ritual. El caracol Celedonio, al oír las primeras piruetas musicales de Cornelia, supo que había llegado el momento de ocultarse en un lugar fresco. El volumen del chillido chicharreril aumentaba conforme el tórrido sol de una calurosa mañana de verano calentaba el diminuto cuerpo de la joven chicharra. Era tan fuerte su chillar que el caracol Celedonio acurrucado dentro de su concha no podía dormir y desesperado salió al exterior para alejarse de allí en busca de paz y tranquilidad.
El fuerte sol y el calor que hacía, le obligó a ir por entre la hierba para evitar que su cuerpo gelatinoso se secara. Fue en ese doloroso recorrido por entre hierbas resecas, cuando más calor hacía, que se tropezó con la lagartija Trajina. Se llamaba así debido al trajín que la mujer se llevaba intentando cazar a las despistadas moscas, libélulas y mariposas que merodeaban por allí y que, dada su escasa habilidad para la caza, no conseguía hacer suyas.
–Caracol donde vas con el calor que hace –preguntó la lagartija.
–Hija busco un lugar donde descansar lejos de los chillidos de Cornelia –respondió Celedonio.
–¡Ah!, esa. En cuanto pueda le doy caza y verás como ya no canta más.
Moscas, libélulas y mariposas se echaron a reír y a burlarse de la lagartija Trajina.
–¿Tú cazar a la chicharra? ¡Ja, ja ,ja! –Se reían ante sus narices.
–Reíros, reíros que cuando os coja vais a ver quien ríe mejor –respondió Trajina enfadada.
–No te preocupes mujer, no ves que son jóvenes –dijo el caracol Celedonio colocándose debajo de una malva.
–¿Por qué te escondes? –Preguntó la lagartija.
–Para no desfallecer. Me escondo del sol que tanto te gusta a ti y a la loca de Cornelia.
–¿Cornelia está loca? –Preguntó la lagartija Trajina metiéndose también debajo de la hoja de malva.
–Debe estarlo para chillar de esa manera.
–A lo mejor canta porque es feliz –apostilló la lagartija.
–¡Puede! –dijo el caracol acurrucándose dentro de su concha.
La lagartija Trajina se quedó embobada mirando como Celedonio desaparecía dentro de su casa. Esperó inmóvil unos minutos, expectante a cualquier movimiento. Al ver que el caracol no daba señales de vida se acercó al cascaron y con la pata delantera lo movió y esperó de nuevo. Como Celedonio seguía sin aparecer empujó la concha haciéndola rodar y así estuvo un rato jugando con ella sin que Celedonio abandonara su descanso. Aburrida, la lagartija Trajina dejó al caracol y abandonó el escondrijo debajo de la malva. Caminó entre la hojarasca en busca de insectos con los que alimentarse y cuando llegó al borde del río se estiró sobre una roca y allí espachurrada y acariciada por los ardientes rayos de sol durmió una larga siesta al son del canto de la chicharra, Cornelia seguía sobre la rama del álamo cantando y contando, a quien la quisiera escuchar, su amor imposible con un grillo de porte elegante que había conocido en uno de sus viajes por el valle. La vanidosa chicharra, más que cantar, lloraba de amor.
“Próxima construcción de adosados con piscina, campos de golf, y centro comercial y de recreo. Todo en uno para vivir mejor”. Anunciaba un enorme cartel no lejos de donde Cornelia cantaba, Celedonio descansaba y Trajina dormitaba. Ignorando todos que lejos de allí, el hombre, con su pertinaz e irracional proceder, planeaba acabar con ellos por la vía de la urbanización.
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Dudas ante el espejo

¡No puedo hacerlo! –dijo mirándose al espejo.
Inténtalo –respondió su imagen.
No saldrá bien –replicó él.
Eso no lo sabrás hasta que lo hagas –insistió ella.
¿Por qué no lo haces tú? –preguntó él.
Porque yo no puedo –respondió ella.
¿Y yo sí? –preguntó de nuevo él.
Tú sabrás. Yo sólo soy tu reflejo en un espejo.
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Los mecedores del día de San Juan
Recorríamos las calles cantando y alborotando. Desde ventanas y balcones nos tiraban agua. Risas, carreras, coplas y mucha diversión, así pasábamos la noche más corta del año, la del solsticio de verano, la vigilia de San Juan. Padules era una fiesta, no una fiesta preparada y organizada, sino una fiesta espontánea donde las gentes del pueblo, los paulencos, salíamos a la calle a celebrar la llegada del verano. Y al día siguiente, el día de San Juan, a la hora de la siesta se hacían los mecedores. En un olivo, en un pino del patio de las escuelas, o una encina en la Vega de Arriba como la que había (¿hay todavía?) junto a la balsa de Alfredito, con una cuerda de pita atados ambos extremos a una rama. Y las niñas y mocicas se sentaban en el mecedor y los niños y mocicos las mecíamos, primero despacio, después cada vez más fuerte y ellas gritaban: “¡Tan fuerte no!”. Y nosotros más fuerte aún. Y ellas chillaban más y nos decían de todo. Y al final todo eran risas y alegrías. Así pasábamos las horas de la canícula, sorteando el calor a la sombra de los árboles, disfrutando la brisa fresca de la vega, dormitando sobre la hierba y bañándonos en el agua fría de la balsa del Faraite y todo ello con la compañía de un buen ponche, vino, gaseosa La Casera –entonces no había otra– azúcar y fruta: melocotón, pera, manzana y piel de limón, vamos lo que se conoce como una sangría pero a lo paulenco.
Con San Juan llegaba el verano y con él, el ir de gira a Las Canales y Los Canjorros, las largas caminatas para bañarnos en las balsas. La del barranco de Julián Ferre era la que estaba más cerca, también íbamos a la de La Boliñeba, la del Pino, la del Faraite y, si no recuerdo mal, en el cortijo del médico, en la Boliñeba, había una a la que también íbamos, y por supuesto a la de la Cañaílla de Cristóbal Barea. Ésta era a la que más íbamos porque era grande, no muy profunda y estaba relativamente limpia. Por cierto, en una ocasión Cristóbal –el abuelo– nos pilló bañándonos, no nos dijo nada y esperó a que terminásemos y cuando fuimos a vestirnos nos encontramos con que nos había quitado la ropa. Nos hizo ir al pueblo en calzoncillos –con ellos nos bañábamos– y en el riduto, donde estaba la cruz de los caídos –no se si aún está–, y ante todos los abuelos que había tomando el fresco a la sombra de los pinos, nos devolvió la ropa. Supongo que quiso darnos una lección, pero no se cual, porque el hombre ni siquiera se enfadó, sólo nos hizo ir al pueblo en calzoncillos.
La vega era un vergel. Los árboles frutales ofrecían sus frutos: cerezos, melocotoneros, ciruelos, albaricoqueros, nispereros, manzanos y perales aparecían llenos de frutas maduras a las que resultaba difícil resistirse. Y claro, si el dueño nos pillaba cogiendo, pongamos por caso nísperos, como pasó una tarde en el barranco del Cegato –no recuerdo su nombre, por eso me refiero a él por el apodo– y nos denunciaba al guarda y éste se presenta por la noche en casa para cobrar una multa de cinco pesetas, pues la manta palos que recibíamos de nuestro padre era de antología. Pues eso pasó, que el hombre nos denunció y los nísperos nos salieron un poco caros.
Y las parras, cubiertas de pámpanos, requerían toda la atención para que la uva siguiera su crecimiento. Era época de azufrar, sulfatar, segar la hierba, despampanar y por supuesto regar. El riego de las parras era todo un ritual, los regantes de las diferentes acequias seguían el riguroso orden que le tocaba y el aprovechamiento del agua obligaba a regar de día, noche o en plena madrugada. El duro trabajo del campo se compaginaba con la diversión y el disfrute de una vida que, no siendo idílica, era la que teníamos y a ella nos aforrábamos haciéndola, cuanto menos, agradable.
Los recuerdos afloran atropelladamente conforme los voy recuperando y se plantan ante mí como si los viviera de nuevo. Aunque tal vez descolocados en cuanto a tiempo y lugar, la esencia sigue intacta. Es un ejercicio realmente interesante y muy reconfortante. No obstante, la niñez, dicen y estoy de acuerdo, es la mejor época del ser humano.
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Voceros de lo ajeno, secretos desvelados
Quien más quien menos tiene algo que callar. Unos mas que otros, pero todos deberíamos mantener la boca callada en ciertos momentos en que una palabra de más puede significar el fin de algo que, la mayoría de las veces, ha sido mantenido, si no oculto, sí al menos a buen recaudo de oídos y miradas indiscretas.
Por eso, cuando Fulanito oyó lo que de él decía una persona que ni siquiera conocía, supo que su secreto había sido desvelado. No es que fuese un secreto de los que pone en jaque a la humanidad, ni tan sólo de los que puede poner en peligro la honorabilidad de quien lo guarda, no. Pero sí era uno de aquellos secretos que uno prefiere mantener al margen de personas proclives a difundir y exagerar todo cuanto oyen de los demás. La curiosidad por saber hasta donde había llegado la difusión de aquello que él creía a buen recaudo, le hizo aguzar el oído y escuchar, como un vulgar cotilla, lo que aquella persona decía a su interlocutor.
Como suele ocurrir siempre que alguien cuenta, en exclusiva y estricta confidencialidad, hechos escabrosos sobre la vida de terceros, el delator relataba a su oyente un pasaje concreto, y por lo demás desconocido, sobre cierta actuación del tal Fulanito en un lugar poco recomendado que, dicho sea de paso, solía frecuentar con otros allegados tiempo atrás. Lo que allí se hacía, y con quien, era un misterio, pues los involucrados nunca dijeron nada al respecto y ni siquiera confirmaron su presencia en el lugar. Pero de lo que sí estaba informado el delator, porque uno de aquellos asistentes así lo relató en cierta ocasión, era que con cierta regularidad aquel grupo de amigos terminaba sus alocadas juergas en ese lugar. El delator, en un vano intento de enaltecer y dar categoría de escándalo al supuesto secreto de Fulanito, adornó con todo lujo de adjetivos y exagerados comentarios, que no detalles, pues poco sabía en realidad, el cotilleo del que estaba informando a su esmerado escucha que, con cara de sorpresa, asentía todo lo que oía sin saber si creerlo o no.
Fulanito, que a una prudente distancia ejercía de espía simulando leer un periódico, escuchaba el relato del delator de secretos y no acertaba a comprender cómo aquel sujeto podía tener tanta imaginación para relatar unos hechos de los que en realidad no sabía absolutamente nada. De todo lo que decía, lo único cierto era que Fulanito y sus amigos solían ir a cierto lugar poco recomendado y visto con malos ojos por la sociedad de entonces. Todo lo demás era pura invención, una ficción condicionada sin duda por los prejuicios de quien detesta ciertos comportamientos o, por el contrario, los sublima por deseados e inalcanzados.
Así, después de escuchar aquella berborreica descripción de algo que en realidad nunca ocurrió, o al menos no como estaba siendo relatado, el espía ocasional llegó a la conclusión de que su secreto seguía siendo eso, un secreto. Aunque, a causa de un desliz que alguno de sus amigos debió cometer, su hasta entonces incuestionable reputación corría el peligro de ser puesta en entredicho.
Es el riesgo de hablar ante personas de dudosa fiabilidad y en momentos en que lo mejor es hacer caso al refrán: En boca cerrada no entran moscas.
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Dialogo de besugos
¿Quién hay? –preguntó la primera voz rompiendo el silencio.
Yo –respondió la segunda voz.
¿Y quién eres tú? –preguntó de nuevo la primera voz.
Pues yo. ¿Quién va a ser? –respondió la segunda voz.
¡A bueno! Si eres tú, ya está bien –dijo la primera voz.
¿Qué está bien? –preguntó la segunda voz.
Que seas tú –respondió la primera voz.
Pues no se yo porqué –dijo la segunda voz.
Eso tú sabrás –dijo la primera voz.
…
¡Oye! –dijo la segunda voz.
¿Qué? –preguntó la primera voz.
¿Y tú quién eres? –pregunto la segunda voz.
Ya ves. Aquí estoy –respondió la primera voz.
No. ¡Que pregunto, que quién eres tú! –insistió la segunda voz.
¿Yo? –respondió la primera voz.
¡Sí!. ¿Quién eres? –repitió la segunda voz.
Pues yo. ¿Quién quieres que sea? –respondió la primera voz.
Sí claro. Quien ibas a ser, pues tú –dijo la segunda voz.
¡Pues claro! –dijo la primera voz.
…
Bueno, pues ahí te quedas –dijo la segunda voz.
¡Ves con Dios! –concluyó la primera voz y el silencio se adueñó del lugar.
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La vida en tres actos

Comedia. El rostro muestra la sonrisa de la felicidad que proporciona la belleza de la juventud, cuando el hombre vive sumergido en un mundo de ilusión, emoción y expectación por lo que ha de venir. Es la época del aprendizaje. Cuando el hombre absorbe todo cuanto la vida le ofrece y conforma su personalidad. Es tiempo de reír, de vivir y de disfrutar porque todo es posible y nada parece inalcanzable. Es el principio del camino, cuando el hombre, lleno de vitalidad, inicia de verdad su personal andar por el sendero de una vida donde todo se puede alcanzar sin apenas dificultad. El hombre, joven aún, ríe porque en su mundo no cabe la decepción.
Drama. El rostro ha perdido la vitalidad inicial. Ya no sonríe, aunque mantiene un leve rictus de felicidad. La expresión expectante de su juventud ha transmutado a escéptica en su madurez. El camino recorrido le ha proporcionado alegrías, aunque no tantas como había creído. También tristezas, más de las previstas. Pero en general no le ha ido mal, lo vivido ha servido para formar su verdadera personalidad. El ahora hombre maduro no lo es sólo por edad, también por vivencias. Es más sabio y por ello menos ingenuo. Es más prudente y por ello menos espontáneo. La vida le ha enseñado a base de golpes, positivos y negativos, y de todos ha aprendido que no resulta fácil transitar por los, a veces escabrosos, caminos de la existencia. Su rostro muestra cierto cansancio, pero también desprende algo de la chispa inicial, es el rostro de quien ha vivido y aún le queda por vivir.
Tragedia. De la sonrisa inicial no queda rastro en su semblante. La certeza de haber llegado al final se hace visible en la tristeza que su rostro ajado refleja. El hombre, más sabio que nunca, muestra el dolor por saberse al fin vencido por la vida. La misma que unas líneas antes iniciaba con la expectación propia del joven inexperto. Ahora, con la experiencia de toda una vida, descubre que de nada le sirve, lo inevitable se acerca a toda velocidad y él, el mismo que de joven se atrevió con todo, no puede hacer nada por evitarlo. El llanto final muestra la tragedia del hombre ante su propia existencia. Ahora ya, inexistencia.
En recuerdo del gran Marcel Maceau (mimo de profesión)
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La certeza de la desolación

No tuvo tiempo de gritar, como hacía siempre y hubiese sido lo lógico. Todo ocurrió tan de prisa, tan de improviso y con una contundencia inusitada que su cerebro fue incapaz de dar la orden para que la garganta lanzara al exterior el grito de socorro habitual en esos casos. Pasado el instante en que el grito hubiese tenido sentido ya no fue necesario dar esa orden y el cerebro, hábil como siempre pero no tanto como cabía esperar, pasó a la siguiente y las manos de la aterrada mujer se dirigieron como un acto reflejo a la boca tapando ésta al tiempo que los ojos se abrían exageradamente dejando los globos oculares a punto de saltar. De pie y con la cabeza ligeramente inclinada hacia el suelo, la mujer observaba las devastadoras consecuencias de lo sucedido. Aguantando la respiración observaba los trozos desparramados ante ella y, aturdida por el accidente, se vio acosada por infinidad de preguntas sin respuesta que pasaban por su mente a gran velocidad, como los coches en dirección contraria cuando se circula por una autopista.
El terror la paralizó hasta el punto de no saber qué hacer. Primero pensó en llamar al teléfono de emergencias. Pero recapacitó y desechó esa idea al considerar que quizá no fuese para tanto, al fin y al cabo ella estaba bien, no estaba herida ni había sufrido ningún tipo de colapso. Sin embargo creyó que sí era necesario pedir ayuda a alguien, tal vez a una amiga o a un vecino mejor, por aquello de la cercanía. Entonces se puso a pensar a que vecino o vecina podía llamar. Repasó mentalmente la lista de los posibles socorristas y, conforme los nombraba, en seguida los desechaba por inapropiados, hasta que llegó al último sin haber encontrado una razón apropiada para llamar a uno solo de ellos. Eso le hizo sentir una extraña sensación de soledad. De pronto descubrió que ninguno de sus vecinos y vecinas le merecían la suficiente confianza como para pedirles ayuda en un caso de extrema gravedad como aquel.
Enfrascada en esos pensamientos, la mujer olvidó el suceso y su mente se deslizó, de forma casi imperceptible, de la sensación de terror, por lo que acaba de pasar, a la de desamparo, al sentirse sola. No aminoró la sensación de terror, más bien al contrario, aumentó. Porque ante aquel extraño acontecimiento fue consciente de la infinita soledad que la rodeaba. La mujer sintió entonces verdadero miedo, no a un hecho que podría calificarse de extraordinario, como el que había vivido unos minutos antes, sino al hecho incuestionable de estar más sola que la una. Y al decir sola, no se refería a vivir sin compañía en un piso, no, se refería a llevar, como llevaba, una vida de soledad, lo cual era aun más desolador.
La desesperación ante esa certeza de desolación la llevó a buscar en lo mas recóndito de su ser a alguien, fuese amiga, familiar, compañera o simplemente conocida, que pudiera ocupar el lugar vacío de verdadero amigo. Durante esa operación de búsqueda la mujer se olvidó por completo del suceso que había desencadenado el estado en el que se encontraba. Durante esos minutos, el miedo inicial a lo sucedido desapareció. También el que sintió después, ante la evidencia de su soledad. Y toda su atención se centró en buscar e intentar encontrar a esa persona, hombre o mujer, que por fuerza debía estar en algún lugar de su mente.
Los nombres aparecían y con la misma rapidez desaparecían de su mente. Eran nombres lejanos, casi olvidados, y a medida que los desechaba le costaba más esfuerzo recordar los que quedaban. La mujer mostraba signos de ansiedad al comprobar que el tiempo pasaba y con él se alejaba la posibilidad de encontrar el nombre que habría de sacarla de aquella atormentada situación. Su desesperación se hizo patente en el momento en que su mente quedó en blanco. No había más nombres que recordar, había recorrido el largo trecho de su vida saltando de nombre en nombre de familiares, amigos y conocidos sin hallar el ideal para pedirle ayuda en aquel trance. No había nadie a quien recurrir. La mujer se desplomó al comprobar que estaba realmente sola y que esa soledad la obligaba a hacer lo que en otro tiempo habría hecho alguien por ella.
Desolada, la mujer miró de nuevo, con ojos lagrimosos, los trozos de taza desperdigados en el suelo. Resignada suspiró como si al fin hubiese comprendido que era ella quien debía recoger los restos del estropicio y con su altivez habitual fue a la cocina, cogió la escoba y el recogedor, y, con la delicadeza propia de quien ha vivido siempre entre algodones, recogió los restos del naufragio.
Aquel día, la reina fue consciente de su condición de destronada.
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La incertidumbre del adolescente

Supo que una nueva etapa se iniciaba cuando vio el sol aparecer por el horizonte. Sentado sobre el risco ante el precipicio, el niño observaba el lento amanecer consciente de que dejaba atrás la época dorada de su niñez. Ese día se alejó para siempre de la segura y confortable vida de la infancia donde nada preocupa y nada se teme porque se vive bajo la protección y la atención de los demás. El niño, convertido ya en adolescente, cruzó al otro lado casi sin darse cuenta. Como si sólo se tratara de dar un paso adelante sin que ello tuviera mayores consecuencias. Desconocía lo que habría de venir, lo que sucedería en adelante, pero intuyó que, con ese paso, perdía para siempre la opción de retroceder. El adolescente fue consciente de su condición cuando descubrió que estaba solo, que ya no tenía a nadie que lo protegiera y que, por el contrario, los que hasta entonces habían estado por él, ahora le demandaban responsabilidad.
Sentado sobre la peña al borde del precipicio, observaba con interés la amplitud de la vida que se extendía ante él. Buscaba los límites, los bordes que le indicaran hasta donde le estaba permitido llegar. Pero no había bordes, la vida no tiene otros límites que los de la propia existencia y ésta es impredecible. Sentado ante el abismo de una vida por vivir, el niño, ya adolescente, sintió dentro de sí el cosquilleo propio de la desazón y experimentó, por primera vez, la azarosa sensación de la preocupación. Fue entonces cuando las palabras de su tutor, que no alcanzó a comprender cuando las escuchó, acudieron a su mente confirmándole que desde ese día sería el único responsable de lo que hiciera, y que esa responsabilidad le convertía en dueño y señor de sus actos y, por ello, en único valedor de su propia vida. La certeza de ser al fin alguien a quien se tendría en cuenta le llenó de satisfacción. Saber que su opinión sería cuanto menos escuchada le hizo sentirse importante, esta fue la primera de una larga lista de experiencias que el adolescente iría acumulando en el transcurso de su vida.
Aquella lejana mañana, el adolescente dejó atrás el risco sobre el que había observado el amanecer y descendió al abismo de una vida pletórica y llena de desafíos donde emprendió, a través de caminos inciertos, su personal viaje que le llevaría a un final lejano, pero inevitable. Ajeno a su propio acontecer, el adolescente, no podía imaginar entonces lo que daría de sí la etapa que justo acababa de comenzar.
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Simplemente era un don nadie

Aquella mañana, hablando con sus compañeros, tuvo la extraña sensación de ser invisible. No en el sentido estricto de la palabra, era evidente que sus compañeros lo veían, pero no estaba seguro de que realmente supieran que estaba allí. Durante la conversación tuvo la impresión de no ser escuchado. Sus intervenciones fueron escasas. Pero las pocas veces que lo hizo sintió que nadie le prestaba atención, nadie respondió a sus palabras y nadie se dirigió a él como partícipe de lo que se hablaba. El sabor amargo de ser ignorado caló en él de forma fulminante y, como quien abandona el lugar de la batalla asumiendo la derrota, regresó a su puesto de trabajo sin ni siquiera despedirse del grupo. Su desolación fue mayor al comprobar que a ninguno de los presentes pareció importarle.
Aquella mañana, dudó de su propia existencia y, como si necesitara asegurarse de que estaba en el lugar adecuado, abandonó su puesto de trabajo y se dirigió a la salida. Allí informó al conserje que salía un momento para hacer una gestión, a lo que éste respondió con un simple encogimiento de hombros.
El mundo se le vino encima cuando, de regreso, el conserje le paró y preguntó quién era y a dónde iba. El hombre, abochornado por lo que de estúpida tenía la situación, se identificó dirigiéndose al conserje por su nombre y con la familiaridad propia de quienes se conocen desde hace años. La frialdad de aquel al pedirle el DNI, dejó al hombre estupefacto. Tras la insistencia del conserje pidiéndole el DNI, el hombre miró al interior de la oficina y por unos instantes creyó estar en el sitio equivocado. Miró a su alrededor y vio a sus compañeros pasar junto a él sin ni siquiera reparar en su presencia. Volvió la vista al conserje y lo vio, al otro lado de la recepción, ocupado en sus cosas. Entonces tuvo la certeza de que efectivamente era invisible.
El hombre, apesadumbrado, dio media vuelta y abandonó la oficina a la que había estado yendo cuarenta años de su vida. Aquella mañana, descubrió que simplemente era un don nadie.
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El castizo, jopos de uvas locas y mastranzos

Mayo, el mes de Maria. Las niñas iban la vega a buscar flores para adornar el altar a la Virgen que la maestra hacía en la escuela. La influencia de la religión Católica era tremenda, la vida en el pueblo –en todo el país– estaba supeditada a ella y sus dictados. Los niños no buscábamos flores pero seguíamos a las niñas para meternos con ellas y, si podíamos, arrebatarles los ramos y hacerlas rabiar. “Fulanito me ha quitado las margaritas…”, decía sollozando la niña. Y la maestra se lo chivaba al maestro. Y éste, que no necesitaba excusas, cogía la regla o la vara de olivo y reglazo en las palmas de las manos, o varazo en las pantorrillas que recibía el culpable. Daba lo mismo quién fuera y si de verdad le había quitado las margaritas u otra cosa, la cuestión era impartir autoridad por la vía del garrotazo.
“Veniddd y vaaamos tooodas con flooores a Marííía…”, cantaban las niñas en la escuela. Los niños en el patio las oíamos mientras jugábamos el trompo; a las bolas; al churro, manga, manga entera o, simplemente, hacíamos el animal. Y la iglesia, cómo no, con el altar mayor lleno de azucenas, rosas, lirios y no se cuantas clases de flores más. Y el Cirio Pascual allí, encendido y esparciendo aquel olor. Entrar en la iglesia y sentirte aturdido por la mezcla, casi imposible, de aromas antagónicos donde el empalagoso perfume del lirio se confundía con la turbadora esencia de la azucena y con la fragancia de la rosa y todos ellos envueltos, como un abrazo mortal, por el fuerte olor a cera, creaba un característico ambiente, no se si de santidad o de todo lo contrario, que no había quien lo soportara. Y sin embargo, ellas estaban allí, cada tarde cantando a Maria. Las mujeres del coro no perdían ocasión para ensayar.
Era mes de primeras comuniones. En la escuela, nos hacían ensayar cómo comportarnos y cómo debíamos tomarla. En fila, primero las niñas, después los niños y la maestra más maestra de todas las maestras juntas, es decir Doña Angelita, haciendo de cura nos metía en la boca la hoja de margarita que hacía de hostia. Y de vez en cuando –más de lo deseado– coscorrón que nos atizaba. “Así no, ¡tonto! Que eres tonto de remate”, bofetá que nos daba y vuelta a empezar. Otra vez la fila. Las manos juntas, palma contra palma, pegadas al pecho. La cabeza ligeramente inclinada, en señal de sumisión. La boca entreabierta, dejando asomar la lengua y pétalo de margarita pa dentro. Después risas y hacer el tonto. En realidad, la primera comunión no dejaba de ser una fiesta en la que nos disfrazábamos, de marinero o diplomático los niños y princesa las niñas, por mucho que el cura y la maestra, decana de las maestras de Padules, se lo tomaran en serio y trataran de convencernos de que de ella dependería, un día, nuestra salvación.
Pero al margen de primeras comuniones, flores y Marías, el mes de mayo era fundamental para la uva. ¡La uva!, siempre protagonista y mimada, y no podía ser de otra forma, la vida en Padules dependía de ella. En la segunda quincena de mayo y durante el mes de junio, cuando los racimos estaban en plena eclosión, era el momento de “dar castizo”. Expresión extraña donde las haya que a los profanos les sonará, como mucho, a verbena de la paloma. Los que vivieron o viven allí, por el contrario, sí sabrán de qué hablo. El castizo era la actividad más importante, pues de él dependía que la uva creciera y se desarrollara hasta convertirse, unos meses después, en los atractivos racimos de dorada fruta que se cortaba –así se decía “cortar la uva”– durante la faena.
El castizo era un trabajo duro y pesado que proporcionaba no pocos dolores de cervicales a quien lo daba. Básicamente se trataba de frotar los incipientes racimos de diminuta uva con el jopo, una especie de escobilla formado por racimos de uva borde –criada en las llamadas parras locas– que, rodeados por hojas de mastranzos –una planta parecida a la menta que crecía al borde de las acequias y conocida en muchos sitios como hierbabuena de burro–, se ataba al extremo de una caña y servía para desflorar y germinar las uvas. Había que ir de parra en parra por todo el parato o bancal, frotando racimo a racimo sin dejarse uno hasta conseguir eliminar la cascarilla de la flor de uva. Era un trabajo en el que participaban tanto el hombre como la mujer. Pero que, junto con la faena, eran ellas quienes tenían el papel más importante. Porque, en realidad, en uno y otro, de lo que se trataba era de acariciar y tratar con sumo cuidado a la uva. Y la mujer, ya se sabe, acaricia como nadie –no se ofendan, no es machismo lo que digo, es pura realidad–. Ataviadas, más disfrazadas que vestidas, con una vestimenta característica que cubría prácticamente todo el cuerpo y tocadas con sombrero de ala ancha para protegerse de la lluvia de cascarilla, las mujeres iban a la vega a dar castizo. Después, acabada la jornada tras la puesta del sol, regresaban a casa, no a descansar, sino a seguir haciendo las labores del hogar.
No se si a las mujeres de Padules se les habrá agradecido lo suficiente el esfuerzo por sacar adelante no sólo a la familia, sino también lo que entonces era el sustento de ella, ¡la uva del barco! A ellas dedico estos recuerdos de cualquier mes de mayo de, una ya lejana, infancia.
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El enfermo número cero

El manto oscuro de la noche cubrió el universo. La débil luz de las estrellas, que a esa hora empezaban a despuntar, llenó el oscuro azul de puntos luminosos, inundando de guiños fosforescentes la cúpula celestial. El niño miraba absorto el espectáculo, descubriendo, lleno de asombro, el maravilloso mundo nocturno. Sentado en una piedra, ante el precipicio de una vida, más que vivida, sufrida, disfrutaba en su soledad de lo que el inmenso firmamento le proporcionaba. Pensaba en lo que, alguien más viejo que él, le contó sobre algo que ocurrió allá arriba, mucho tiempo atrás. Observaba con detenimiento, buscando con la mirada limpia de un inocente niño, una señal que le confirmara que, aquello que el viejo le dijo que ocurrió, sucedió de verdad. El silencio resultaba ensordecedor, curiosa paradoja que el niño no podía entender y por ello se puso a cantar una canción. La melodía, al principio salía de su boca apagada, triste y sin musicalidad. Después, conforme iba desgranando las notas y cogiendo confianza, se fue convirtiendo en una alegre y armoniosa declaración de amor. El niño, al borde del precipicio, cantó a los cuatro vientos su amor por lo que veía, por todo aquello que tenía delante y que podía abarcar con su ojos infantiles, ignorando, bendita inocencia, lo que habría de venir.
La pregunta llegó a su mente sin esperarlo. Apareció de pronto. Sin razón aparente y sin saber porqué esa y no otra, y en aquel momento y no en otro. El niño sintió, con machacona repetición dentro de su cabeza, la enigmática pregunta: ¿Qué hace aquí? La insistencia de la cuestión fue apagando la alegría que sentía y con ella se fue callando su canción. El silencio se impuso otra vez. Mientras, dentro de él, la pregunta buscaba desesperadamente la respuesta adecuada. El niño se sintió abrumado y, por primera vez desde que tenía uso de razón, se sintió solo, ¡muy solo! Allí sentado ante la inmensidad de un abismo que hasta entonces no había sido tal, el niño sintió, por primera vez en su vida, ¡miedo! El azul oscuro del firmamento se tornó negro. El fosforescente parpadeo de las estrella se hizo maligno brillo de ojos escrutadores. Y el vacío más allá del acantilado se convirtió en angosta garganta dispuesta a engullirlo. Sentado al borde del precipicio, el niño cerró los ojos y buscó, desesperado, la respuesta a tanta inquietud.
Los fogonazos de los flashes le deslumbran al abrir los ojos. El continuo parpadear de luz blanca apenas le deja ver el ejército de reporteros gráficos y corresponsales que ante él, y protegidos con mascarillas, se agolpan como moscas a un tarro de miel. El niño, ajeno al alboroto montado a su alrededor, reparte sonrisas y, con los ojos abiertos como platos, mira la marabunta de informadores que, de todo el planeta, han ido a su casa para fotografiarlo y preguntarle cómo se encuentre. Entre risas, el niño responde que está bien, pero no entiende a qué viene tanto interés por él. Al parecer alguien ha dicho que él fue el primer infectado, que todo partió de él, aunque ahora ya está curado. Es el primer humano contagiado con la gripe porcina. El enfermo número cero, lo han etiquetado las autoridades sanitarias.
El niño, alejado del abismo, sigue jugando. Entre tanto, el mundo entero está a las puertas de una pandemia. “La primera que se seguirá en directo”, ha dicho la directora de la Organización Mundial de la Salud.
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Cuando Jor se enfrenta a Dragón

(Del cuento Jor y el País de Dragón y el Tesoro, del que soy autor. Extracto del capítulo en el que Jor se enfrenta a Dragón después de un largo periplo por mundos fantásticos)
Dragón, furioso por la insolencia de aquel mequetrefe que osa enfrentarse a él, va de un lado a otro dando coletazos y zarpazos, y en cada uno de ellos, arranca de cuajo árboles, arrasa todo lo que hay a su paso y cientos de piedras salen disparadas como proyectiles en todas direcciones. De pronto, y sin razón aparente, como si algo atrajera su atención, se queda inmóvil mirando la entrada a la Montaña Nevada. Jor, desde donde está, lo ve de espalda e intenta averiguar qué sucede. Apenas unos segundos después, Jor se estremece al ver asomar, por la derecha del cuerpo inmóvil, la cabeza coronada de púas. Lentamente el pesado cuerpo de Dragón se gira y fija su mirada en el desfiladero. Jor retrocede, intenta evadir aquella mirada que es demasiado turbadora para él. Dragón camina hacia él y, a medida que se acerca, Jor siente más miedo. Entonces, decide adelantarse a la bestia y sin pensarlo dos veces sale corriendo del desfiladero lanzando un grito de guerra que el eco se encarga de multiplicar, dando la sensación de ser más temible de lo que en realidad es. Dragón, al verlo correr como un poseso, con la espada en la mano y gritando, se para en seco y con cara de sorpresa lo mira sin entender qué pretende hacer. Jor corre sin parar hasta que llega a la ladera derecha del valle por la que asciende hasta situarse a una prudente distancia de la bestia, que lo sigue observando con sumo interés. Desde allí, ve el valle en todo su esplendor y ante aquella visión decide que lo mejor será no enfrentarse a Dragón. Intenta encontrar un camino, seguro y rápido, por el que llegar a la entrada antes de que la bestia le alcance. –No puedes hacerlo sin antes enfrentarte a mí –la voz atronadora de Dragón se oye en el valle como un trueno–. Sólo podrás entrar en la montaña si me derrotas. Yo soy su guardián y no permitiré que entres en ella. –¡Puedes hablar! ¿Cómo es posible? –Jor no sale de su asombro al oír la voz de Dragón– –Naturalmente que puedo hablar ¿Crees acaso que sólo hablan los de tu especie? Yo también soy inteligente, no te dejes engañar por las apariencias. –¿Quién eres en realidad? –pregunta Jor– –Ya lo sabes. Soy Dragón, el guardián del tesoro. –Eso ya lo sé. Me refiero a si realmente eres la bestia que aparentas o alguien que ha tomado esa forma para ahuyentar a los que intentan apoderarse del tesoro. –Como puedes ver, soy lo que soy y no otra cosa. En la mente de Jor empieza a tomar forma una idea un tanto peregrina. –Dime Dragón ¿Quién te ordenó que vigilaras el tesoro? –¿Qué importa eso ahora? –¡Oh sí, claro que importa! Si he de enfrentarme a ti y jugarme la vida, necesito saber por qué lo hago y a quiénes debo tal honor. –Los motivos por los que estás hoy aquí debes saberlos tú, no yo. En cuanto a quiénes son los responsables de todo esto, creo que has sido suficientemente formado al respecto ¿No es cierto? Jor no sale de su asombro tras las respuestas de Dragón y se da cuenta que tiene frente a él a un ser más inteligente de lo que creía. –Veo que estás al corriente de mi vida, yo por el contrario no se nada de la tuya. Sería una cortesía por tu parte que me contaras algo sobre ti –insiste Jor– –En ningún momento he dicho que yo sea cortés, inteligente sí, pero no cortés. Por tanto tu sugerencia no sirve de nada. Sin embargo sí te diré, que mi estancia en este valle es muy aburrida. –Al menos podrías decirme si el tesoro es muy valioso, quizás no merezca la pena luchar por él y me marche por donde he venido. –Todos los tesoros son valiosos en la medida en que aquellos que los ansían son capaces de sacrificar algo por conseguirlos. Pero este en particular, lo es mucho más. No porque alguien lo codicie, sino porque son muchos los que lo necesitan y sin embargo no lo saben. El tesoro que se esconde en las entrañas de esa montaña es lo más valioso que pueda haber en el mundo y por eso yo lo protejo, incluso con mi vida si es necesario. –Entonces, ¿vale la pena que luche por él? –le pregunta Jor pensativo– –Eso eres tú quien debe decidirlo. –He hecho un largo camino, he sufrido, he llorado, he visto muchas cosas, unas buenas y otras malas, incluso he matado para llegar hasta aquí. Mi único objetivo es encontrar el tesoro, y ahora que lo tengo al alcance de la mano me asaltan serias dudas sobre si realmente tengo derecho a él. –Tienes dudas porque no estás seguro de haber tomado la decisión correcta. Te han contado muchas cosas sobre el tesoro, pero no sabes si son ciertas o no y, lo que es peor, desconoces quienes te han dicho la verdad y quienes no. Has creído ciegamente en los que consideras amigos y desconfiado de los demás. Pero, ¿en que te has basado para diferenciar a unos de otros? Jor mira a Dragón, ve su cara de abatimiento y descubre que, aún siendo una bestia sanguinaria, tiene ciertos rasgos de bondad. Visto de cerca no resulta tan terrible, pero aún así, desconfía de él. © PCB
Un cuento de hadas

Sumergida aún en la neblina matinal, o al menos eso creyó ella al ver los destellos de luz abriéndose paso entre esa especie de bruma fría que la envolvía, no podía creer lo que estaba viendo. La visión de aquella figura de cara agradable, sonrisa tranquilizadora y mirada escrutadora, le transportó a un mundo idílico en el que la belleza era lo único que tenía cabida. La mujer, joven aún pues apenas había cumplido los treinta, experimentó esa extraña y, al mismo tiempo, agradable sensación de bienestar que la tranquilidad de conciencia proporciona cuando uno, una en este caso, no tiene nada que ocultar. Tendida sobre la fresca hierba se incorporó lo justo para ver con detenimiento la presencia de aquella especie de hada madrina que esa mañana había decidido visitarla y, apoyada sobre los codos, la miró con el descaro propio de quien tiene la seguridad de que es a ella a quien ha ido a visitar y le preguntó quién era y qué quería.
La forastera –la llamaré así porque de ella desconocemos hasta su nombre y no quisiera yo darle uno que no sea el adecuado– se sorprendió al oír la voz melosa, pero al mismo tiempo segura, de la joven mujer. La expresión de su cara cambió de agradable a interrogante al no entender lo que decía pues, al venir de un lugar no especificado, su lengua era del todo diferente a la de ella. La joven mujer, al ver el cambio de expresión, se sintió un poco menos segura lo que la hizo dudar de que hubiese hecho bien en preguntar. La confusión inicial, de la forastera por no entender las palabras de la joven mujer y de ésta por interpretar mal su reacción, hizo añicos el hechizo que entre las dos se había materializado cuando una apareció de entre la bruma y la otra la descubrió.
La joven mujer se levantó de la mullida hierba, se sacudió el vestido de fino hilo egipcio quitándose las briznas de hierba, y se acicaló para estar más bella. La forastera, por su parte, se colocó la diadema que coronaba su melena, estiró su túnica de vistosa seda y, al igual que la joven, se acicaló. Cuando ambas estuvieron presentables se acercaron una a la otra y con amplia sonrisa en la cara se presentaron.
La negociación entre ambas fue larga y ardua, pues las dos mantenían inalterables sus condiciones. La joven mujer no cedió un ápice en sus reivindicaciones y la forastera se mantuvo firme en su intransigente postura de no dar su brazo a torcer. En un descanso, después de una larga y fuerte discusión sobre la financiación, la joven mujer lanzó un aviso a la forastera y ésta, herida en su orgullo, amenazó con no darle ni un céntimo más.
Han pasado los años y la joven mujer ya no es tan joven, ni la forastera tan agradable ni tranquilizadora. Pero ambas mujeres siguen enfrascadas en su, al parecer, inacabable discusión. Una y otra, aunque se saludan, se miran con recelo y como si fuese ya una tradición, de vez en cuando entablan la tan manida disputa sobre la financiación. Sabiendo las dos, como sabemos los demás, que mientras hablen lenguas diferentes, y no precisamente idiomáticas, no llegarán a ninguna parte.
Y todo porque la hada madrina, es decir la forastera, no tiene varita mágica. Se rumorea que su antecesora, convertida en bruja bigotuda, la empeñó por una foto con un supuesto príncipe de lejanas tierras que resultó ser un sapo encantado. Desde entonces la forastera tiene serias dificultades para cumplir las promesas que hace cada vez que necesita que la voten para hada madrina.
Y, colorín colorado este cuento, de momento, no se ha terminado… o quizá sí, ves a saber.
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Entre flemas y gargajos
Ese día su eminencia se levantó algo más temprano que de costumbre y lo hizo con mal sabor de boca, más mal de lo habitual. Tenía la lengua pastosa y la garganta que parecía obstruida. Como si tuviese pegado a ella un gargajo descomunal que se resistía a salir. Y mira que intentó expulsarlo, pero no hubo manera. Hizo gárgaras con bicarbonato, bebió agua caliente y expectoró con tanta fuerza que le dolió el pecho, el corazón sin embargo ni se inmutó. Pero el viscoso moco siguió ahí pegado perturbando la contemplativa vida de monseñor.
Embutido en su pijama de seda carmesí, se miró al espejo del cuarto de baño y vio su cara ajada. Las arrugas parecían surcos de arado en tierra reseca. La nariz, ya de por sí pronunciada, un pimiento morrón. Las ojeras ensombrecían su maléfica mirada aún más. Sus labios morados, con la comisura reseca y restos de reflujo, daban la sensación de ser los de un muerto que acabase de resucitar. Y entonces se acordó de que su dios resucitó al tercer día y se sintió feliz. Pero duró poco la felicidad, en seguida notó la molesta viscosidad del moco interior y le faltó la respiración. Tras unos minutos de recogimiento y meditación ante el espejo en los que sintió que algo en su vientre se retorcía, volvió a la normalidad. Abrió de nuevo los ojos y se vio ungido por la gracia de su dios.
Su mayordomo le afeitó y ayudó a vestirse y él le comentó que había pasado una mala noche. Había soñado cosas extrañas y con seres más parecidos a demonios que a personas. Después de desayunar y con la molesta mucosidad turbando su bienestar, llamó a su secretario que raudo acudió camino de su despacho. Sentados ambos frente a frente el purpurado relató al lacayo la experiencia tan nefasta que había tenido mientras dormía y en la que convivió con criaturas lascivas enlazadas en posturas indecorosas, mujeres dirigiendo ministerios, parlamentos democráticos legislando sobre el aborto, maestros impartiendo educación para la ciudadanía, y honorables próceres, fieles seguidores de sus creencias y principios, acusados de corrupción por fiscales afines a un gobierno socialista y demoníaco. Al relato del jefe se sumó la imaginación del secretario convirtiendo las atrocidades soñadas en la señal inequívoca de la decadencia del mundo. Y allí, petrificados como gárgolas catedralicias, ambos dos se erigieron, entre flemas y gargajos, en salvadores de la humanidad.
Ese día, el monseñor, a pesar de no encontrarse muy católico, acudió a dar una conferencia. La sala estaba a rebosar de personas ansiosas de oír su mensaje. El purpurado, como si estuviera en el pulpito de su catedral, abrió los brazos y, como un autómata, inició su discurso: «El crimen del aborto ensombrece desde siempre la historia de la humanidad…» El conferenciante, a medida que hablaba, sentía que su estado de ánimo mejoraba. «Lo que reduce la democracia a mero mecanismo empírico de regulación de intereses… y la convierte así en una palabra vacía cuando la regulación de los intereses se produce en beneficio de los más fuertes, (un gobierno socialista) con capacidad para maniobrar no sólo las palancas del poder, sino incluso la formación del consenso (formación para la ciudadanía)».
Finalizado el discurso se sintió recuperado del todo. Por fin había conseguido expulsar de su interior el molesto moco que desde bien temprano amenazaba con ahogarlo. Orgulloso y feliz se sintió un paso más cerca de la gloria eterna y, agradecido, dedicó una beatífica, y no por ello menos falsa, sonrisa a los presentes que, impregnados por el viscoso gargajo surgido de su boca mortecina, le aplaudían.
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Y sin embargo, pasados los años, uno siente que aquello fue real
El viento frío de marzo queda atrás. Abril llega y con él las golondrinas –aviones las llamábamos porque con su vuelo rasante recorrían las calles de punta a punta– para anidar en ventanas y, colándose por una ventana abierta, junto a las vigas de madera de aquellos techos de caña y hojas de adelfa. Aún es Cuaresma, los viernes prohibido comer carne, lo dice la Santa Madre Iglesia, excepto para los que tienen gula papal. Es decir: los ricos. Ellos, como siempre, están exentos de las obligaciones que rigen para los demás.
En la vega, las parras siguen a lo suyo, los tallos verdes y tiernos crecen enrollándose en el alambrao. Los pámpanos cubren de verde la vega y las pegajosas crecen y se arremolinan convirtiendo los paratos en pequeñas selvas que hay que segar, desagradable tarea que sin embargo no se puede ignorar.
Y en esto que llega la Semana Santa con sus oficios, que no misas, de Jueves y Viernes Santo. Letanías de dolor, vía crucis en silencio y el monumento en el altar mayor. Colchas doradas, bandejas plateadas, cirios, ¡muchos cirios!, y silencio. Es lo que hay en la iglesia de Santa Maria la Mayor. Patrona de Padules, donde sucede todo esto. Y los niños que no podemos jugar en la calle, ni gritar ni decir palabrotas, esto menos aún. Tampoco correr, excepto para tocar la matraca –una pala de madera con un engarce de metal– para convocar a los fieles a los santos oficios porque las campanas tampoco se pueden tocar. La procesión de Jueves Santo con la Virgen cubierta por el manto negro y los cuchillos clavados en el corazón, siguiendo al crucificao y con ellos, los fieles. Hombres y, sobre todo, mujeres, portando, una vez más, el velo negro sobre sus cabezas y el cirio en la mano, en silencio acompañando el duelo. Y para comer potaje de Semana Santa, con garbanzos, bacalao, tomate seco y los famosos papajotes, y también tortilla de bacalao. Y de cena, buñuelos con chocolate, en familia o con amigos, es la única celebración permitida.
Pero lo mejor llega el sábado por la noche. Cuando, acabado el rito pascual, repican las campanas anunciando que el duelo acabó y ya se puede jugar, reír, chillar, correr y, sobre todo, divertirse. Y eso hacemos, durante toda la noche, preparando la plaza para celebrar al día siguiente el resucitaillo. Con plantas y macetas, cachivaches viejos y nuevos, y todo lo que se puede coger, a escondidas, de las casas, se adorna la plaza. Para que al amanecer del domingo de resurrección, la última procesión saque por las calles a la Virgen, ahora con manto blanco, y al niño Jesús, con un buñuelo en una mano y un racimo de uvas en la otra, y tras el recorrido habitual al llegar a la plaza se encuentren madre e hijo escenificando, dicen, una leyenda bíblica. Ese día todo es fiesta y alegría. Y las mujeres reconocen sorprendidas sus macetas adornando la plaza. Y se preguntan como han llegado allí. Algunas incluso ven sillas, y otros objetos, sacados no saben cómo de sus casas. Como los sillones de tiras de plástico verde –estilo Pop Art– que doña Rosarito, maestra de párvulos, tenía en su terraza y, aquella mañana, los ve en la plaza, ocupados por unos grotescos muñecos de ropa hechos con trajes y vestidos viejos. Son los tarascos que desde los balcones de las casas dan la bienvenida a la fiesta. Ese día la alegría se desparrama por todo el pueblo anunciando la llegada de la luz después de la oscuridad cuaresmal.
Ritos paganos cohabitan con ritos religiosos, mezcla de creencias y divergencias que sin embargo, y a pesar de ser opuestas, conviven enriqueciendo las mentes de las gentes haciéndolas más abiertas y permisivas.
Son recuerdos de tiempos pasados. De niñez, de adolescencia, y de temprana juventud. Vividos con la inocencia de quien creía estar en el mejor lugar del mundo, cuando, en realidad, sólo estaba en el lugar que le tocó en suerte estar por haber nacido allí. Después, la vida pone las cosas en su sitio y, aquello que uno creía era lo mejor, deja de serlo y aparece ante él, con toda la crudeza que la vida es capaz de proporcionar, la dura realidad. Es entonces cuando caen héroes y villanos dejando tras de sí el desolado paisaje de una batalla sin sentido que, aún hoy, no alcanza a comprender.
Y sin embargo, pasados los años, uno siente que sí, que aquello fue real y, además, lo mejor que le pudo pasar.
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Ella no era esa

Un día dijo: Yo no soy esa. Dijo que no era la que pensaban que era o la que querían los demás que fuera. Y lo dijo con bellas palabras, recitando, susurrando, cantando. Pero lo dijo claro y alto.
Los que no quisieron escuchar, la ignoraron, la difamaron y la quisieron silenciar.
Los otros, los que no sólo la escucharon sino que entendieron lo que decía, oyeron en silencio y lloraron con ella.
Luego, tiempo después, una estrella cayó en su jardín y volvió a ser feliz y, con ella, también lo fuimos los demás.
Pasaron los días, los años y aquella estrella se fue apagando. Nada supimos excepto que seguía sin ser "esa".
Hoy hemos vuelto a saber de ella, hemos sabido que Mari Trini ha muerto.
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La fugaz presencia de un recuerdo

Tuvo la sensación de haber estado antes en ese lugar. No era una certeza, pero algo le decía que no era la primera vez que estaba allí. Después, la sensación fue de haber vivido esa misma situación. Ya no estaba tan seguro de que el lugar fuera el mismo que la otra, u otras, veces, pero sí podía asegurar que esas circunstancias, quizá en un escenario diferente, ya las había vivido.
La maquinaria de su mente se puso en marcha en busca de esos otros momentos en que pudo estar en esa misma situación. Su vida había sido especialmente intensa y variada, por eso no sería fácil llegar al momento justo en que vivió lo que ahora vivía. Los recuerdos pasaban ante él a velocidad de vértigo. Mezclándose atropelladamente unos con otros formando un caos difícil de aclarar. Pero necesitaba saber en qué otro momento estuvo en una situación parecida, si no idéntica. Y, aunque al recordar algunos, sintió cierta nostalgia e incluso necesidad de pararse en ellos para revivir momentos felices, lo apremiante de la situación le obligaba a renunciar y seguir la búsqueda en aquel mar de acontecimientos olvidados.
Paradójicamente el ejercicio de recordar le hizo olvidar por unos instantes el motivo del recuerdo y, durante esos instantes, esbozó una sonrisa que dio a su cara la imagen bobalicona de alguien que era feliz. Fue en ese momento cuando tuvo conciencia de que lo que buscaba era precisamente ese instante, un instante de felicidad que sin duda había vivido, no una sino infinidad de veces, a lo largo de su vida.
Tenía razón al sentir esa sensación. Había vivió ese momento, en entornos y por razones diferentes, pero la sensación de felicidad era siempre la misma. No cambiaba ni siquiera con el paso de los años. Si acaso, cada vez resultaba más leve su duración y más largo el tiempo en experimentarla.
Cuando de forma perceptible y clara reconocemos una situación por algo que escuchamos, vemos o hacemos, solemos decir que hemos vivido antes ese momento. Es un instante en que nuestra memoria identifica lo que está ocurriendo con algo que ya ocurrió y experimentamos esa extraña sensación de haber vivido lo que estamos viviendo.
Sentado junto a la ventana de su habitación, el hombre sintió esa sensación cuando la mano de la joven acarició su cara. Una bobalicona sonrisa apareció entonces en su rostro cansado haciéndolo resplandecer. Fue el instante en que la fugaz presencia de un recuerdo lo hizo feliz. Después, todo volvió a la normalidad.
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Ascuas y pavesas. Caballones y balates

Frío, sabañones, el silbido del viento al rozar los cables de la luz, largas noches frente a la lumbre, mirando ascuas y pavesas. El brasero bajo la mesa, oyendo historias pasadas y presentes, de gentes cercanas y distantes. Leyendo a la luz del candil, escribiendo una carta a la hermana lejana, el niño haciendo los deberes. El susurro de la lluvia sobre la launa del terrao, las calles desiertas, el silencio sobrecogedor roto por el relincho de un burro, el ladrido de un perro, o el llanto de un niño. Las gentes en sus casas, las puertas atrancás, el frío cada vez más frío. Eran las noches de invierno en Padules. Pasadas en familia, hablando, escuchando, riendo o llorando. En la cama, aguantando el peso de las mantas, acurrucado entre las sábanas para entrar en calor. Dormido oyendo la lluvia caer, el viento soplar, o la radio del vecino susurrar. Eran otros tiempos, ¡pero que tiempos!
Las parras hibernando, era el tiempo de coger la aceituna. Las extensas telas bajo el olivo, dispuestas y extendidas para acoger las olivas. Cañas y varas preparadas, los hombres a sacudir las ramas, las mujeres a recoger el fruto. Olivo tras olivo todos recibían su manta de palos, suaves, certeros, lo justo para que la verde aceituna cayera sobre la alfombra de tela puesta a los pies del árbol.
Y en febrero, ¡el carnaval! Comparsas y disfraces, máscaras y coplas, alegría, diversión y el baile de La Piñata. Bailando al son de “Mi limón, mi limonero entero me gusta más…”. Pasodoble va y pasodoble viene, algún vals, baile suelto y agarrao. Las parejas que pasan bajo la piñata, intentando coger las cintas de colores. «La roja, no la azul, la verde mejor, para mi la amarilla…», dicen entre carcajadas. Y a seguir rodando el almacén. Alrededor del escenario donde la orquesta desgrana, una tras otra y sin orden, ahora una moderna, ahora un pasodoble, luego un rock y a continuación un twis. Y las parejas de bailongueros, ¡mira que les gusta el baile a los paulecos!, sin perder el ritmo, girando como un tiovivo, vuelta tras vuelta hasta el amanecer.
Y ellas allí, impertérritas haciendo su función. Expectantes y ojo avizor a cualquier movimiento e incansables, soportando y aguantando hasta el final. Me refiero a las vigilantas de la pista, calificativo que me acabo de inventar para referirme a las madres, tías y abuelas que vigilaban estrechamente a sus hijas, sobrinas o nietas. Para que, si bailaban con el novio, no se propasaran, y si no tenían novio, controlar las veces que bailaban con uno u otro. Porque cuando una mocica bailaba toda la noche, o gran parte de ella, con el mismo mocico quería decir que entre ellos había algo más que amistad y entonces, las madres, tías o abuelas tenían que intervenir, bien para atajar los rumores de noviazgo o para mantener las formas antes de que se hiciera oficial. Las vigilantas eran fácilmente reconocibles porque aguantaban toda la noche sentadas en las sillas pegadas a la pared para no molestar a los bailarines, aguantando sobre su falda los abrigos de las que bailaban. A medida que avanzaba la noche, se las veía allí sentadas, cubiertas de abrigos, rojas de calor, dando cabezazos para evitar dormirse. Pero en vez de irse a casa, ellas allí, aguantando hasta el final, sacrificándose para mantener a salvo la decencia de hijas, sobrinas y nietas. Ellas eran las grandes veladoras de la decencia, sin ellas nada habría sido igual.
Las parras podadas, los sarmientos recogidos, la tierra descansada, era hora de labrar. Remover la tierra de bancales y paratos, arreglar balates y hacer caballones. Arreglar acequias, apuntalar parras y estirar alambraos. Todo a punto para que las parras empezaran de nuevo a brotar. Se iniciaba otra vez el ciclo de la uva.
Marzo ventoso, San José, fiesta grande, arroz con pollo para comer. Se empieza el primer salchichón, longanizas y chorizos, jamones y tocinos, colgados en las cañas de la cámara, oreándose y secándose.
Las habas crecidas ya se pueden comer, solas o acompañadas. Con tocino o bacalao, crudo o asado, en la lumbre, ¡como debe ser! Y con las migas, vaya festín. Los días pasan y el invierno se acaba. La primavera llega, la vega se enverdece y los almendros florecen. Y las parras, otra vez ellas, siempre presentes, como si fueran, ¡que lo son!, las reinas del lugar, empiezan a brotar. Es Cuaresma pero no importa, pronto llegará el Domingo de Resurrección y con él, como no, el Resucitaillo. Pero de eso ya hablaré en otra ocasión.
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El insoportable peso de la soledad (continuación)
El
A través del cristal la vio alejarse cuando en realidad era él quien lo hacía. La vio allí sentada, mirando el autobús con la vista perdida, y de pronto tuvo el presentimiento que posiblemente sería la última vez que la veía. Cuando el autobús giró la esquina y enfiló la calle que lo sacaría de la ciudad, miró hacia delante como quien mira un futuro incierto. En ese instante el presentimiento fue certeza, supo que no la volvería a ver más y se sintió incomodo. No quería perderla, pero tampoco aceptar la evidencia de que llegado un punto las cosas no pueden ser simplemente porque sí. Ella le había pedido algo que él era incapaz de dar, o quizás sólo era que no lo quería dar. El no saber qué hacer le llevó a tomar la decisión que, en esos momentos en que dejaba atrás todo lo bueno vivido con ella, dudaba que fuera la acertada. Sentado en el asiento trasero de un autobús con destino incierto, repasaba un pasado recién iniciado y con la respiración entrecortada lloró para sí por lo que de irrepetible tenía lo que ese día acababa.
La conoció un día, se enamoró al siguiente y la deseó, creyó él, para siempre. Pero no todo es como a uno le parece que puede ser y cuando ella le preguntó si la amaba, porque amar no es lo mismo que desear, él no supo responder. Tuvieron tiempo, no había prisa, ella fue paciente, pero él siguió sin saber. A ella no le importó, incluso por un tiempo se olvidó. Pero él, lejos de aprender, siguió sin saber. Al final las cosas resultan que no son lo que parecen y la débil cuerda que las mantiene unidas se rompe y aquel día a él se le rompió sin ni siquiera saber qué ni por qué.
El recuerdo de la despedida le supo a derrota y de pronto se sintió solo, enormemente solo y desamparado. Sin saber cómo, empezó a comprender y ese comprender le llevo a saber. Sentado en el último asiento de un autobús con destino incierto, repasaba lo vivido y en ese repasar descubrió lo que entonces dijo no saber. Sintió frío, se recostó en el asiento y en su soledad lloró por no haber sabido decir que sí la amaba.
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El insoportable peso de la soledad
Ella
Se quedó sentada en el banco mirando como el autobús iniciaba la marcha. Sabía que tal vez, casi con toda seguridad, no lo volvería a ver más y sintió el insoportable peso de la soledad posarse sobre ella. El autobús giró al llegar a la esquina perdiéndose de vista y ella siguió allí sentada mirando el espacio vacío de la calle que a esa hora de la mañana, cuando el alba se adueña de todo, parecía más una ensoñación. Su vista se quedó fijada en las luces cambiantes del semáforo y como una autómata fue nombrando los colores conforme pasaban: verde, naranja, rojo, verde… y así estuvo hasta que una ráfaga de aire frío la hizo estremecer. Como si esperase a alguien se miró el reloj, marcaba las siete menos diez, y tuvo la sensación de llevar allí sentada una eternidad. «Cinco minutos, sólo han pasado cinco minutos y ya te añoro», murmuró para sí mirando la lejanía donde los discos seguían su monótono cambio de un color al siguiente controlando un trafico que aumentaba conforme pasaba el tiempo.
La soledad fue lo único que encontró al volver a casa. Toda ella estaba ocupada por esa horrible sensación de estar sola, acompañada únicamente de ella y la ausencia de él que impregnaba cada rincón de una casa que ahora se le hacía demasiado grande para ella sola. Su vida pasó de repente a ser un recuerdo. Todo lo que tenía era un puñado de vivencias compartidas, que ni siquiera podía compartir con quien las había vivido porque su marcha había roto esa posibilidad. Acompañada de su soledad, la joven recorrió estancia tras estancia aspirando con largos sorbos los restos de su fragancia que, como marcas indelebles de un pasado apenas iniciado, aún flotaba en el ambiente.
Se fue como vino, como un suspiro, y esos instantes que duró, fueron lo mejor que podía pasarle. Aquella mañana, en la soledad de sí misma, supo que jamás nadie volvería a dejarle marcado el corazón. Aquella mañana lloró, no por la soledad, que al fin y al cabo era vieja compañera, sino por lo que vivió junto a él. Por esos días, horas o minutos que, en silencio, ambos se fundieron en una sola cosa.
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Un juez, un sastre y los trajes de un político que pasaba por allí
«Unos trajes no son nada», debió pensar el político cuando alguien de su partido le advirtió que un juez estaba investigando ciertas anomalías contables relacionadas con empresas de viejos amigos. Porque si no, no se entiende que siguiera tan fresco con lo que estaba haciendo. El político aludido, que era también presidente de una importante cofradía folclórica de su ciudad, no dio mayor importancia al hecho y continuó con su vida de dedicación a los demás, como gustaba de pregonar. Sin embargo, aunque al principio el aviso no le quitó el sueño, si creó en él cierta desazón y por las noches, en la soledad de su dormitorio, mientras su esposa dormía a pierna suelta, él de desvelaba. Su mente no paraba de dar vueltas a cosas que en realidad no le preocupaban, pero que sin embargo conseguían distraerle y, cada vez con más frecuencia, empezó a pasar las noches en blanco. Al principio no lo relacionó con los trajes. ¿Cómo iban unos cuantos trajes, unos chalecos y algún frac, regalados, a quitarle el sueño a un hombre de su categoría? «Ni pensarlo, mis preocupaciones son mucho más importantes», pensaba en la oscuridad de la noche mientras intentaba conciliar el sueño. Cosa arto difícil, y no sólo por los pensamientos que le aturdían, su señora esposa acompañaba su desazón con una banda sonora ronqueril de película.
El tema de los trajes, que al parecer fueron pagados por el testaferro de una de las empresas investigadas, era tema recurrente entre sus opositores. Más que nada para desgastarle de cara a las siguientes elecciones. De hecho, a ellos tanto les daba quién hubiese pagado los dichosos trajes, pues el que más y el que menos había recibido regalos bajo mano. Por eso, al presidente cofrade, le venía al fresco lo que dijeran los de la oposición. Lo que ya no le iba tan al fresco era quién llevaba la investigación. Un juez de los llamados estrella que, cuando tenía un caso de supuesta corrupción política entre manos, no había dios que lo parara. Eso era lo que de verdad preocupaba en el partido del presidente cofrade, que la tozudez del juez acabara por destapar lo verdaderamente importante.
Entre tanto llegaron las fiestas de la ciudad y durante la presentación del cartel taurino, el presidente cofrade, tuvo un amago de infarto al ver, impreso en él, el nombre del sastre que le había hecho los famosos trajes. Pero en realidad no era él, pues resulta que –cosas de la vida– el sastre se llamaba igual que uno de los toreros. El presidente cofrade debió ver en aquella coincidencia un aviso divino porque en seguida, y con la mosca detrás de la oreja, se puso a llamar por teléfono al susodicho sastre sin que este le respondiera, porque en esos momentos prestaba declaración ante el juez.
Los sustos no terminaron ahí. Días después, el periódico que había destapado el asunto de la corrupción, publicó una entrevista con el sastre en cuestión donde decía bien claro que los trajes del presidente cofrade los había pagado, en efectivo y con billetes de 500 Euros, una de las empresas investigadas por corrupción. Para colmo, ese mismo día, el torero de mismo nombre que el sastre toreó en la ciudad y consiguió un clamoroso éxito al estoquear, de forma magistral, a los dos toros que le tocó lidiar. Lo que dio pie a que muchos hicieran las consabidas comparaciones con la estocada que supuestamente había dado el sastre al presidente cofrade con sus declaraciones.
El presidente cofrade, hombre de talla y honor, siguió su vida dedicada al gentío. Rodeado y apoyado por los suyos hizo oídos sordos a quienes les exigían probar que los trajes los había pagado él y amenazó con querellas a diestro y siniestro contra quienes mancillaran su honorabilidad. Incluso el jefe de partido se desplazó a su ciudad para, junto con la anfitriona alcaldesa, abrazarse y saltar de alegría en el balcón del ayuntamiento al ritmo de la gran mascletá.
El sastre, que se limitó a tomar medidas y hacer los trajes, fue despedido y es acusado, por su antiguo jefe, de hacer facturas falsas y estafar a la sastrería. El juez continúa con la investigación de la trama corrupta. Los líderes del partido lanzan acusaciones de persecución manifiesta contra el juez. El torero, ajeno a todo, sigue toreando. Y el presidente cofrade luce lozano y dicharachero seguro como está que los suyos le sacarán del atolladero.
Es la historia, inacabada porque hay historia para rato, de un juez, un sastre y, sin comerlo ni beberlo, un torero llamado igual que el sastre. ¡Ah!, y de los trajes de un político que, inocente él, pasaba por allí.
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El inesperado efecto reflejo
Abrió los ojos y tuvo que cerrarlos de inmediato. Durante unos interminables segundos permaneció en la más absoluta oscuridad, disfrutando de las caprichosas imágenes que, como volutas de humo teñidas de violetas, rojos y azules, flotaban ante él. Mantuvo los ojos cerrados siguiendo, no sabe si con la vista o la mente, la lenta evolución de las luminiscencias producidas por el deslumbramiento de sus ojos ante el suave sol de una primavera en ciernes.
El niño, como si formara parte de ella, se dejó llevar por la espectral visión e inició un viaje por el oscuro espacio atemporal que se extendía ante él con la única limitación de su propia imaginación. Vio formas amorfas que no supo identificar, que se contraían hasta casi desaparecer para después volver a emerger expandiéndose, dibujando curvas sinuosas de brillantes colores que parecían dialogar entre ellas, emitiendo débiles sonidos que le recordaron el suave roce del arco en las cuerdas del violín. La oscuridad de la nada abarcaba todo el espacio hasta donde sus ojos podían ver y se sentía dueño de aquel mundo. Porque en definitiva era su mundo, el que él había creado con sólo abrir los ojos a los rayos del sol.
Aquella mañana, apartado de todo y de todos, el niño se sentía feliz. Disfrutaba de su personal mundo, fantástico universo donde nadie más podía entrar. Estirado sobre la todavía húmeda hierba del jardín, su rostro irradiaba felicidad. La sonrisa transparente dibujada en sus labios mostraba a un niño muy diferente del que se escondía tras esa apariencia de normalidad.
Él no lo sabía, pero en su interior esperaba latente su peor enemigo. Decía estar arto de una vida horrible y de soportar el desprecio de los demás, de callar y aguantar su no adaptación al medio, hostil según él, en el que le había tocado vivir. Pero todo tiene un límite. Y ese día, sumergido en un mundo irreal en el que él era dueño y señor, creyó llegado el momento de ajustar cuentas.
Al abrir los ojos por segunda vez ya no había sol que lo deslumbrara. De pronto se vio ante la cruda realidad. Ante él había cosas tangibles, casas, árboles y personas. El niño no supo aceptar esa realidad y pasó lo que pasó.
El resto es arto conocido. Una pistola demasiado cerca, un antiguo colegio, el niño que aprieta el gatillo y varios compañeros y profesores asesinados. La huida entre disparos y más muertes. La policía que cerca al asesino y, por último, la única escapatoria posible. Sumergirse definitivamente y para siempre en el onírico mundo de desasosegante infinito. Sólo que, en esta ocasión, no encuentra imágenes coloreadas que hablan entre ellas, ni suaves sonidos de violín. Esta vez, simplemente, se encuentra con la muerte.
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La reunión
Como siempre, los asistentes no fueron todo lo puntuales que cabía esperar. Llegaron a la sala por orden, digamos que, de auto importancia. Es decir, aquellos que se consideran más ocupados que nadie, más responsables y por tanto con menos tiempo que los demás y con ello más importantes, aparecieron –aparecen indiscutiblemente siempre– los últimos. Lo que les obligó a pedir disculpas. Siempre lo hacen, es como si eso les diera más caché, más categoría y un aura de clase superior. Se disculpan por llegar unos minutos tarde, cuando la reunión ya ha empezado. E interrumpen al que tiene el uso de la palabra que calla y espera hasta que se aposentan y exponen sus cansinas excusas. Así son ellos, normalmente gente sin complejos que siempre van unos escalones por encima de su posición real, lo que los hace intratables e insoportables. Son los llamados “masterizados” porque generalmente tienen, o dicen que tienen, uno o varios Master. En qué, es lo de menos.
El orador interrumpido retomó la palabra y siguió con su exposición sobre el desarrollo de tal o cual proyecto. Sabía de lo que hablaba y conocía perfectamente la situación. Los datos que mostraba los tenía más que estudiados así como, el origen de los mismos. Pasaba las transparencias con aquel ritmo que sólo quien conoce su contenido es capaz de dar a la presentación, que resultaba amena a la vez que pedagógica. Los asistentes prestaban atención dejándose llevar por el mar de cifras, datos y teorías que el orador desplegaba con una musicalidad vocal digna de escuchar. Sin embargo, para un buen observador, fue fácil detectar el nerviosismo que, en un momento dado, empezó a invadir al orador. La firmeza de su exposición empezó a dar muestras de flaqueza. La turbación fue cada vez más evidente. Se le veía como perdido ante un auditorio, por otra parte conocido y por tanto controlable, y su voz empezó a perder la armonía haciendo que el discurso iniciara el inevitable declive hacia el aburrimiento.
El observador presintió que algo influía negativamente en el experimentado orador haciéndole perder el control. La incomodidad que le produjo la repentina pérdida de ritmo de su compañero, le llevó a dar un vistazo a los presentes y descubrir qué era lo que provocaba el justificado aturdimiento del que, con suma profesionalidad, exponía a los demás su trabajo.
Como he dicho antes, los asistentes a la reunión prestaban atención a lo que su compañero explicaba. Pero, como ocurre siempre, no todos estaban interesados en lo que decía y por ello no mostraban el mismo interés. Y en este punto he de retomar el tema de los auto importantes –satisfechos, recuerdo que decía mi suegra, excelente mujer por cierto–. Son personas con una carga excesiva de complacencia y confianza, se creen mejores que los demás y más listos y preparados que nadie. Por lo general, desprecian a todos, pero sobre todo a los que consideran inferiores y, para esa consideración, barajan diferentes baremos, ha saber: La diferencia de edad, consideran unos viejos atrasados a los que le superan unos diez años. Estudios universitarios, para ellos, analfabeto es no tener una licenciatura. Y, por supuesto, tener en el currículo al menos un Master, esto ya es la repera. Suelen ser insultantemente prepotentes y lo demuestran sin ningún tipo de prejuicio ignorando lo que hacen o dicen los demás. Pero lo que los delata de verdad es su habilidad para medrar y estar siempre a menos de tres metros del jefe de turno, así como su facilidad para desviar su “chaqueteril” pleitesía hacia el nuevo, cuando se lo cambian.
Allí estaban los que habían llegado tarde, enfrascados en sus portátiles, como si no hubiese nadie más en la reunión. Ajenos a los demás, ellos seguían respondiendo sus correos o paseándose por Internet –la mayoría de las veces eso es lo que hacen– haciendo ver que estaban tan ocupados que ni atención podían prestar en la reunión. Además no suelen estar allí quietos y callados como si no estuvieran, ¡no! Es que encima molestan. Porque, cuando les rota, interrumpen pidiendo al que está al otro lado de la mesa que le enchufen el cable de la toma de corriente porque se agota la batería, o molestan a todos levantándose para buscar un cable de red para conectar el portátil, o, y esto parece ser norma obligada, reciben una llamada al móvil que, evidentemente, se han olvidado de poner en modo silencio –disculpas otra vez–. Fue esa actitud la que distrajo al orador, fueron ellos los que hicieron que su excelente trabajo quedara relegado a mera fanfarria que al final a nadie interesó.
Pero eso sí, cuando su compañero dio por finalizada la presentación e iniciaron el debate, los “masterizados”, cuestionaron todo lo hecho por él. ¡Ellos son así! Pero en el fondo, buena gente.
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Corrupción, un cuento con fuerte olor a putrefacto
Al abrir la trampilla, el niño sintió un fuerte olor a putrefacto que de inmediato inundó la ya de por sí cargada estancia. Su cara reflejaba el malestar que el desagradable tufo le provocaba y su rostro arrugado, como queriendo evitar que los efluvios de aquel lugar penetraran por los orificios de su ser, le daba un aire de pequeño monstruo a punto de lanzar uno de sus mortales ataques. Ofuscado por el desagradable olor, lanzó un grito, más de asco que de terror, y soltó la trampilla. El estruendo de la plancha metálica al caer sobre el hueco de la fosa retumbó en todo el recinto, la débil luz de la bombilla solitaria que colgaba del techo parpadeó y las ratas, que habían hecho un alto en su quehacer diario para contemplar la actividad del pelirrojo enano que se había atrevido a invadir su territorio, se escabulleron por entre los muebles viejos y cajas abandonadas tan rápido como pudieron.
El silencio siguió al estruendo y el niño quedó paralizado mirando, con ojos abiertos como platos, la trampilla cerrada. Intentaba imaginar qué podría haber bajo ella para desprender aquella pestilente fetidez. La poca luz que se filtraba por la puerta abierta caía desparramándose por la escalera de cemento hasta los pies del enano visitante del sótano. Quiso llamar a su madre, pero no lo hizo, consciente quizá de que no lo oiría, pues sabía que no estaba en casa. El niño, pasada la primera impresión y una vez tranquilizado, dirigió su atención a otro lugar, quería cerciorarse de que allí no había nadie más. Una sonrisa se dibujó en su rostro al percatarse de la presencia de un viejo amigo, más viejo que amigo –como diría mi estimada amiga Marian– que, desde la atalaya de una balda de madera sujeta a la pared, lo miraba con atención y no menos perplejidad. Se trataba de Colás, el oso de peluche amigo y compañero de los primeros años de vida. Con él pasó días inolvidables aunque su memoria no alcanzara para recordar todo lo vivido. El oso, regalo de su padrino, era de un tamaño considerable, mullido y, aunque en ese momento no lo pareciese por lo viejo y sucio que estaba, de un llamativo color blanco como la nieve. Sus ojos negros como el azabache miraban al niño con cierto desconsuelo, no porque estuviese triste, que un peluche no puede estarlo, sino porque uno de sus ojos colgaba medio desprendido del hilo que lo sujetaba dándole un aire de tuerto desvalido. El niño se acercó a la pared e intentó cogerlo, pero su baja estatura le impidió alcanzarlo. Acercó una silla vieja llena de telarañas que estaba amontonada junto a otros muebles, se subió en ella y, estirándose, consiguió alcanzar a su viejo amigo.
Un nuevo estruendo alertó a ratas y cucarachas que, ante la avalancha de trastos viejos que de pronto se precipitó sobre ellas, corrieron despavoridas a refugiarse en agujeros y rateras. Esta vez el niño pelirrojo sí gritó al verse sorprendido por una caída, si no prevista, sí anunciada desde el instante en que decidió subirse a una silla vieja para coger a su amigo Colás. Tirado en el suelo, entre cajas, latas, botes de conserva y botellas polvorientas, el niño lanzó lamentos y gruñidos y buscó entre la polvareda al causante de la caída, sin ser consciente que allí el único causante del estropicio era él. Colás, tumbado de costado a unos metros de él, lo medio miraba, como debe mirar quien acaba de perder un ojo, dedicándole una sarcástica mueca que el niño no supo interpretar.
En el cuarto de baño, pasado el susto y ante su imagen reflejada en el espejo, el pelirrojo niño fue consciente, al ver el estado en que estaba, de hasta donde habían llegado los efectos colaterales de su incursión en el submundo del sótano. Con el pelo, cara y cuerpo pringado de tomate en conserva, mermeladas de diferentes colores y sabores, y chorreras de pinturas multicolores, se miraba y no se reconocía buscando desesperadamente la excusa a dar a su madre cuando, de vuelta en casa, le preguntara qué había pasado.
Lavado y vestido, el niño pelirrojo abrió de nuevo la puerta del sótano. La pálida luz de la cocina se deslizó en silencio escaleras abajo creando una penumbra que dio al lugar un ambiente cuanto menos inquietante. Desde el quicio de la puerta, el niño miró la trampilla cerrada al final de la escalera, tuvo la sensación de oler de nuevo aquel repelente olor y, aunque sus ansias de saber más le empujaban a averiguar qué guardaba en su interior, el sentido común logró imponerse. Cerró la puerta y se fue a jugar con los amigos.
Fue con ellos que se enteró de que los mayores esconden aquello que no quieren que nadie sepa en un pozo profundo donde nadie puede entrar. Y cuando alguien, por la razón que sea, lo abre, salen a la luz cosas pestilentes y horribles que más vale no conocer. Sin saber porque, el niño pelirrojo se acordó entonces de lo que oyó la noche antes en la televisión, cuando dieron la noticia de los casos de corrupción política que sacudían al país.
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Curioso personaje, este del PP

«Una imagen vale más que mil palabras», dice el refranero popular. Mirando esta foto no se necesitan palabras para tener una idea, más que aproximada, exacta, del personaje en cuestión. Esa mirada, que no lo es porque jamás se ve, siempre escondida tras los cristales oscuros de unas gafas de sol, seña de identidad de los siniestros personajes del viejo régimen, es sospechosamente turbadora y nos lleva a sospechar la de cosas oscuras que deben ocultar sus retinas. Uno se imagina los ojos vacíos, ausentes de vida, secos, unos ojos donde jamás hubo lágrimas. Porque un hombre cuyos sentimientos son directamente proporcional al valor económico de los mismos, es un hombre sin lágrimas, ¡sin sentimientos!
El rostro endurecido, además de por el paso de los años y las inclemencias del tiempo, sobre todo el sol y el salitre Mediterráneo donde tiene su particular feudo, por el despotismo con el que siempre actúa, muestra la crudeza de una vida dedicada a la rapiña de altos vuelos. La caída de los mofletes arrastran consigo la escasa masa muscular de las galtas –no de cerdo– dándole un aspecto más cercano a un perro Buldog que a un delicado miembro de la provinciana alta sociedad levantina a la que pertenece, por méritos propios y linaje familiar, no hay que olvidar que sus antepasados ocuparon el mismo sillón –poltrona sería más acertado– que ocupa ahora él. Frente ancha, despejada, con amplias entradas a ambos lados pero más a derecha que a izquierda por aquello de la identidad nacional, para que nada entorpezca la visión de las siempre deseadas y no menos despojadas propiedades de los demás. Pelo grasiento, el poco que queda, porque con los disgustos que los felones izquierdosos le dan, ni eso le dejan crecer en paz, peinado hacia atrás, al estilo falangista, como le debió enseñar papá. Labios resecos, cuarteados y pálidos que denotan la vileza de las palabras que, una verborrea pasada de rosca, lanzan al aire fanfarroneando de lo hecho. Discursos trasnochados que dejan al descubierto, a la vista de todos, lo que es capaz de hacer, sin atisbo de arrepentimiento ni remordimiento, chuleando como hicieron antes que él sus antepasados. Raza noble, poderosa y caciquil la de los… ni nombrarlos quiero para no mancharme la boca.
Corbata azul con la insigne enseña nacional cruzando la tela en diagonal. «¡A patriota no me gana nadie!» –piensa él–. «Ni a corrupto» –piensan los demás–. Es tramposo convulso, bocazas inherente, dicharachero de mercadillo, amante de sus cosas, sencillo de pensamiento, primario en su comportamiento y cumple lo prometido, amenazas incluidas. En la muñeca izquierda luce Rolex de oro, ganado con el sudor de sus trapisondas, o tal vez regalo de constructores agradecidos. La mano levantada, dedo índice estirado, señalando y ordenando, mostrando la contundencia de su porte. Expresión severa, cejas levemente arqueadas y boca apenas entreabierta, dirige a los presentes una de sus arengas: «bla, bla, bla» y más «bla, bla, bla». Agradecido con los que le adulan, ni recuerda cuántos de ellos ha colocado. Lo dijo un día, es la aceptación pública de lo que ha mangoneado desde la institución que preside. De eso se le acusa y de mucho más, de los efectos colaterales que le han enriquecido.
Personaje singular, investigado por jueces y fiscales, protegido por los de su partido que, acojonados por si canta lo que sabe, ponen su honor a sus pies. Seguro como está que lo quemado difícilmente se volverá a chamuscar, él sí pondría la mano en el fuego por los implicados en los casos de corrupción de su partido. Conservado en terciopelo azulado, adorado por los beneficiarios de su “desinteresada” humanidad, cual brazo incorrupto de Santa Teresa en el sacrosanto dormitorio de El Pardo, este personaje sobrevive a las tumultuosas sacudidas de la vida pública sin perder la ocasión de sacar provecho. Podría ser el retrato robot del perfecto mafioso, de no ser porque… Curioso personaje… el de la foto.
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Evolución, Darwin tenía razón

La tortuga miró desconcertada al hombre que a su vez la miraba a ella. Detuvo su lento andar y, estirando el cuello, alzó su cabeza para verlo mejor. El hombre arrugó el entrecejo y encogiendo la boca mostró una mueca de desaprobación, señal inequívoca de la contrariedad que le producía el tener aquel galápago ante él. La tortuga observó con detenimiento el semblante de fastidio que mostraba la cara del hombre parado ante ella y reconoció en él a un viejo conocido. Pero no le dijo nada, no se dio a conocer porque intuyó que el hombre no estaba preparado para oír a una tortuga hablar, y menos aún de entender su lengua. Pasados unos minutos y al ver que él no decía nada ni se quitaba de en medio, la tortuga decidió reanudar su camino y con la lentitud propia de su hacer empezó a caminar. Dio un ligero rodeo para sortear los pies del hombre que, inmóvil seguía allí mirándola con el entrecejo cada vez más arrugado.
Aunque parezca inverosímil, el hombre también la reconoció. Supo quien era nada mas ver su cara, pero sobre todo, al sentir sobre él su penetrante y escrutadora mirada. En esos minutos que duró el silencioso encuentro se sintió, más que observado, estudiado, como si ese animal, porque después de todo era un animal, le hubiese radiografiado, escaneado sería más exacto. Sin embargo, al igual que ella, se quedó con la duda de si lo habría reconocido. Y, como ella, no se dio a conocer. Pero a diferencia de ella, él no lo hizo porque consideró que, al ser una tortuga y por tanto animal no inteligente, no tenía por qué hacerlo. El hombre del entrecejo arrugado se sintió superior a la tortuga por ser inteligente, cosa que evidentemente, consideraba, que ella no era.
La tortuga siguió su camino sin mirar atrás. Para ella el encuentro con aquel hombre fue algo fortuito, cruzarse con hombres en su camino era algo que sucedía de muy tarde en tarde y por ello no le dio mayor importancia. Él en cambio, se quedó allí parado observando el lento avanzar de la tortuga. La miraba con una mezcla de desconcierto y reproche, como si la culpara de haberse cruzado con él, sin avisar, y haciéndole perder el tiempo. El hombre del entrecejo, ahora ya desarrugado y con las cejas en arco mostrando la perplejidad de quien no cree lo que ve, no pudo evitar dar unos pasos tras la tortuga como si quisiera alcanzarla para entablar conversación, pero en seguida se dio cuenta que eso era imposible, que no podía hablar con un animal no inteligente y desistió de su idea. La miró por última vez y se dio la vuelta para continuar su camino, que, casualidades de la vida, era contrario al de la tortuga.
El presidente Zapatero se quedó mirando a la vicepresidenta de la Vega cuando ésta entró en el despacho. Ella, a su vez, lo miró desconcertada por como la miraba y, por unos instantes, tuvo la extraña sensación de haber vivido antes esa situación. Ni uno ni otra dijo nada, se limitaron, ella a entregarle los papeles que llevaba en la mano y él a cogerlos sin pestañear. Luego, ella abandonó el despacho mientras él intentaba recordar dónde había visto antes a esa mujer.
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De la boda de las vanidades a la Audiencia Nacional
Cual princesa de cuento de hadas, la novia cruzó el patio del Escorial al brazo de su padre. Radiante, camino del altar, la niña avanzó titubeante y algo nerviosa al sentirse observada por los ojos vidriosos de ciertos invitados que, como alimañas prestas a dar la dentellada, se relamían pensando en el pelotazo en ciernes. Con paso acompasado caminó la novia sobre la alfombra cogida del brazo del entonces primer ministro que, constreñido dentro del chaqué, mostró a todos los presentes su poder y les obsequió con una sinuosa sonrisa, bajo el bigote acicalado para la ocasión, tan falsa como él. Los miró con desprecio y diciendo para sus adentros: «Todos aquí y ahora me pertenecéis y venís a rendirme pleitesía» –todos menos los reyes de verdad. Sonrojados por la desmesurada pompa del acto, estaban allí por imperativo de estado–. La respuesta de los presentes fue de sumisión, no tanto por convicción como por los pantagruélicos beneficios que su asistencia les habría de proporcionar. Personajes surgidos de las cloacas, viejos compañeros del novio, nuevos amigos del padrino, colegas de uno y otro, compadres de los amigos, amigos de los amigos, familiares lejanos atraídos por el olor del dinero, políticos del tres al cuarto, empresarios de altos vuelos y bajos fondos, primeros ministros cómplices de guerras inmorales, artistas en declive, esposas glamurosas, vestidos de alta costura, joyas prestadas, zapatos de charol, y gafas de sol. ¡Muchas gafas de sol! Con cristal oscuro, ocultando miradas ansiosa por echar mano al pastel.
Siete años después: la novia, entonces aparente princesa, ejerce de esposa y madre feliz. El padrino, lanza exabruptos por doquier, contando –a quien quiera escuchar– sus desavenencias con la sociedad. El primer ministro italiano –testigo del novio–, anda enfrascado en su particular cruzada contra el derecho de los enfermos a decidir sobre su propia vida. El novio –ahora esposo y padre– hace suculentos negocios y espera su oportunidad para hacerse con el gran circo de la F1. En cuanto a los invitados, muchos de ellos están imputados en la presunta trama de corrupción investigada por la Audiencia Nacional. Se les acusa de tráfico de influencias, estafa, blanqueo de capitales, fraude fiscal y cohecho.
Es lo que queda de aquella vanidosa exhibición de un político vulgar con pretensión de perdurar. Un atajo de vividores que creyeron alcanzar el Olimpo, cuando ni tan sólo consiguieron disimular el pestilente olor que desprendían.
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Como loba acorralada
La señora se da los últimos retoques antes de anunciar la trascendental decisión tomada a rebufo de los acontecimientos que, sin querer –ella dice sin saber–, la han implicado en los innumerables escándalos que asolan a su círculo más cercano. Trata de endulzar el pétreo rostro endurecido a base de horas, días y años ejerciendo, sin el mínimo asomo de remordimiento, su despótica función para la que fue elegida con gran apoyo y algarabía de sus amigos, protegidos, benefactores y, sobre todo, favorecidos. La estirada aristócrata consorte, rodeada de sus fieles escuderos, maquilla su cutis a prueba de bombas fétidas y petardos, y ensaya su cínica sonrisa antes de salir al ruedo para decir aquello de que ella está limpia mientras que los otros, amigos y enemigos, no pueden decir lo mismo. Defiende su inocencia culpando a los demás. Limpia su nombre lanzando mierda sobre los de los demás. Pretende engañar inventado mentiras de los demás. Dice ser pía demonizando a los demás. Pero, al final, no le queda otro remedio que culpar y hacer pagar a uno de los suyos, «honesto e inocente donde los haya» –dice con su acostumbrada mueca de muñeca diabólica–. Pero, al que es necesario sacrificar para que ella pueda seguir siendo la señora en ese mundo rosa e imaginario que se ha creado.
La burlona estadista, máxima autoridad de su comunidad y aspirante a mucho más, se aferra a su poltrona y, como loba acorralada, se defiende acusando a los demás de lo que se le acusa a ella. Sabedora de que quien da primero da dos veces, no duda un instante en adelantarse y golpear a la desesperada sin mirar a quien. Sus espasmódicos zarpazos alcanzan por igual a honorables y vasallos, enemigos y partidarios, superiores y lacayos. Rodeada de soplones, vive inmersa en su mundo, controlando todo lo que se mueve, imponiendo voluntades y exigiendo fidelidades. La señora, educada en alta cuna, desprecia al humilde, elogia al usurero y encumbra al devoto. Y en su delirio por alcanzar el favor mariano, pisotea el prado, mima el granado y expulsa al viejo, con la esperanza de dirigir, un día no lejano, a la peña.
Es ella y no otra, porque otra es imposible que haya. Amada, odiada, adulada y detractada se sabe única y, como las especies en peligro de extinción, frágil. Tanto como las innumerables salidas de tono. Pero eso poco importa cuando se tiene el aura de una divinidad. Porque ella es, si no divina, si adivina, y por ello entrevé, con sus ojos entornados, el negro porvenir que, lenta pero inexorable, se acerca.
La señora, retocada y alicatada, se levanta e inicia el camino al estrado. Sus lacayos, con la incertidumbre de quien no sabe si continuarán siéndolo, la siguen esforzándose en aparentar normalidad. Ella, gallarda, disfruta del momento sabiéndose dueña de sus voluntades. «Señoras y señores, la…» –anuncia el portavoz–. El silencio en la sala resulta aterrador.
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Un instante en una vida
“Total, para lo que sirve”, pensó la octogenaria mujer al tirar la bolsa de agua caliente al cubo de la basura. Aunque estaba convencida que nunca más la necesitaría, se la quedó mirando y, sintiéndola parte de ella misma, dudó de haber hecho lo correcto. Hizo el ademán de agacharse para cogerla del cubo. Pero, en ese instante sonó el timbre de la puerta. La mujer, sorprendida por lo inesperado del timbrazo, titubeó sin saber qué hacer y, durante unos interminables segundos, sopesó si continuar con lo que iba a hacer o dejarlo estar y olvidar definitivamente la bolsa, e ir a la puerta para ver quién llamaba. Por razones que nunca sabremos, la mujer decidió olvidarse de la bolsa de agua caliente. Así pues, tapó el cubo de basura, cerró la puerta del armario bajo el fregadero donde lo guardaba, se enjuagó las manos y secó con un paño, y salió de la cocina para abrir la puerta.
El timbre sonó de nuevo, esta vez más tiempo y con más intensidad, sorprendiendo a la mujer en el comedor yendo a la entrada. Al oírlo, se paró, alzó la vista en dirección al recibidor y, molesta por el largo ‘ring’, musitó: “¡Vaya prisas! Ni que hubiera un incendio”. Por razones que tampoco sabremos jamás, la mujer se quedó parada en el comedor, junto a la mesa y apoyada, con la mano derecha, en el espaldar de una de las seis sillas que la rodeaban. Quieta en aquella posición, miró a su alrededor, como si buscara alguna cosa, para al final fijar su vista en el pasillo que llevaba al recibidor. Fue como si esperase allí a que, quien llamaba, hiciese la tercera y definitiva llamada. Sumido en el silencio y la quietud, aquel momento de espera –apenas unos segundos– pareció eterno. Pero ella esperó, convencida, no se sabe en base a qué, de que el tercer timbrazo llegaría.
La mujer reanudó su camino lanzando un “¡Ya voy!” alto y claro al sonar el tercer timbrazo, curiosamente más suave y corto que el anterior. Quizá porque quien llamaba daba por echo que no había nadie en casa, pero que, aún así, era conveniente tocar una última vez, se supone que por aquello de que a la tercera sería la vencida. En el recibidor, la mujer encendió la luz, quitó la cadena de seguridad y abrió la puerta.
Tampoco sabremos nunca quién llamó al timbre. Cuando la mujer abrió la puerta y sacó la cabeza para ver quién era, apenas tuvo tiempo de ver cerrarse la puerta del ascensor y oírlo ponerse en marcha. Mirando la puerta cerrada del ascensor, esperó hasta que se paró de nuevo, más que nada por si, quien quiera que fuera, volvía a subir. Pero el ascensor se quedó quieto y callado, no subió. La mujer, intrigada, se preguntó: “¿Quién sería?”. Para a continuación, y mientras cerraba la puerta, responderse: “Bueno, si es importante ya volverá”.
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Noche de Reyes (un cuento en dos entregas)
Entrega segunda y última
Cuando Cecilia abrió los ojos, la intensa luz le deslumbró y del susto que se llevó lanzó un grito aterrador. Las tres luces se agitaron cambiando de dirección y vio salir corriendo de su habitación, tropezando con paredes y muebles, a tres sombras que maldecían en idiomas que ella no conocía. Creyendo que eran los tres Reyes Magos, Cecilia se levantó y salió tras ellos diciéndoles que no tuvieran miedo, que volvieran, que no se fueran, que los había visto sin querer.
Los tres ‘visitantes’ salieron como pudieron de la casa de Cecilia y como almas que lleva el diablo bajaron las escaleras haciendo tal algarabía que los vecinos, alarmados, salieron a los rellanos. Al oír los gritos desgarrados, que desde el último piso, Cecilia lanzaba, los vecinos dedujeron que eran ladrones que la habían violado y desvalijado y como un ejército de despiadados defensores de la ley se arrojaron sobre ellos consiguiendo, después de una larga y cruenta refriega, inmovilizarlos.
Cuando llegó la policía se encontró un senegalés, un marroquí y un ruso, apaleados y maniatados, tirados en el suelo del portal. Custodiados por un grupo de honrados y pacíficos vecinos mientras otro grupo de honradas y pacíficas vecinas consolaban a la pobre Cecilia que, sentada en la escalera, lloraba desconsolada suplicando a los tres Reyes Magos que la perdonaran.
Las vecinas no entendían que le pasaba y naturalmente especulaban con su estado. “Pobre criatura, está trastornada. Seguro que la han forzado” –dijo una–. “Y los tres, uno tras otro, seguro” –añadió la vecina del segundo–. “Es que habría que matarlos a todos” –terció la del principal que era viuda de militar–. “Cecilia, hija ¿que te han hecho?” –preguntó la abuela de Carlitos que vivía en el tercero–. Cecilia compungida de pena respondió: “nada, nada, yo no quería verlos”. “¡Pobre! La han destrozado”. “Si, y lo peor es que el trauma lo tendrá toda la vida. ¡Desalmados!” –les gritó la presidenta de la comunidad fuera de sí–.
Cuando Cecilia vio a la policía esposarlos, se levantó y dirigiéndose a ellos les suplicó que les dejaran marchar. “No podéis detenerlos, ellos son los Reyes Magos” –dijo sollozando mientras los tres detenidos la miraban con cara de no entender nada–. La policía la ignoró y a empujones introdujo a los tres en el furgón que, con la sirena en marcha, arrancó a gran velocidad camino de la comisaría.
Cecilia lloraba desconsolada sabiendo que nunca más vería a los tres Reyes Magos. Mientras, las vecinas la consolaban e intentaban hacerle comprender que esos tres no eran lo que ella imaginaba, que eran tres delincuentes que seguramente la habían violado y por eso debía ir al hospital para que el médico la reconociera.
Estirada en la camilla con las piernas abiertas en volandas mientras el médico de guardia la reconocía, Cecilia pensaba en lo sucedido y en su mente se agolpaban infinidad de preguntas sin respuesta. Su semblante, ahora endurecido, reflejaba la confusión que reinaba en su interior. Cuando el médico le dijo que estaba bien, que no había sido violada y que podía levantarse, Cecilia, sentada en la camilla, le preguntó: “Doctor, ¿los niños vienen de Paris?”. “No” –respondió de forma rutinaria el doctor, enfrascado como estaba escribiendo el informe–. “España ¿Qué es?” –preguntó después–. “Una nación de naciones” –respondió risueño el doctor al despedirla–. “Gracias, doctor”.
Cecilia abandonó el hospital y camino de casa empezó a comprender porqué, después de morir sus padres, los Reyes Magos dejaron de traerle juguetes y el agua y los mazapanes seguían en el balcón. Fue así como, a los cuarenta años, Cecilia descubrió que los Reyes Magos no existen, los niños no vienen de Paris y España no es la reserva espiritual de occidente.
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Noche de Reyes (un cuento en dos entregas)
Entrega primera.
Siempre creyó, porque de niña así se lo enseñaron, que los Reyes Magos eran de verdad. Que eran tres reyes de oriente que recorrían el mundo dejando juguetes a todos los niños buenos. Pero lo que no sabía, porque nadie se lo dijo, es que eran fruto de una leyenda popular, de una leyenda que, como todas las leyendas, posiblemente tenía su origen en un hecho real, pero que en la actualidad sólo eran una ficción.
Cada año, cuando llegaba el cinco de enero, Cecilia era presa de una excitación fuera de lo normal. Ese día lo vivía de una forma especial porque sabía que, fieles a su cita, una vez más los Reyes Magos vendrían de oriente para dejar sus juguetes a los niños que durante el año se habían portado bien. Ella, aunque ya hacía años que había dejado de ser una niña, seguía esperando su llegada y que esa noche le dejaran un juguete en el balcón.
Como cada año, acudió al centro de la ciudad para ver pasar por sus calles a los Reyes Magos repartiendo golosinas a los niños. Sabía que esos no eran los de verdad, que sólo eran personas disfrazadas que salían en una cabalgata para distraer a los niños. Porque los niños, no podían ver a los verdaderos Reyes Magos cuando, de madrugada, pasaban repartiendo los regalos.
Cuando era niña sus padres la llevaban a la cabalgata, ella era feliz viendo pasar las carrozas y disfrutaba recogiendo los caramelos que los reyes y sus pajes le tiraban. Por la noche, en casa, cuando se iba a dormir, dejaba siempre un zapato en el balcón junto con un cuenco de agua para los camellos y otro con mazapanes para los reyes. Sus padres le enseñaron que debía dormir toda la noche y que si algún ruido la despertaba, no se levantara porque si los veía, los Reyes Magos desaparecerían y ya jamás podrían volver. Cecilia seguía dejando en el balcón el zapato, el cuenco de agua y los mazapanes y si esa noche se despertaba, no se levantaba y no miraba para que los Reyes Magos no desparecieran.
Pero ese cinco de enero pasó algo que a Cecilia afectó y todo se desvaneció. Mientras veía la cabalgata pasar oyó algo que no le gustó. A su lado había unos padres, jóvenes aún, con sus hijos. El mayor de ellos, que debía tener ocho o nueve años, le preguntó a su padre: “Papá ¿verdad que los Reyes Magos son los padres?”. A lo que el padre respondió: “sí, son los padres. Los Reyes Magos no existen, son una leyenda”.
Cecilia no entendió lo que aquel padre quería decir. Ella sabía que los Reyes Magos venían cada año, eran tan reales como ella y como todo lo que había a su alrededor.
De niña, cuando la mañana del día de reyes abría la puerta del balcón y encontraba sus juguetes, los mismos que había pedido en su carta, una carta que ella escribía, con la ayuda de su madre, pero que nadie más conocía, y el agua del cuenco ya no estaba, al igual que los mazapanes, sólo podía querer decir dos cosas: una, que los reyes magos habían recibido y leído su carta y dos, y más importante, que los Reyes Magos habían pasado por su balcón. ¿Cómo sino iban a coger los mazapanes y los camellos beberse el agua? Por eso no entendió que ese padre mintiera a su hijo.
Sin embargo, aquello sembró la duda en Cecilia. Ella jamás se había cuestionado la existencia de los Reyes Magos. Ni siquiera el día en que sus padres le dijeron que no hacía falta que siguiera escribiéndoles la carta, porque, como ya era mayor y no necesitaba juguetes, no era necesario.
Cuando finalizada la cabalgata se fue a casa, sentada en el autobús no dejó de pensar en lo que había oído y maldecía al niño por hacer aquella pregunta y a su padre por la respuesta que le dio. Sentía que en su interior algo pugnaba por salir a la luz, algo que le producía un malestar enorme, que le hacía perder el control de si misma, que le acercaba lentamente al precipicio y que sin poder evitarlo la empujaba a hacerse algunas preguntas. Las mismas que jamás quiso hacer. Que desde niña había aprendido a callarse, había ocultado bajo el manto de la inocencia y la candidez de una niña buena y educada que amaba a sus padres por encima de todo, aún sabiendo que éstos le mentían y ocultaban la verdad. Cecilia se sintió de pronto enferma, una ola de calor la inundó y por unos segundos sintió que perdía el conocimiento, que se desmayaba. Entonces cerró los ojos y se dejó llevar cayendo en un profundo sueño.
“Cecilia estaba sola en medio del desierto, era de noche y sobre ella las estrellas brillaban como diamantes. Vestía una bella túnica de seda azul añil y sobre sus hombros una larga capa de terciopelo rojo con un inmenso cuello de armiño, llevaba sobre su cabeza una corona de oro rematada con piedras preciosas que relucía en la oscuridad de la noche haciéndola visible a gran distancia. No sabía cómo había llegado a ese lugar ni para qué, pero se sentía feliz y, fuera lo que fuera que la había llevado allí, estaba contenta. Miró alrededor y decidió caminar en una dirección, no sabía a donde iba, pero le daba igual, estaba segura que había elegido bien, que la dirección que seguía era la correcta. Caminó durante horas y no se cansó, ni sintió el más mínimo temor. Parecía como si en vez de caminar por la arena del desierto flotara sobre nubes de algodón.
Después de caminar un buen trecho vio un resplandor detrás de una duna, aligeró el paso y cuando llegó a la cima vio lo que al otro lado había. A lo lejos, por encima de la línea del horizonte, una gran estrella brillaba inundando de blanca luz toda la arena. Su luz era tan intensa que, al alcanzar la corona que portaba, hizo resplandecer las piedras preciosas y éstas lanzaron miles de reflejos multicolores dando al desierto una apariencia fantástica como nunca había tenido. Cecilia se sentía el centro del mundo, giraba sobre si misma con los brazos abiertos llena de alegría y su giro arrastraba a los multicolores rayos de la corona que se proyectaban más allá del fin del mundo.
El tintinear de unas campanillas le hizo parar. Aguzó el oído para saber de donde provenían pero no le sirvió de nada, el sonido había cesado. Entonces vio a lo lejos tres luces que se desplazaban, dando vaivenes, una tras otra. Cecilia las siguió con la mirada y entonces se dio cuenta que iban hacia la estrella que lentamente también avanzaba en el firmamento. El espasmo que sufrió casi la deja tiesa. “¡Los Reyes Magos!” –gritó–. Y corrió hacia donde estaban las tres luces”.
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Caída libre desde cierta altura
El silencio es total. Mientras caigo disfruto de una agradable sensación de paz y, por supuesto, de una vista espectacular. Aunque caigo a una velocidad de vértigo, tengo la sensación de hacerlo lentamente, como la pluma de un pájaro desprendida en pleno vuelo. El silencio, supongo que se debe al efecto tapón que se produce en los oídos por la presión, pero es igual, ese silencio que acompaña la caída es parte de ella y sin él no sería lo mismo. Este silencio –decía– me permite disfrutar de lo que veo, y pensar, sobre todo pensar.
Es sorprendente la cantidad de cosas que se pueden pensar en tan poco tiempo. Puede que sea porque es lo último que se piensa y por eso la mente trabaja a gran velocidad, para no dejarse nada por pensar. Pero curiosamente aquello que se piensa no es trascendental. Mientras caigo, y diría que, por el tamaño de las cosas que veo, me queda poco para llegar, sólo pienso en cosas agradables, en cosas que me tranquilizan. Por ejemplo, no estoy pensando en la leche que me voy a pegar cuando llegue, ni en como quedaré después del tortazo.
Es toda una experiencia verlo todo desde aquí, mientras sientes el roce del aire en la cara y el frío en el cuerpo. Ver la auténtica perspectiva de la alzada que tantas veces imaginamos en las clases de dibujo. Recuerdo cuando el profesor de dibujo, Don Enrique se llamaba, repetía una y otra vez: “Tenéis que imaginaros la vista del auténtico alzado de aquello que por su tamaño no podéis ver”. Y nosotros, los alumnos quiero decir, imagina que te imagina para verlo. ¡Con lo fácil que era! Sólo había que lanzarse al vacío desde una altura superior.
El problema de la caída es que durante la misma sufras una parada cardiaca y no puedas disfrutar de todo el trayecto, de toda la caída con golpe final incluido. Pero también tiene su lado positivo, al morir antes, o quedar inconsciente, te ahorras el dolor del impacto contra lo que quiera que haya al final. Hay quien cae sobre el asfalto, o sobre un coche que pasa o está aparcado. Yo conocí a uno que lo planeó todo para caer justo encima… Hay la leche, que ya llego… ¡Mierdaaaa…!
Lo mejor, esos segundo que pasas bajo el agua después de la zambullida. Creo que he caído sentado, las nalgas me duelen como cuando de niño el maestro me pegaba con la regla. Cuando por fin salgo a la superficie veo el efecto de mi zambullida, las señoras de la orilla despotrican contra mí, el bombazo sobre la piscina ha sido un éxito. Pero, el trampolín debería estar más alto.
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Otro regalo de Navidad (otro cuento)
Sentado en el suelo a la puerta de casa, Carlitos miraba la hilera de hormigas en su frenético ir y venir. Intrigado, pensaba en la meticulosa disciplina que hacía de los diminutos insectos unos seres casi inteligentes. Y pensaba que casi, porque la maestra le había enseñado que sólo los hombres lo son y, por tanto, el resto de seres vivos que pueblan la Tierra no lo eran. Pero él, observándolas cómo se organizaban y realizaban tareas propias de humanos, empezaba a pensar que tal vez Doña Natividad, la maestra, estuviese equivocada. En ordenada fila, las hormigas iban en busca del cargamento y después volvían con el grano de cereal, el trozo de hoja, la miga de pan o cualquier otra cosa que les sirviera de alimento, había que llenar la despensa para pasar el crudo invierno que estaba al caer. Ensimismado, Carlitos no les quitaba ojo, seguía con su mirada el trayecto que hacían al pasar frente a él, camino del hormiguero, comprobando cómo eran capaces de transportar objetos más grandes que ellas, cómo se ayudaban unas a otras, y cómo algunas incluso organizaban y dirigían a las demás. De vez en cuando ponía su dedo en la hilera cortándoles el camino y comprobaba que ellas no dejaban de caminar, que, ante la desorientación inicial, reaccionaban buscando un nuevo paso, rodeaban el obstáculo y se reincorporaban a la hilera siguiendo como si nada las hubiese interrumpido. Después cogía a una de ellas y la separaba del resto, la ponía a cierta distancia de la hilera y la dejaba para ver qué hacía. Descubrió que la hormiga siempre encontraba el camino hacia la hilera y se reincorporaba a ella como si tal cosa. “Definitivamente son inteligentes”, pensó.
De igual forma que Carlitos observaba a las hormigas, alguien lo observaba a él. Desde la ventana de una habitación de la planta superior de la casa, su tío, admirado por la atención que el crío prestaba a las hormigas, miraba en silencio. A través del cristal seguía entusiasmado la evolución de lo que a todas luces era una somera exploración de la vida de aquellas diminutas criaturas. El tío pensaba que, quizás, Carlitos seguiría sus pasos y cuando fuese mayor sería, como él, investigador. Su rostro mostró entonces una expresión de satisfacción al imaginar a su sobrino presentando, ante auditorios llenos de eminentes científicos, sus futuros descubrimientos y, llevado por un exceso de complacencia, aquel día tomó la decisión.
En Navidad toda la familia se reunía en la casa para celebrarla. Alrededor de una bien surtida mesa, padres, hermanos, tíos, primos y abuelos de Carlitos disfrutaban de ese día, mas por estar todos juntos que por ser Navidad. Para Carlitos, sus hermanos y primos, la Navidad era un día especial porque era el día de los regalos. En todas las familias los regalos se hacían el día de Reyes y los traían los Reyes Magos, pero en la suya era ese día y no tenía nada que ver con papas noeles, santas claus ni personajes por el estilo. Eran ellos mismos quienes los hacían, todos participaban y todos tenían regalos para todos. Era como un rito que se celebraba en su familia desde tiempos inmemoriales. Ese día era especial para los chiquillos que, desde buena mañana, andaban alterados de un lado a otro de la casa corriendo y riendo buscando donde habrían escondido los regalos para ellos, al tiempo que escondían los que ellos tenían para los demás.
Cuando finalizada la comida de Navidad, el tío repartió sus regalos, Carlitos cogió excitado el suyo. Era el que más abultaba y el que más pesaba. Sorprendido por lo voluminoso del paquete –el tío solía ser poco amigo de regalos y por lo general solventaba el tema dando dinero– lo miró con el rostro brillando de emoción y sin mediar palabra, sólo con verle guiñar el ojo, como él solo sabia hacer, tuvo una corazonada. Carlitos no abrió el paquete, lo dejó para el final, para cuando hubo abierto los demás. Y sólo cuando la ceremonia de los regalos finalizó, volvió su vista al paquete envuelto en un vistoso papel naranja. Desenvolvió la caja y la abrió y al ver lo que contenía, su cara se iluminó de emoción. Con la frialdad de un niño de su edad, dio las gracias, cogió el regalo, y se fue a su habitación.
La diminuta hormiga aparecía ante Carlitos aumentada unas doscientas veces, negra y pulida como si fuera de charol. Su cabeza, ahora enorme, mostraba sus agresivas mandíbulas abriéndose y cerrándose, los ojos, como dos bolas saltonas, parecían mirarlo desafiantes y las antenas cubiertas de delgados pelos, invisibles al natural, no paraban de moverse. Carlitos la observaba con suma atención a través del microscopio y no salía de su asombro al descubrir lo feliz que lo había hecho su tío con su regalo de Navidad.
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El regalo de Navidad (un cuento)
Cuando abrió la caja su cara cambió de expresión. El niño, alucinado, contemplaba excitado lo que había dentro y gritó de alegría dando gracias a sus padres. Por fin tenía lo que tanto deseaba, lo que tanto ansiaba, lo que él quería de verdad. Esa Navidad por fin se cumplía su sueño largamente deseado, añadía a su colección de juguetes, un Galimatías.
Con delicadeza introdujo sus temblorosas manos en la caja y con suavidad rozó la superficie de aquello que tanta ilusión le hacía. Lo tocó con la yema de sus inocentes dedos y notó cómo aquello se estremecía, parecía tener vida propia, aunque él sabía que no era así. El niño sonreía mirando a sus padres que, de pie junto al árbol, lo observaban llenos de felicidad viéndolo feliz. Cerró sus manos cogiendo el objeto que dentro de la caja aguardaba y elevando los brazos sacó el Galimatías y gozoso lo enseñó.
La madre, al ver aquel objeto tan extraño puso cara de preocupación. Miró con cara de interrogación a su marido y éste le devolvió la misma expresión, ambos comprendieron entonces que el regalo no había sido de ninguno de los dos. El niño, sumido en la excitación propia por tener en sus manos el juguete más deseado, no reparó en la expresión de preocupación de sus padres y, ajeno a todo, se marchó a su habitación. Aquella Navidad fue especialmente feliz para el niño y también para sus padres que seguían sin saber quien había traído a casa ese regalo. Pero eso poco importaba, pues para ellos, con ver a su hijo feliz lo demás no contaba.
Con el paso de los años el niño creció, se hizo hombre, se enamoró y formó una familia. Sus hijos, nacidos, crecidos y educados en un mundo de alta tecnología donde prácticamente todo era virtual, no entendían que esa Navidad su padre se empeñara en hacerles un regalo especial. Ellos sólo querían una minúscula memoria sintetizada de última generación con la que podrían hacer todo lo que quisieran. Pero aquel día de Navidad, el niño ya hombre llevó a sus tres hijos a una casa abandonada a las afueras de la ciudad. Era la casa de sus padres donde él había sido tan feliz. Entraron en ella y la recorrieron despacio, como quien busca un tesoro escondido. Subieron a la planta superior donde el padre entró en una habitación y abrió un viejo baúl cubierto de polvo. Al ver lo que había dentro sus ojos soltaron unas lágrimas y lleno de emoción dijo a sus hijos: “Coged esa caja, dentro está mi regalo de Navidad”. Los niños sacaron y abrieron la caja, llenos de desconcierto miraban lo que había dentro y no entendían lo que era. Con mirada inquisidora preguntaron a su padre. Él, apesadumbrado, les respondió: “¡Es un Galimatías! Mi regalo de Navidad para vosotros. Cogedlo, con él seréis tan felices como fui yo”. Pero los niños, con cara de no entender nada, lo miraron como perdonándole la vida y exclamaron a coro: “¡Papaaa!”
Los niños abandonaron la vieja casa y esperaron dentro del coche. Mientras tanto, en la que fue su habitación de niño, el padre miraba el interior de la caja y no entendía que sus hijos no quisieran jugar con el Galimatías como hizo él. No entendía que prefirieran los juegos virtuales donde nada es real. Entristecido tapó de nuevo la caja y al hacerlo oyó lejano un lamento, una súplica de alguien que le pedía que no lo abandonara otra vez.
La policía tardó varios días en encontrar los cuerpos mutilados de los tres hermanos. Estaban semi cubiertos por la hojarasca y ramas de árbol en un terraplén cerca del río. Las marcas que había en sus cuerpos hacían pensar que fueron atacados por algún extraño animal. Aunque la policía siempre culpó al padre del que, desde aquel día, no se supo nada más.
Al rastrear la vieja casa, encontraron en la que había sido la habitación del padre cuando fue niño, una caja de cartón en cuyo interior había restos de una sustancia gelatinosa que nadie supo identificar.
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Despertar
El vello de su cuerpo se erizó al sentir el roce de los dedos. Los pezones, adormecidos todavía, despertaron de repente al ser tocados. Las manos temblorosas recorrían el cuerpo como quien explora territorio desconocido, pero con la seguridad de no encontrar obstáculos.
Ella se dejaba tocar y él no podía dejar de hacerlo. Los dos adolescentes jugaban, como lo habían hecho infinidad de veces desde que eran niños. Sólo que ahora, un ligero temblor sacudía sus cuerpos al sentir la suave caricia del otro.
Dentro de ellos todo era efervescencia.
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Cuento del cienpies

Pasito a pasito caminaba sin prisa por el borde del camino. Iba a un sitio que no conocía, pero al que desde que nació, quería ir.
Aunque sabía que algún día iría, nunca encontró el momento para hacerlo y veía pasar los días sin decidirse a iniciar el viaje. Pensaba que tal vez ya nunca lo haría, hasta que un día algo le hizo cambiar y sin más se puso a caminar.
Pasito a pasito caminaba sobre la hierba mojada cuando la brusca zancada de un caminante cayó sobre él.
Pasito a pasito, el pobre cienpies, quedó aplastado sobre la húmeda hierba del amanecer.
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Un cuento de amor

Sobre el papel blanco aparecían una tras otra las letras formando las palabras con las que el poeta expresaba sus sentimientos.
La vacilante llama de la vela esparcía su amarillenta luz sobre el escrito que, con parsimoniosa cadencia, completaba la pluma guiada por una mano turbada, de amor.
De amor hablaba el poema, porque de amor estaba enfermo su autor. A quien dedicaba semejante declaración solo él lo sabía.
El silencio era roto por el rasgueo que sobre el papel hacía la pluma, de ave que no de avestruz, al deslizarse segura, dibujando, más que escribiendo, la caligrafía del amor.
Para ti mi amor, siempre tuyo, tu enamorado y seguro servidor.
Como un hilo de tinta derramada, aparecía sobre el escrito la roja sangre del enamorado. No pudo soportar la indiferencia de su amada y de un disparo acabó con su dolor.
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Cuento de la casualidad
Sintió el silbido y nada más. Notó el imperceptible impacto seguido de un escozor extraño, como el aguijón de una abeja al inocular su veneno en la piel. Sensación de mareo, la vista nublada y fundido en negro.
Jamás supo quien, ni porqué.
Aquel día hubo un enfrentamiento ente policías y ladrones. Disparos de unos y otros y él, que al parecer estaba en el sitio y momento equivocado, fue blanco de una bala perdida.
Murió por casualidad y ni tiempo tuvo de preguntar, ¿por qué yo?
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Cuento de la matanza y los tres cerditos

Acojonados, los tres cerditos miraban a su madre gruñir y defenderse del payés que, con ayuda de otros, la arrastraban fuera de la cochinera. Intuían que algo malo iba a suceder, pues desde bien temprano el movimiento en el corral era mayor del acostumbrado. Vieron merodear a personas que no conocían, sobre todo aquel tipo alto y delgado con cara avinagrada que llevaba puesto un peto de cuero, las mangas de la camisa arremangadas y empuñaba un enorme cuchillo.
El silencio siguió a la algarabía y los tres cerditos salieron de su escondite intrigados por lo que estaría pasando fuera.
El grito desgarrador de su madre los impresionó y los tres juntos corrieron al exterior para socorrerla. La visión de su madre estirada sobre una mesa, sujetada por siete personas, y sangrando por la garganta, los dejó paralizados de terror. No dijeron nada, sólo se miraron y lanzaron un gruñido lleno de dolor.
El hijo pequeño del payés, que miraba divertido el espectáculo y entendió perfectamente el significado del gruñido de los tres cerditos, no comprendió, sin embargo, que llamaran asesinos a los que, como cada año, hacían la matanza.
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Miedo a volar
Mirando por la ventanilla del avión le pareció ver que algo se movía entre las nubes. Intrigado, acercó la cara hasta tocar, con la punta de la nariz, el frío plástico que hace las veces de cristal. Fijó la vista en el ala buscando con la mirada. La espesa niebla, nubes a esa altura, no le dejaba ver con claridad, pero estaba seguro de que allí había alguna cosa, y eso le intranquilizó. Pasó el resto del viaje aterrorizado por la idea de que algo o alguien les hiciera caer e intentando descubrir qué era aquello que creía ver.
Al aterrizar el avión, se sintió aliviado. No sabía que la tragedia se desencadenaría cuando la azafata girase la palanca de apertura de la puerta delantera.
Desde la torre de control vieron la explosión, pero nadie supo jamás qué había pasado en realidad.
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Cuento de la blanca Nieves
En el supermercado, Nieves empujaba el carro de la compra por los pasillos de estantes llenos de productos. Eran nueve de familia, su marido, ella y los siete hijos que Dios, en su infinita bondad, les había dado. Lo que la obligaba a ser muy cuidadosa con la compra. Le acompañaba la madre de su esposo, que ese mes le tocaba vivir con ellos.
A Nieves no le gustaban las manzanas, pero aquel día decidió aceptar la que, con tanto cariño, le regaló su suegra. La compró expresamente para ella en la parada de la fruta y, acabada la compra, se la ofreció. Nieves mordió la sonrosada manzana y le gustó su sabor, dio otro mordisco y después otro, parecía devorarla más que comerla. “Está realmente rica”, le dijo a su suegra.
Pero de pronto, Nieves palideció, se sintió mal, no podía respirar y al final, dando manotazos, emitió un ronquido y se desplomó.
El médico certificó que Nieves había muerto ahogada, un trozo de manzana le había obstruido la tráquea, pero fue incapaz de explicar porqué su piel se había tornado tan blanca como la nieve.
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Cuento de Bella la durmiente
Sabía que no sería un día cualquiera. Bella presentaba su colección de otoño en la semana de la moda donde, el público, era muy exigente y acudía al desfile para ver propuestas atrevidas y espectaculares.
Ella y su equipo habían cosido durante meses para tener lista la colección y por fin había llegado el momento de someterla al veredicto de los expertos. Pero, como le ocurría siempre en los prolegómenos de sus desfiles, la noche antes estaba ansiosa y las mariposas revoloteaban en su estómago alterando su estado de ánimo y, esa noche además, impidiéndole dormir. Por eso recurrió a lo que, alguien le había dicho una vez, era el remedio ideal para olvidarse de todo. Al fin pudo descansar.
Al día siguiente, mientras el público aplaudía sus creaciones, su secretaria personal ordenaba al director del hotel y al jefe de seguridad, que abrieran la habitación 222.
El frasco abierto sobre la cama, y unas cuantas pastillas desparramadas entre las sábanas, daban cuenta de la causa por la que Bella dormía profundamente en vez de estar en el desfile, sólo que, dormir, no dormía, estaba muerta.
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Cuento de Caperucita y el lobo feroz
Oyó un ruido, se acercó para ver qué pasaba y lo vio. Acurrucado sobre sí mismo gemía indefenso, tiritando de frío y sin apenas aliento.
Ella se agachó y, pasando su temblorosa mano por la cabeza, le acarició. Él, agradecido, la miró, sollozó y a continuación se la comió.
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Motín en la granja de Pin y Pon

Un día, los animales de la granja de Pin y Pon, artos de no poder recuperar lo que años atrás los animales de la granja de Za y Pa les ganaron en el juego de La Oca, se propusieron ir a un lugar del que aprender trucos nuevos que le ayudaran a recuperarlo. Pero, el día en que iniciaron los preparativos para tan magna marcha, ocurrió algo inesperado…
El perro le dijo al caballo: “Aparta patoso que quiero pasar”. El caballo le respondió con una patada lanzándolo a varios metros de distancia. “No molestes sarnoso” –le dijo al darle la coz–. La zorra, que como siempre merodeaba por allí, se acercó al dolorido perro y tras reconfortarlo por la ofensa recibida, le ofreció su apoyo para lo que hiciera falta. Poco después llegó la gata del vecino, refinada y perfumada se paseó delante del perro y la zorra escuchando con atención lo que decían. Ellos se la miraron y la invitaron a participar. “Cuantos más seamos, más posibilidades de vencerle tendremos” –dijo la zorra al perro para que aceptara a la gata–. Los tres entablaron una alianza en la que se juraron lealtad para derrocar al tirano. Preparaban el plan de ataque cuando se les acercó el dueño de la gata, un corpulento percherón de poblada melena con aires de bonachón, y les preguntó a qué jugaban. El perro le respondió y le puso al corriente de lo que tramaban, el percherón se apuntó y propuso una nueva estrategia para acabar con el déspota líder.
Mientras tanto, en el hueco de la ventana del gallinero, la gallina despotricaba a voz en grito contra la maldad del pobre caballo. Dentro del gallinero, el gallo enaltecía los ánimos de gallinas, pollos y conejos que, excitados, iban de un lado a otro alzando la voz contra el opresor. Todo esto ocurría ante el pasmado caballo que los miraba estupefacto sin entender por qué se comportaban así. Él era el jefe porque así lo habían querido ellos después de que al anterior lo nombrara antes de retirarse y, sin embargo, ahora parecía que todos se volvían contra él.
Todos no, algunos de los animales se posicionaron a su lado ofreciéndole su apoyo e incluso, dando la cara por él ante el grupo de los disidentes. La ardilla, que frecuentaba los alrededores, se le acercó y se ofreció para hacer de portavoz. El hurón también lo apoyó, y de más lejos vinieron el galgo, el lince y el burro que abandonó su hábitat para estar con él. Mientras unos se posicionaban con él y otros en su contra, el búho, que había sido el último en incorporarse a la granja, y precisamente por invitación del caballo, prefirió mantenerse al margen y coquetear con unos y otros. Pero mostrando simpatía por el grupo de los disidentes, mas que nada porque el caballo lo había dejado fuera de los cargos del nuevo comité de dirección.
El enfrentamiento de los disidentes crecía y el tono de la discusión aumentaba y se agudizaba según se acercaba el gran día. La zorra ya no se escondía, desafiaba al caballo a cara descubierta, aunque para ello eligió a un novato, un grácil ruiseñor que siempre había merodeado junto al caballo y que ese lunes se descolgó con una perorata contra su jefe que sorprendió a todos.
Pero no fue el único en aparecer, también lo hizo el temible pastor alemán que cuatro años antes lo había dejado todo para iniciar una nueva vida junto a una delicada perrita dálmata. Éste volvió por sus fueros con gran algarabía de la concurrencia que vio en él y sus propuestas una vía para acabar con los delirios de cambio del caballo. Por si eso fuera poco, el viejo jabalí, que siempre había apoyado al caballo, se descolgó proponiendo para jefe al siempre respetado lobo que naturalmente, y como era habitual en él, no dijo nada esperando tal vez que las aguas volvieran a su cauce una vez pasado el ciclón que, inevitablemente, arrastraría al abismo a muchos de ellos.
A día de hoy, todo lo que se sabe de estos sucesos, es que unos y otros siguen enzarzados en una cada vez más encarnizada reyerta, que, de seguir así, puede acabar muy mal. Y entre tanto sidral, esperan ansiosos a que la voz de quien ostenta el autentico pedigrí de la comunidad, la temible hiena, se haga oír dictando el rumbo ha seguir.
Mientras, los animales de la granja de Za y Pa miran con cara de satisfacción a sus vecinos y no disimulan su felicidad al verlos despellejarse sin piedad entre ellos.
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En El Palau de la Música

Las musas del Palau observan los movimientos sincopados, certeros y precisos de los arcos. Miran como suben y bajan, deslizándose sobre las cuerdas con suma elegancia. Abren los ojos sorprendidas ante la rapidez de la ejecución en algunos pasajes y la lenta, casi imperceptible movilidad, en otros. Embobadas, hipnotizadas por el sigiloso movimiento, las musas no quitan ojo de lo que sucede a sus pies. En el escenario, como si acariciaran la suave piel de su amada, los violinistas rozan las cuerdas de su violín con los tensos y finos hilos del arco que van y vienen, con decisión y majestuosidad, como balanceados por olas imaginarias. Del roce, insignificante unas veces y violento otras, surgen las notas musicales para desparramarse danzarinas por la sala, libres y divertidas suben y bajan van y vienen, alegrando los oídos de los que sentados ante el quinteto observan y degustan con placer tan delicioso manjar. De vez en cuando, como si de poner orden se tratara, se oyen las graves notas de la trompa que parece querer imponer su ritmo a las juveniles y desinhibidas corcheas de los violines. Entonces, como por arte de magia, las dulces y aflautadas notas del oboe surgen del instrumento hábilmente manejado, acudiendo en su ayuda y junto con las del violonchelo que no quiere perderse la fiesta, se unen a las demás mezclándose, fusionándose en una amalgama musical que da lugar a una bella sinfonía.
Las musas del Palau, al borde del éxtasis, miran y disfrutan del momento, viven con intensidad esos instantes en que los sentidos se funden hasta hacer desparecer todo signo de realidad, y llenas de felicidad absorben la música que los cinco, cuatro hombres y una mujer, vestidos de riguroso negro recrean con elegantes movimientos. Sobre el escenario los violines y violas, el oboe, el chelo y la trompa desgranan las notas de la sinfonía transportando a los que desde el patio de butacas escuchan, a un mundo imaginario, un mundo donde el ritmo no lo marcan los problemas, las guerras, la política, la economía o el índice bursátil, sino unos simples instrumentos musicales que en manos de unos virtuosos son capaces de darnos la felicidad.
Fuera, en el mundo exterior, las cadenas de televisión muestran, bajo el epígrafe de debate electoral, un lamentable espectáculo donde las descalificaciones, no por sabidas menos desagradables, entre los dos aspirantes a gobernar son los acordes de una cansina sinfonía que dura ya demasiado tiempo.
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La mar
–¿A donde vas? –preguntó la L al verla pasar.
–A la mar –respondió la A.
–¿Puedo ir contigo? –preguntó la L.
–Sí –respondió la A. La M, que estaba cerca, dijo:
–Yo también voy –y se unió a ellas.
Al pasar las tres ante la R, ésta les preguntó:
–¿Dónde vais tan contentas?
–A la mar –respondieron a coro las tres.
–¿Te vienes? –le preguntaron.
–Encantada –respondió la R–. Sin mi no habrá mar –apostilló.
Cuando llegaron al final, las cuatro, cogidas de la mano, se arrojaron al acantilado. Desde ese día, el agua de la mar cubre tres cuartas partes del planeta Tierra.
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La vaca, la sardina y el aguila
Pace la vaca en paz,
en el prado verde de fresca hierba.
Pace el hombre con ella,
en la creencia que la paz será con él.
Pacen los dos felices,
ignorando lo que pasa ante sus narices.
Nada la sardina feliz,
bajo el agua transparente del mar azul.
Nada el hombre tras ella,
pensando que será un buen bocado para la cena.
Nadan los dos confiados,
sin darse cuenta que son espiados.
Vuela la golondrina contenta,
por el cielo claro una tarde de primavera.
Vuela el hombre sobre ella,
admirando el lento movimiento de sus alas desplegadas.
Vuelan los dos oteando,
más allá del horizonte por si captan lo que andan buscando.
Pace la vaca,
nada la sardina,
vuela la golondrina.
El hombre, creyéndose superior,
pace, nada y vuela buscando en el exterior
lo que ellas custodian con amor.
El hombre, obsesionado por poseer,
olvida buscar en su interior,
la razón de existir en un mundo tan cruel.
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