Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2008.
Miradas

Ghulam, una niña afgana de 11 años, sentada junto a su marido de 40
Foto: AP / STEPHANIE SINCLAIR
La expresión del infantil rostro de la esposa contrasta con la rudeza del envejecido rostro del esposo. La mirada limpia e inocente de una niña junto a la mirada turbia y desconfiada de un adulto. ¡Niña y hombre! ¡Esposa y esposo! Niña condenada a vivir bajo el yugo de un adulto al que no conoce. Niña condenada a cumplir con obligaciones que posiblemente no comprenda. Niña condenada a satisfacer necesidades de un hombre al que no quiere. Y no lo puede querer porque la distancia emotiva entre ambos es insalvable, no es sólo la edad. Viendo sus miradas se comprende cuanto alejados están el uno de la otra, la distancia física no es nada comparada con la emocional. ¿Qué piensa ella de él? ¿Acaso importa lo que ella piense? ¿Qué retorcidos intereses, económicos, sociales o religiosos, llevan a unos padres a entregar a su hija de once años, como esposa, a un hombre treinta años mayor que ella?
El rostro limpio y suave de la novia evidencia la inocencia de quien aún es niña. Su mirada transparente y viva pone de manifiesto la ausencia de maldad y las ganas de vivir. Su expresión, en cambio, dice mucho de la incertidumbre que sobre ella se cierne. La recién esposa, aún siendo una niña, sabe que la vida que le espera no será fácil y, consciente de su nueva condición, mira de reojo, sin atreverse a hacerlo de frente, al que está a su lado que no es otro que su flamante esposo. Su boca, incapaz siquiera de insinuar una sonrisa y la desconfianza que manifiesta su mirada, son pruebas suficientes para saber que Ghulam no es feliz. Paradojas de la vida, precisamente todo lo contrario de lo que debería ser una recién casada, ¡feliz!
PCB
2008 Año internacional de la patata según la ONU

La, en el mundo entero, famosa patata, papa, potato o pomme du terre (manzana de tierra), ya tiene su año internacional. La ONU, en uno de sus arrebatos por mantener la paz en el planeta ha decidido –desconozco si para ello ha convocado al consejo de seguridad– que el 2008 sea el año internacional de tan apreciado tubérculo. A buen seguro que decisión tan acertada habrá hecho muy felices y colmado de esperanza a los millones de personas que diariamente sufren el hambre por no tener ni siquiera una papa que llevarse a la boca, confiando en que este año sí que comerán patatas. Mientras, los otros, los que no solo no pasamos hambre sino que nos sobrealimentamos indiscriminadamente, celebraremos el evento degustando las miles de formas diferentes que tenemos de cocinar el sabroso tubérculo. Eso sin contar al aluvión de platos, a cual más extraño, que nuestros prestigiosos chef nos propondrán durante el año para celebrar el evento.
Los motivos por los que la mayor organización de estados libres, y no tan libres, del mundo ha decidido dar tan magno honor a la patata deben ser de vital importancia para mantener la paz mundial, porque si no, no se entiende –fijémonos en lo sucedido en el 2003, que al no declararlo año internacional de las armas de destrucción masiva, provocó que el trío de las Azores declarase la guerra contra Irak–. ¿Será que la patata está en peligro de extinción? O, por el contrario, ¿que hay excedente, con lo que eso supone para la caída del precio y con él los beneficios de quienes comercializan con ella? Sólo en Perú, lugar donde hace 8.000 años se inició la historia de tan singular producto, tienen contabilizadas 3.840 variedades. Y, aunque a Europa llegó tras la conquista de Perú por el intrépido Pizarro en 1526, las leyes proteccionistas de la hoy Comunidad Europea impiden, quinientos años después, la importación en crudo de la papa andina.
No se qué pensará la pobre patata de todo esto, pero seguro que, aunque al principio haya sido una alegría –una distinción así hace feliz a cualquiera–, cuando vea la dimensión real de lo que ese año internacional representa, seguro que pide a gritos que la dejemos en paz. Sobre todo, cuando los millones de aprendices de cocinero vanguardista empiecen a practicar la deconstrucción de la patata o, la patata descamada, o el aire de patata, o el sorbete de patata con espuma de piel de patata, y otras miles de recetas por estilo.
Sólo me queda decir que para comerse unos huevos con patatas fritas, en aceite de oliva por supuesto, no es necesario que la ONU meta sus zarpas.
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De cara a su verdad...
“De cara a su verdad y de espaldas a los demás”, escueta y certera definición que el periodista Iñaki Gabilondo hizo ayer, como despedida del informativo que conduce, sobre la imagen del Papa Benedicto XVI celebrando una misa preconciliar en el Vaticano. Once palabras que definen claramente la forma de ser y actuar de la Iglesia Católica. Ensimismado en su propia pompa, el Papa de los católicos ha regresado al rito mas ocultista de cuantos hay, la celebración de una misa a espaldas de sus propios creyentes y en una lengua que nadie de los presentes, excepto los miembros del clero, entiende. Ver a Benedicto XVI ataviado con la casulla, de espaldas a los fieles y con los brazos alzados susurrando en latín una letanía incomprensible, es como retroceder a los tiempos en que esa misma Iglesia imponía su verdad, a sangre y fuego si era necesario. La misma verdad que, intentan convencernos los obispos y cardenales, está amenazada por leyes promulgadas por un gobierno elegido en las urnas. Una verdad que esos obispos y cardenales dicen es incuestionable porque emana del único Dios verdadero, pero que ellos cuestionan e incluso desautorizan cuando les interesa. Porque, ¿qué otra cosa es celebrar con todo boato y bendición papal una boda en la que la contrayente es una divorciada, siendo el divorcio, según ellos, una lacra de la sociedad cuyo único fin es acabar con la familia, pilar esencial de su verdad?
Bien es cierto que sólo se trata de una imagen en la que se ve al Papa de espaldas alzando la hostia y que, al fin y al cabo, es la celebración de un rito estrictamente religioso. Pero, a la vista de los exabruptos contra el gobierno –y por ende contra los millones de ciudadanos que lo votaron– que desde hace ya algún tiempo viene lanzando un sector de los obispos y cardenales españoles, la celebración del rito en la forma y manera anterior al Concilio Vaticano Segundo no deja de ser llamativo y un claro posicionamiento de espalda a lo que la sociedad de hoy, demanda.
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Una visita inesperada
Como cada mañana se levanta de forma mecánica al oír el despertador. Lo hace despacio, pensando lo que debe hacer, como si tuviera miedo de dar un paso en falso o despertar a su mujer. En el baño, frente al espejo, se ve reflejado en él y, como cada mañana, no se gusta. Pero eso es lo de menos, desde hace años que no se gusta, y no sólo su cara al verla en el espejo, ¡no se gusta nada de él! Está convencido de que a quien ve no es él. Por eso, durante el aseo personal, evita mirarse al espejo, rehúsa a su propia imagen como quien evita encontrarse con su peor enemigo.
Sale del baño y se dirige a la cocina para prepararse el desayuno, siente frío, un ligero temblor recorre su cuerpo. Confundido, se queda en el pasillo sin saber qué hacer. “No es normal que haga este frío en el mes de julio… ¿o estamos en invierno?”, murmura de regreso al baño para coger la bata. Al ponérsela se da cuenta que está vieja, más vieja de lo que esperaba. Aunque no la usa desde el invierno, no recuerda que estuviera tan vieja. Al girarse para salir ve, sin poder evitarlo, su imagen en el espejo y cree ver algo diferente en ella, algo que le asusta. Mira aquella cara y no se reconoce en ella, es extraña para él y no se parece en nada a la que ha visto apenas unos minutos antes. No entiende que haya envejecido tanto en tan poco tiempo. La mira con desprecio y de sus labios surge apenas un murmullo: “Mejor no mirarse”.
En la cocina se siente extraño, las cosas no están como él las recuerda. Parece que alguien hubiese estado allí mientras dormían y hubiese cambiado las cosas de sitio. Busca el tarro del café y no lo encuentra, la cafetera parece no haber sido usada en años, las tazas no están donde siempre, no hay pan en la panera y la nevera está prácticamente vacía. Se siente perdido y no comprende aquel desbarajuste. Se sienta en una silla y apoyado sobre la mesa recuerda que la noche antes habían cenado él, su mujer y los niños, en esa misma mesa y que entonces todo estaba como debía estar.
El reloj de la cocina marca las cinco menos cuarto, mira por la ventana y ve que aún es noche cerrada. No comprende cómo puede ser de noche si ya ha sonado el despertador. Se queda allí inmóvil mirando el jardín. En su mente, los recuerdos pugnan por salir. Las imágenes se confunden entre sí creando un mundo irreal que lo sumen, cada vez más, en una especie de nebulosa de la que no puede escapar.
Pegadas en la puerta del frigorífico, las fotos, amarillentas por el paso de los años, de él, su mujer, sus hijos y nietos, lo miran sonrientes mientras él les devuelve la mirada indiferente y preguntándoles: “¿Quiénes sois vosotros?” Todo empezó unos años atrás. Un día estaba en el parque que hay cerca de su casa. Sentado en un banco, leía uno de esos diarios gratuitos que reparten por la calle. Se miró el reloj, se levantó y se fue a casa. Era la hora de comer.
Cuando llegó, su mujer le preguntó donde estaba el niño. “¿Qué niño?”, preguntó él. “Que niño ha de ser, nuestro nieto”, dijo ella alarmada “…estaba contigo en el parque”, le insistió. “No, conmigo no había nadie”, dijo él sin mostrar preocupación.
Ese día, el Alzheimer llegó como una visita inesperada para quedarse a vivir siempre con él.
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Tiro al fumador
Foto: Afp / Nigel Treblin
Un alemán halla la solución para que sus clientes puedan fumar dentro de su bar sin llenarlo de humo
“El invento es sencillo. Lo que este hombre, propietario del restaurante Malermeister Turm, ha ideado es agujerear las paredes para que los fumadores puedan sacar la cabeza y las manos, encenderse el cigarrillo y fumar. El humo fuera, el cuerpo dentro” (Noticia aparecida en La Vanguardia el 19/12/2007).
Ya, y por si el sufrido fumador no tuviera bastante con verse ridiculizado, y para hacer mas divertido el espectáculo de ver una cabeza echando humo por la boca y dos manos sin saber que hacer asomar por un agujero, se podría organizar entre los transeúntes un concurso de tiro al tentetieso. Por un módico precio –pongamos un euro– cinco pelotas de goma para hacer blanco en la cabeza fumadora. No sería necesario premio alguno a los acertantes, el placer de poder dar cinco sonoros pelotazos al incauto de turno, ya sería de por sí un premio mas que satisfactorio. Podría incluso utilizarse como terapia para los ejecutivos y demás fauna de estresados que andan por ahí atropellando gente –en el más amplio sentido de la palabra–. De paso, también serviría como plan de choque para que los fumadores, seres por otra parte asociales por andar contaminando el aire que respiramos –como si fueran los únicos–, artos de recibir pelotazos, dejaran de fumar. Todo ello sin que el estado tenga que invertir un duro –perdón, un euro–, que es lo que mejor sabe hacer.
Mira por donde un rudimentario invento de un dueño de bar arto de perder clientela por culpa del tabaco, podría haber encontrado la solución, no a uno, sino a tres de los problemas de salud más graves que tiene la humanidad: la contaminación, el tabaquismo y el estrés. ¡Anda que también, al inventor se le habrá cortocircuitado el cerebro!© PCB
Marianico no quiere a Albertico y Esperancica se rie por lo bajini

Rajoy confiesa que vetó a Gallardón al ver que su objetivo era sustituirlo. (La Vanguardia 18-Ene-2008)
Acabáramos, siendo así, se comprende que 'Marianico' no haya permitido que 'Albertico' se presente para diputado en las elecciones de marzo. Si ves amenazado tu futuro inmediato, haces lo que haga falta para acabar con la amenaza. Lo que sucede es que no siempre la verdadera amenaza es la que aparece como tal. Ni el supuesto amenazado es realmente el que lo está. Se supone –eso al menos intentan hacernos creer– que tanto los partidos políticos como sus dirigentes y sobre todo los que se presentan a unas elecciones, lo hacen por los ciudadanos, que su único interés es servir a la ciudadanía y que los cargos que ostentan son una especie de cesión temporal para trabajar por la sociedad. Si es así, el que un dirigente político aspire a ser diputado pensando en ser un día el líder del partido, no debe representar amenaza alguna para el líder actual. Si los electores deciden que prefieren a uno sobre el otro, es lo que debe ser, son ellos después de todo quienes eligen a sus representantes. Considerar una amenaza personal que un compañero de partido, utilizando los medios fijados para ello, aspire al cargo que uno ostenta, resulta cuanto menos chocante. Que encima, el supuesto amenazado, utilizando la autoridad que posee, impida que el aspirante tenga su oportunidad, resulta preocupante. Máxime si como en el caso que nos ocupa lo hace cediendo a las presiones de otros.
La prensa se ha encargado de lanzar a los cuatro vientos el mensaje de que Rajoy ha vetado a Gallardón cediendo a las presiones del sector más duro y rancio del PP, representado por las familias Aznar y Aguirre con la bendición de la COPE. Pero no nos engañemos, sin que eso deje de ser cierto, también lo es que 'Maranico' forma parte de ese sector, que él mismo es parte activa de la línea dura y que forma parte de esa derecha de misa diaria y valores ultra conservadores –los modernos lo llaman neocon abreviatura de neoconservadores– que aspira a gobernar. Por tanto, las presiones que en ese sentido haya podido recibir, lo único que han hecho ha sido reafirmar sus convicciones facilitándole la decisión final.
En cualquier caso, lo sucedido no es mas que producto de la guerra interna en un partido que perdió algo más que el gobierno tras la derrota de las elecciones del 2004. Que al final repercutirá en el ciudadano, es cierto. Pero no perdamos de vista que 'Albertico' tampoco es una joya. Lo que sucede es que ante panorama y personajes tan siniestros, cualquier otra cosa, resulta tranquilizador e incluso apetecible. La imagen de progre centrista que Gallardón ha proyectado a lo largo de su vida pública, le hace merecedor de la confianza de muchos sectores sociales que desconfían de la derecha pura y dura. Pero, no olvidemos la fábula aquella en que el lobo utilizaba una piel de oveja para ganarse la confianza de los inocentes borregos.
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Los seis pilares
El recuerdo de lo vivido no siempre resulta alentador. En ocasiones, cuando uno rememora el tiempo pasado, descubre sorprendido que hizo cosas que poco o nada tienen que ver con él. Y al recordarlo se pregunta: ¿cómo es posible que yo hiciera tal cosa? La respuesta a tan singular pregunta no suele ser fácil, tampoco muy complicada, la verdad. Sencillamente sucede que al no reconocer que se hizo aquello, resulta complicado encontrar una explicación plausible que nos resulte agradable y, sobre todo, que justifique lo que con el tiempo encontramos injustificable. A veces, la respuesta más simple a un comportamiento concreto la tenemos delante nuestro sin ser capaces de verla, porque sencillamente nos empeñamos en dar, a ese comportamiento, una importancia casi sobrenatural. Al intentar justificar lo que nuestra moral considera injustificable, necesitamos encontrar algo que nos tranquilice y nos permita decir: “Si, yo hice eso. Pero hay que tener en cuenta que entonces…”, con lo que tranquilizamos nuestra conciencia al aceptar que hicimos aquello, pero sólo, porque una serie de circunstancias nos empujó a ello. En definitiva, nos quitamos de encima la responsabilidad de lo que hicimos y de paso convertimos en aceptable un comportamiento que pasado el tiempo, resulta censurable.
El recuerdo de lo vivido es sólo eso: un recuerdo. En ningún caso se puede hacer una revisión que implique reescribir o cambiar lo vivido. Porque la historia puede contarse de una u otra forma, ocultando unos hechos, ensalzando otros, e incluso, inventando algunos. Pero la realidad es la que es, o mejor dicho, la que fue, y eso, por mucho que el hombre, llevado por un desesperado intento por cambiar lo que con el paso del tiempo le resulta desagradable, intolerable, incluso injustificable, ya no puede ser cambiado. Sencillamente porque ya es pasado y el pasado, como la propia palabra indica, es aquello que fue, que ocurrió, que se vivió, que sucedió y que por tanto, el hombre perdió toda capacidad de actuar sobre él. Y por mucho que se empeñe en hablar y escribir sobre ello, el pasado continuará inalterable en el tiempo por siempre jamás.
Ahora bien, eso no quita para que, transcurrido el tiempo, se haga una reflexión sobre lo acontecido, se repase la historia y, sin intentar alterarla, se reconozcan aciertos y errores, teniéndolos en cuenta en comportamientos posteriores para, en lo posible, aprovechar unos y evitar los otros. El hombre, precisamente por ser inteligente, tiene la capacidad de pensar –reflexionar sobre algo–, discernir –entre correcto e incorrecto–, recordar –lo importante–, olvidar –lo intrascendente–, equivocar y rectificar. Estas seis facultades son la base del comportamiento humano. De su utilización depende en gran medida lo que acontece en el devenir de la historia. Es por eso por lo que la correcta utilización de esos seis pilares de la condición humana, es tan importante.
Bien, dicho esto, sólo me queda añadir que este texto no deja de ser una perorata seudo filosófica que no viene a cuento y no aporta nada. Sin embargo, y al margen de que pensar, discernir, recordar, olvidar, equivocar y rectificar puedan ser pilares de algo, lo que sí sucederá cuando lo leas es que: te hará pensar en lo leído, discernir si es o no importante, recordarlo si decides que sí lo es, olvidarlo si decides que no lo es, te habrás equivocado si se demuestra que es lo contrario de lo que tú decidiste que era, y por último, y si te queda tiempo, rectificarás.
Entonces, ¿en que quedamos?
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El niño y el cayuco
Cuando era niño, desde la orilla miraba mar adentro sabiendo que algún día él también lo haría…
La mar estaba tranquila ese día. Por el este, abriéndose paso entre la oscuridad de la noche agonizante, la primera luz de la mañana asomaba tímidamente mientras él, que ya había dejado de ser niño, esperaba escondido tras la duna junto a sus compañeros de viaje. Miraba ansioso cómo las olas rompían monótonas en la dorada arena de la playa meciendo la barca que lo llevaría a otro lugar. A un lugar donde pensaba que sería más feliz. Un lugar donde por fin tendría lo que con insistencia mostraba la televisión vía satélite que a veces veía en algún comercio. Allí, sobre la arena, esperando que el capataz –mercader de esclavos se les llamaba en al antigüedad– diera la orden de embarcar, soñaba con ese mundo que le estaba prohibido y en su inocencia de adolescente se veía en aquel país lejano, trabajando, con una casa propia y con una familia feliz a la que un día traería hasta aquí para enseñarles aquello de lo que él había huido.
Tras varios días navegando sin rumbo por las frías aguas del Atlántico, unas potentes luces le iluminaron con violencia sacándolo del sopor en el que estaba sumido. Eran de un guardacostas que había interceptado el cayuco en el que viajaban, hacinados, casi cincuenta personas, la mayoría adolescentes. Algunos saltaron al agua con la esperanza de alcanzar la costa a nado, otros, entre los que estaba él, no tuvieron tiempo de reaccionar, o simplemente no les quedaba fuerzas para hacerlo. Deslumbrado miró hacia arriba y vio a los uniformados que le pedían que no saltara al agua, que no tuviese miedo, que le ayudarían a salir de allí. “¿Miedo? ¿De que he de tener miedo viniendo de donde vengo?”, les respondió mientras cogía la mano desconocida que se ofrecía a él para ayudarle.
Aunque sus ojos han perdido el brillo inocente de quien espera alcanzar su meta y sus labios la sonrisa pícara del niño que miraba el mar esperando su oportunidad, Hazzumel se siente feliz por formar parte de ese ínfimo porcentaje de ‘cayuqueros’ que, después de todo, consiguen su fin y hacen realidad su sueño. Si bien, esa misma realidad le muestra con crudeza, que lo que él soñaba mirando el mar en aquella playa desierta, no es lo que al fin encuentra. Pero al menos sabe que es uno de los que consigue llegar, de los que, como en un sorteo macabro, le toca vivir, y recuerda con tristeza las caras de sus compañeros de viaje que no lo consiguieron. Los que ni siquiera sobrevivieron al viaje y los que sobreviviéndolo, se arrojaron al mar creyendo que así estarían a salvo. Pero, a salvo ¿de qué?
Con el paso de los años, Hazzumel se ha establecido en el mundo soñado. Ha formado la familia ansiada y ahora, orgulloso, enseña a sus hijos el lugar de donde partió. Ellos, inocentes niños, juegan en la orilla, como antes hizo su padre, ajenos a lo que sucede, sabiéndose a salvo e ignorando, que quizás algún día, sean ellos los que se vean obligados a mirar al mar y soñar con llegar a otro lugar.
Aquel niño, convertido en padre de familia, mira absorto a los turistas que ocupan la playa de la que él zarpó y no puede evitar sentir cierta desazón al ver que ahora llegan a ella otros ‘cayuqueros’ procedentes de países más pobres que el suyo. Emocionado, piensa que algún día eso acabará. Pero, mientras tanto, ha de ayudar a los que ahora hacen lo que él tuvo que hacer.
© PCB
El miedo
“Miró con sus ojos abiertos como platos sin entender lo que sucedía. Intrigado, recorrió con su mirada de izquierda a derecha observando lo que ante él había. Sintió miedo, sencillamente porque no comprendía lo que tenía delante. Aturdido, se movió nervioso intentando ahuyentar aquello que le asustaba. Ante él todo estaba quieto, nada se movió. Comprendió que su intento por ahuyentar lo que hubiera allí, no funcionó. El miedo creció dentro de él y sintió aquella sensación que le paralizaba impidiéndole pedir ayuda. El niño no sabía qué le ocurría, no entendía por qué le pasaba aquello y sólo era capaz de sentir cada vez, más miedo. El niño, aterrado, quiso gritar, pero algo dentro de él le agarró con fuerza la garganta y todo quedó en un desgarrador intento, en un aterrador silencio, reflejado en el rostro desencajado de un niño asustado”.
El miedo nos invalida para tomar decisiones coherentes, nos imposibilita para reaccionar, nos deja paralizados y anula nuestra capacidad para discernir. El miedo, es peligroso en sí mismo. Siendo como es, un estado anímico, puede resultar letal en según qué circunstancias. El miedo puede carcomernos por dentro y acabar doblegando nuestra voluntad hasta hacernos hacer aquello que no queremos. El miedo lo sentimos cuando desconocemos aquello que nos asusta. Sentimos miedo ante lo desconocido, ante lo extraño, ante lo que nos intranquiliza, ante aquello que es diferente, o creemos que lo es. Sin embargo, el miedo no es nada. Por sí solo, no existe, no tiene razón de ser. El miedo, después de todo, nos lo imaginamos nosotros, lo creamos nosotros, le damos vida nosotros. El miedo, sin nosotros no es nada.
“Tengo miedo” –dijo al fin el niño asustado– “¿De qué?” –le preguntó su padre– “No lo sé” –respondió el niño–.
Ese “No lo sé” es la razón de que el miedo siga en él. Es por eso por lo que tiene miedo y es por eso por lo que el pobre niño no puede combatir al miedo. El no saber qué le da miedo, aumenta en él el mismo miedo y, a medida que éste crece, el niño se acobarda más y el miedo no para de crecer. El miedo es un monstruo que se retro alimenta de sí mismo. El miedo sólo puede ser combatido con el conocimiento, con el saber. Sólo así se puede hacer frente a él, lo que no quiere decir que deje de existir, sino más bien, que podemos convivir con él.
© PCBEl acontecimiento
Todo fue tan rápido que no hubo tiempo de pensar. Cinco minutos antes del “acontecimiento” –lo llamo así porque no se qué otro nombre darle. Nunca antes el ser humano había vivido algo así, y si lo vivió no quedó nadie que trasmitiera sus impresiones, su parecer y opinión en las que basarnos para darle un nombre adecuado a lo sucecido–. Como decía, cinco minutos antes, la vida en el planeta Tierra seguía su curso sin que nadie sospechara lo que se avecinaba. Si acaso, los únicos que supieron con certeza que algo iba a pasar, aunque no el qué, fueron los animales –ellos siempre detectan los cambios y comportamientos anormales de la naturaleza–. Por eso se mostraron nerviosos, agresivos, alterados y su actividad se aceleró de tal forma que parecían haberse vuelto locos. Corrían de un lado a otro sin saber dónde ir, gritaban asustados alertando a sus congéneres de que el peligro estaba cerca y en su desesperado intento de ponerse a salvo abandonaron los lugares donde vivían huyendo despavoridos a otros sin saber si allí estarían seguros.
Es posible que esos últimos cinco minutos los animales se comportaran así, y es posible que algunos humanos repararan en ello y sintieran miedo al comprender el mensaje que aquellos estaban trasmitiendo. Pero, en cualquier caso, el hombre no fue consciente de la magnitud del “acontecimiento”, porque antes tuvo que pararse a descifrar y comprender lo que iba a suceder y durante esos cinco minutos miró a los animales preguntándose qué estaba sucediendo, cuando la pregunta correcta era ¿qué iba a suceder y cuándo?. Pasados los cinco minutos, fue evidente lo que sucedía. Lo que cinco minutos antes tenía que suceder, estaba sucediendo justo en ese instante y el hombre, sorprendido, no pudo hacer nada, no supo hacer nada. Pero en el supuesto que hubiese sabido qué hacer, no habría servido de nada pues el “acontecimiento” se había desencadenado y ya era imparable. Su duración fue apenas de unos instante, los suficientes para acabar con todo y con todos. Pero, en esos instantes, el hombre aún tuvo tiempo para pensar que –y ahora sí sabía cómo– podía haberlo evitado si cinco minutos antes, él, el hombre, hubiese previsto el “acontecimiento” y sus consecuencias.
Ahora seamos realistas y estiremos los cinco minutos a cinco decenas de años. Seguimos sin saber qué ni cuando sucederá, pero tenemos evidencias de que sucederá y que estamos en el inicio de los últimos cinco minutos. Por tanto, si no empezamos a poner remedio, a partir de ahora iremos irremediablemente al “acontecimiento” del que desconocemos el nombre pero no sus consecuencias. “Acontecimiento” que algunas especies no inteligentes del planeta intuyen e intenta hacérnoslo saber por los únicos medios de que disponen. Plantas que florecen en invierno, ríos que se secan, especies animales y vegetales que se extinguen, aceleración del deshielo en los glaciares, tormentas tropicales en zonas alejadas del trópico, desertización, temperaturas extremas que provocan la modificación de las estaciones, etc.
Son muchas y variadas las señales de alarma que diariamente se disparan en el planeta Tierra y mientras tanto, el hombre, tan inteligente él, sigue mirando para otro lado como si la cosa no fuera con él.
© PCB
Deja que te diga...
Deja que te diga lo que no te dije entonces. Deja que por fin hable de lo que llevo dentro, de lo que me atormenta desde que te conocí. ¡Si supieras cuánto he pensado en ti, cuánto he recordado aquel día en que te vi en el banco bajo el tilo del jardín! Si supieras cuánto me he arrepentido de no haber sabido decirte entonces lo que quise decir.
Deja que te diga que me enamoré de ti nada más verte. Que mi corazón palpitó con la idea de decirte hola. Viéndote allí, iluminada por la suave luz de la mañana, bajo los rayos de sol, sentí el flechazo del amor. Un amor que no supe hacerte llegar. Un amor que se ha marchitado con el paso del tiempo. Que se ha consumido dentro de mí por no ser capaz de sacarlo fuera, de dártelo, de hacerlo público.
Deja que te diga lo que, en el silencio de mi ser, he llorado, lo que he pensado, lo que he amado. Con el corazón encogido, lo que he sufrido pensando en ti.
Deja que te diga lo que no sabes de mí. Lo que pudimos ser y no fuimos. Lo que me hizo temblar aquel día de primavera en que te conocí. Lo que me hizo huir de ti. Porque eso fue lo que hice, ¡huir! Correr como un cobarde ante la idea de dirigirme a ti. De declararte mi amor. De decirte lo guapa que eras. De pedirte tu amor.
Deja que te diga que aquel día fue el más feliz de mi vida. Y el más desgraciado también. Te vi por primera y última vez. Te vi apenas unos instantes, pero suficientes para que tu cara quedara grabada para siempre en mi. En mis recuerdos. En mis sueños. Tu imagen me ha seguido y acompañado durante toda mi vida, ¡toda una vida!, que se dice pronto.
Deja que te diga lo que significaste para mí. Por qué fuiste tan importante para mí.
Deja que te diga lagartija, lo felices que habríamos sido si yo no hubiese sido un caracol.
© PCB
Descendimiento

Con el suave balanceo que la ligera brisa le proporciona, cae lentamente sin saber qué será de él. Blanco impoluto, casi transparente, el inocente copo de nieve se deja llevar en su caída libre desde la nube que, por razones desconocidas para él, lo ha empujado al vacío sin darle una triste explicación. Sabedor de su destino, el copo de suave algodón helado, desciende hacia la tierra disfrutando del recorrido. En su descenso, aprovecha las ráfagas de aire dejándose llevar por impetuosos remolinos en los que, junto con otros como él, se divierte formando parte de la ventisca helada que tanto molesta a los humanos.
Flotando en el aire va y viene esquivando árboles, casas, chimeneas, niños que juegan y hombres y mujeres que pasan hasta que, viendo cercano el fin de su viaje, se deja caer sobre un caballo negro que, con las patas hundidas en la nieve, aguanta estoicamente viendo como el prado de su apetitosa hierba fresca se cubre del manto blanco. El copo se posa silenciosamente en el lomo del caballo y allí acurrucado, sintiendo la suave caricia del pelo negro, espera derretirse y acabar felizmente su corta existencia. Pero su llegada provoca un ligero respingo en el caballo que se gira con indiferencia, mira fijamente al copo, le guiña un ojo y le da un coletazo haciéndolo desaparecer.
La vida es tan efímera como un suspiro, por eso hay que vivirla con intensidad. Lo que sucede es que al final no siempre es como queremos que sea. Algo o alguien nos fastidia lo mejor y todo acaba de forma abrupta y violenta, como el pobre copo de nieve.
© PCBConsumismo

Chiste publicado en El Pais en diciembre 2004
El primer objetivo de las grandes corporaciones multinacionales es hacernos creer que necesitamos todo aquello que fabrican. El segundo, llenar las cuentas de sus accionistas. Ambos están directamente relacionados y son inseparables. Uno depende del otro, no puede haber uno sin el otro del mismo modo que no puede subsistir uno si no lo hace el otro. La verdadera razón de la existencia de una gran empresa no es, como quieren hacernos creer, el bien común de las personas, de la sociedad, de la humanidad en general, sino el enriquecimiento total y rápido de sus dueños, es decir: los accionistas. Y para ello no tienen miramientos. Si en el equipo directivo de turno, responsable último de que ambos objetivos se cumplan, hay un miembro con ideas propias sobre la inapropiada conducta, por inhumana, de la corporación, éste es apartado de inmediato y relegado a la sombría mazmorra de la indiferencia y menosprecio de sus “compañeros” después de sufrir una despiadada y vil campaña de desprestigio capaz de anonadar al más pintado.
Para cumplir el primero de los objetivos –del segundo hablaremos en otro momento–las grandes corporaciones no dudan en utilizar todos los medios a su alcance, que no son pocos. Pero su mayor empeño se centra en “vendernos”, de una forma muy especial, el producto que fabrican y del cual depende su subsistencia en el voraz mercado del consumismo. Utilizan metodologías de marketing de “última generación” inventadas y desarrolladas por las cientos de empresas de consultaría, nacidas precisamente a la sombra de aquellas y ante la demanda, cada vez mayor, de nuevas técnicas de persuasión para colocar sus productos en la saturada sociedad de consumo. De esta manera, utilizando métodos poco ortodoxos, las grandes corporaciones consiguen hacernos creer que todo aquello que nos ofrecen es por nuestro bien y para mejorar nuestra calidad de vida. Y nosotros, que en definitiva nos lo creemos todo, lo aceptamos y nos lanzamos como posesos a comprar todo lo que nos ponen delante, haciendo malabarismos con nuestro intelecto para auto convencernos de que eso es bueno y que realmente nos facilita la vida, hasta el punto de que somos capaces de adquirir nuevos y extraños comportamientos para justificarlo. Porque, qué es si no, el que ahora tengamos la necesidad, por ejemplo, de llamar por teléfono desde el autobús para decir que ya vamos para casa. O que tengamos en la cocina un microondas “porque va muy bien para calentar la leche del desayuno” cuando apenas cocinamos en casa.
Hubo un tiempo en que los productos de uso común tenían su justo lugar en la vida cotidiana. Y su utilización o no dependía de lo útil que resultaba para la tarea que se le encomendaba. Su vida útil era larga porque su fabricante lo hacía a conciencia, teniendo en cuenta cual iba a ser su utilidad y quien iba a utilizarlo. En definitiva porque primaba la necesidad real de utilizarlo y las ventajas y beneficios que proporcionaba.
Pero tiene razón el personaje del chiste al decir: “los que más se quejan del consumismo son los que más tienen”, y estoy con él cuando añade: “…que se dispare el consumismo por lo que a nosotros se refiere”. Porque lo que hace, no es otra cosa que poner de manifiesto las abismales diferencias que aún existen entre las diferentes capas sociales. Algo tan viejo como la propia existencia del ser humano, pero que, en los últimos años, se ha acentuado aún más: la división del mundo en ricos y pobres.
© PCB
Dos mujeres de Ngouri
Dos mujeres en Ngouri, en las cercanías del lago Chad – Foto de Alfredo Cáliz
¿Qué miran estas dos mujeres? ¿Qué llama su atención para hacer un alto en el camino y mirar atrás? ¿Qué piensan de lo que ven? ¿Quiénes son? ¿Cómo se llaman? ¿De dónde son? ¿A dónde van? ¿De dónde vienen? ¿Se conocen? ¿Van juntas o sólo han coincidido en el camino? ¿Las une algún vínculo familiar? ¿Qué edad tienen? ¿Están solas o tiene familia? ¿Las espera alguien?...
Podría seguir haciéndome preguntas, pero todas quedarían, como quedarán la que acabo de hacer, sin respuesta. La foto, encontrada por casualidad en la edición digital de un periódico, me impresionó nada mas verla. Algo en ella atrajo mi atención y me quedé mirándola abstraído buscando lo que se ocultaba tras la aparente armonía de la escena. Belleza y miseria mezcladas sin pudor en un perfecto maridaje posible gracias a la congelación del instante, plasmado después en papel satinado. Las dos figuras perfectamente encuadradas en su entorno, quietas, estáticas, inmovilizadas, no por la cámara, que también, sino por lo que debió atraer su atención haciéndoles detener la marcha y mirar atrás, como si en el margan del camino alguien las esperara. Y el burro, o burra, ves tú a saber, ajeno a lo que ellas miran, esperando a que su jinete, jineta en este caso, le ordene continuar. Ese estar a la espera de algo sin saber de qué, es lo inquietante del instante. Ese mirar con la expectación propia de quien ve algo diferente, marca la contradicción entre lo previsible y lo imprevisible. Ese dejar pasar el tiempo admirando lo que atrae tu atención, define la naturaleza de lo que se ve.
Ellas allí y yo aquí nos miramos sin vernos, atraídos por la belleza de lo que vemos, descubriendo cosas insignificantes, como las chancletas de color verde que calza una de ellas, o el colorido de sus vestidos, o el contraste de la hierva seca con el verde de los árboles, o la sabia paciencia del burro. A medida que observo la foto, fijándome con detenimiento en los detalles, siento, como si estuviera dentro del encuadre, que mi mente se vacía de contenido dejando sólo lo que la visión de esa escena genera y, sin poderlo evitar, las preguntas siguen fluyendo imparables como si necesitara saber todo de esas dos mujeres, saber lo que allí ocurrió. Porque lo que yo veo ahora, a través de una simple fotografía, ya es pasado, ya no está.
¿Serán felices? ¿Dónde estarán ahora? ¿Qué habrá sido de ellas? ¿Llegarían a su destino o por el contrario se perdieron para siempre en ese instante en que la mirada del fotógrafo las captó? ¿Son reales o pura imaginación? ¿Cuándo vuelven a pasar por el mismo lugar, se paran y miran atrás para recordar? Y si es así ¿Qué recuerdan?...
Podría seguir preguntándome, pero…
© PCB
Pedrito y el coche rojo (un cuento que no lo es)
Perseguidos y agredidos cinco rumanos porque un niño al que preguntaron una dirección pensó que le iban a secuestrar
(El País 31-Ene-2008)
“Pedrito era un simpático niño de 11 años. Una tranquila tarde de invierno estaba sentado en el tranco de la puerta de su casa esperando la llegada de sus padres cuando un coche rojo se paró ante él y, desde dentro, uno de los ocupantes le preguntó algo. Pedrito, asustado, echó a correr y fue en busca de su tío Pedro al que le contó lo sucedido.
La historia habría acabado aquí sin mas consecuencias. Todo habría sido un malentendido de un niño asustado, de no ser, porque ocurrió en un pueblo de una comunidad donde, en los últimos meses, habían desaparecido varios niños. Lo que ocurrió después de que Pedrito contara a su tío Pedro lo del coche rojo, se enmarca en un entorno de psicosis colectiva en el que cualquier forastero podía ser un secuestrador de niños. Si además, era inmigrante –los ocupantes del coche rojo eran rumanos– no cabía ni siquiera el beneficio de presunción.
Como si el vecindario se sintiese amenazado y con el único testimonio de Pedrito, que ni siquiera recordaba lo que el ocupante del coche le había preguntado, los habitantes del pueblo organizaron rápidamente una batida para dar con los malvados secuestradores de niños inocentes. No les costó mucho dar con ellos, los interceptaron en una carretera y, emulando los telefilmes americanos, les cortaron la retirada colocando dos coches delante y dos detrás. Después, todo fue descargar sobre ellos la frustración largamente acumulada en forma de golpes, insultos y amenazas.
La Guardia Civil acabó imponiendo el orden y, como no podía ser de otra forma, se llevó a los rumanos al cuartelillo. Bien es cierto que para evitar que los pacíficos vecinos les siguieran pegando. Pero, curiosamente, se los llevaron a ellos y no a los agresores. Después de tres horas de investigación en las que los agentes preguntaron a los testigos, comprobaron el recorrido que esa tarde habían hecho los sospechosos y comprobaron que contra ellos sólo había el testimonio de Pedrito, que decía que le “miraron mal”, los cinco rumanos fueron puestos en libertad. Y como dice el refrán: aquí paz y después gloria.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Eso sí, después de que cinco rumanos en un coche, que preguntaron a un niño la dirección de un taller, terminaran apalizados y casi linchados por un grupo de honestos ciudadanos que creyeron amenazada su pacifica existencia”.
Como podemos ver, el miedo se adueñó de la situación convirtiendo a personas normales en peligrosas fieras sanguinarias. El miedo de un niño que no entendió lo que los ocupantes de un coche querían de él, contagió a quien, por ser adulto, tendría que haber reflexionado sobre lo que el niño dijo y ser capaz de controlar la situación haciéndole comprender que estaba equivocado. Pero, tal vez influido por los casos de niños desaparecidos ocurridos en los últimos meses, no tuvo margen para la reflexión y asumió como propio el miedo de su sobrino. Luego lo extendió al resto de vecinos que, sin cuestionarse si lo que el niño contó era o no cierto, se dejaron llevar por sus más bajos instintos y embriagados por el odio se sumergieron en el aterrador aquelarre de perseguir y apalear a los desconocidos.
¡No somos racistas! –seguramente gritaron los vecinos finalizado el episodio– ¡Es sólo que nos defendemos! ¿De qué? Cabría preguntarse. ¿Quien os ha atacado? ¿Quién os ha amenazado?
Son las consecuencias del miedo que sentimos hacia lo desconocido, miedo que alguien se ocupa de meternos en el cuerpo. Vivimos con demasiado miedo y eso, tarde o temprano, nos pasa factura.
© PCB
N.A. Se recomienda leer el articulo 'El miedo' de este mismo Blog
