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Las Zorreras ¿un cuento de terror?
Dicen que las zorras merodeaban por aquel cerro de noche en busca de sus presas. Que sus aullidos se oían en el pueblo y podían verse corretear entre las rocas y arbustos en noches de luna llena. Durante el día no se veían, vivían escondidas o se alejaban para evitar ser vistas y cazadas por los habitantes del pueblo, los mismos que bautizaron al lugar con el nombre de “Las Zorreras”, porque allí tenían sus madrigueras. Como estaba cerca del pueblo, los niños iban allí a jugar y se la conocían como la palma de sus manos. Se escondían en las cuevas, saltaban entre las rocas y corrían por aquel lugar como si ellos fueran parte de las manadas.
En ocasiones, cuando escaseaban las presas y no tenían nada que comer, las zorras bajaban hasta el pueblo y se colaban en algún corral donde daban buena cuenta de gallinas y conejos dejando un rastro de animales muertos a su paso. Eso, naturalmente, enfurecía a los vecinos que maldecían a las zorras y a sus camadas y organizaban batidas para seguirlas y matarlas, pero el método más utilizado para acabar con ellas era un veneno muy potente conocido como “Esternina”.
Una primavera en que el invierno había sido especialmente crudo y ante la escasez de alimentos, las zorras se vieron obligadas a adentrarse en el pueblo y asaltar los corrales con demasiada frecuencia, provocando el consabido destrozo. Los habitantes del pueblo, artos de los ataques de las fieras, emprendieron la caza sin cuartel contra el enemigo. Distribuyeron por Las Zorreras restos de animales impregnados del mortal veneno y esperaron a que las zorras se los comieran y que el veneno que contenían les hiciera efecto. En pocas semanas los ataques a los corrales habían dejado de producirse y los habitantes del pueblo volvieron a dormir tranquilos sabiendo que las zorras habían desaparecido. Así fue como Las Zorreras dejaron de estas habitadas por los animales que le dieron su nombre y con el tiempo todos olvidaron que un día allí habitó ese animal.
Aquel verano hizo mucho calor, los niños siguieron yendo a Las Zorreras a jugar y corretear por cuevas y rocas, pero sin el miedo de encontrarse con una manada de esos peligrosos animales salvajes. El día de Santa Ana, apenas salido el sol, varios padres acudieron corriendo a casa del médico para solicitar sus servicios. Sus hijos estaban enfermos, tenían fuertes dolores de barriga y deliraban. El médico no salía de su asombro cuando comprobó que al menos diez niños del pueblo presentaban los mismos síntomas en el mismo día. La noticia corrió como un reguero de pólvora y los rumores se adueñaron del pueblo.
Los niños empeoraban a cada minuto. Sufrían fuertes diarreas acompañadas de hemorragias, fiebre y moratones en la piel, y el dolor por todo el cuerpo les resultaba insoportable. El médico, desbordado, desconocía qué tenían y no sabía qué hacer ni qué tratamiento poner. Llamó a la capital pidiendo ayuda y esperó la respuesta. El primer niño murió a las tres de la tarde, apenas había anochecido cuando murió el último. Diez inocentes niños muertos victimas de una desconocida enfermedad en apenas doce horas. Todo el pueblo se vio sumido en un profundo dolor, prácticamente todas las familias habían perdido un hijo y nadie sabía por qué.
La autopsia realizada a uno de ellos reveló que tenía una alta concentración de una sustancia tóxica en la sangre, sustancia que se encuentra en un veneno concreto: “la Esternina”. Cómo había llegado dicho veneno al cuerpo de aquellas inocentes criaturas era un misterio para el forense, pero no así para los padres y demás habitantes de aquel desgraciado pueblo. ¡Ellos habían envenenado a sus propios hijos! Sin proponérselo, ¡pero lo habían hecho!
En su afán por acabar con la amenaza que, contra su propiedad, representaban las zorras, habían ignorado que el lugar preferido por sus hijos para jugar era aquel que ellos habían infectado con el potente veneno. Los niños habían seguido yendo allí a jugar, y aquel día, víspera de Santa Ana, con la confianza que da saber que los padres habían acabado con las feroces alimañas, sus hijos los habían imitado jugando a cazar zorras y, en su inocente juego, habían utilizado los restos de carne infectada, convirtiéndose ellos en victimas, no de las alimañas, sino de sus propios progenitores.
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Marisol, un recuerdo

Leo en la prensa que Marisol ha cumplido sesenta años y he sentido cierta nostalgia. Recuerdos borrosos de años lejanos han inundado mi mente transportándome a lugares y momentos casi olvidados. El almacén de Julián Ferre en Padules, donde nací, que se transformaba en cine los domingos, y donde vi “Un Rayo de Luz”, su primera película, de la que apenas recuerdo nada. Allí vi también las dos –¿o fueron tres?– que sobre la vida de Alfonso XXII se hicieron. Fue precisamente al salir de ver una de éstas que recibí la mayor reprimenda pública de mi vida. Sucedió que al salir del cine y ante la urgencia de desahogar nuestra joven vejiga, un grupo de niños nos pusimos a orinar contra la pared del cine y cuando estábamos en plena meada, el maestro –Don José se llamaba– que salía del cine junto con su esposa, nos sorprendió. Naturalmente nada mas vernos se situó detrás nuestro y, con la ceremonia que le caracterizaba, dijo los nombres de todos los que estábamos extasiados de cara a la pared y a continuación nos abroncó tachándonos de marranos, indecorosos y ni recuerdo ya de cuantos adjetivos más, todo eso claro, ante la atenta mirada de los que salían del cine que si no era todo el pueblo poco faltaba. Naturalmente al día siguiente en la escuela nos obsequió con un par de varazos, no se si de almendro o de olivo, pero en cualquier caso el hormigueo de tan ‘cariñoso’ castigo duró horas en nuestra manos y, que yo sepa, ninguno de los que lo sufrimos crecimos traumatizados por ello.
La vi por segunda vez en el cine Ramblas –creo que se llamaba así– de Terrassa, donde pasé el verano de1963 en casa de mis tíos. Un cine de los de antes, con platea, primer piso –y puede que segundo–, y pantalla gigante. Para mí, que entonces tenía nueve años, fue todo un descubrimiento. Acostumbrado al almacén que sólo tenía una entrada, ver aquel lugar con un vestíbulo inmenso era como estar, no se, en otro mundo. La cuestión es que mi primo me enseñó todo el cine, y yo, en mi ignorancia de niño de pueblo, creía que cada entrada a la sala lo era a cines diferentes y salí de allí convencido que había no uno, sino varios cines en los que hacían la misma película. Era un domingo por la mañana –entonces hacían sesión matinal– cuando la vi en Tómbola y allí me enamoré de ella, como la mayoría de los niños.
Después hizo más películas que supongo vi en el cine de mi pueblo que, con los años, cambió de ubicación hasta que un buen día desapareció, el último que recuerdo estaba en el almacén de Los Encisos.
Marisol siguió su vida de lujo y glamour, después supimos que fue de explotación y tristeza, y yo seguí con la mía. El enamoramiento de niño desapareció y Marisol paso al olvido. Pero un día me di de bruces con ella, no podía creerlo pero sí, era ella, desnuda en la portada de Interviú, todo un acontecimiento. Pepa Flores se deshacía de Marisol por la vía rápida, despojándose de todo lo que representaba, marido incluido, y mostrándose tal como era. Así volvió a renacer en mí cierta atracción por ella. Me alegró verla puño en alto en los mítines del PCE, en las manifestaciones contra el ingreso en la OTAN y viviendo junto a Antonio Gades. Mas tarde, mi admiración hacia ella aumentó cuando, sin deber nada a nadie, se retiró a su ciudad a vivir su vida. Por eso, cuando hoy he leído la noticia, he sentido nostalgia y como no quería pasar de los recuerdos, he dedicado unos minutos a escribirlos.
© PCB
Atardecer en el puente Gálata

Se giró y la vio marchar. Caminaba segura hacia su destino, sin ni siquiera volverse para verlo por última vez. Lentamente se alejaba cuando algo la hizo detenerse. Por un momento él pensó que daría la vuelta y regresaría, aunque solo fuera para darle un beso de despedida. Pero no, lo que hizo fue sacar el móvil del bolso, lo miró y se lo llevó al oído. Alguien la llamaba.
El zumbido de su móvil lo asustó, aturdido lo sacó del bolsillo y al responder oyó su voz apagada decir: “Adiós”. No le dio tiempo a más, ella colgó y lanzó el diminuto aparato a las tranquilas aguas del Bósforo.
Quieto, con el teléfono aun pegado a la oreja, siguió mirándola mientras ella se confundía entre la multitud que, a esa hora del atardecer, cruzaba el puente Gálata. En su oído resonaba, como un eco lejano, la que fue su despedida.
La suave brisa que bajaba por el Cuerno de Oro refrescaba la calurosa tarde de primavera. Del cercano Bazar Egipcio llegaba un intenso olor a especias que quedó grabado en su mente junto con la imagen borrosa de ella alejándose.
Él siguió mirando sin verla, porque ya había desaparecido. Se esforzaba por conservar en la retina la imagen de su cara. Aquella cara morena de gruesas cejas negras y larga melena, también negra como el azabache, que había conocido aquella mañana en Santa Sofía.
Cuando la vio por primera vez bajo la inmensa cúpula de la antigua mezquita, sintió una sacudida que lo dejó aturdido, fue como si dentro de él se desatara una tormenta. Desde ese momento sólo tuvo ojos para ella. La atracción que produjo en él fue tan fuerte que le hizo olvidar el lugar donde estaba. La siguió dedicándole miradas furtivas, cada vez más intensas, con la esperanza de que ella se percatara de su presencia. Pero su timidez, no hizo sino que retrasar el momento de abordarla y, con cualquier excusa, entablar una conversación que resultara, cuanto menos, convincente y que no la hiciera sentir incómoda.
Para su sorpresa fue ella la que se acercó. Le sorprendió con algo tan banal como: “¿Te gusta el arte bizantino?”, el sofoco que sintió apenas le permitió responder un titubeante “Si”. Ella sonrió al ver su cara y se presentó, él hizo lo mismo.
Pasaron el resto del día juntos, ella le enseñó lugares de la ciudad que él nunca habría conocido. Su sonrisa le acompañó todo el día, que fue el más feliz de su vida. Ella le contó que era descendiente de sefardíes y había vivido siempre en esa fascinante ciudad. En apenas ocho horas que pasaron juntos se enamoró perdidamente de ella. Aquellos ojos marrones le miraban con una intensidad a la que él no estaba acostumbrado. Sus labios parecían ofrecérseme como fruta prohibida y él, cada vez más excitado, no podía disimular la atracción que sentía por ella.
Fue después de comer, sentados en un banco de uno de los patios de Topkapi, cuando ella acercó sus labios a los de él y le ofreció el beso más dulce e intenso que jamás había vivido. Aquellos instantes fueron los más apasionantes, pero también los más breves, de su aburrida vida. Al separar los labios quiso decirle que la quería, pero ella se lo impidió sellándoselos con su dedo índice. Él entendió el mensaje y calló. Ella sonrió en silencio.
Han pasado los años y a él aún le duele el corazón al recordar aquel día, y sufre en silencio por lo que podía haber sido y no fue.
© PCBDe hijos y padres
Él no entendió que su hija quisiera irse de casa. Sucedió durante la cena, una noche de finales de verano del setenta y cinco, dijo a sus padres que ya no quería ni podía seguir viviendo con ellos y que había decidido vivir con su novio. Su padre no dijo nada, miraba el telediario pendiente del último parte médico de la enfermedad del “Generalísimo”. No entendía por qué su adorada hija prefería vivir con un desconocido antes que con ellos. Revisó su vida buscando un motivo que lo justificara y sólo se le ocurrió preguntarle si ya no los quería. Su madre fue mas sutil, a solas en su habitación le preguntó si estaba embarazada. Para una mujer de su generación y cultura, ese era el único motivo por el que una hija podría querer abandonar la casa de sus padres, cualquier otro motivo no era previsible. Por eso, la madre no prestó ningún interés cuando ella le dijo que necesitaba vivir su vida.
Aquella noche estalló con toda su crudeza el primer conflicto entre ella y sus padres. Pero no fue algo inesperado. Desde hacía tiempo se venía gestando, especialmente con su padre. Cuando hablaba con él percibía que la distancia era cada vez mayor y que ya no sintonizaban como años atrás. Sentía que su padre cambiaba con los años sin percatarse de que ella también lo hacía.
Con su madre fue diferente, educada en una estricta moralidad católica tenía asumido su papel de esposa y madre con las consecuencias que ello comportaba. Las discrepancias entre ellas eran evidentes e insuperables desde el día en que tuvo la primera menstruación. Ese día, todo el consejo que supo darle fue que se alejara de los hombres.
La incomprensión se instaló entre ellos generando un distanciamiento superado sólo con el paso de los años. Cuando los padres comprendieron y aceptaron el que su hija se uniera, sin contrato civil o eclesiástico de por medio, con la persona a la que amaba, y ella, convertida a su vez en madre, comprendió lo que ello suponía.
Ahora, treinta años después y separada, tiene la amarga sensación de que el conflicto iniciado aquella noche no ha finalizado. Convencida como estaba, de que el enfrentamiento con sus padres le había dado la experiencia necesaria para comprender a sus hijos cuando estos le plantearan su independencia, no había previsto la posibilidad de que las necesidades de ellos fueran totalmente diferentes.
Confundida asiste al desconcertante espectáculo de ver como sus hijos, rozando la treintena, conciben la emancipación de forma totalmente opuesta a ella. Es decir, no tienen el más mínimo interés por abandonar el hogar familiar, y pasan los días viviendo a costa de ella sin ningún reparo ni problema de conciencia.
Esa situación, que algunos consideran normal, para ella resulta inaceptable por la falta de libertad que le supone. Cuando ya los ha criado y podría disfrutar de una vida personal más plena, se siente victima de la “tiranía” de sus propios hijos.
Y así es como, por segunda vez en su vida, se ve obligada a plantear su marcha de la casa familiar, creando otro conflicto generacional, sólo que esta vez no lo hace como hija sino como madre. Y sus hijos, educados en libertad, no entienden que su madre prefiera vivir sola y no con ellos.
© PCB
Desechado por obsoleto
Aquel día, sentado ante el entrevistador le tembló la voz…
Después de quince años, por fin, se había decidido a cambiar de trabajo. Llevaba pensándolo desde hacia trece. A los dos de trabajar allí ya quiso cambiar, pero nunca encontró el momento adecuado. “Cuando finalice este proyecto”, se decía siempre. Cuando ese momento llegaba, ante la mesa desordenada exclamaba: “Bien, ahora con calma me dedicaré a buscar otra cosa”. Pero, cuando pasados unos días se decidía ha hacerlo, de nuevo aparecía su jefe reclamando su buen hacer para llevar a cabo un nuevo e interesante proyecto. Él, que no sabía decir “no”, aceptaba diciendo para si: “Este será el último”. Y así fue como, año tras año, pospuso la búsqueda del que sin duda era su trabajo soñado. Un día, su jefe no reclamó sus servicios. Lo dejó al margen del que se comentaba era el gran proyecto de la compañía. Le llegaron noticias de que un equipo de medio centenar de personas, la mayoría contratadas expresamente, se habían instalado en una planta aislados del resto para desarrollar lo que se empezó a conocer como el futuro de las comunicaciones. Durante el tiempo que duró el proyecto, sólo fue requerida su colaboración alguna que otra vez y con el único fin de traspasar sus conocimientos a los recién llegados. Entonces fue consciente de que había llegado la hora de dar el gran paso.
Cuando entró en aquel despacho sintió cierto alivio y se relajó lo suficiente para sentirse más cómodo. Lo que no soportaba eran los tiempos de espera, esos largos minutos en la sala, rotos de pronto por la voz metálica de la secretaria de turno al pronunciar su nombre seguido de la coletilla “sígame”. Le hicieron esperar un par de minutos, siempre lo hacían con el fin de comprobar el temple del candidato. Él lo sabía, por eso no hizo otra cosa que esperar. Cuando por fin entró el entrevistador y lo vio frente a él, terminó por tranquilizarse. Debía rondar los cincuenta, como él, lo que, supuso, le podía beneficiar al comprender su situación mejor que esos jóvenes recién salidos de la universidad, ansiosos por comerse el mundo con sus licenciaturas y sus masteres. La entrevista apenas duró dos minutos, el entrevistador revisó el currículo, le hizo alguna pregunta, anotó algo en el margen y al despedirle le dijo: “Nos pondremos en contacto con usted”.
Todo fue tan rápido que apenas tuvo tiempo de reaccionar. En la calle aturdido descubrió con pesar que las respuestas dadas podían no reflejar la amplitud de sus conocimientos. Además, el hecho de que le temblara la voz revelaba cierta inseguridad en sí mismo. Apesadumbrado caminó sin rumbo y, por primera vez en su vida, se sintió preocupado por el futuro.
Una semana después, su jefe le citó en su despacho donde le comunicó que la empresa se veía obligada a prescindir de sus servicios argumentando que no reunía el perfil exigido para el nuevo enfoque del negocio. Al regresar a su mesa, comprobó sorprendido que estaba limpia y sus pertenencias dentro de una caja de cartón. No entendió nada y sintió una horrible sensación de haber sido utilizado como una máquina a la que se desecha por obsoleta.
Al llegar a casa, en el buzón esperaba un sobre de la empresa en la que días atrás había mantenido una entrevista. Al abrirlo encontró una escueta nota con la respuesta a su solicitud de empleo: “Ha sido usted descartado al no reunir el perfil necesario para el puesto solicitado”.
¡Aquel día, le tembló algo más que la voz!
© PCBAgujero Negro

Dicese de todo vacío generado instantáneamente y de forma natural, normalmente sin la intervención del ser humano. Pero, debido a la excepción que confirma toda regla, en la mayoría de los casos la oscura sombra de pro-hombres con ciertos poderes ¿paranormales?, acompañada de sus largos y acaparadores tentáculos, aparecen involucrados en mayor o menor grado, sí no en el nacimiento, sí en la gestación y posterior desarrollo de tan singulares fenómenos naturales.
Estos fenómenos, desde el mismo momento en que se producen y durante toda su existencia. Absorben todo cuanto tienen al alcance de la mano sin importarles lo más mínimo las leyes de la naturaleza, y mucho menos las de los humanos que, por lo general, suelen ser menos eficaces. Todo lo que entra por ellos desaparece, no por arte de magia, pero casi, sin dejar rastro y para siempre jamás. Aunque hay casos, pocos pero los hay, en que al cabo de un tiempo, y sin saber cómo ni por qué, aparecen algunas de las cosas que fueron absorbidas por tan enigmáticos prodigios naturales. Algunos dicen sustraídas, y los más, robadas. Y, la verdad, es que no les falta razón.
Son muchos los que a lo largo de la historia han aparecido y después desaparecido sin dejar rastro. Pero algunos de ellos alcanzaron tan alta notoriedad que quedaron en los anales de la historia como verdaderos hitos de la supremacía de los unos sobre los otros. Y su estela, aunque apagada hace años, sigue brillando en el oscuro e intrigante universo de los poderosos, que los utilizan como referencia y guía para los futuros planes de expansión y acumulación de recursos, con el único fin de aumentar, aun más si cabe, sus bien surtidas cuentas bancarias.
La fama adquirida por algunos de ellos dio la vuelta al mundo convirtiendo a sus protagonistas, hombres y mujeres de pro, en héroes o villanos según la óptica desde donde cada cual los veía. Cabe destacar entre ellos los conocidos casos: Rumasa, Banca Catalana, Roldan, Banesto, KIO, Gran Tibidabo, Gescartera, Enron, Parmalat, Xeron, Forum Filatélico y tantos otros. En los que sus dueños en algunos casos, y sus gestores en otros, hicieron desaparecer cual agujero negro todo su capital. O, como lo llaman los expertos en dichos agujeros, consiguieron hacer realidad el transporte vía desintegración-integración de la materia en lugares físicos diferentes, léase: lo desintegro aquí y lo integro a miles de kilómetros, preferiblemente en algún paraíso fiscal.
© PCBLa visita, historia de una benefactora
(Primera entrega)
No era el mejor día para ir de visita. No porque fuera un día especial o diferente a los demás, no, es que, sencillamente, no era el más indicado para hacer aquella visita. Aquel, era un día de lo más normal, no hacía frío ni calor, no era festivo, el sol brillaba con normalidad, aunque por el oeste las nubes grises hacían su aparición anunciando tormenta al atardecer. Pero, aparte de eso, era un día corriente y moliente, un día anodino, de esos en que las horas pasan y con ellas las ilusiones, los fracasos, las esperanzas, las risas y los llantos, como sucedía cualquier día del año en una ciudad que, siendo como era capital de provincia, adolecía del ajetreo propio de una gran ciudad. Aun así, no era el día de hacer visitas.
Doña Consolación salió de su casa cuando el vetusto carillón de su abigarrado salón daba las campanadas de las cuatro de la tarde. Apenas cinco minutos después, cuando ya en la calle, subía con cierta dificultad la ligera pendiente en dirección a la plaza de San Francisco, el reloj de la iglesia del mismo nombre dio, una tras otra, las cuatro campanadas de la misma hora. “Maldito reloj, ¿cuándo lo pondrán en hora?”, musitó la anciana sin apenas abrir la boca.
Esa tarde de un día cualquiera, doña Consolación hizo lo que venía haciendo desde tiempos inmemoriales. La anciana señora era una persona metódica, previsible, rutinaria y, desde hacía ya muchos años, obsesionada con las obligaciones que se había impuesto para no caer en la complacencia y la inactividad, porque creia que eso la llevaría a la muerte en vida. Obligaciones debidamente asignadas a cada día de la semana según su particular visión de las cosas y necesidades de los demás, de los más necesitados, de los pobres que necesitaban su atención, sin la cual, estaba convencida, no podían vivir. Porque claro, lo que hacía, siempre era por ayudar a los que necesitaban de ella, no de cualquiera, sino de ella, que era la única que dedicaba tiempo a estos menesteres. Con el paso de los años, su metodicismo y rutina había alcanzado cotas insuperables que la habían convertido en la mujer de su generación más activa de la ciudad, por no decir la única. Su edad era un misterio conocido sólo por ella, o al menos, así se suponía. Nadie que la conociera o tratara, se aventuraba a hacer, ni tan siquiera, una aproximación de los años que llevaba en este mundo. Pero la edad no era impedimento para que doña Consolación siguiera con su rutina diaria de visitar a los que necesitaban de su consuelo.
Al llegar a la plaza se detuvo y con gran satisfacción miró hacia la iglesia. Como todos los días a esa hora, un grupo de ancianos, sentados en los bancos situados ante la escalinata de la barroca entrada principal de la iglesia de San Francisco, aprovechaban los últimos rayos de sol antes de que desapareciera tras los edificios colindantes. Doña Consolación los miró y les dedicó una sonrisa. Ellos le devolvieron el saludo, unos alzando la mano y otros inclinando la cabeza. Después, siguió su dificultoso caminar hacia el otro extremo de la plaza, donde estaba situada la farmacia.
Don Ricardo era, al igual que su padre antes que él, y su abuelo antes que su padre, farmacéutico, o como se decía antiguamente, boticario. Regentaba la farmacia más antigua de la ciudad, fundada por su abuelo hacía ya más de cien años, cuando eran boticas y en ellas se dispensaban más fórmulas magistrales que medicamentos. De hecho, aun conservaba el nombre original de principios del siglo veinte: “Botica Batista”. Escrito en negro sobre un espejo rectangular enmarcado por un original marco de madera, a juego con la puerta principal de estilo modernista. En los años sesenta y principios de los setenta, la farmacia era regentada por los padres de don Ricardo. Su madre, una señora sesentona pero de muy buen ver, despachaba tras el mostrador. Sus abundantes y exuberantes pechos, junto a las iniciales del nombre de la farmacia, propiciaron, por aquel entonces, la chanza y cachondeo de los parroquianos al compararlas con las de la actriz francesa Brigite Bardot, que tan famosa fue en esa época gracias a los espagueti wester. Así, la farmacia más antigua de la ciudad, era conocida como ‘La Farmacia de la tetuda BB’, en clara referencia a dicha actriz.
La campanilla tintineo rompiendo el silencio de la estancia cuando doña Consolación empujó la puerta para entrar. Como un lamento, desde el fondo de la rebotica se oyó una voz decir “¡Ya voy!”. Doña Consolación esperó hasta que, pasados unos instantes y al no parecer nadie, dijo dirigiendose hacia el interior de la rebotica: “Ricardo, si estás ocupado puedo volver más tarde”. Ella sabía que no era cierto, que no estaba dispuesta a irse sin más y volver después por el simple hecho de que ese tarugo estubiera ocupado, ves a saber en qué. “¿Me has oído?” –insistió doña Consolación–.
Don Ricardo, el farmacéutico, apareció entonces tras la cortina de terciopelo rojo que cubría la entrada a la rebotica. En su boca se dibujaba una sonrisa forzada y sus ojos destilaban cierto malestar por la presencia inesperada y siempre inoportuna de…
–¡Doña Consuelo, que sorpresa! No esperaba verla hoy –dijo el farmacéutico con un elevado tono de voz–
–No finjas sorpresa, hoy es miércoles y sabes perfectamente que los miércoles vengo a esta hora para coger mis medicinas. Y no grites, ¡que no estoy sorda! –le dijo al aturdido farmacéutico–
–Sí claro, sus medicinas –balbuceó tragando saliba don Ricardo–
Unos minutos después, doña Consolación abandonaba la farmacia con sus medicinas perfectamente envueltas dentro del bolso.
–Adiós Ricardo –dijo camino de la puerta–
–Adiós doña Consuelo, cuídese –respondió el farmacéutico desde el otro lado del mostrador–
La campanilla volvió a sonar al tirar de la puerta y antes de salir, doña Consolación se giró y, mirándolo a los ojos le, dijo: “Y no me llames Consuelo, sabes que odio ese nombre. ¡Me llamo Consolación, a ver si te enteras!”. Al cerrarse la puerta tras ella, el farmacéutico musitó: “Si, doña Consuelo”
(Continuará...)
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La visita, historia de una benefactora
(Segunda entrega)
Como cada semana, ese día, doña Consolación fue a visitar a ‘La Viuda del Relojero’. Vivía esta señora en una planta baja de la calle Milagro, una calle secundaria, estrecha y poco higiénica que servía de atajo entre la calle Subida de San Francisco, donde vivía doña Consolación, y la calle Real. Más que una calle era un callejón por donde antiguamente tenían su entrada las cuadras de las casas señoriales de las calles Real y Subida de San Francisco que, con los años y al desaparecer las caballerías y los carros como medio de transporte, fueron convertidas en casas para gente humilde. Manolo, conocido con el mote ‘El Relojero’, no porque fuera mecánico relojero o regentara una relojería, sino porque era el encargado de mantener en hora y dar cuerda al reloj de la iglesia de San Francisco, era trabajador y poco afortunado, su sueldo de relojero apenas le daba para vivir y al morir dejó a su viuda una mísera pensión. Por eso, ‘La Viuda del Relojero’, como se conocía a esta mujer a pesar de llamarse Maria, era objeto de las atenciones caritativas de doña Consolación.
Sentadas ante una mesa camilla, las dos mujeres charlaban y tomaban una infusión. Doña Consolación sacó de su bolso el paquete de medicinas y lo abrió. Al comprobar su contenido con la lista de medicamentos que tenía la viuda, se dio cuanta que no eran las de ella. “Estúpido boticario, no sabe ni hacer su trabajo” –dijo malhumorada–. Y al revisarlas descubrió que aquellas medicinas eran las suyas lo que la enfureció aún más.
–¿Que día de la semana es hoy? –preguntó doña Consolación a la viuda–
–Martes, ¿no? –respondió la viuda después de pensarlo unos segundos–
–Ese inútil me ha dado las medicinas del miércoles –dijo envolviendo de nuevo los medicamentos–
Entre ellos había un frasco con una fórmula magistral cuya etiqueta decía: “Para dormir bien”. Era una mezcla de Valeriana y otras sustancias, muy famosa en la ciudad por ser mano de santo para los insomnes. La había creado el abuelo de don Ricardo en sus inicios de boticario y él la seguía preparando y dispensando por ser uno de los productos estrella. Doña Consolación puso el frasco en el paquete con el resto de medicinas. Pero la viuda le pidió que se lo dejara y la venerable anciana, al ver la cara de felicidad de la viuda por tener en sus manos el remedio a sus largas noches sin poder dormir, no pudo negarse y se lo entregó olvidándose del asunto. Aquella noche, ‘La Viuda del Relojero’, durmió placidamente toda la noche.
Al día siguiente y como cada día, doña Consolación salió de su casa a las cuatro en punto de la tarde. Caminó por la Subida de San Francisco y cruzó la plaza del mismo nombre hasta la Botica Batista donde entró. Detrás del mostrador, don Ricardo atendía a una clienta y al verla entrar la miró sorprendido.
–Buenas tardes –dijo doña Consolación–
–Que las sean también para usted –respondió la clienta girándose para ver quien entraba–
El farmacéutico, sin embargo, no dijo nada, no al menos con la rapidez que sería de esperar. Tardó unos segundos en dar las buenas tardes y lo hizo balbuceando, como si la visión de doña Consolación perturbara su estado emocional.
–Te noto raro –dijo la anciana al farmacéutico una vez se quedaron solos–
–No es nada, es que hoy no me encuentro muy bien –respondió don Ricardo–
–Pues cuídate no vaya a ser que tengas un disgusto –dijo sarcástica doña Consolación–. Por cierto, ayer te equivocaste, las medicinas que me entregaste no eran las de ‘La Viuda del Relojero’, eran las mías –añadió con cierto aire de burla–
–¿Ayer? Pero… ayer fue miércoles, las de la viuda se las di el día antes… el martes, como siempre –continuó balbuceando el farmacéutico que notaba como el sudor empezaba a inundar su frente–
–Pues no, ayer fue martes y me diste las medicinas que debías darme hoy miércoles. Míralo y veras como tengo razón –insistió doña Consolación dando muestras de estar molesta–
Don Ricardo entró a la rebotica y al cabo de unos instantes salió con un paquete en la mano.
–Tiene usted razón, estas son la medicinas de la viuda –le dijo entregándole el paquete–
–Menos mal que al abrir el paquete vi el error y me las llevé a casa, sino, no se que habría pasado –dijo doña Consolación–
–Vería usted que le puse un frasco de la formula magistral de la casa, ya sabe, la inventada por mi abuelo, que es estupenda para conciliar el sueño –dijo el farmacéutico disimuladamente mientras organizaba los productos de un expositor de alimentación infantil–
–¡Eso quería decirte! ¡Que cabeza la mía! Ya se me había olvidado. De esa fórmula… dame otro frasco para mí, el de ayer se lo quedó la viuda…
Doña Consolación no pudo terminar la frase. Estupefacta y sin tiempo de reaccionar vio al boticario palidecer al tiempo que daba unos pasos torpemente, agarrarse al expositor de cartón y, en cuestión de segundos, caer al suelo arrastrándolo consigo. El cuerpo del boticario quedó tendido en el suelo con el expositor encima y rodeado de potitos y latas, algunas de las cuales se habían abierto desparramando la leche en polvo sobre el inerte don Ricardo.
Continuará...
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La visita, historia de una benefactora
(Tercera entrega)
La noticia de la muerte de ‘La Viuda del Relojero’ corrió como la pólvora. En una ciudad como aquella, donde casi nunca pasaba nada, un caso como ese se convirtió rápidamente en todo un acontecimiento. Los bomberos, tras romper la puerta, entraron en la casa y encontraron a la viuda en su cama, como si después de tres días aún durmiera plácidamente. Al destaparla descubrieron su cuerpo en camisón y acurrucado en posición fetal en pleno proceso de descomposición, el olor que desprendía era la única evidencia de que ‘La Viuda del Relojero’ no dormía. La policía, no tardó en relacionar su muerte con el contenido del frasco que había en su mesita de noche. La etiqueta adherida a él lo identificaba como un somnífero fabricado en la Botica Batista. La autopsia demostró que ‘La Viuda del Relojero’ había ingerido dicho somnífero y que había muerto a consecuencia de una parada cardiaca, provocada sin duda por una ingesta abusiva del mismo, ya que se le detectó una elevada dosis de uno de sus componentes en la sangre.
La investigación policial concluyó que se trató de un suicidio, aunque había indicios suficientes para pensar en el asesinato o, cuanto menos, en la asistencia al suicidio de terceras personas. En la etiqueta del frasco del somnífero, además de constar el fabricante y composición, también figuraba el nombre del paciente para el que había sido preparado. Así fue como doña Consolación apareció como implicada, aunque posiblemente involuntaria, en el suicidio. Con la muerte de ‘La Viuda del Relojero’ quedó al descubierto la actividad que, desinteresadamente y con buenas intenciones, llevaba a cabo doña Consolación de las Heras, empeñada en ayudar a los desfavorecidos y que, sin ella saberlo, había llevado a la muerte a una mujer.
Como suele ocurrir en las ciudades pequeñas, donde la vida gira en torno a unas pocas familias importantes que manejan y controlan la de los demás, el que dos personas de apellidos ilustres y posición más que reconocida, aparecieran implicados en el suicidio de una viuda pobre y sin apellidos conocidos –de hecho muy pocos sabían ni siquiera su nombre de pila–, resultó demasiado incomodo para las autoridades y fuerzas vivas, de ahí la rapidez con que la policía dictaminó, y la justicia aceptó, el suicidio, dando el caso por cerrado.
Don Ricardo se recuperó rápidamente de su amago de infarto al conocer la noticia de que el juez también había dictaminado el ingreso de doña Consolación en una residencia para personas con trastornos psíquicos. Por fin veía cumplido su sueño y se liberaba de la pesada carga que para él representaba la última voluntad de su padre en la que disponía que la farmacia dispensaría de por vida, y de forma gratuita, cualquier medicamento a doña Consuelo, como él se empeñaba en llamarla para fastidiarla, haciéndole saber que sabía, y no estaba dispuesto a olvidar, que así la llamaba su padre cuando eran felices amantes, mientras su madre se consumía de dolor.
La policía nunca supo, o no quiso saber, que en realidad, el frasco de somnífero encontrado junto al cuerpo sin vida de ‘La Viuda del Relojero’, había sido manipulado por don Ricardo. El farmacéutico, desesperado por la sangría que para su economía suponía cumplir con la última voluntad de su padre, tomó la decisión de acabar de una vez por todas con esa situación y planeó minuciosamente el que debía ser su crimen perfecto. Conocedor de la deficiencia coronaria de doña Consolación, sólo tuvo que aumentarle la dosis del somnífero, que previamente había alterado añadiendo unas gotas de más de uno de los componentes, para desencadenar una crisis cardiaca aguda produciéndole la muerte en pocos segundos.
Continuará...
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La visita, historia de una benefactora
(Cuarta y última entrega)
Aquel día, cuando doña Consolación entró en la farmacia, él estaba en la rebotica haciendo la mezcla letal que después le entregaría, junto con el resto de medicinas. “Aquí tiene –dijo al darle el paquete–. Y por cierto, esta vez el somnífero es más suave, debe usted aumentar la dosis. Tómese el doble de gotas, le hará el mismo efecto”. Doña consolación lo miró y asintió con la cabeza antes de abandonar la farmacia.
Después, la fatalidad del destino se encargó de truncar el plan fríamente concebido y, como si una serie de factores, inconexos entre sí, convergieran en un mismo punto, ese día, se produjeron una serie de despropósitos que cambiaron los papeles de los implicados. Así fue como, por arte de birlibirloque, el asesino se convirtió en honrado ciudadano. La bienhechora de los pobres, en loca desvariada que ayuda a suicidas. Y la pobre y humilde mujer sin nombre, en victima propiciatoria que ignora incluso que está muerta.
Aquel día, definitivamente, no era el mejor para ir de visita, ni para ir a la farmacia. De hecho, era lunes, el día en que doña Consolación no salía de casa. Pero, por razones difíciles de comprender, aquel día ocurrió algo inexplicable, algo confuso que nadie sabe cómo ni por qué sucedió y que tuvo consecuencias más allá del lugar, el tiempo y las personas que lo protagonizaron. Doña Consolación salió de su casa a las cuatro en punto de la tarde. Sin embargo, según el reloj de la iglesia de San Francisco salió dos minutos antes. Una vez en la farmacia, don Ricardo el farmacéutico, se extrañó al verla y le dijo que no la esperaba. A lo que ella contestó que, como cada miércoles, había ido a recoger sus medicinas. Sin embargo no era miércoles sino lunes, pero don Ricardo no se lo cuestionó y le entregó sus medicinas, ¿por qué?
Una vez abandonó la farmacia, doña Consolación se dirigió a casa de ‘La Viuda del Relojero’, a la que solía visitar los martes, por tanto, en ese momento ella creía que era martes. Una vez en casa de la viuda, al abrir el paquete descubre que las medicinas que contiene son las suyas. Esto le hace dudar y pregunta a la viuda qué día de la semana es. La viuda, confusa, tarda en responder y cuando lo hace le dice que es martes, no porque lo sepa, sino porque para ella, debe ser así ya que es el martes cuando la visita doña Consolación. Ésta cierra de nuevo el paquete con la medicinas para llevárselas. Pero, atiende la petición de la viuda y le deja el somnífero que el farmacéutico ha preparado expresamente para ella, recuerda lo que le ha dicho don Ricardo sobre doblar la dosis y se lo dice a la viuda.
El día siguiente, que sí es martes, doña Consolación no aparece por la farmacia, de hecho en todo el día no salió de casa. Don Ricardo cree que todo ha funcionado y que a esa hora doña Consolación debe estar muerta sobre su cama. Pero se lleva una terrible sorpresa cuando un día más tarde, que ya es miércoles, a la hora acostumbrada, doña Consolación entra en la farmacia vivita y coleando. La sorpresa inicial se convierte en amago de infarto cuando doña Consolación le dice que el somnífero se lo ha dado a ‘La Viuda del Relojero’, que a esa hora ya está muerta. Pero eso nadie lo sabe, sólo el farmacéutico lo presiente, de ahí el infarto.
Pasados los días, todo vuelve a su sitio, la confusión inicial se diluye y con el tiempo todo se recoloca otra vez. Visto desde la perspectiva del tiempo pasado y con la frialdad suficiente, comprobamos que la normalidad se ha instalado de nuevo en aquella capital de provincia proporcionando a sus habitantes la rutina deseada y, aun resultando inhumano, descubrimos que lo pasado no es del todo descabellado. Incluso nos convencemos de que era necesario para mantener el equilibrio necesario para que todo siga funcionando según lo establecido.
El farmacéutico, liberado al fin de la pesada carga impuesta por su progenitor, continua prestando su valiosísimo servicio a la comunidad. Doña Consolación, liberada igualmente de su auto impuesta obligación de servir a los demás, vive en el lugar más apropiado a su estado físico y psíquico siendo ahora ella la receptora de los servicios de los demás. La pobre viuda del relojero, también liberada de la penuria y soledad en la que vivía, al fin descansa en paz. Las autoridades: policía, jueces y fiscales, cierran satisfechos la carpeta de un caso que, aunque al principio les resultó incómodo, han resuelto con celeridad y profesionalidad haciendo que la confianza de los ciudadanos de bien se vea fortalecida.
Pasados los días, el aburrimiento se instala de nuevo en la plaza de San Francisco, donde: Los más viejos siguen tomando el sol sentados en los bancos a la puerta de la iglesia. La campana del reloj sigue dando las horas. El farmacéutico sigue preparando fórmulas magistrales, Y, en algún lugar de la ciudad, una anciana cualquiera sale de casa a una hora concreta para ir de visita, aunque el día no sea el más apropiado para ello.
FIN
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A proposito de una prohibición por inmoral

Un cuadro pintado hace 500 años, en el que se ve una mujer desnuda, puede ser una terrible amenaza para los usuarios del metro de Londres. Por eso ha sido prohibido el cartel donde se reproduce para anunciar una exposición sobre el pintor renacentista alemán Lucas Cranach, el Viejo, autor del cuadro. La autoridad pertinente –siempre la autoridad– ha decidido que la desnudez “hermosa y sugerente” de la Venus de Cranach puede herir la sensibilidad de los que decidan utilizar el metro para trasladarse, entre otras cosas, a la exposición, donde se exhibe, en el Royal Academy of Arts.
Naturalmente, esa misma autoridad, no considera una amenaza los anuncios publicitarios de marcas comerciales como: la de unos calzoncillos donde un rubio futbolista aparece embutido en uno de ellos enseñando sus tatuajes con posturas poco inocentes, o el de un perfume donde el mismo rubio y su mujer, sin profesión conocida, se restriegan semidesnudos insinuando lo que sucederá después. Eso, por no hablar de los carteles de videojuegos donde la sangre y vísceras de las victimas de aguerridos soldados parecen salir del cartel. O, aquella otra propaganda donde una joven enferma de anorexia se muestra desnuda, para, según los promotores, y esto ya es tomarnos el pelo, mostrar a las jóvenes los efectos devastadores de esa enfermedad con el fin de que desistan de estar delgadas.
Imágenes mucho mas dañinas para la sensibilidad individual y colectiva son expuestas sin rubor en cientos de soportes diariamente sin que nadie se preocupe si dañan o no, si son la causa de que niños y adolescentes acaben matando a sus compañeros con las armas de sus padres. Demasiadas personas, mujeres sobre todo, son maltratadas y asesinadas sin que la autoridad dé muestras de sentir herida su sensibilidad. Con demasiada frivolidad se muestran en los medios, TV sobre todo, escenas de extrema violencia, o, como en el caso del famoso programa Escenas de Matrimonio, sin violencia explícita, pero con bastante violencia implícita, donde las parejas viven insultándose, deseándose la muerte mutua, haciéndose la vida imposible y humillándose hasta límites insospechados, para al final olvidarlo todo con un falso beso o un “curricuchí mío, cuanto te quiero”. Y después nos lamentamos cada vez que un marido, novio o amante mata a su pareja.
Personalmente, prefiero pasar la espera hasta la llegada del tren, en el metro, admirando un cartel con la imagen de ese desnudo, que no viendo a una actriz disfrazada de ama de casa en chándal intentado convencerme de que tal pan de molde es mejor que los demás porque tiene cuatro rebanadas más. Esa publicidad sí que daña la sensibilidad.
Es curiosa la coincidencia del día de la apertura de la exposición con el día internacional de la mujer. No quiero ser mal pensado, pero, la manifiesta falta de sensibilidad, por parte de los miembros de la Autoridad del Transporte de Londres, al prohibir un cartel que anuncia la apertura de una exposición en día tan señalado, resulta ser… pues eso, un atentado contra la sensibilidad de mucha gente.
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Breve es la vida…
La suave luz del amanecer deslumbra sus delicados ojos al salir del capullo. Con movimiento sincopado despliega sus frágiles alas y las agita hasta tensar la delicada trama de seda que las forman. Tiene en ellas pintado un original dibujo que simula la cara poco amigable de una horrible bestia, es su defensa contra aquellos que se le acercan con malas intenciones. Pero aún así, los bellos y vivos colores que la conforman atraen las miradas llenas de admiración de todos los que la ven pasar.
La pequeña mariposa mira deslumbrada, no tanto por la intensa luz del sol, como por la belleza que ante ella se despliega en aquel bosquecillo de plantas y flores llenas de vida. Desde la atalaya que para ella es la rama de la florida buganvilla sobre la que está posada, mira ansiosa en todas direcciones, busca a las de su especie para unirse a ellas e iniciar así su breve pero intensa estancia en aquel vergel.
Pasados los minutos y como que no consigue ver a ninguna de sus iguales, la bella mariposa repara en otras criaturas, algunas más pequeñas que ella, que pululan en una actividad frenética por las ramas de la buganvilla y, sin pensarlo dos veces, inicia el vuelo para acercarse a ellas. En su vuelo se cruza con una inquieta abeja que, agitando sus alas sin parar, va de flor en flor aspirando con fruición en su interior. La sigue e intenta entablar conversación con ella, pero la abeja, atareada como está chupando el dulce néctar de las flores recién abiertas, no le hace caso y al final, cansada de volar tras ella, la mariposa se posa sobre una roca para descansar.
Desde allí mira el suelo enmarañado de hierbas y hojas y observa asombrada la hilera de minúsculas criaturas negras que, cargadas con toda clase de objetos, van y viene en medio de un gran frenesí. Son las hacendosas hormigas que se afanan por llenar las despensas de sus hormigueros para cuando llegue el frío invierno. Un zumbido ensordecedor le hace desviar su atención y ve acercarse volando una criatura más pequeña. Al llegar a su altura da unas vueltas a su alrededor y luego se posa en la roca junto a ella. La mariposa la mira con interés. Es una mariquita que enseña orgullosa las cubiertas anaranjadas con motas negras bajo las cuales oculta sus finas alas de seda.
–Hola, soy Mariquita la cotilla y tu ¿Quién eres? ¿Eres nueva, verdad? –pregunta insolente la recién llegada–
–Yo soy Mariposa. Y sí, soy nueva –responde tímidamente–
–¿Mariposa?, mariposas hay muchas por aquí. ¿No tienes un nombre?
–Mariposa, ya te lo he dicho.
–Eso no es un nombre, es una especie, un género, una raza. Ya sabes… –insiste la mariquita–
–Pues no, no lo se. ¿Qué es una especie?
–¿No sabes qué es una especie? ¿Pero de dónde has salido? ¿Nadie te ha explicado el sentido de la vida?
La pobre mariposa se siente aturdida, no entiende de que le habla la recién llegada y la mira con cara de sorpresa. Se siente perdida en medio de aquel mundo extraño y lleno de criaturas desconocidas. Su esbelta figura se desploma por el abatimiento y sus alas pierden la tersura y el brillo que unos instantes antes eran la envidia de todos.
–Vamos, no te desanimes mujer. Nadie nace enseñado. Si quieres yo te enseñaré todo lo que necesitas saber para sobrevivir en este apasionante mundo –le dice la mariquita al verla abatida y apenada–
–¿Lo harás? ¿Me enseñaras todo? –pregunta la mariposa con un resplandor en los ojos–
–Bueno, todo, todo, tampoco. Sólo lo que… Veras, tampoco yo lo se todo. Pero para empezar necesitas un nombre…
–¡Obdulia! Ese será mi nombre. Quiero que todos me conozcan como Obdulia la hermosa mariposa del amanecer. Porque yo nací al amanecer sabes –dice eufórica la mariposa sorprendiendo a la mariquita que la mira desconcertada–
–Oye, has aprendido muy deprisa. Y eso que aún no te he enseñado nada. –le dice con cierto desdén Mariquita la cotilla–
–¿Por qué lo dices? –pregunta Obdulia con ojos tristes–
–Por nada, déjalo. Bien ya tienes nombre. Aunque, si quieres que te sea sincera, Obdulia me parece un tanto pretencioso. ¿No te gusta más Mariposa la Pecosa?
–¡Nooo, es horrible! Llamarme Pecosa. Pero, ¿qué pretendes? –dice enfadada la mariposa–
–Chica, pues tu dirás lo que quieras pero ese nombre en más… ¿Cómo diría? Más acorde contigo, con los puntitos que tienes en las alas.
–¡Obdulia y no se hable más! –zanja de una vez la mariposa–
–¡Vaya!, que humos gasta la señora marquesa. Está bien, Obdulia…
Mariquita la Cotilla se queda paralizada y en silencio. No tiene tiempo de finalizar lo que está diciendo y conteniendo el aliento, mira el lugar junto a ella donde posaba la mariposa antes de que la pegajosa lengua de la salamandra la alcanzara con un movimiento tan rápido y certero que ha sido un visto y no visto.
–¿Y tú, qué miras? –le pregunta con voz ronca la salamandra–
–Nada. Estaba charlando con una mariposa y de pronto ha desaparecido. ¿Sabes donde ha ido? –pregunta nerviosa Mariquita la Cotilla–
–Bueno, tal vez. ¿Era amiga tuya? –la salamandra se acerca lentamente con intenciones poco afectuosas–
–Tal vez –responde a su vez Mariquita agitando las alas–
La lengua sale disparada y se desenrolla en cuestión de milésimas de segundo alargándose al máximo hacia la mariquita que, intuyendo las intenciones de la traicionera salamandra, echa a volar para alejarse del peligro. La lengua, inflamada por el esfuerzo de llegar más allá de donde su elasticidad le permite, produce un chasquido y provoca una imperceptible onda expansiva que alcanza a la mariquita haciéndola tambalear. Como si no hubiera pasado nada, la lengua sin presa regresa a la boca de la salamandra que mira con odio y los ojos inyectados en sangre como Mariquita la Cotilla se aleja volando del lugar.
La vida es un suspiro, pero la de Obdulia, la hermosa mariposa, lo ha sido mucho más. Nacida un amanecer de primavera, apenas tuvo tiempo de enseñar sus vistosa alas y conocer a una mariquita que le quiso enseñar los misterios de la vida, y mientras debatían sobre que nombre adoptar, no se percataron del peligro que las acechaba y la pobre mariposa, sin apenas darse cuenta, fue engullida por la pegajosa viscosidad de una lengua ávida de gustosos bocados para desayunar.
Breve ha sido su vida y breve la historia que de ella había que contar, pero no hay que olvidar que las cosas vividas, si lo son con intensidad, aunque breves, bien vividas serán.
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Fidel dice que se va

Fidel se retira. Tras casi 50 años mandando en Cuba –y nunca mejor dicho–, ha decidido jubilarse. Con casi 82 años deja de ser el jefe de estado cubano. Fidel Castro; para unos, el revolucionario por excelencia, el mas puro, el único que ha conseguido mantenerse incorrupto toda su vida; para otros, el gran ogro que todo lo engulle haciéndolo desaparecer entre sus fauces, el depredador que acabó comiéndose a sus seguidores convertidos al final en su mas fuertes detractores, deja la presidencia de Cuba. La enfermedad le ha vencido, sólo ante ella se ha doblegado y, supongo que con mucho pesar, se retira a un segundo plano, mientras su hermano menor Raúl, como si de una dinastía se tratara, parece ser que heredará el cargo.
Al margen de consideraciones, más o menos acertadas, sobre el futuro que le espera a Cuba y a los cubanos sin la férrea omnipresencia de su libertador, lo que llama la atención es su larga permanencia en el poder. El hecho de que ni siquiera tras la caída del comunismo soviético, que en definitiva era quien lo sostenía, le afectara hasta hacerle caer, como sucedió en otros países de la misma orbita, demuestra hasta que punto su liderazgo se sustentaba en algo más que una simple ideología. Aparte claro, del componente dictatorial y toda la carga represiva que ello conlleva. Pero no hay que olvidar que los otros países comunistas también lo tenían, y sin embargo, el pueblo consiguió acabar con ello.
La Cuba de Fidel se ha mantenido, e incluso consiguió aglutinar aún más si cabe a los cubanos –no todos claro–, en torno a su revolución. Nadie discute a estas alturas que aquella revolución, tan deseada como esperada por los menos favorecidos, devino con los años en una dictadura con servidumbres tales como: la falta de libertad, el dudoso respeto a los derechos humanos, la represión y otras cadencias sociales. Pero a pesar de ello, la mayoría de los cubanos siguió creyendo en los principios que la hicieron necesaria y, al fin, posible. Quizás esa sea la razón por la que, a pesar de los intentos que a lo largo de los años ha habido, nadie ha conseguido acabar con él. Porque en definitiva y a pesar de todas las sombras que su figura proyecta, Fidel Castro, el último gran líder del siglo XX, sí hizo, y mucho, por su pueblo al sacarlo de aquel barrizal de corrupción y saqueo que era la Cuba de Batista y sus amigos mafiosos del norte.
Con los años y una vez hecho lo que tenía que hacer, Fidel debió apartarse para que Cuba siguiera por sí misma el camino conquistado con aquella revolución. Pero, como ocurre siempre que un salvador de almas perdidas decide actuar, creyó que sin él los cubanos serían incapaces de continuar y fue entonces cuando todo lo conseguido se echó a perder. Lo que fue un gran y bonito proyecto de libertad acabó transformándose en otra cosa. Sus detractores la llaman dictadura y sus defensores comunismo revolucionario.
En los años sesenta apareció por mi pueblo en las puertas de La Alpujarra Almeriense, una familia que huía de la Cuba revolucionaria. Al parecer, eran descendientes de allí y vinieron porque no tenían otro sitio donde ir. Según contaban, llegaron con lo puesto porque Fildel Castro les arrebató sus negocios y suplicaron a las gentes que les dieran de comer, al menos hasta conseguir los visados necesarios para marchar a Norteamérica. Durante los dos años largos que estuvieron allí, vivieron como una familia pudiente y en todo ese tiempo ninguno de sus seis miembros trabajó ni intentó hacerlo. Un día, cuando consiguieron los visados, se marcharon. Lo único que perduró fue la imagen de la hija, una joven de piel morena con una larga cabellera negra que, conocedora de su atractivo, lo paseó por el pueblo diciendo para si: “Se mira pero no se toca”.
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¿Entendemos lo que leemos?
Leo en la prensa que el 28% de los alumnos españoles de diez años no entiende lo que lee. Así a boca jarro y añadiendo que la media europea ronda el 15% puede resultar preocupante porque significaría que si en edad escolar no entienden lo que leen, ¿Qué aprenden? Pero la realidad es bien diferente. Tampoco entendemos lo que leemos un alto porcentaje de jóvenes, adultos y mayores, sobre todo cuando lo que leemos, o intentamos leer, son los manuales de instrucciones de los electrodomésticos, pongo por caso, y cuando se trata de una cámara fotográfica digital o un teléfono móvil ya ni te cuento. Tendríamos que preocuparnos de ese elevado porcentaje de alumnos que leen pero sin entender muy bien qué, si eso que leen es comprensible. Yo soy lector empedernido y sin embargo en mi vida hay, así a bote pronto, cuatro grandes obras que tuve que dejar porque se me hacían “in leíbles”, estoy hablando nada mas y nada menos que de: El Quijote, Cien años de soledad, La vida breve y La insoportable levedad del ser. Obras todas ellas alabadas y elevadas a los altares de la literatura universal, de autores igualmente situados ya en el Olimpo de los dioses literarios, pero, sintiéndolo mucho, no he sido capaz de finalizar.
En un país donde la lectura no es precisamente la distracción con más seguidores, los hábitos para ello están como deslocalizados y cuando a los estudiantes se les obliga a leer ocurre que, como todo lo que se impone, el efecto es el contrario del deseado. Creo recordar que en la ley de educación, o en alguna de sus normas satélites, se decía que sería bueno implantar en las escuelas media hora diaria de lectura obligatoria. Desconozco si se está aplicando, pero de ser así, es evidente que no sirve de nada. Y es que esa no es la solución.
El problema de la lectura es que, si no lo haces con gusto, si no eres capaz de disfrutar con lo que lees, si –en definitiva– no te lo pasas bien haciéndolo, no sirve de nada. Una persona puede leer un libro a la semana pero si no se implica en él, al final seguirá igual, sin saber ni recordar lo que ha leído. Los niños en edad escolar, los jóvenes, no sólo han de leer, deben hablar, comunicarse, crear espacios entre ellos que les sirvan para descubrir similitudes y, entre otras cosas, comprender el entorno, a veces inhóspito, que les rodean y en el que deben sobrevivir.
¿Cómo han de adquirir hábitos de esta índole si siempre están conectados a un mundo irreal, ya sea con el Ipod, el MP3, el móvil, el lector de CDs y artefactos similares? Más aún, cuando en la mayoría de los hogares nunca se lee un libro. Todo lo más, revistas monográficas de deportes, motos, moda, chafarderio y temas similares que, después de todo, no deja de ser lectura y a buen seguro que eso sí lo entienden. Entonces, cuando las estadísticas dicen que no entienden lo que leen, ¿se están refiriendo a los libros de texto? Si es así, el problema quizás no sea de los alumnos, sino de los pedagogos que redactan esos libros.
Intento recordar si a esa edad yo entendía lo que leía, pero como no lo consigo, hago otro ejercicio: recordar qué leía yo a esa edad. Veamos, corría el año 1964, vivía en un pueblo donde el único vínculo con el exterior era La Alsina –servicio de bus con la capital dos veces al día–, no había televisión, no había librería, los únicos periódicos que llegaban eran la subscripción al ABC de algún vecino y, supongo, del café de la plaza. En mi casa libros pues no se sí había alguno, recuerdo El Quijote que le compraron a mi hermana mayor cuando estaba en la escuela, después descubrí otros. Recuerdo uno sobre astronomía o algo parecido que tenia fotos de planetas. Al cabo de los años mi padre me contó que ese y algún otro eran de la Escuela Moderna, traídos por un tío suyo de América. Y por supuesto la enciclopedia Álvarez que era el libro de estudio en la escuela y que además ni siquiera teníamos cada uno el suyo. Y por supuesto tebeos, esa era la verdadera fuente de lectura en aquellos años: El Capitán Trueno, El jabato, Roberto Alcázar y Pedrín, Hazañas Bélicas, Pulgarcito, Pumbi, TBO, etc.
Los de mi generación crecimos leyendo tebeos, los de hoy conectados a las altas tecnologías. Cada época lo que toca. Que lo estudien los pedagogos.
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No se les ve, pero están

Están ahí. No se ocultan, sólo esperan. Viven entre nosotros, integrados en la sociedad. Como si nunca hubiesen sido lo que fueron. Como si no viniesen de donde vienen. Como si el odio de sus mayores no los hubiesen inoculado. Siguen agazapados, esperando la mínima oportunidad para sacar las soflamas de guerra. Como si no hubieran pasado los años, siguen considerándose guardianes de nadie sabe qué absurdos valores tradicio-nacional-sindicalista y otros por el estilo plagados de tics ultramontanos. Valores que huelen a sangre reseca, a pasado glorioso elevado a los altares del nacional catolicismo bajo palio y perfumado de incienso.
Ignorados en su retiro, siguen alimentando odios internos que les carcomen el corazón, como la demencia lo hace con la razón. Fomentando delirantes aspiraciones de salvadores patrioteros pasados de moda. Pero devueltos, con gran alharaca, a plena actualidad por políticos, obispos y comunicadores de berborreica arenga fascista.
Apellidos ilustres del franquismo. Resentidos con lo que huele a pluralidad. Criados sobre las cenizas de los vencidos. Crecidos al calor de los invictos. Mimados por el poder establecido tras la sanguinaria cruzada. Creyéndose elegidos, superiores, mejores que los demás, no soportan ser simples mortales.
Militares de alta graduación, conseguida bajo el amparo de una democracia que odian, que aborrecen y que no pierden oportunidad de denostar. Una democracia que hizo la vista gorda con ellos aceptándolos, dándoles la oportunidad de ser como los demás. Aún sabiendo de su debilidad por el gatillo fácil, por la sublevación contra lo legalmente establecido, a costa incluso, de una nueva guerra civil.
Son un insulto a la inteligencia, una amenaza para la convivencia, una desgracia mundial. Pero son y están, y eso, es precisamente lo peligroso. Porque son como el huevo de la serpiente, que se incuba sin que nos demos cuenta y cuando eclosiona, ya no hay marcha atrás.
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No votaré a Rajoy
No votaré a las mentiras. No votaré a la manipulación descarada que del terrorismo han hecho. No votaré a la invasión de Irak. No votaré a los que nos llevaron a una guerra que no nos incumbía. No votaré a los que, como los obispos católicos españoles, defienden valores ultramontanos y degradan a la mujer por serlo, odian a los homosexuales, persiguen a los divorciados y condenan a las abortistas. No votaré a los que dice la COPE que hay que votar. No votaré a los que gobernaban cuando el atentado del 11M, a los que nos engañaron intentando colocar la autoría a ETA, a los que mantuvieron esa teoría durante la última legislatura. No votaré a quienes han utilizado el tribunal constitucional para imponer su voluntad. No votaré a los que durante toda la legislatura han bloqueado la renovación del constitucional y el supremo. No votaré a los que acusaron de terrorista al gobierno por negociar con ETA. No votaré a los que utilizaron el terrorismo para derribar al gobierno legítimo. No votaré a los que nunca aceptaron la derrota en el 2004. No votaré a los Aznar, Aguirre, Zaplana, Acebes, Mayor Oreja o Astarloa y demás fauna neoconservadora. No votaré a los que manipulan para insuflar miedo a los votantes. No votaré al partido que ha hecho todo esto y mucho más. No votaré a su candidato. Por eso no votaré al PP y por supuesto no votaré a Mariano Rajoy.
Me aterra la sombra “Nosferaturesca” de Aznar con su sonrisa “hienática” manipulando los hilos de la marioneta Rajoy. Me desagrada sobremanera oír la “canónica” voz de soufflé de Acebes, con su coletilla “y tu más”. Me irrita la presencia de dibujo animado de la estreñida Esperanza Aguirre con su sonrisa de matarlas callando. Me altera la noñez de Mayor Oreja. Me irrita el populismo barato de Pujalte. Me subleva la pedantería de Gallardón. Pero sobre todo me desagrada la bisoñez del candidato a presidente, me resulta del todo infumable el mensaje, siempre repetitivo y banal que, acompañado del movimiento estilo martillo pilón de su mano derecha, suelta donde quiera que esté. No quiero a Pizarro de ministro económico. Como tampoco quiero a Zaplana, ni a los demás. No quiero a Rajoy de presidente porque me asusta lo que pueda hacer o, peor aún, lo que pueda deshacer.
No quiero que personajes siniestros, cuyo único empeño durante esta legislatura ha sido deslegitimizar al gobierno salido de las urnas, como el locutor Losantos, el cardenal Rouco y el portavoz Alcaraz, dirijan, desde sus cómodos y bien pagados cargos privados, las políticas del país en materias tan importantes como la comunicación, la educación y la lucha antiterrorista.
Por todo esto y algo más, el 9 de marzo, no votaré a Rajoy.© PCB
La vaca, la sardina y el aguila
Pace la vaca en paz,
en el prado verde de fresca hierba.
Pace el hombre con ella,
en la creencia que la paz será con él.
Pacen los dos felices,
ignorando lo que pasa ante sus narices.