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Crisis no, sólo una significativa desaceleración

Crisis es una palabra con connotaciones bien diferentes dependiendo de quien la pronuncia. En boca del presidente de una gran multinacional puede significar que simplemente la compañía que preside no ha conseguido aumentar su porcentaje de mercado en un par de dígitos con lo que las ganancias se verán visiblemente mermadas respecto a lo previsto, lo que no significa que tenga pérdidas y mucho menos que la empresa esté en peligro. Por el contrario, en boca del dueño de un pequeño negocio al que no le paga un cliente, puede significar el cierre del mismo. Como podemos ver el abanico entre uno y otro es muy amplio y cada cual utilizará la palabra crisis en función de sus expectativas.
En el ámbito de un país, pongamos por caso el nuestro, las connotaciones variaran según a que se aplique. No será lo mismo una crisis política que una económica, por ejemplo. En cualquier caso, e independientemente de las implicaciones, lo que sí ocurrirá es que la oposición intentará por todos los medios aumentar al máximo el efecto negativo de dicho vocablo, y para ello utilizará toda suerte de argumentos e intentará hacernos creer que son ciertos mostrando, impúdicamente a veces, hechos que lo refuten. El gobierno, sin embargo, pondrá todo su empeño en hacernos creer todo lo contrario, y para ello no escatimará medios ni discursos. Incluso hará malabarismos oratorios para demostrar que la tan cacareada crisis en realidad es otra cosa y desterrar del lenguaje político la tan aterradora palabreja. Pero, ¿por qué ese empeño de unos en hacerla visible y de otros en ocultarla?
Según el diccionario de la Real Academia Española, Crisis es: escasez, carestía. Y por extensión: situación dificultosa o complicada. En definitiva y referente a lo económico, que es lo que nos ocupa, crisis significa a grandes rasgos caída o pérdida de los beneficios. A nivel de estado se traduce en que al final del ejercicio no habrá superávit, con lo que la deuda aumentará poniendo en grave riesgo el crecimiento previsto.
Para los diferentes sectores económicos del país la crisis repercutirá en función de la fortaleza de cada sector. Por ejemplo en el sector bancario, desencadenante de la crisis con su política hipotecaria demasiado arriesgada. Y aquí hay que aclarar que la banca española es la mejor situada del entorno Euro debido precisamente al férreo control del gasto que vienen practicando desde hace años. La crisis incidirá según lo haga en el resto de sectores relacionados con él.
El sector de la construcción es el que indudablemente se lleva la palma. El descontrol urbanístico, a todos los niveles y en todos los estamentos, que desde hace años se viene ejerciendo, ha llevado al borde del colapso una economía basada principalmente en el pelotazo donde pagar comisiones desorbitadas estaba a la orden del día. Urbanizaciones faraónicas y de una desmedida pomposidad rayano lo vulgar, realizadas la mayoría de las veces sin el preceptivo estudio medioambiental, ignorando las señales de alarma lanzadas desde diferentes foros nacionales e internacional y sin prever o tener resueltas las infraestructuras, se han construido contra viento y marea sembrando el paisaje de brutales mastodontes de cemento y ladrillo que en muchos casos quedarán a medio hacer como consecuencia de esta crisis. Otros sectores, como el del automóvil e industrias satélites, están padeciendo también la crisis. Pero de todos ellos, el más visible quizás sea el energético. La persistente subida del petróleo repercute directa y de forma inmediata en el resto de sectores siendo el de la alimentación el que más lo nota. La agricultura, la pesca y el transporte son los más perjudicados y por ello han sido los primeros en plantarse y salir a la calle.
Aumento de precios y con ellos el IPC previsto, contención del gasto y con él congelación de sueldos para evitar el aumento de la inflación. Aumento del paro y pérdida de poder adquisitivo. Son algunas de las consecuencias de la crisis económica. Pero, por suerte, no es esta la situación actual. Porque, “crisis no hay, es sólo una significativa desaceleración”. Eso al menos es lo que dice el ministro de economía y posiblemente tenga razón. Porque, para crisis, la que viven en Birmania tras el paso del ciclón hace ya varias semanas. O la que viven los iraquíes desde que los Bush (padre, hijo y los que medran y se enriquecen con ellos), con el apoyo de Aznar y Blair los invadieron y arrastraron a una guerra que cinco años después nadie sabe cómo ni cuándo acabar. O la que padecen desde ni se sabe cuánto tiempo, los ciudadanos de países del tercer mundo. Crisis es lo que padecen tantos y tantos humanos, no importa de qué países ni condición, que viven bajo mínimos.
¿Se puede hablar de crisis en un país donde los bares, restaurantes, discotecas, centros comerciales y demás centros de ocio están a rebosar? ¿Donde el colapso circulatorio en las ciudades es algo normal? ¿Donde los fines de semana las autopistas, muchas de pago, están saturadas? Sí, hay crisis pero no es diferente a la que de forma permanente se ha establecido en los sectores sociales más desfavorecidos. Son ellos los que de verdad la sufre y no de forma circunstancial ahora, sino siempre. Es a ellos a los que un mínimo aumento del precio de los alimentos los perjudica. Por ello resulta paradójico que solamente hablemos de crisis, o desaceleración, cuando afecta a los que mejor viven.
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Tres mujeres, tres barcas, el enigma de un cuadro

Por la playa caminan tres mujeres. Una lleva en sus brazos una niña chica, que puede ser hija o nieta suya. Colgado en su brazo derecho lleva un cesto de mimbre. Camina descalza sobre la arena mojada por las olas, vestida con una blusa azul celeste y falda que se adivina oscura bajo un mandil blanco. Sobre sus hombros una mantelina igualmente blanca y cubriendo su cabeza, un pañuelo también blanco que la protege del sol, dejando al descubierto su cara de tez morena. Es joven, aunque la vestimenta y la cabeza cubierta la hagan mayor. La mujer mira, con semblante serio, pero dulce al mismo tiempo, no se sabe si a la mujer que camina junto a ella o al que, desde fuera del cuadro, las observa.
La mujer que camina junto a ella, es mayor. Diría que es su madre. Viste falda blanca y sobre ésta un mandil negro, la mantelina y el pañuelo de la cabeza también son negros. Bajo éste se perfila una cara envejecida, una boca sin dientes, con los labios hacia dentro y barbilla pronunciada, la nariz tosca y arrugada. Al contrario que su hija, calza sandalias. Lleva en su brazo derecho dos cestos de mimbre y camina pensativa, mirando al suelo, como si algo la preocupara.
Tras ellas camina la más joven, hermana menor o hija de la que porta la niña chica en brazos que a su vez podría ser hija suya. También lleva colgados dos cestos de mimbre, en su brazo izquierdo. Viste, al igual que las otras dos, falda, blusa, mandil, mantelina y pañuelo en la cabeza, pero de colores claros y alegres: azul cielo, azul marino y blanco. Sus rasgos faciales son más suaves y dulces, una joven que apenas ha dejado atrás la adolescencia. Camina mirando la arena, ensimismada en sus cosas que, a buen seguro, nada tienen que ver con las que preocupan a las otras dos.
Las tres mujeres caminan por la arena ajenas a las tres barcas que unos metros mar adentro se deslizan suavemente entre las olas. Unas y otras, mujeres y barcas, van en la misma dirección, hacia el sur, si nos atenemos a la orientación del escenario donde supuestamente se desarrolla la escena, captada por Joaquín Sorolla en la playa de la Malvarrosa en Valencia. Aunque esto es pura suposición.
Pero es precisamente el hecho de que mujeres y barcas vayan en la misma dirección lo que plantea el enigma de esta pintura. Las mujeres parecen caminar contra la dirección del viento. Sus poses ligeramente inclinadas hacia adelante, el fluir de su ropas hacia atrás así como el volar de la parte trasera de los pañuelos, sobre todo el de la más joven, muestran claramente que el aire va hacia la izquierda del que observa el cuadro. Sin embargo, las olas y las velas infladas que empujan a las tres barcas hacia el sur, indican que el aire va en dirección contraria.
¿Percepción errónea del pintor? ¿O simplemente un desfase temporal entre la plasmación de unas y otras? ¿Pintó un día las barcas y otro a las mujeres con el consiguiente cambio de rumbo del viento? ¿O sencillamente lo hizo así porque daba al conjunto un ritmo más acompasado y armonioso? ¿Fue consciente el pintor de esa diferencia? ¿O, por el contrario, no existe tal diferencia y es sólo una percepción del que observa?
Cuando miramos un cuadro casi siempre solemos ver algo ligeramente diferente a lo que el autor plasmó en él y en muchos casos, incluso radicalmente distinto. Cada cual interpreta a su manera y según sus preferencias lo pintado y casi siempre caemos en la tentación de hacer un juicio de valor. ¿Quien no ha oído alguna vez, en un museo o sala de exposiciones, la estrafalaria interpretación del enterado de turno sobre una obra? Pretendemos descifrar lo que el artista pintó, buscando incluso mensajes subliminales, olvidando que el autor plasmó lo que vemos sencillamente porque así lo veía, así se lo imaginó o así quería que fuese.
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Evaluación del desempeño

Seis empleados de una importante corporación mundial son citados en las oficinas de una empresa de consultaría situada en un edificio señorial de la zona alta. Acuden puntuales a la cita y lo único que saben es que la jornada laboral de ese día se desarrollará en ese lugar. A medida que llegan, la persona que atiende la recepción, una joven exageradamente maquillada y con un atuendo tan moderno como provocador, les indica la sala donde deben entrar. En la sala hay una mesa de trabajo cuadrada con nueve sillas, delante de seis de ellas hay una cartulina blanca y un bolígrafo sobre la mesa, lo que da a entender que son las sillas que han de ocupar cada uno de ellos. Como ocurre siempre que un grupo de personas se reúne, los recién llegados se agrupan y se sientan unos junto a otros teniendo en cuenta lo que nadie ha estipulado pero que en el subconsciente de cada uno está grabado, la afinidad entre ellos. Mientras esperan la llegada de quien los ha convocado, hablan y especulan acerca del por qué están allí. Les extraña que no estén otros compañeros del departamento y, entre reflexiones y preguntas sin respuesta, intentan encontrar las razones por las que ellos sí y los otros no, sopesando si estar allí es bueno o malo. Cada uno expone los posibles motivos por los que los otros no están y entre interrogantes y suposiciones intentan comprender al alcance de aquella cita. El ambiente es relajado, de camadería y compañerismo donde unos y otros apuntan ideas sobre lo que harán una vez se inicie la sesión.
A las nueve en punto se abre la puerta y la persona de la recepción entra un carrito con café, leche, infusiones, zumos y unas bandejas de pastas. La joven no dice nada, se limita a entrar el carrito, sonreír y abandonar la sala cerrando la puerta tras ella. El silencio, que se adueñó de la estancia cuando la puerta se abrió, es roto por un murmullo general que se desencadena ante la presencia del tentempié. El grupo retoma la conversación, esta vez más animados y optimistas, y entre bromas, sonrisas y chascarrillos transcurren los minutos de espera. Comen, beben y hablan, pero sobre todo esperan. Ninguno de los presentes, tres hombres y tres mujeres, da muestras de nerviosismo. Sin embargo, algunos se miran el reloj con mas frecuencia que de costumbre, otros no dejan de manosear el móvil abriéndolo y cerrándolo como si esperaran una llamada urgente, y otros mueven una de las piernas compulsivamente bajo la mesa sin darse cuenta de ello.
Distraen su atención charlando de cosas intrascendentes, pero cuando se agotan las pastas, el café y los zumos, se dan cuenta que ha pasado más de una hora y allí no ha entrado nadie. Entonces, una de las presentes se levanta y, con cierto enfado, dice algo así como que aquello es intolerable, que es una tomadura de pelo y sale a preguntar cuanto tiempo los van a tener allí. La joven de la recepción, que es diferente a la que les recibió y sirvió el café, le dice que en unos minutos estará con ellos la persona que debe dirigir la sesión. Ella pregunta en que consiste la susodicha sesión y la recepcionista responde que no lo sabe. Pero que no se preocupe, que vuelva a la sala, que en seguida estarán con ellos, y si necesitan más café o zumos que se lo hagan saber. La empleada de la importante corporación mundial le da las gracias y regresa a la sala no muy convencida.
Han pasado más de dos horas cuando otro de los presentes decide salir a informarse. La respuesta que recibe es similar a la anterior: “Enseguida les atenderá quien deba hacerlo”. Pero éste insiste en que no puede seguir esperando. Que necesita saber de qué va todo aquello y cual el motivo por el que están allí. La recepcionista, que vuelve a ser la joven del principio, le pregunta sorprendida si de verdad no sabe por qué están allí y ante la respuesta negativa de él, le dice que puede marcharse a su casa.
El resto del grupo sigue en la sala, esperando a que su compañero regrese y les informe. Pasan las horas y el compañero no vuelve, nadie de los presentes sale para ver qué pasa. A las dos en punto, la recepcionista abre de nuevo la puerta y entra, no uno, sino dos carritos, uno con bocadillos y fruta y otro con bebida y café.
Al igual que unas horas antes, la recepcionista deja los carritos, sonríe y sale cerrando la puerta tras ella. Nadie de los presentes dice nada.
Al día siguiente, en la oficina, los seis asistentes a la sesión de la consultora comentan con sus compañeros la experiencia. Siguen sin saber a que fueron allí, pero lo que cuentan despierta en los que no estuvieron unas ganas irrefrenables de vivir la misma experiencia.
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Hipocondría, vanidad y la pertinaz sequía

Recién levantado se miró al espejo y al verse pensó que los años no pasaban en balde. Como cada mañana, exploró su rostro en busca de alguna imperfección, era su particular ritual diario fruto de la hipocondría en la que había caído a consecuencia de su vanidad. Rastreó cada milímetro de piel de su cara, anotando mentalmente cada uno de los signos de envejecimiento que durante la noche habían aparecido. Contó las nuevas imperfecciones y las clasificó según su estructura, tamaño y color. Abrió la boca y examinó los dientes y muelas haciendo malabarismos posturales para verlos desde todos los ángulos. Los cepilló con cuidado, con un cepillo especial de cerdas de visón, para eliminar los posibles restos de impurezas, se enjuagó la boca con tres líquidos dentales diferentes, primero el desinfectante, luego el reforzante y por último, el refrescante. Después inspeccionó los ojos prestando atención especial a la esclerótica, observó con suma atención su superficie en busca de posibles manchas o malformaciones y siguió atentamente la trama de los minúsculos vasos sanguíneos asegurándose que no había derrames. Examinó los lagrimales, se limpió las lagañas, analizó los restos en busca de posibles focos infecciosos y finalizó el absurdo rito ocular poniendo en ellos, primero un colirio para eliminar impurezas, y minutos después, otro para blanquear y dar brillo a la membrana. A continuación le tocó el turno al cabello. Se tocó el pelo, lo acarició con cuidado, levantándolo para inspeccionar la raíz, buscando canas, señal inequívoca de envejecimiento. Lo peinó, adelante, atrás, a un lado, al otro. Se puso loción para fortalecer la raíz y esperó.
Pasados los cinco minutos de rigor, se prepara para aclarar el cabello. Abre el grifo del lavabo y lo que ve no le gusta, no sale agua. Lo cierra y vuelve abrir, una vez y después otra, el agua sigue sin salir. Va a la ducha, abre el grifo y el agua que no sale. Incrédulo ante la situación, su cuerpo empieza a temblar, siente que su mundo se desmorona. Se mira al espejo y ve su pelo grasiento, cubierto por la loción, sobrepasando el tiempo estipulado, acercándose peligrosamente al límite a partir del cual nadie sabe qué puede pasar. Su hipocondría se dispara aumentando la sensación de peligro. Corre a la cocina y abre el grifo del fregadero, tampoco sale agua. “¡No hay agua!” –grita–. El pelo está en peligro, el miedo se adueña de él, se angustia sólo de pensar que la loción que usa, precisamente para reforzarlo, acabe por deteriorarlo. Horrorizado ante el panorama que se avecina, abre la nevera buscando una botella de agua que no hay. Su mano temblorosa sigue buscando y, al borde de la histeria, se tropieza con una botella de litro y medio de cola. La cabeza le pica, siente como la pringosa loción resbala por la cabeza, alcanza las sienes, la frente, el cuello. Empuña la botella de cola y corre al lavabo, de su garganta sale un grito aterrador al verse reflejado en el espejo y, sin opción a nada más, vuelca el contenido de la botella sobre su cabeza.
Al principio siente cierto alivio al caer el líquido frío sobre el cuero cabelludo. Después, el espumoso liquido oscuro parece hervir entre su pelo, ve aterrado la cascada de cola burbujeante caer cabeza abajo, inundando su cara, llenando su boca recién limpiada y desinfectada. Sus ojos inundados por la espuma de la pegajosa bebida apenas distinguen en el espejo su rostro desencajado.
Quieto, de pie ante el espejo, mira con los ojos desorbitados lo que queda de él. Una especie de adefesio pringado, cubierto de una indescriptible melaza dulzona. La cara llena de restos de lo que parece chapapote –producido por la fatal mezcla de loción capilar y cola–. La cabeza desaliñada, con los pelos lacios, caídos a los lados, untados por una oscura y viscosa materia similar al betún. Desesperado abre el grifo del lavabo sin que este suelte ni siquiera una gota. El agua, ese bien tan preciado, parece dispuesta a fastidiarle el día.
La alarma ha cundido en la ciudad, la pertinaz sequía que azota al país ha obligado a la autoridad municipal a poner en marcha el plan de emergencia. El consumo de agua se verá afectado por las restricciones que esa mañana se han puesto en marcha. Sólo habrá agua de una a tres de la tarde y de ocho a diez de la noche.
Mientras, en el cuarto de baño de su casa, el hipocondríaco, ajeno a lo que sucede fuera, continua abriendo y cerrando el grifo.
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La Soli ya es centenaria

“La Soli” celebra el centenario de su nacimiento. Cien años de una publicación obrera y revolucionaria, portavoz oficial de la CNT. Pero sobre todo, portavoz de una forma de ver y vivir la vida en libertad. “La Soli” no es, y lo digo en presente porque aún se publica, un simple medio de propaganda de un sindicato obrero. Es un medio a través del cual se enseñan y expanden las ideas anarcosindicalistas y libre pensadoras. Se informa de lo que sucede en el mundo laboral y social desde una perspectiva diferente a la que lo hacen los medios integrados en el engranaje del sistema. Dando una visión de los acontecimientos desde la óptica del trabajador y dándole a él la oportunidad de ser quien los relate. “La Soli” es el medio de comunicación obrero por antonomasia. Si bien es cierto que hoy no disfruta de la resonancia social que tuvo en otras épocas, sigue siendo un referente de la información proletaria, término éste en desuso desde que el comunismo se reconvirtió en eco-socialismo.
“La Soli” fue testigo, y no precisamente silencioso, tanto de épocas convulsas, cuando los obreros se levantaron contra la tiranía de la burguesía empresarial que contrataba matones para hacerla callar, como de otras donde la paz social fue posible gracias a los logros conseguidos tras largas y costosas luchas de una clase obrera orgullosa de su condición. Vivió los vaivenes de una sociedad harta de ser utilizada por los que ostentaban el poder. Sociedad a la que desde sus páginas, se llamaba a revelarse contra los poderes establecidos. Páginas en las que nombres ilustres de todas las disciplinas del pensamiento humano, plasmaron sus ideas sobre una sociedad más libre, ilustrando a una clase obrera hambrienta de conocimientos.
“La Soli”, finalizada la Guerra Civil Española, fue reconvertida, previa expoliación de todo sus bienes por los franquistas, en Solidaridad Nacional. Pero de nada les sirvió, “La Soli” siguió existiendo en la clandestinidad y, aunque con mucha menor tirada y peor distribución, siguió fiel a sus principios y allí donde era posible leerla fue como una bocanada de aire fresco.
“La Soli”, renació con la caída del franquismo hasta recuperar el papel y posición que había tenido. Hizo sombra a otras publicaciones surgidas a raíz de la creación, en los años sesenta, de nuevos sindicatos obreros. Mundo Obrero, portavoz oficial del sindicato comunista, vio peligrar su supremacía cuando en la segunda mitad de los años setenta del pasado siglo, Solidaridad Obrera, “La Soli”, renació e inundó las calles informando fielmente sobre conflictos laborales como: Roca Radiadores, SEAT, Olivetti, Gasolineras, Industria Química, Artes Gráficas y otros que en aquellos años de pre democracia se extendían por todo el territorio. En aquellos años, “La Soli” estaba en la calle, en los puestos de trabajo, en las casas, en los sindicatos, incluso en las mesas de algunos consejos de administración, cuyos empresarios veían con estupor como la clase obrera tomaba la palabra para decir basta. Informó puntualmente, no solo de conflictos laborales, también de acontecimientos que preocupaban a la sociedad como el movimiento antinuclear y las energías alternativas, las nuevas tendencias culturales, los pactos de la Moncloa, las reivindicaciones autonómicas e independentistas, y de forma particular de asuntos que le afectaban más directamente, como: el caso Scala, las elecciones sindicales, el famoso V congreso de la CNT, de la repercusión que los acuerdos adoptados tuvieron en congresos sucesivos y, como no, de la escisión y creación del nuevo sindicato CGT y del intento de éstos de hacer su particular Soli sin que tuviera mayor repercusión.
“La Soli” vivió en aquellos últimos años setenta y primeros de los ochenta el acoso de los que veían a la CNT, y por extensión a organizaciones afines, como los mayores enemigo de la sociedad conformista en la que la clase obrera se había instalado y por ello no dudaron en utilizar toda la artillería disponible para destruir a uno y a otra. Pero a pesar de ese intento, treinta años después y gracias a un grupo de personas que siguen creyendo en sus principios, siguen vivos.
Y así, como quien no quiere la cosa, es como Solidaridad Obrera, “La Soli”, ha cumplido los cien años. Y para celebrarlo se ha organizado, durante todo el mes de Junio, la Exposición del Centenario en la Fundació d’Estudis Llibertaris i Anarcosindicalistes de Barcelona.
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Melancólica tarde de otoño

Con suave parsimonia se deslizaba sobre el blanco impoluto dejando tras de sí el rastro azul de cosas jamás dichas, pero sí pensadas. La pluma, cogida con elegante destreza por la mano frágil, pero firme, de una mujer mayor, desgranaba su trazo claro y refinado al acariciar, más que rozar, la superficie lisa de la hoja. Deslizándose cual danzarina sobre el escenario, las palabras fluían formando frases cargadas de dolor que, a su vez, componían párrafos enlazados unos tras otros, expresando pensamientos largamente callados. En el silencio de una melancólica tarde de otoño, roto por al zigzagueo del plumín al deslizarse sobre el papel, la tinta azul transformaba en palabras escritas las palabras que ella jamás pronunció. Junto a la ventana, a través de la cual veía pasar, allí abajo, a los escasos transeúntes que se atrevían a desafiar la persistente lluvia otoñal, escribía aquello que un día lejano quiso decir pero que, por mantener la estúpida compostura a la que la habían abocado, calló. Libre de ataduras, superadas las rígidas normas sociales en las que había vivido, alejada de toda presión social y sobre todo, y por propia decisión, recluida en su mundo interior, la mujer se dispuso a contar su verdad. Decidida a decir aquello que había callado, a hablar por primera y quizás única vez de lo que pensaba, de todo cuanto había guardado dentro de sí, para ella sola. Aquel día de otoño, al fin tuvo la fuerza necesaria para escribir la verdadera historia de su vida. De la vida que no le dejaron vivir. De la vida que tuvo que ocultar. La vida que, mas que vivir, sufrió.
“Lo primero que debéis saber, hijos míos…” El inicio no dejaba lugar a dudas, la mujer contaba su vida al mundo, pero dirigiéndose a sus hijos. Cinco concretamente, porque las buenas familias, las familias de bien, como solía decir su difunto esposo, debían tener hijos para el cielo y cuantos más mejor. A esa primera declaración de intenciones, porque en definitiva era eso, seguía la descripción detallada de una vida desgarrada. La vida de una mujer nacida en el seno de una familia burguesa y educada para ocupar el escalafón más alto de los reservados a ellas en una sociedad hipócrita y timorata en la que contaba más la apariencia que los propios sentimientos. Con minuciosa rigurosidad fue recuperando del rincón de la memoria más recóndito, porque fue ahí donde tuvo que encerrarlos, bajo siete llaves, los retazos de una vida no vivida, una vida negada, una vida condenada a la oscuridad de una no existencia porque, de haber existido, otros hubieses sufrido. Y ella, educada para obedecer, asumió su papel y con él el sufrimiento de no vivir, precisamente para evitar a los demás, el de verla vivir feliz.
“La conocí con dieciséis años y desde aquel día la quise con todas mis fuerzas…” Paró unos instantes y desvió la mirada a la ventana. Vio las gotas de lluvia deslizarse por el cristal y recordó las lágrimas que derramó aquel día, en la soledad de su habitación, cuando supo que su amor jamás sería correspondido. Sus ojos se humedecieron y volvió a sentir el mismo deseo que sintió aquel día de verano en que la conoció. Recordó el momento como si lo viviera una vez más y su cuerpo se estremeció. A través del cristal mojado, mirando a los transeúntes que pasaban deprisa bajo la lluvia, revivió aquella noche de fiesta mayor en el pueblo de la costa donde veraneaba su familia. En el entoldado, cuando sus primas se la presentaron y, en esos instantes de recuerdos lejanos, sintió, como una ráfaga de aire fresco, el beso que ella le dio. La mujer se llevó la mano a la mejilla y la acarició como si quisiera retener en ella aquel instante. Después volvió a la hoja de papel, cogió la pluma y continuó escribiendo.
“Ella no sentía por mi lo que yo por ella. Lo supe el día en que me confesó que estaba enamorada de mi primo y que haría lo posible por convertirse en su esposa…” La pluma seguía deslizándose por las hojas en blanco, acariciando el papel y dejando en él el testimonio de una vida fracasada. Una vida diferente, demasiado adelantada para su época y por ello condenada al ostracismo. El ritmo acompasado de la frágil mano de la mujer enamorada de quien no debía, marcaba el paso del tiempo intentando no dejan nada sin escribir. El repaso que de su vida hacía en esa tarde de triste otoño, le servía para ajustar cuentas. No quería irse sin que, al menos sus hijos, supieran quien era en realidad su madre, o dicho de otra forma, quería que ellos conocieran a la madre que, de haber sido correspondido su amor, no habrían tenido jamás. La mujer miró por última vez a la calle, vio que había escampado y los transeúntes caminaban sin prisas, ya no había lluvia de que protegerse y le pareció que todo estaba como debía estar.
“Llegado este punto, sólo os puedo decir que de lo único que no me arrepiento es de haberos parido”. El silencio pesaba demasiado en la pequeña habitación, la lluvia había cesado, el sonido del trazo del plumín sobre la hoja había finalizado y ella, al fin, había hablado. Dejó la pluma, miró la última hoja escrita y se recostó en el sillón.
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Por si acaso… ¿qué?

El espectáculo ofrecido por aquellos que, ante el temor de desabastecimiento, hicieron acopio de alimentos durante el paro salvaje, que no huelga, porque huelga es cuando los obreros asalariados se plantan ante los empresarios y no cuando éstos los inducen a parar como medida de fuerza para que el gobierno les subvencione el carburante, fue de lo más deplorable que se ha visto. Ver en los noticiarios de TV a una señora cargada con quince bolsas de kilo de arroz responder con un lacónico: “por si acaso”, a la pregunta por qué lo hacía de los reporteros de turno, fue ver la verdadera cara de la sociedad del bienestar. La cara más insolidaria de la condición humana, base de una sociedad autocomplaciente y saciada a la que le horroriza pasar hambre y no está dispuesta a un mínimo sacrificio. La imagen dada por aquellos que desde diferentes pulpitos sociales han ayudado a crear tan esperpéntica situación dando opiniones alarmistas, noticias sin contrastar y conclusiones nada objetivas, no dista mucho de la ofrecida por los que, atemorizados, se lanzaron a la bacanal del despropósito vaciando las tiendas. Pero eso sí, pagando religiosamente, porque después de todo, vivimos en un país civilizado y rico.
Pasado el temor inicial de ese “por si acaso”, y solucionado, en apenas dos días, el conflicto, sería bueno preguntar a esas personas qué harán ahora con todo lo que acapararon. Y de paso, preguntarles también cómo se sienten. Si están más tranquilos y felices por haber tenido la capacidad previsora de acaparar alimentos “por si acaso”. Pero sobre todo, habría que preguntarles el significado real de ese “por si acaso”. Qué interpretación le dan ellos a esas tres palabras dichas en ese contexto.
En otro escenario bien diferente, donde la única preocupación de sus habitantes es la de sobrevivir, no tiene cabida el “por si acaso”. No al menos con el mismo sentido que aquí. Allí, en Etiopia, donde el hambre real, no el de por si acaso nos falta comida, golpea con todas sus consecuencias, y si nadie lo remedia, en las próximas cuatro semanas puede matar a 150.000 niños, lo que preocupa no es el precio de la gasolina, sino el de los cereales. Precio que ha aumentado de forma escandalosa en los últimos años, entre otras razones por la descabellada idea de dedicar el cereal a la creación de biocombustible, lo que ha provocado la paradoja más tonta de cuantas ha vivido la humanidad: el hombre pasa hambre para alimentar a sus vehículos. Claro que, los que mueren de hambre no tienen vehículos que alimentar.
Niños famélicos, hambrientos, sin fuerzas para pedir comida y condenados a morir en apenas unas semanas, pero con un soplo de esperanza “por si acaso” alguien les da comida. Frente a personas bien alimentadas y saciadas que corren al supermercado a comprar lo que sea “por si acaso” se quedan sin comida. La misma razón para situaciones opuestas, ¡que contrasentido!
¿Qué hará la señora con los quince kilos de arroz que almacenó? ¿Qué pueden hacer los niños etíopes que no tienen unos granos de arroz que llevarse a la boca? Son los contrastes de dos mundos no muy diferentes, pero a años luz de ser iguales y tener las mismas oportunidades. Es la gran paradoja del ser humano. Tiramos a la basura la comida que nos sobra, mientras nuestros vecinos se mueren por no tener que comer.
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Sueño a la hora de la siesta

Sintió el roce de unas manos en la espalda y su cuerpo se estremeció. Ella siguió echada sobre la colchoneta, bocabajo, sumida en el sopor de una incipiente tarde de verano tostándose bajo el sol. A sus oídos llegaba el cansino sonido de música disco, lanzado al aire por una radio lejana, mezclado con el del monótono vaivén de las olas al romper en la orilla de la playa. Las manos seguían rozando su piel suave, primero a la altura de los hombros y luego deslizándose lentamente, con parsimonia, como si no tuviera prisa por llegar, acariciando la espalda, la cintura, el culo, las nalgas y piernas, hasta los dedos de los pies.
–¿Duermes? –preguntó él.
–No, sólo sueño –respondió ella.
–¿Qué sueñas? –preguntó de nuevo él.
–Que vuelo a un lugar.
–¿Sola?
–No, con alguien.
–¿Quién es?
–No te lo puedo decir.
–Mejor, así creeré que soy yo.
Ella no respondió y él, en silencio, dejó volar su imaginación mientras sus manos seguían aplicando crema hidratante en el cuerpo bronceado por el sol. Ahora era él quien soñaba y en el sueño se vio en un lugar lejano, el más lejano que podía imaginar. Estaba solo, en una playa desierta, de arena cobriza y agua turquesa, sin apenas olas y sin gente. Caminó por la arena mirando el horizonte, buscaba sin saber muy bien qué. En la arena, medio enterrada, encontró una caja. La cogió, la abrió y dentro vio un libro. Era antiguo, de tapas gruesas de piel, con un dibujo extraño y un título que no entendió. Lo sacó de la caja, lo ojeó y…
–¿Qué piensas? –preguntó ella interrumpiendo el sueño.
–En un lugar lejano –respondió él.
–¿Estás allí?
–Sí.
–¿Y qué haces?
–He encontrado un libro que voy a leer.
–Me gusta la idea. ¿Lo leerás para mí?
–Si –susurró él antes de besar sus labios.
Ella calló otra vez. Él siguió acariciando su piel, regresó al sueño, cogió el libro y leyó: “Todo fue tan rápido que no tuvieron tiempo de reaccionar. Las gentes que había allí creyeron que no sucedería nada, que aquello sería pasajero y que nadie sufriría daño. Pero cuan equivocados estaban. Nadie puede salir indemne de algo así. Eso lo supieron después, cuando el mal se hubo esparcido sobre ellos sin ninguna posibilidad de salvación…”
El sol se ponía tras el horizonte tiñendo de oro la lisa superficie marina, él caminaba sobre la arena cobriza, buscándola a ella.
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Al final del camino... inicia otra vida

Y sin embargo, sabía que había llegado al final del camino…
La incertidumbre había desaparecido, ya no sentía la desazón que se apropiaba de ella cuando, sin saber cómo ni por qué, caía en esa especie de desánimo general. Ella lo achacaba a las secuelas de la enfermedad que de niña la mantuvo en cama casi tres meses. Recordaba que, una vez superada, tuvo que aprender a andar de nuevo y eso le afectó demasiado. Su estabilidad emocional se vio alterada aunque no lo supo hasta años después, cuando ya de mayor empezó a sufrir las crisis que la mantenían apartada de los demás. Margarita, no obstante, había vivido una vida plena. Se había casado con el hombre que amaba y tuvieron tres hijos que la mantuvieron ocupada la mayor parte de los cuarenta y seis años de matrimonio. Dos de ellos le dieron tres nietos que llenaron de nuevo su tiempo libre mientras fueron pequeños.
Cuando se acercaba a los setenta y cansada de tanto niño, se sintió sola. Su marido, tres años mayor que ella, no era precisamente lo que se dice la alegría de la huerta. Su concepto de felicidad se basaba en pasar el día frente a la TV y dar un corto paseo matinal, aparte claro, de comer cuatro veces al día y tener cerca a su esposa que le servia más de soporte que de cónyuge. Margarita descubrió horrorizada que odiaba esa vida, a la que estaba abocada irremediablemente si algo o alguien no lo evitaba.
Barajó varias alternativas, todas pasaban por quitar de en medio a su amado esposo. Sí, amado, porque a pesar de todo, lo seguía amando. Era como un grano en el culo, pero era su grano, y lo quería. Por eso las desechó todas, veneno, clavarle el cuchillo jamonero, gas, ahogarlo en la bañera, e incluso atiborrarlo con sus pastillas de la tensión. Aunque encontró otra forma de dejarlo fuera de combate sin necesidad de matarlo: recluirlo en una residencia. Naturalmente él se negó, y fue entonces cuando ella le dio a elegir.
Manolo se sentía ridículo ante el espejo del probador, se miraba y no se encontraba. Vestido con aquellas ropas, tenía la sensación de ver frente a él a otra persona, alguien un poco pasado de rosca. Pero sin embargo, conforme lo miraba y se acostumbraba a tenerlo delante, sentía que el rechazo inicial desaparecía dejando salir a la luz una especie de complicidad con aquel otro yo que tenía delante. Cargados con bolsas de Zara, Margarita y Manolo llegaron a casa tras una jornada loca de compras. Hicieron sitio en el armario, sacaron la ropa anticuada y rancia y lo llenaron de ropa fresca, colorida y moderna.
Como unos alocados jovenzuelos enamorados dejaron atrás el camino polvoriento de sus monótonas vidas y cogieron la autopista recién abierta por la que emprendieron una nueva. A gran velocidad recorrieron el último tramo de su vida. Entre viajes, excursiones, clases de baile, salidas al cine, teatro, restaurantes, juergas con los amigos, visitas a museos, actos sociales, reivindicativos, de protesta y algún que otro homenaje, Ma y Ma –como los llamaron los conocidos desde entonces– vivieron hasta el último suspiro su tercera edad.
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Habla en cristiano ¡coño!

“Manifiesto por la lengua común”, así lo han llamado quienes lo han redactado. En definitiva, se trata de un nuevo intento de amordazar las lenguas de las diferentes comunidades en favor de la castellana. Dicen sus autores que el manifiesto está motivado por “una inquietud estrictamente política”, como consecuencia de “crecientes razones para preocuparse en nuestro país por la situación institucional de la lengua castellana… como lengua principal de comunicación democrática”. Dicen además que nuestro idioma –la lengua castellana– “goza de una pujanza envidiable y creciente en el mundo entero”. Por tanto, como dicen ellos, todo lo que les ha empujado a escribir este manifiesto han sido razones políticas. Es decir, politizar, mas si cabe, una cuestión –la lingüística– que en este país levanta pasiones, no tanto entre la ciudadanía de a pie, como en los políticos y sobre todo, ciertos sectores de la intelectualidad que al parecer, no tiene en que ocupar el tiempo.
Los autores establecen cuatro premisas, obvias y que no aportan nada nuevo –si acaso su punto de vista un tanto maniqueo–, como punto de partida para exigir al parlamento español “una normativa de rango adecuado (que en su caso pueda exigir una modificación constitucional y de algunos estatutos autonómicos) para fijar inequívocamente la lengua castellana como común y oficial a todo el territorio nacional”. Como si no estuviera ya bastante claro en la constitución.
Da la sensación de que sus autores consideran que, una vez cumplido el objetivo de resarcir a las lenguas autonómicas de la represión sufrida durante el franquismo, es hora de devolverlas al lugar que les corresponde para uso exclusivo de actos folclóricos y culturales locales, nunca estatales, y dar al castellano la supremacía que le corresponde sobre ellas.
Intentan con este manifiesto mostrar a la ciudadanía, a la que piden que se adhiera, una situación cuanto menos sesgada e interesada de la realidad lingüística. Dicen, y no les falta razón, que la constitución, en su artículo tercero, reconoce a las diferentes lenguas su derecho a ser protegidas y utilizadas. Para a continuación lanzar un órdago contra ellas diciendo que “sería un fraude constitucional y una autentica felonía utilizar tal articulo para justificar la discriminación, marginación o minusvaloración de los ciudadanos monolingües en castellano”, en clara referencia a las políticas lingüísticas de ciertas comunidades autónomas. Nada dicen en cambio de que el presidente de la Comunidad Valenciana haya obligado a todos los colegios públicos a dar la asignatura Educación para la Ciudadanía en lengua inglesa en detrimento del castellano y por supuesto del valenciano. ¿Aceptan los defensores del castellano como lengua común que ésta sea ninguneada y menospreciada si el motivo es boicotear al gobierno socialista? ¿Acaso no es lo mismo obligar a dar una asignatura en ingles que en catalán?
Nadie duda de la inteligencia de los autores, de igual forma que no se duda de que conozcan que el verdadero peligro para la lengua castellana no está en las otras lenguas co-oficiales, el verdadero peligro está en otra parte. Quizás sea esa la razón por la cual la Real Academia no se ha adherido al manifiesto.
En España, hoy, y cada vez más, no sólo se habla castellano, catalán, valenciano, vasco o gallego, también se habla árabe, pakistaní, chino en sus diferentes variantes, mandarín, japonés, ruso, además de todas las lenguas europeas. El idioma, la lengua, ya no es sólo algo exclusivo de las diferentes comunidades autónomas, es algo más cotidiano, que afecta a comunidades, sí, pero de otro tipo y con otras connotaciones. Comunidades que van más allá de los límites territoriales. Estas lenguas no se hablan en un lugar físico determinado, sino en todos. Y por supuesto, los que pertenecen a esas comunidades exigen, y si no lo hacen lo harán muy pronto porque también les asiste el derecho, que sus lenguas sean respetadas. Cabe preguntarse si para los autores y los miles de firmantes de este manifiesto también son un peligro todas esas lenguas. Porque de ser así deberían modificar inmediatamente el texto, mas que nada para que no desprenda el pestilente tufillo anti nacionalista, autonómico que no español, con el que esta redactado.
Dicho esto he de añadir que, viviendo en Catalunya desde hace casi cuarenta años y siendo castellano hablante, jamás he tenido problema alguno en mi vida diaria, privada y profesional. Nunca nadie, y en ninguna circunstancia, me ha obligado, y ni siquiera exigido, hablar en catalán, y cuando me ha sido posible lo he, mas que hablado, chapurreado, sin que nadie me haya reprochado no saberlo. Sólo es cuestión de sentido común, respeto y no temer lo diferente.
¡Salut i…!
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Yo, el balón

Aquí estoy una vez más, rodeado de veintidós fornidos jóvenes dispuestos a todo para hacerse conmigo. Esperando a que ese señor de negro toque el silbato y ese otro que me mira con deseo me de la primera patada, momento en el cual empiezan los noventa minutos más excitantes y ajetreados de mi existencia.
Desde ese preciso instante y hasta que el de negro vuelva a tocar el silbato indicando que ha pasado el tiempo, yo no tendré ni un solo segundo de descanso. Rodaré sobre la hierba, volaré sobre sus cabezas, recibiré todo tipo de golpes: patadas, cabezadas, empujones y algún que otro manotazo, todos querrán tenerme entre sus pies y dos de ellos entre sus manos. Todos querrán llevarme, a base de piruetas y esquivando al contrario, hasta la puerta de los otros para, una vez allí, lanzarme de una potente patada contra la red y meterme dentro. Por el contrario, sólo dos querrán cogerme con sus manos y estrujarme con fuerza contra su pecho, protegiéndome para que ningún otro pueda tenerme. Es el momento más conmovedor y agradable de mi participación en ese, ¿cómo lo llaman ellos?, a si, encuentro o partido. Pero dura poco, apenas unos segundos, cuando la situación está controlada, él me lanza con todas sus fuerzas a sus compañeros. En esos instantes en que vuelo sobre la hierba siento el aire fresco sobre mí y los veo allí abajo como simples puntos que se mueven nerviosos hacia donde yo voy pugnando por poseerme.
Pero lo más emocionante es cuando en una de esas refriegas que tienen entre ellos dentro del área, unos para lanzarme a la red y otros para alejarme de ella, uno de los que quieren alejarme me toca con la mano. Cuando eso sucede yo vivo un momento especial, mi piel curtida por los golpes, al contacto de su mano fuerte y temblorosa, experimenta una descarga, breve pero intensa. Sólo son décimas de segundo pero suficiente para que yo me sienta feliz por esa delicada caricia, lo miro y veo en su rostro el gesto preocupado, como suplicándome que no diga nada, pues eso le costaría una sanción, entonces yo sigo mi camino y como agradecimiento por la caricia me desvío de la trayectoria original evitando así entrar en la red.
En ese momento se entabla una discusión entre ellos donde unos acusan a los otros de haberme tocado con la mano. Mientras, yo, ajeno a todo, callo y espero a que finalicen. Pero en ocasiones los infiltrados del señor de negro, que vigilan desde fuera, ven lo sucedido y levantan la bandera indicándole que se ha producido una falta, entonces el que osó acariciarme es amonestado y su equipo es penalizado con un tiro libre a su red, penalti lo llaman ellos.
Como de lo que se trata, es de que me metan en la red contraria cuantas más veces mejor, cuando eso ocurre, el que lo consigue corre saltando de alegría y tras él sus compañeros hasta que lo alcanzan y abrazan amontonándose, unos sobre otros, de felices que están. Mientras que los contrarios observan aturdidos y cabizbajos pensando vete a saber qué cosas. Entonces miro hacia arriba y veo a los miles de seguidores que desde sus asientos gritan como posesos, unos de alegría y otros de rabia y me ruborizo pensando que yo, el balón, soy el causante de tal algarabía.
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