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En la consulta de la Seguridad Social

      El doctor salió a la sala de espera y pasó lista de los pacientes que tenían visita. Una señora de entre setenta y ochenta años llegó en ese instante y le enseñó el volante que llevaba para ser visitada. El doctor muy amablemente lo cogió, lo leyó y preguntó a la concurrencia qué día de la semana fue el 27.

      –Miércoles –dijo uno de los pacientes–

      –Esto no es para pasearse por aquí cuando a uno le viene bien –le dijo el doctor a la señora enarbolando el volante ante sus narices–

      –Pero aquí pone que tengo visita hoy –dijo la señora señalando el volante que aún estaba en manos del doctor–

      –El día 27 señora, mírelo –respondió el doctor señalando en el mismo volante la fecha–

      –No doctor, aquí arriba me apuntaron la fecha de hoy –insistió la señora dando señales de alteración–      

      El doctor miró de nuevo el dichoso papel. 

      –Bueno, empecemos de nuevo –añadió el doctor releyendo el volante con mas atención–

      Dígame su nombre para ver si está en la lista. La señora le dijo su nombre, el doctor miró la lista y después el volante que seguía en sus manos.

      –Sí, aquí está. Tenía usted razón –le dijo indicándole a continuación su turno–

      El doctor, una vez hubo finalizado su cometido de pasar lista y dar los turnos, regresó a su despacho y la señora se sentó en uno de los asientos de plástico negro de la consulta. Inmediatamente después inició un monólogo de queja dirigiéndose, en principio a otra paciente que había sentada frente a ella, pero como ésta no le hizo mucho caso, dirigió su alocución al resto de pacientes buscando con la mirada alguien que la escuchara.

     –Lo mismo me pasó el otro día en la Cruz Roja. Yo fui el día que decía el papel y después de estar esperando tres horas me dicen que en el ordenador decía que la visita era para el día siguiente… Ya ves la gracia que me hizo… Pues fui a las enfermeras para que la cambiaran y les dije muy enfadada que sus errores los pagamos nosotros… Lo mismo que aquí… Tenía que haberle dicho a este  hombre… Porque si yo me callo y no insisto y me voy a mi casa, pues fíjate, un día perdido y después a pedir otra vez hora… No me tendría que haber callado… Allí les dije eso,  que vuestro errores los pagamos nosotros y como me contestaron de malas maneras… pues les dije hijas de puta… sí hijas de puta, eso les dije… porque claro, luego quieren que nosotros hagamos las cosas bien…

    El doctor apareció de nuevo para decir que pasara el primer paciente y algo debió oír de lo que decía la señora, porque la miró con cara de pocos amigos. La señora siguió contando su personal visión de lo sucedido, sin que, por otra parte, le faltara razón. Los pacientes, esperando pacientemente, y nunca mejor dicho, su turno. Las enfermeras de las diferentes consultas asomándose de vez en cuando a las puertas para llamar, voz en grito, al siguiente. Y mientras tanto, como una paradoja de lo que la pobre señora había vivido, las manecillas inmóviles del reloj, situado en la pared del fondo de la sala, marcaban las siete y dos minutos, ves a saber desde cuándo.  

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03/03/2008 19:16 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

En El Palau de la Música

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     Las musas del Palau observan los movimientos sincopados, certeros y precisos de los arcos. Miran como suben y bajan, deslizándose sobre las cuerdas con suma elegancia. Abren los ojos sorprendidas ante la rapidez de la ejecución en algunos pasajes y la lenta, casi imperceptible movilidad, en otros. Embobadas, hipnotizadas por el sigiloso movimiento, las musas no quitan ojo de lo que sucede a sus pies. En el escenario, como si acariciaran la suave piel de su amada, los violinistas rozan las cuerdas de su violín con los tensos y finos hilos del arco que van y vienen, con decisión y majestuosidad, como balanceados por olas imaginarias. Del roce, insignificante unas veces y violento otras, surgen las notas musicales para desparramarse danzarinas por la sala, libres y divertidas suben y bajan van y vienen, alegrando los oídos de los que sentados ante el quinteto observan y degustan con placer tan delicioso manjar. De vez en cuando, como si de poner orden se tratara, se oyen las graves notas de la trompa que parece querer imponer su ritmo a las juveniles y desinhibidas corcheas de los violines. Entonces, como por arte de magia, las dulces y aflautadas notas del oboe surgen del instrumento hábilmente manejado, acudiendo en su ayuda y junto con las del violonchelo que no quiere perderse la fiesta, se unen a las demás mezclándose, fusionándose en una amalgama musical que da lugar a una bella sinfonía.

     Las musas del Palau, al borde del éxtasis, miran y disfrutan del momento, viven con intensidad esos instantes en que los sentidos se funden hasta hacer desparecer todo signo de realidad, y llenas de felicidad absorben la música que los cinco, cuatro hombres y una mujer, vestidos de riguroso negro recrean con elegantes movimientos. Sobre el escenario los violines y violas, el oboe, el chelo y la trompa desgranan las notas de la sinfonía transportando a los que desde el patio de butacas escuchan, a un mundo imaginario, un mundo donde el ritmo no lo marcan los problemas, las guerras, la política, la economía o el índice bursátil, sino unos simples instrumentos musicales que en manos de unos virtuosos son capaces de darnos la felicidad.

      Fuera, en el mundo exterior, las cadenas de televisión muestran, bajo el epígrafe de debate electoral, un lamentable espectáculo donde las descalificaciones, no por sabidas menos desagradables, entre los dos aspirantes a gobernar son los acordes de una cansina sinfonía que dura ya demasiado tiempo.   

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04/03/2008 19:21 Autor: pepecobodice. #. Tema: Cuentos Hay 1 comentario.

Purpurados en acción

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     Desconozco de qué fecha es esta foto, de la misma forma que desconozco dónde fue tomada, qué hacían y de qué hablaban las tres personas que aparecen en primer plano tocados por una especie de boina roja. Intuyo que debía ser invierno, eso al menos me hace pensar la vestimenta del señor de la izquierda y del que se ve al fondo entre las caras sonrientes de los dos “purpurados” –sobrenombre que se da a los cardenales cristianos–. Sí sé que los tres de la boina son parte de la jerarquía de la iglesia católica española –cardenales como ya he dicho–. Conozco sus nombres, pero no los voy a decir, son de sobra conocidos.

 

     Mirando la foto con detenimiento, me causan cierto temor las caras de los monseñores, sobre todo, la del que está a la derecha de la foto que, por si no fuera suficiente tenebrosa de por si, con esas gafas oscuras acojona. Esa sonrisa con los dientes asomándole entre los labios, impresiona. Parece a punto de dar un mordisco, y la verdad, no debe resultar muy agradable, por muy cardenal que sea. El que está frente a él tampoco se queda atrás, aunque su rostro es mas amigable, tampoco es una joya. La cara de beato aspirante a ser canonizado no refleja, como la del anterior, tanto resentimiento, quizás porque no lo tiene. Pero, aún así, también tiene su punto tenebroso. Qué decir del tercero, si el anterior tiene rostro beatífico, este lo tiene de santo. A simple vista parece un hombre sin más interés que el que emana de su condición. Sin embargo no hay que fiarse, su sonrisa, al igual la de sus compañeros, lo delata. Es precisamente esa sonrisa cándida la que los identifica y me hace desconfiar.

 

     Los tres reunidos un día cualquiera. ¿De qué hablan? ¿Qué cavilan? ¿Qué demonios están planeando? Ese día era 30 de diciembre, estaban en la plaza Colon de Madrid, y el de la derecha, acababa de hacer una arenga a sus seguidores contra el presidente del gobierno, contra las leyes propuestas por éste y aprobadas por el parlamento, y contra los ciudadanos que no pensamos como ellos. Ese día, los tres “purpurados” de la foto intentaron estimular los ánimos de los presentes haciendo un peligroso ejercicio de rememorar los prolegómenos de la guerra civil. Ese día, los tres de la foto, junto a muchos otros, se quitaron la careta dejando al descubierto sus verdaderas intenciones.

      Hoy, dos meses después, el de la derecha de la foto ha sido elegido presidente de la Conferencia Episcopal Española.  

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05/03/2008 19:05 Autor: pepecobodice. #. Tema: Reflexiones Hay 1 comentario.

El disertador y el disidente

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     Con cara de besugo miraba al aquel hablaba. Observaba en silencio cómo soltaba su diatriba y cómo, a medida que lo hacía, su euforia aumentaba hasta alcanzar el clímax necesario para, tras callar de golpe, sumir a la concurrencia en un estado casi catatónico.

     No perdía detalle de cada gesto de su rostro y, como si lo viera a través de un microscopio al que hubiera aumentado la definición de la lente, veía hasta los más imperceptibles movimientos de sus músculos faciales. Las arrugas en la comisura de los labios al abrirlos y cerrarlos en su atropellada expulsión de palabras que, en cascada, salían de su boca. Los párpados, cerrándolos y abriéndolos tan rápido que resultaba casi imposible no sentir cierta desazón por lo que a todas luces era algo más que un tic. Las arrugas en los extremos de los ojos, las famosas patas de gallo, que aumentaban según el ímpetu que daba a sus palabras. La frente, cuyas arrugas se contraían y estiraban al ritmo desaforado con el que las palabras encadenadas salían de su boca. Los minúsculos pelos del bigote, ya crecidos por lo avanzado del día, que se erizaban y contraían segregando cristalinas gotas de sudor. Sudor que poco a poco se generalizaba apareciendo por todos los poros de la frente, sienes y patillas en forma de diminutos granos translúcidos que humedecían su piel dándole una apariencia grasosa un tanto desagradable.

      

      Plantado ante aquel, que seguía hablando sin parar, no podía, o tal vez no quería, apartar la vista de tan esperpéntica visión. No sabía qué pretendía. Ni entendía lo que decía. Tan sólo alcanzaba a comprender dos palabras que repetía de vez en cuando: “Nosotros haremos…”. Siendo lo que seguía, un batiburrillo de palabras hilvanadas en un mensaje confuso y sin sentido cuyo significado no conseguía entender.

      Cansado de oír y no comprender, el disidente se alejó del disertante y al observarlo con la suficiente distancia, descubrió que estaba ante una persona gris, lineal y sin atisbo de personalidad, que repetía una y otra vez un discurso prefabricado sin siquiera poner un mínimo de sentimiento al exponerlo. Descubrió para su tranquilidad, que aquel hombre no merecía la pena ser escuchado, porque, después de todo, lo que decía no servía de nada. Recordó entonces, que cuatro años antes, otro hombre, igualmente gris, decía lo mismo que este y, al igual que ahora, tampoco entendió nada de lo que dijo.

    

     Abrumado por la verborrea del orador, se alejó de allí pensativo y al hacerlo recuperó la cordura, y entonces descubrió aliviado que aquel ser gris y lineal no era otra cosa que un político en campaña electoral.

  

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06/03/2008 23:19 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Votar o botar, esa es la cuestión

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     Votar o botar, esa es la cuestión. A la vista de lo que los políticos llevan diciendo y haciendo desde mucho antes de iniciarse la campaña electoral, pero sobre todo en ella, resulta difícil evadir la cuestión. Si nos atenemos a la cantidad de barbaridades que han dicho durante las dos semanas de campaña, no cabe duda que lo que habríamos de hacer el domingo es botar y además con brío, porque así puede que consigamos quitarnos de encima toda la mierda que los candidatos, sus partidos y el circo mediático han echado sobre nosotros.     

     También podríamos acompañar el acto de botar cantando aquello de: “Al bote, al bote, xxxxxx el que no bote” –póngase en el lugar de las x el apelativo que cada cual prefiera–. Botar en un día tan señalado puede ser un ejercicio de desintoxicación de tanto mensaje tóxico como hemos recibido, no ya durante la campaña, sino durante toda la legislatura. La toxicidad ha sido tal, que algunos ciudadanos han quedado irremisiblemente contaminados de por vida. Los agentes tóxicos han sido tan diversos, que no sólo la política –y por ende la ideología– ha quedado intoxicada, otros aspectos de la vida como la moral, la educación, la cultura, la convivencia, las creencias religiosas o de otra índole, han sido víctimas de la marea tóxica desparramada con total impunidad por unos elementos entrenados específicamente para ello. A lo largo de estos cuatro años hemos sido victimas de la más descabellada campaña de intoxicación desplegada por sectores sociales concretos y con fines concretos.     

      El atentado del 11 M fue el pistoletazo de salida, el tratamiento que el gobierno de entonces le dio ocultando información e intentando cargar la autoría a ETA –que hoy ha matado de nuevo– desencadenó la mayor campaña contaminadora de la opinión pública de la historia. Después vendrían otras con otros intoxicadores, pero con la misma raíz: la derecha más extrema y retrógrada, representada por sectores sociales como la iglesia católica, la judicatura, medios de comunicación, etc. y todo ello para meter el miedo en el cuerpo de los ciudadanos, los mismos que este domingo hemos de votar.    

      Votar o botar, esa es la cuestión. Pues bien, la respuesta es simple y fácil, no hemos de elegir entre una y otra opción. Por suerte, podemos ejercer las dos. Es más, ejerciendo una, podemos hacer posible la otra. Votar a la izquierda para botar a la derecha o, como se dice coloquialmente: “dar el bote”, a los indeseables e intoxicadores. Votar a ZP para botar de la política a RJ.  

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07/03/2008 18:29 Autor: pepecobodice. #. Tema: Reflexiones Hay 1 comentario.

ZaPatero gana, RaJoy pierde

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     Y sin embargo, el poco cosmopolita ZaPatero ha conseguido ganar por segunda vez al apocado RaJoy. De nada les han servido sus gritos y malos modos utilizados para acusar a ZaPatero de todos los males del país, males por otra parte inexistentes, inventados por ellos mismos para acojonar a los votantes creyendo que de esa forma los votarían. Ellos son naturalmente y en primer lugar la familia Aznar, José Mari y Ana, y después todos los demás; la Aguirre, Esperanza; el Acebes; el Zaplana; la Barberá, Rita para las amigas; la San Gil; el Astarloa; el tristón Mayor Oreja; y como no, el último en llegar –¿será también el primero en irse?– el Pizarro, empresario modélico donde los haya que, en un alarde de patriotismo trasnochado, dijo aquello de que jamás sería empleado de La Caixa cuando la OPA a Endesa –por cierto hoy se ha sabido que Rodrigo Rato sí será empleado de esa entidad financiera que lo ha fichado para presidir el consejo asesor de Criteria–. Y ya en la misma órbita pero diferentes planos, el Rouco, cardenal y presidente de la CEE. El director de El Mundo, con sus elegantes tirantes alentando primero y denunciando después, conspiraciones inexistentes. El Losantos, ‘correveydile’ de los obispos y limpia caspa del susodicho director de diario. El Alcaraz, dimitido presidente de una asociación de victimas del terrorismo, del que por cierto no se le ha oído declaración alguna tras el asesinato político del ex concejal vasco. Todos ellos y muchos más se han dedicado en los últimos cuatro años a intentar destruir a ZaPatero y su gobierno con la inocente convicción de que así harían posible el triunfo de RaJoy.

 

     Mucho les deben de doler hoy las tripas al ver con ojos incrédulos e inyectados en sangre, que ZaPatero ganaba de nuevo mientras su cándido candidato era derrotado. Con más votos y diputados que la vez anterior, pero derrotado al fin y al cabo. Por eso, esa derrota, ha debido ser más dolorosa.

 

     Pero lo que más ha debido desconcertarles ha sido la victoria arrolladora de ZP en Catalunya. Después de todo lo malo que, por culpa de ZP y su gobierno, nos ha pasado a los catalanes, que hayamos tenido la poca vergüenza de votarles, ya sobrepasa toda lógica. Por culpa de ZaPatero sufrimos un boicot nacional a los productos catalanes. Fue él quien ninguneó al nostre estimat president Maragall. ZP recortó l‘statut aprobado en el Parlament. Nos hizo padecer un apagón eléctrico durante días. Sufrimos durante meses los fallos diarios de cercanías. Vimos horrorizados como las infraestructuras se nos caían a trozos. Comprobamos, sin capacidad ya para sorprendernos, la no llegada del AVE. Nos humillaron hasta lo indecible por la OPA lanzada contra Endesa. Todo esto y mucho más, nos sucedió por culpa exclusivamente de ZaPatero. Y nosotros ¿qué hacemos? Votarle para que siga gobernando.

 

     No, no somos masoquistas. Sucede que quizás hemos sido capaces de ver las cosas en su justo punto. A lo mejor –como diría Zaplana– resulta que no nos hemos dejado engañar por los agoreros de La COPE, por las campañas de intoxicación de El Mundo y, en definitiva, por todas las mentiras lanzadas desde el PP. Porque no hemos de olvidar que: El boicot españolista contra productos catalanes lo lanzó el entorno de RaJoy. El apagón de julio fue responsabilidad de la compañía suministradora, Endesa concretamente, presidida entonces por Pizarro. El problema de cercanías y las infraestructuras venía de lejos, de cuando gobernaba el PP y CiU. El AVE llevaba ya un retraso de años, otra vez de cuando gobernaba el PP. El ‘statut’, bueno ahí sí que ZP tuvo algo que ver, pero después de todo fue aprobado en el congreso como se comprometió. De la misma forma, tampoco hemos de olvidar que ZaPatero: Retiró las tropas de Irak. Legalizó los matrimonios homosexuales y la adopción de niños por parejas del mismo sexo. Intentó el final de ETA entablando negociaciones con ellos. Redujo el papel de la religión en los colegios. Dignificó el recuerdo de los vencidos con la ley de la Memoria Histórica. Dio más competencias a las comunidades autónomas. Implantó Educación para la Ciudadanía en las escuelas. Y tomó medidas para una mayor y mejor integración de los inmigrantes.

 

     Asuntos todos ellos a los que se había comprometido en la campaña electoral de 2004 y que una vez en el gobierno cumplió. No será que se le ha votado para una segunda legislatura, porque sencillamente cumplió su programa, o al menos gran parte de él.

 

     Y a todo esto, el Barça perdió ante el Villarreal dando al traste con lo que podría haber sido una jornada perfecta. Pero, en esta vida, no se puede tener todo.

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10/03/2008 21:12 Autor: pepecobodice. #. Tema: Reflexiones Hay 1 comentario.

Nacionalismos, ¿suben o bajan?

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     No es cierto que el nacionalismo haya caído en estas elecciones. Si acaso, han caído algunos nacionalismos autonómicos –mal llamados periféricos– en detrimento del nacionalismo español que, como se ha visto, ha experimentado una subida en sus dos vertientes, la derecha y la izquierda. Sin embargo lo que los analistas han resaltado –con gran alegría en algunos casos– ha sido el descalabro del nacionalismo extremo, término mal utilizado al incluir en él a organizaciones tan alejadas entre si como ETA, PNV y ERC por ejemplo. Olvidándose que el nacionalismo español, que ellos defienden, es tan, o más, extremo que los otros. Pruebas no faltan, sólo hay que remontarse unos cuantos años atrás, en nuestra historia, para comprobarlo.

 

     Siempre he pensado que cuando el nacionalismo se convierte en reivindicativo termina siendo perjudicial. Cuando el hombre se ve obligado a reivindicar su propia condición ante la opresión de los demás o ante la amenaza, mas o menos cercana, de pérdida de libertad, reacciona, primero oponiéndose a ello, para a continuación reivindicar su derecho a ser como es y estar donde está, utilizando la violencia incluso. El hombre no reivindica algo hasta que es consciente de que: a) previamente se le ha quitado, b) se cree con el derecho a tenerlo y c) sencillamente le pertenece y siente que se lo quieren quitar. En el primer caso, intenta recuperar lo que por derecho le pertenece y se le arrebató, posiblemente, por la fuerza. En el segundo caso, sencillamente quiere conseguir lo que cree que le pertenece. Y en el tercer caso, ante la amenaza de que se lo arrebaten, lo defiende. Estos tres preceptos, condiciones o como queramos llamarlos, han desencadenado las peores guerras entre los hombres desde su existencia, y a lo largo de la historia han enaltecido el sentimiento individualista, transformándolo, en muchos casos, en nacionalista.

 

     Es de necios mirar hacia otro lado y taparse los oídos cuando catalanes, vascos, gallegos, aragoneses, valencianos, andaluces, extremeños, madrileños e incluso dentro de cada comunidad, otras mas pequeñas, pongamos por caso aranesa en el caso de Catalunya, e incluso comunidades locales, sectoriales o de género, reivindican su derecho a ser lo que son, a tener su propio espacio. Resulta llamativo comprobar cómo aquellos que reivindican su libertad ante los que se la niegan, son reticentes a dársela a los que a su vez la reivindican ante ellos. Y al final resulta que todos tenemos nuestra personal vena nacionalista, y que nuestras diferencias, eso que decimos enriquece a la comunidad, es precisamente lo que nos lleva a enfrentarnos. Los nacionalistas españoles están del lado de los nacionalistas servios ante la independencia de Kosovo. Los nacionalistas catalanes o vascos están del lado de los kosovares. Pero los tres, españoles, catalanes y vascos, estarían contra la ocupación de sus respectivos territorios, pongamos por caso, de los nacionalistas rusos u americanos. La lectura es simple, al igual que no permitimos que nuestro vecino de escalera, con el que nos llevamos maravillosamente e incluso vamos de excursión algunas veces, ocupe nuestra casa haciéndola suya, tampoco permitimos que otros ocupen nuestra tierra, país o nación imponiendo sus criterios.

 

     Puede parecer una visión simplista del nacionalismo, alguien dirá incluso que con cierto maquiavelismo, pero después de todo, la vida es simple, somos los hombres quienes la complicamos. En realidad, los que reivindican su independencia del resto ¿Por qué lo hacen? ¿Qué les mueve a ello? Y los que se la niegan ¿Qué interés tienen en ello? ¿Por qué quieren seguir siendo dueños de algo que es de otros? ¿Qué necesidad tienen unos y otros de estar enfrentados permanentemente cuando podrían vivir perfectamente compartiendo lo que tienen? Sólo hay que pensar un poco, intentar encontrar respuestas y después contrastarlas con las de los otros. Ambos se sorprenderían al comprobar que apenas existen diferencias.

       Es simplemente cuestión de supervivencia y eso, sólo es posible con la convivencia. Lo demás, sólo son ganas de enredar. 

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11/03/2008 20:18 Autor: pepecobodice. #. Tema: Reflexiones Hay 1 comentario.

Y al final, no quedarán ni los trozos. El Sol se tragará la Tierra

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     Y todo para acabar evaporados entre los efluvios candorosos del sol. Tanta preocupación por la contaminación, por el cambio climático y por la destrucción del planeta. Volviéndonos locos para reciclar la basura doméstica. Que si una bolsa para el plástico, otra para el vidrio, otra para el papel, y claro, la de basura orgánica. Los tetrabrik que nunca sabemos donde van, si en la bolsa del papel o en la del plástico. Las latas de sardinas, unas veces son basura orgánica, otras terminan en la bolsa del plástico, y otras en la del papel. Las pilas de botón, que si aquí sí, que si aquí no. El tabaco y los parches para dejarlo. La gasolina. El CO2. Que si protocolo de Kyoto. Que si la masacre de ballenas. Que si tú contaminas más, y tú aún más. Los pesticidas, los transgenicos. Que si la tala de árboles y la construcción desmadrada. El consumo desorbitado de agua, que no llueve, rogativas a la virgen para que lo haga, que cuando lo hace es para hacer mal y encima no se aprovecha el agua, el deshielo de los polos, la subida del nivel del mar, los desastres del tsunami. La escasez de carburantes, la guerra por el petróleo, la que se avecina por el agua. La escasez de alimentos. Las plagas de Egipto o de donde sea. El consumo convulsivo. La contaminación de los alimentos, que si sube el precio del pollo y luego el del pan. Los coches cada vez mas rápidos y la autoridad bajando el límite de velocidad, los controles de alcoholemia, los radares jodiendo al personal, las multas, las ciudades cada vez con más coches y el nivel de contaminación más alto, el bicing, el bus turístico y los turistas que cada vez son más y peores, el ayuntamiento recaudando impuesto. Salvemos al planeta, y a las focas, no a las corridas de toros, ¿y las de caballos?, derechos animales. Ponga un hijo –aunque sea adoptado– en su vida, contrabando de niños, derechos del niño, compra venta de miembros, inmigración, explotación, vivir, sobrevivir, derechos humanos. Reír o llorar, odiar o amar, correr o andar, subir o bajar, ir o venir, hacer o romper, crear o destrozar, creer o desconfiar… difícil decisión. Ver, oír, tocar, oler, saborear… los cinco sentidos.

     Qué más da, si después de todo el final será algo tan etéreo como evaporarse en una espiral de lenta efervescencia. Como si, montados un una montaña rusa, iniciáramos el descenso dentro de una vagoneta para llegar la final transformados en nada. La nada, ese estado indeterminado donde ni siquiera se es, porque de lo contrario, no sería ni eso. Tanta preocupación por ser lo que somos para que un día, aunque sea dentro de siete mil y pico millones de años –que se dice pronto–, seamos simplemente humo. Humo negro por supuesto, bueno, puede que para entonces y gracias a las diferentes mutaciones que el hombre haya experimentado, nuestro organismo ni siquiera sea natural y entonces el humo sería en vez de negro, pues no se… una mezcla de colores fosforescentes que crearía un espectacular y colorido final. Algo así como el piro musical de La Merce pero sin música, aunque sí con el sonido de las trompetas del juicio final tronando a toda pastilla, amenizando el descenso de nuestros evaporados cuerpos al fuego eterno del sol –así que el infierno era él–. Difícil lo tendrá San Pedro para rescatar de tan gaseoso estado a los buenos que deban ir al cielo.

       Triste final para una especie inteligente, pero no tanto como para poder esquivar su destino. Y mientras llega ese día, nosotros seguimos a lo nuestro, Zapatero gana las elecciones, los obispos se radicalizan, la economía empeora, Rajoy no se va, el Barça sigue sin ganar la liga y en el Vaticano, que no deben tener mucha faena, se sacan de la manga los siete pecados sociales. Como si no tuviéramos ya bastante con los siete pecados capitales.  

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12/03/2008 20:21 Autor: pepecobodice. #. Tema: Reflexiones Hay 1 comentario.

¿Tiene límites la crueldad humana?

     Detienen a los padres por comunistas, los encierran, matan al padre, la madre da a luz, le quitan a su hija recién nacida y matan a la madre, entregan la niña a un matrimonio desconocido. La niña crece con una familia que le es ajena, de mayor sus padres adoptivos contratan a un psicólogo para que le diga que es adoptada, le cuentan diferentes versiones de quiénes fueron sus padres biológicos. La niña, ya mujer, desconfía, investiga y se da de bruces con la terrible realidad.

 

     Esta historia ocurre en Argentina, se inició en la década de los setenta del siglo pasado, durante la dictadura del general Videla, y se alarga en el tiempo hasta hoy.

 

     ¿Qué debe hacer una mujer cuando descubre que toda su vida ha sido una mentira que se inició con el asesinato político de sus padres y su entrega a unos desconocidos? Difícil cuestión que lleva aparejada una más difícil respuesta, ¿verdad? Esta mujer, al conocer la verdad, ha visto como encajaban las piezas de un puzzle macabro en el que ella es la pieza principal. Ha comprendido la falta de amor que a veces, quizás demasiadas, tenían sus padres hacia ella. Ha entendido el alcance real de los comentarios dichos por sus padres de forma despectiva. Ha sabido por qué intentaron hacerle creer que su madre biológica la dejó abandonada en un hospital militar. En definitiva, ha hecho una revisión de su vida desde que tenía uso de razón y se ha sentido rematadamente mal al descubrir que no fue otra cosa que un juguete en manos de unos desaprensivos que jugaron a ser padres, y se ha sentido dolorosamente humillada al ser consciente del engaño al que la habían arrastrado. Esta mujer, tras saber la verdad, ha tomado una decisión que pasa por acusar, públicamente y ante la justicia, a sus padres adoptivos de haberla robado a sus padres de verdad.

 

     Como he dicho antes, difícil respuesta. Pero no hay otra, o sí, según se mire. La otra opción que le quedaba era ignorarlo todo, dejar que todo siguiera su curso y asumir, sola y en silencio, la pesada carga de una verdad que resulta demasiado dolorosa. Sin embargo, al elegir el camino de la denuncia, reivindica su derecho a ser ella y asume un pasado lleno de sombras. Además, pone al descubierto la crueldad del ser humano, desenmascarando a los que asesinaron a sus verdaderos padres y a los que intentaron ocupar su puesto.

 

     Desagradecida, si no hubiese sido por nosotros estarías tirada en una zanja”. Quizás no le falte razón a la madre que la adoptó al decir estas palabras a la hija adoptada. Tal vez, el final de aquella criatura recién nacida hubiese sido ese, como lo fue de sus padres. Pero eso no es motivo para que calle ante la tremenda injusticia que cometieron contra su familia, la de verdad. Esta madre debería, aunque solo fuera por un instante, imaginarse cómo sería ahora la vida de esa mujer con sus verdaderos padres, y debería saber que, de no ser porque gente como ella y su marido los secuestraron y asesinaron, no tendría ni siquiera excusa para decirle eso. La mujer que ahora denuncia, no sólo lo hace porque la robaran, lo hace también, y sobre todo, porque mataron a sus padres. Al denunciar su caso, denuncia todos los desmanes que se cometieron durante aquella dictadura. Y si al hacerlo resulta que es desagradecida con los que la acogieron, también es agradecida con quienes la gestaron y parieron. Porque si hacemos caso al dicho de que somos sangre de nuestra sangre, no cabe duda que a quien debe estar agradecida es precisamente a quien le dio la vida, no a quien se la quitó, aunque sólo fuese a medias.

   © PCB
13/03/2008 19:19 Autor: pepecobodice. #. Tema: Reflexiones Hay 1 comentario.

Perdida

     Se sintió bloqueada, no sabía por dónde empezar. Estaba segura que la noche antes lo había dejado donde siempre, sobre la mesita del recibidor, la que hay a la derecha según se entra. Aturdida por el poco tiempo que le quedaba, se embarcó en una desaforada búsqueda que la hizo poner histérica. Recorrió la casa una y otra vez buscando, cada vez más desesperada, lo que para ella era como un talismán. Nunca salía de casa sin él, no podía, sería como salir desnuda. Como loca miró y removió toda la casa, pero nada, no había ni rastro. Su estado era ya de frenético desquicio cuando constató que su apreciado tesoro no estaba en ningún sitio. Su mente era cada vez más espesa, como si se transformara en una especie de masa plástica, similar a la plastilina, que se oscurecía por momentos impidiéndole pensar con claridad pero, presagiando la tragedia que, como una amenaza, se cernía sobre ella. Enajenada por la pérdida se miró el reloj y al ver la manecilla pequeña marcar las nueve, su desespero alcanzó el cenit de un estado anímico a punto de explotar. Descolgó el teléfono y marcó un número, esperó impaciente la señal, aguzó el oído como si fuera un radar que rastreara en busca de una señal, el aparato siguió dando señal de llamada, al final oyó la voz mecánica invitándola a dejar un mensaje y ella enfurecida colgó el aparato con un golpe seco. Apenas habían pasado diez minutos desde que descubrió que no estaba, pero para ella era una eternidad. Saber que no estaba, que no lo tenía cerca, representaba un cataclismo, su vida se desequilibró hasta el punto de hacerla salir de la realidad y como un fantasma vagó por el mundo de las tinieblas perdida. Sin él, descubrió horrorizada, no era nada.

     Como si acabara de despertar de un mal sueño, Casandra regresa a la realidad cuando el ascensor para en la decimocuarta planta. Las puertas se abren y como una autómata da los seis pasos necesarios para salir de la reluciente caja metálica y situarse ante la mesa de recepción. Su compañera, sentada al otro lado y con el pinganillo en la oreja, se la queda mirando como si viera a un fantasma y le pregunta si se encuentra bien. Ella, ensimismada como si no acabara de creer que está allí, tarda en reaccionar. Pero cuando lo hace, ejecuta un rápido movimiento de cabeza, se la queda mirando con cara de espanto y luego le responde que sí está bien, pero que todo es muy extraño. La del pinganillo le pregunta qué es lo extraño y Casandra responde que todo, sin más explicación.

      En su despacho, lo primero que hace es abrir el bolso y mirar con cierta angustia en su interior, busca con ansiedad entre las cosas que contiene y durante esos instantes la incertidumbre se apodera de ella transportándola a una situación que su memoria parece recordar. Los nervios se van apoderando de ella hasta hacerla enfurecer y, sobrepasada por la situación, lanza el bolso al suelo. Inmovilizada y espantada Casandra mira sus cosas esparcidas por el suelo, su rostro se relaja cuando al fin ve lo que anda buscando. Allí, entre clinex, llaves, y artículos de belleza, está inmóvil el teléfono móvil. Se acerca a él y con suma delicadeza lo coge, una vez en sus manos lo acaricia, lo enciende y a los pocos segundos una señal acústica le informa que tiene un mensaje en el buzón de voz. Casandra marca el número del buzón de voz, se lleva el móvil a la oreja y, con la respiración acelerada, escucha su propia voz pidiendo auxilio. 

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14/03/2008 19:32 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Siga la flecha

      De pronto todo se le vino abajo. Cuando terminó de leer la carta tuvo la sensación de que su vida retrocedía treinta años y se vio, al igual que entonces, sin nada, al inicio de una carrera de obstáculos casi imposible de completar. Pero entonces era joven, y su determinación por conseguirlo le dio la fuerza necesaria para sortearlos y acabar el recorrido. La flecha, seguir la flecha hasta conseguir lo que se quiere, ese era el mensaje, ese era el consejo, rematado al final con la coletilla: no dejes nunca de seguir la flecha. Como si fuera uno de esos entretenimientos del suplemento de fin de semana del periódico, inició el camino siguiendo la dirección marcada por la flecha blanca pintada en el suelo. No se cuestionó sí eso era lo que quería, ni sí era lo que más le convenía, simplemente inició el recorrido porque alguien se lo había dicho, porque alguien le había ¿convencido? de que ese era el único camino posible. Y como buen chico aceptó su destino sin rechistar.

 

     Ahora, cuando había completado el trayecto, sorteado los obstáculos, conseguido el objetivo, recibía una notificación, una simple hoja de papel con membrete del ministerio de turno donde se le informaba que nada de lo que tenía le pertenecía. Al parecer, un insignificante error de trascripción cometido en uno de los centenares de formularios oficiales que, a lo largo del trayecto, tuvo que cumplimentar, había terminado convirtiéndose, por obra y gracia del efecto ‘bola de nieve’, en un descomunal fraude.

 

     Desolado, se sirvió un coñac. Sentado en su sillón preferido se llevó la copa a los labios y dio un largo sorbo, el licor inició el descenso por la garganta quemando todo lo que encontraba a su paso. La sensación de ardor le relajó, dejó caer la cabeza hacia atrás apoyándola en el respaldo, cerró los ojos y dejó su mente en blanco. Los recuerdos no tardaron en aparecer, uno tras otro fueron pasando ante él como escenas congeladas en el tiempo, como fotos amarillentas, gastadas de tanto pasar.

 

     Se vio de nuevo en la salida, ante la flecha blanca, pero no estaba seguro de querer iniciar el recorrido. Se sintió vulnerable, acechado por el miedo que espera agazapado para abalanzarse sobre él y engullirlo al menor descuido. Dudando, sin estar seguro de nada, mirando a un lado y otro, buscando las voces de aliento, los consejos, las palabras de apoyo, una mano tendida. Pero nada de eso había, estaba solo, terriblemente solo. Una gran pena de adueñó de él.

 

     Cuando abrió los ojos, las lágrimas, liberadas, resbalaron por sus mejillas.

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17/03/2008 20:27 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

Un paseo diario no hace daño, ¿o sí?

      (Primera parte)

     Salió de casa y, como cada día, cogió la calle a la derecha, caminó con paso apresurado, parecía tener prisa, mas que otros días. Sin embargo saludó a los vecinos con los que se encontró, incluso paró en el quiosco donde charló unos instantes con la quiosquera y, como era costumbre, no compró el diario, se conformaba con leer los titulares de la primera página, siempre decía que era en ella donde se daban las grandes noticias y que si una no estaba reflejada ahí era porque no merecía la pena, porque no era importante. Después se despidió y continuó su camino, su largo paseo de cada día que le llevaría al parque.

     Allí vivía su gran transformación, era allí donde se quitaba la piel de persona educada, atenta y socialmente correcta para convertirse en otra bien diferente. Rodeado por la frondosa vegetación, conseguía ser como él quería. Bajo los árboles, entre los setos, ante las albercas y fuentes, protegido por las sombras o a pleno sol en las anchas avenidas de tierra bordeadas por castaños centenarios, el Sr. Rabanet era otro. Caminaba despacio, pensativo, con la cabeza gacha, inmerso en sus pensamientos. Como si lo ajeno no le importara, ignorando a los que se cruzaba, ni siquiera los miraba, iba a lo suyo, por su camino, cavilando en sus cosas.

     La aparición del cuerpo de una mujer joven entre la maraña de nenúfares y lirios de agua del estanque principal, alteró la placida vida del parque ese día. El cuerpo, vestido con unos tejanos apretados y desnudo de cintura para arriba, no presentaba a simple vista señales de violencia. Pero el color de la piel y, sobre todo, el amorotamiento e hinchazón de labios y otros miembros daba a entender que llevaba unas cuantas horas en el agua. Los asiduos al parque no salían de su asombro al reconocer en el cadáver a la cuidadora de un señor mayor en silla de ruedas que cada mañana paseaban por allí, lo que desencadenó todo tipo de comentarios convertidos después en rumores sobre las posibles causas del crimen.

     Desde la distancia, el Sr. Rabanet miraba al bullicio junto al estanque como quien mira a un grupo de babuinos alterados por la presencia de un intruso. Su interés por lo que allí sucedía no era mayor que el que podía sentir por la teoría de la relatividad, que por cierto conocía muy bien y quizás por ello se la refanfinflaba. Pero aún así se sintió atraído, no tanto por lo que pudiera pasar, sino por el hecho de que tal revuelo había conseguido sacarlo de su mundo interior. Con sigilo se acercó al lugar de los hechos, mirando a su alrededor, buscando la causa del revuelo y sin entender el comportamiento de ciertas personas, mujeres sobre todo, que se alejaban compungidas y quejosas del remolino humano.

      Los más enterados decían que el cadáver tenía en su mano derecha un objeto. Algo que, al sacar el cuerpo del agua, vieron colgando, pero que ninguno fue capaz de describir. Delirantes conjeturas sobre el supuesto objeto y la forma en que habían matado a la pobre mujer fue todo lo que les quedó a los presentes una vez la policía hubo retirado a la muerta. El Sr. Rabanet, inusitadamente atento a lo que se decía, se llevó la mano al pecho al oír una de ellas. Nervioso se palpó el bolsillo izquierdo del chaleco, como si necesitara confirmar que todo estaba en su sitio, y sintió una brusca subida de adrenalina al comprobar que no era así. Tembloroso se abrió ambos lados de la americana y se miró, certificando que su reloj de bolsillo no estaba donde debía estar.

Continuara…

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18/03/2008 20:41 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Un paseo diario no hace daño, ¿o sí?

(Segunda parte)

       La investigación se centró en averiguar por qué la victima se introdujo de noche, cuando la temperatura rondaba los cero grados, y semidesnuda en el estanque, lo que hacía suponer que estaban ante un suicidio. O bien, y esa era otra línea de investigación, en caso de haber sido forzada a entrar, quién lo hizo y por qué. Lo que convertía el caso en un asesinato aunque no hubiese señales de violencia en el cuerpo.

     El objeto que colgaba de la mano del cadáver, era la única pista que podía llevarlos al asesino. El inspector se aferraba a ella como única prueba y por eso se sorprendió cuando el Sr. Rabanet se presentó en comisaría para denunciar que la victima le había robado un reloj. El policía no conseguía entender el por qué de la denuncia. La historia que le contó no tenia ni pies ni cabeza y la declaración no hizo sino que embrollar aún más las cosas. Pero lo más sorprendente de todo fue la explicación de que la ropa que le faltaba a la victima la tenía él en su casa. Hecho sin duda más que suficiente para inculparlo, aunque el inspector tenía serias dudas de que el Sr. Rabanet tuviese algo que ver con la muerte de la mujer.

     No consiguió el inspector sacar nada en claro del Sr. Rabanet, lo mismo decía que había visto a la mujer entrar en el estanque vestida y quitarse la ropa dentro, como que había sido él quien, después de semidesnudarla la había arrojado al estanque y en el forcejeo ella le había arrebatado el reloj. En cuanto a la hora en que ocurrieron los hechos, primero dijo que de madrugada, en una segunda versión dijo que fue a media tarde y después se desdijo asegurando que todo ocurrió durante la hora de la siesta. Lo único que no varió nunca, fue el motivo por el que la había matado: “era joven, bella y yo jamás podría tenerla” –dijo una y otra vez como coletillas.

   

     El registro del piso donde vivía el Sr. Rabanet corroboró las dudas del inspector. Los servicios de limpieza municipales tardaron varios días en sacar lo que almacenaba en él. Aunque se le había diagnosticado el Síndrome de Diógenes, el Sr. Rabanet no se comportaba como el típico afectado de dicho síndrome. Mantenía intacta alguna de sus facultades como la del aseo personal y sociabilidad lo que le permitió hacer una vida normal. Tampoco se recluyó en sí mismo quedándose en casa, aunque sí se había convertido en un hombre solitario y huraño, lo que no significaba evitar a los vecinos o negarles el saludo. En cuanto al almacenamiento de cosas, aún conservaba cierto grado de lucidez que le permitía ser selectivo en este aspecto. Por ello sólo recogía lo que encontraba, no en la calle, sino en el parque, y cuando no lo veía nadie. Era en definitiva, si se puede decir así, una versión refinada y con clase de dicho síndrome. O lo que es lo mismo, aún no había entrado en la fase de no retorno.

      Efectivamente, entre las bolsas de basura, los montones de cartones, diarios y revistas, y la infinidad de objetos como botellas, latas, tetrabrik, ropa como para montar un mercadillo y otras de diverso índole, los agentes encontraron, o creyeron encontrar, las prendas de vestir de la victima.  Una camisa, un jersey y una trenka fueron recogidos e introducidos en una bolsa de plástico después de que otro posible testigo las identificara como propiedad de la victima. Se trataba del hombre enfermo en silla de ruedas al que cuidaba la mujer asesinada. Ante la evidencia de las pruebas, el inspector no pudo evitar considerar al Sr. Rabanet autor del crimen, aunque siguió pensando que era inocente.  

Continuará…

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24/03/2008 19:47 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Un paseo diario no hace daño, ¿o sí?

      (Tercera parte)

     

      La autopsia fue concluyente: La victima había sufrido una parada cardiaca como consecuencia de un brusco bajón de la temperatura corporal. Al no presentar señales de violencia, el forense no pudo establecer relación alguna entre la muerte y un posible ataque, por lo que su diagnostico fue: muerte natural. La intervención directa de terceras personas en la muerte de la mujer quedó así descartada, pero no tanto la participación indirecta. La declaración del Sr. Rabanet y las pruebas materiales obtenidas a raíz de la misma, señalaban al anciano, al menos, como participante necesario en la muerte de la mujer. Pero al mismo tiempo, la inconsistencia de la declaración, debida sin duda a su  incapacidad mental, planteaba las suficientes dudas razonables como para no ser imputado. El inspector tenía las pruebas: el reloj del sospechoso en manos de la victima y las ropas de ésta en la casa de aquel. Pero le resultaba imposible establecer la conexión necesaria entre ellas y el sospechoso. Necesitaba un testigo que confirmara la presencia del Sr. Rabanet junto al estanque a la misma hora que la mujer.

   

      Todo lo que pudo decir el enfermo en silla de ruedas al que cuidaba la victima, fue que cada día en el parque, durante su paseo, se cruzaban con el Sr. Rabanet el cual los saludaba muy amablemente. Esa era toda la relación que mantenían, nunca hablaron más allá de los buenos días de cortesía. Él desconocía si al margen de esos encuentros, que los suponía fortuitos, el acusado y la victima mantenían o habían mantenido otros de cualquier tipo, por lo que poco o nada podía aportar a la investigación. Sí añadió en cambio, que el día anterior al que encontraron el cadáver, ella iba vestida con los tejanos y la ropa que encontraron en casa del Sr. Rabanet, y el paseo por el parque duró menos tiempo. Recordaba que la mujer le dijo que tenía que hacer unas gestiones y debía dejarlo antes en casa, pero que al día siguiente harían un paseo más largo e interesante. “Hasta el montículo de los cipreses” –dijo él que le dijo ella–.

      El inspector no dio importancia a ese pequeño detalle, lo consideró como una contrapartida al hecho de que ese día tuviera que dejarlo en casa antes de tiempo. Lo anotó en el bloc por pura rutina y ni siquiera se planteó la necesidad de ir hasta ese lugar. No al menos hasta que oyó a una de sus compañeras hablar de él.

       El Montículo de los Cipreses estaba situado en el extremo oeste del parque. Alejado de las tres entradas, era un lugar que por sus características orográficas se prestaba a ser utilizado como escenario de actividades un tanto dudosas. En ese lugar se reunían al atardecer los componentes de cierta secta religiosa para practicar algunos de sus ritos, que, aunque eran un tanto peculiares, no representaban ninguna amenaza para los demás usuarios del lugar. Al menos hasta la fecha no había habido denuncias ni quejas hacia ellos y por eso se les permitía utilizar el lugar para sus reuniones del ocaso, como las llamaban. Al parecer eran muchos los paseantes que se acercaban al atardecer a ese lugar para ver las actividades de tan singular grupo religioso que eran por todos conocidas y consideradas como una atracción más del parque.

      Lo que el inspector no acabó de comprender fue por qué la mujer dijo de llevarlo allí en su próximo paseo si éste sería por la mañana, cuando en aquel lugar no había nada que ver. “¿Qué sentido tenía ir por la mañana cuando la actividad era por la tarde?" –se preguntaba una y otra vez sin encontrar respuesta–   

Continuará…

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25/03/2008 20:33 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Un paseo diario no hace daño, ¿o sí?

     (Cuarta parte)    

     El Sr. Rabanet dejó de hacer sus paseos diarios hasta el parque, no porque no quisiera hacerlos, sino por que no podía. Aunque no se le había acusado formalmente del asesinato, seguía siendo sospechoso. Por ello, y por su estado de salud, fue recluido en el Hospital Psiquiátrico donde fue tratado de su enfermedad. Para él no representó un gran quebranto estar recluido, tenía plena libertad para dar sus paseos diarios, tan beneficiosos para su salud, sólo que los hacía en los jardines vallados del hospital. Fue observándolo en uno de esos paseos, que el inspector tuvo la oportunidad de comprender y atar algunos de los cabos sueltos de su investigación. Aquel día había ido hasta el hospital para hacerle unas preguntas en relación con el Montículo de los Cipreses. Le informaron que estaba haciendo su paseo y se dirigió al jardín. Lo divisó a lo lejos, caminando solitario, pausadamente y con las manos entrelazadas a la espalda, cabizbajo, enfrascado en sus cosas. Desde dónde estaba, el inspector lo miró y presintió que aquel paseo debía ser similar al que solía hacer por el parque, por lo que decidió observarlo antes de acercarse a él. Lo siguió con la mirada, observando y anotando sus movimientos y reacciones. Lo vio ir hacia una fuente, rodearla y seguir su paseo por un camino de gravilla hasta una encrucijada donde se paró y miró a ambos lados, cómo si no supiera qué camino coger. Pareció otear más allá de los setos y decidirse al fin por el camino de la derecha, lo siguió y, al cabo de unos pasos, se paró de nuevo. Con la cabeza gacha se metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsa de plástico que desenrolló, siguió caminando con la bolsa en la mano, se paró de nuevo, se inclinó hacia un banco y a continuación lo vio enrollar la bolsa, algo abultada, por lo que supuso que había guardado algo en ella, para al fin ponérsela de nuevo en un bolsillo del abrigo.

      Cuando le pidió que le enseñara lo que llevaba en el bolsillo, el Sr. Rabanet se mostró nerviosos y, apretando los brazos contra su cuerpo, le contestó con un movimiento negativo de la cabeza. Fue la primera vez que el inspector detectó cierto rechazo hacia él. Por eso dejó a un lado el contenido del bolsillo y le preguntó si en sus paseos por el parque solía ir al Montículo de los Cipreses. El Sr. Rabanet lo miró desconfiado y volvió a negar con la cabeza. El inspector intentó sonsacarle alguna cosa, pero el anciano no soltó prenda. Su acérrimo proceder sorprendió al inspector que no supo cómo actuar. Sentado junto a él en un banco del jardín se sintió poco menos que inútil y mirándolo a los ojos le preguntó directamente sí tenía algo que ver en la muerte de la joven.         

     –Ella me quitó el reloj –fue todo lo que dijo–    

     –¿Sabe por qué lo hizo?     

     –Dijo que lo necesitaba para sus cosas.    

     –¿Qué cosas?    

     –Esas que hacía con sus amigos.    

     –¿Que hacía? ¿Dónde? ¿Con qué amigos?    

     –Entre los cipreses, ya sabe. En ese sitio que me ha preguntado antes.    

     –¿Qué hacían allí?     

     El Sr. Rabanet con una inusitada cordura le contó que la joven muerta pertenecía a una secta que adoraba a ciertos dioses paganos y cada tarde se reunían en aquella parte del parque para hacer sus ofrendas. Le contó que un día al cruzarse en su paseo diario con ella y el hombre de la silla de ruedas, la joven le preguntó la hora y él miró en su reloj de bolsillo. Ella le dijo entonces que era muy bonito y él se lo enseñó. Desde ese día la joven sólo quería que se lo enseñara, incluso una vez le pidió que se lo dejase ver a sus amigos. Después ya no volvió a preguntarle nunca mas por el reloj.      

      –¿Cuándo se lo quitó entonces? –preguntó el inspector–      

     –No lo sé –respondió mirando a lo lejos–. Espere un momento he de hacer algo –le dijo levantándose del banco–     

     El inspector lo vio alejarse en dirección al surtidor central, iba medio encorvado y con paso apresurado, parecía que tuviese prisa por llegar a algún lugar. El inspector se levantó y dio unos pasos, quería ver bien a dónde iba, y entonces vio que repetía la operación de antes, se sacó la bolsa de plástico del bolsillo y lo vio coger algo de encima de un banco, un pañuelo le pareció, y meterlo dentro de la bolsa. El inspector comprendió entonces cómo habían llegado las ropas de la victima a su casa. Lo vio acercarse por el camino de grava, con las manos cogidas a la espalda, caminaba despacio, pensativo, mirando el suelo. Al llegar a su altura levantó la cabeza, lo miró y le dio los buenos días. El inspector le respondió el saludo y el Sr. Rabanet siguió su lento caminar inmiscuido en sus cosas. 

     Continuará…

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26/03/2008 21:14 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones No hay comentarios. Comentar.

Un paseo diario no hace daño, ¿o sí?

     (Quinta y última parte)

     De vuelta a la comisaría, el inspector cogió el reloj de bolsillo que el cuerpo de la victima tenía entre sus manos cuando lo encontraron y lo examinó de forma concienzuda. Sabía que en él estaban ciertas respuestas y quería encontrarlas. A simple vista el reloj no decía nada, era de lo más normal. En el exterior de la tapa había labrado un dibujo que representaba una ciudad amurallada y sobre ella unas nubes. Sin embargo, al mirarlo con la lupa, el inspector descubrió que entre las nubes había un ojo del que salían unos diminutos rayos en dirección a la ciudad, y al pie de la muralla se podía leer, no sin cierta dificultad, la palabra Jerusalén. En el reverso había otro dibujo grabado. Un compás abierto en un ángulo de cuarenta y cinco grados parecía flotar sobre un sol naciente tras el horizonte marino, y dentro del sol, una vez más, un ojo que parecía vigilarlo todo. En el interior de la tapa, una foto esmaltada en blanco y negro mostraba la sonrisa feliz de una mujer joven, “su esposa, supongo” –pensó mirándola con cierta melancolía–. Sintió la necesidad de tocar aquella superficie brillante y tras comprobar que nadie lo miraba, como si se dispusiera a hacer algo inmoral, acarició la foto con la yema del dedo y sintió que el esmalte cedía levemente a la mínima presión. En ese momento pensó que debía arrancar aquella foto. No le costó mucho quitar el aro de plata trenzado que sujetaba el esmalte. Cuando al fin quitó la foto el inspector leyó la inscripción grabada en el interior de la tapa: Roger Rabanet, hermano mayor del templo de Jerusalén en el año del señor de 1966.

   

     Aquel atardecer el inspector se acercó al Montículo de los Cipreses para ver en persona lo que hacían los componentes de la supuesta secta. Todo lo que vio fue a un grupo de jóvenes vestidos al estilo hippie que, al compás de una guitarra y un bongó, entonaban canciones de letra cansina y repetitiva balanceando la cabeza en movimiento pendular igual de monótono. El inspector preguntó, a una señora que los miraba extasiada, si eso era todo lo que hacían. La señora respondió que mientras había sol sí, pero que cuando se escondía, empezaba el verdadero espectáculo.

 

     Efectivamente, una vez el sol se hubo puesto, el grupo elevó el volumen de sus cánticos e inició una especie de danza sincopada que aumentó de ritmo a medida que se hacía oscuro para, una vez de noche, desembocar en una frenética y ruidosa farándula donde una de las chicas se despojó de sus ropas hasta la cintura, dejando su torso desnudo, y con él, los pechos que no dejaban de saltar temblorosos como un par de flanes. El inspector se percató que las ropas de la joven quedaban tiradas en el suelo mientras el grupo de danzarines, seguido de los espectadores, iniciaba el descenso del montículo en lo que al parecer era un recorrido habitual por los caminos del parque hasta el estanque.

       –La diosa de antes era más hermosa –dijo la señora que seguía al lado del inspector–    

       –¿Qué diosa? –preguntó él–     

       –La diosa de las tinieblas, es a ella a quien adoran. La que se ha quitado la ropa –dijo la señora señalando al grupo–    

       –¿Quién era la de antes?       

       –La joven que apareció muerta en el estanque –respondió la señora que ya se iba tras la comparsa–     

       –¿La conocía usted? –preguntó el inspector siguiéndola–     

       –Sólo de verla aquí.    

       –¿Qué cree que le pasó?    

       –Pues que en realidad no era diosa, por eso no superó la prueba.    

       –¿Qué prueba?      

       –La que debe superar cada aspirante. A ella le tocó la del frío y claro, su frágil cuerpo y su espíritu débil no lo soportaron.    

       –¿Quiere decir que entró en el estanque por propia voluntad, para ser diosa de las tinieblas?

       –Pues claro, esa era la prueba. Demostrar que no le pasaba nada, pero claro… le pasó.

  

     El juez escuchó con suma atención la exposición del ministerio fiscal apoyada por la declaración del inspector Garcilaso que desgranó con detalle lo sucedido. En el banquillo de los acusados, el Sr. Rabanet parecía ausente, miraba sin ver a los presentes y de vez en cuando daba muestras de interesarse por lo que se decía. Las declaraciones de los testigos corroboraron lo expuesto por la acusación. El juez, oídas las partes dictaminó que no hubo asesinato sino suicidio, inducido, eso sí, por una falsa creencia y una abyecta aspiración a ser una deidad, además de por otras personas, aunque esto último no pudo probarse. La sentencia exculpó al Sr. Rabanet de toda implicación, pero al mismo tiempo confirmó su permanencia en el hospital donde debía recibir el tratamiento adecuado, al menos hasta que pudiera regresar a su hogar con las garantías suficientes de asistencia que le permitieran llevar una vida normal.

 

     Cuando el juez estaba a punto de dar por cerrado el caso y levantar la sesión, el Sr. Rabanet se alzó de su asiento y con inusitada firmeza pidió la palabra. El juez se la dio rogándole que fuera breve.

 

     –Señoría, me declaro culpable. Yo maté a la joven del estanque. –dijo con convicción el Sr. Rabanet– Yo… –intentó proseguir pero no pudo–

 

     Las fuerzas le fallaron, el cuerpo del anciano se balanceó como si una ráfaga de viento lo zarandeara y de pronto toda la presencia que, instantes antes, había mostrado, se desvaneció. Parecía no saber dónde estaba, se le vio abrumado, apagado y asustado. Agarrado a la baranda de madera, que le separaba de la sala, buscaba con la mirada, implorando ayuda porque se sentía perdido. El inspector se le acercó y, cogiéndolo del brazo, le ayudó a sentarse. Aturdido, el anciano templario levantó la mirada y, al ver la cara conocida del inspector, le agradeció el gesto de ayuda con una mueca que quería ser una sonrisa, luego le preguntó si recuperaría su reloj.

  

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27/03/2008 19:56 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.

La espesa niebla

      “La espesa niebla lo cubre todo. Apenas veo lo que tengo delante. Camino inmerso en esta especie de nube gris sin saber dónde ni qué piso. Miro al suelo y no veo ni mis zapatos, en realidad, de mis piernas solo veo hasta las rodillas. Resulta extraño verme a mi mismo caminar, las rodillas son el final de las piernas y al avanzar una tras la otra mi cuerpo parece flotar más que caminar. 

      El silencio, el inmenso silencio que se oye, o mejor dicho que no se oye. Por cierto, ¿el silencio se oye? O simplemente es algo que está ahí, que nos envuelve y… Silencio, ausencia de sonido, de ruido… No se, creo que me está afectando demasiado esta situación. Decía que el silencio me envuelve y eso, más que la niebla, me da miedo. Ando entre esta espesura gris intentando oír algo, captar elgún ruido y lo único que llega a mis oídos es el sonido sincopado de mi respiración, el de mis pasos sobre la tierra húmeda. Aparte de eso, nada, silencio absoluto. ¿Estoy solo en este lugar?”.        

      Se despierta sudoroso y alterado, le cuesta respirar, como si le faltara el aire, su corazón va a mil por hora. Sentado en la cama, con la cara desencajada mirando al frente, como si ante él tuviera algo extraño, Constancio intenta controlarse y volver a la normalidad. Mira a su lado y ve que ella sigue durmiendo placidamente, no la ha despertado, esta vez no.    

      Se levanta y va a la cocina donde bebe un vaso de agua fría y siente como le quema al tragar. Sentado frente a la nevera rememora el sueño y se estremece al comprobar que esta vez parecía real. Piensa en lo que esa mañana le dijo el psiquiatra: “Analiza el sueño, cada detalle, cada situación, cada persona que aparezca en él y después pregúntate ¿por qué?”     

      Después de recordar cada instante del sueño se hace la pregunta y espera la respuesta, pero ésta no llega, no hay respuesta. Sentado en la silla se estira y con la cabeza hacia atrás cierra los ojos e intenta relajarse. En su cabeza, la pregunta se multiplica hasta el infinito en busca de la respuesta ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?...     

      Cuando por fin abre los ojos no entiende lo que pasa. Se siente aturdido, dolorido, cansado, inmovilizado. Se toca la cabeza, ¡Dios, cómo me duele! No siente las piernas, mira a su derecha y la ve, es su novia, está quieta, inmóvil, en silencio. Frente a él, las luces rojas no paran de parpadear, lo deslumbran. La niebla parece despejarse, sus oídos captan lejano el sonido de las ambulancias al llegar. ¿Quienes son? Se pregunta al verlos acercarse al coche destrozado. Después, asustado, les pregunta a ellos ¿por qué?  

      © PCB

29/03/2008 13:47 Autor: pepecobodice. #. Tema: Narraciones Hay 1 comentario.


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