Hipotecas y disparates, la crisis de la opulencia

La constructora Martisa-Fadesa ha presentado suspensión de pagos por no poder hacer frente a la deuda cifrada en más de 7.000 millones de Euros. Los principales acreedores son: Caja Madrid, La Caixa, Banco Popular y Caixa Catalunya, de una docena larga de entidades bancarias, sobre todo cajas de ahorro. Ante tamaña barbaridad cabe preguntarse: ¿Cómo es posible que una empresa alcance ese nivel de endeudamiento sin que los prestamistas –bancos y cajas de ahorro– den la voz de alarma? ¿Cómo se entiende que entidades bancarias de primera fila permitan esa deuda y, lo que es peor, continúen dando créditos a esa empresa? Y por último, ¿de qué controles están dotados los bancos y sobre todo las cajas de ahorro, donde la mayoría de los trabajadores depositamos la nominan, para detectar la abultada deuda de sus clientes?
No soy economista y mis conocimientos sobre esa materia son nulos, ni siquiera se hacer la declaración de la renta. Pero mi intuición me dice que lo que ha ocurrido es que, ante el aumento incontrolado de la construcción salvaje fruto de unas falsas expectativas creadas a rebufo de una falsa concepción de la sociedad del bienestar, los bancos y cajas de ahorro se apuntaron a la ganancia fácil repartiendo créditos a diestro y siniestro sin aplicarse ellos lo que con tanto esmero exigen a los demás, ¡garantías! Y ahora se dan de bruces con la realidad y tienen serias dificultades para recuperar lo prestado.
Lo cual no quiere decir que la crisis sea bancaria. A los bancos, al menos a los grandes, jamás les afectan las crisis, más bien al contrario. Cuentan con suficientes recursos, incluso, para hacerse con los colegas que, llevados por una excesiva ambición, lanzan al mercado hipotecas basura que al final terminan por destruirlos. Ahí está el Santander que acaba de comprar un banco inglés sumido en la miseria por culpa de las dichosas hipotecas.
Lo peor de todo esto es el lamentable espectáculo que, el dueño de la empresa constructora quebrada, está dando al insinuar que el culpable de la situación es el ICO por no darle el crédito prometido para hacer frente a los pagos de inminente vencimiento y, de esa forma, conseguir una nueva refinanciación de la deuda. Una vez más, es el estado quien debe solucionar el problema al empresario. Mientras tanto, la empresa despide a centenares de trabajadores, las obras que tiene a medio hacer se paralizan y los ciudadanos que se hipotecaron por uno de esos pisos se quedan sin nada. Y es aquí donde volvemos al principio de todo: las malditas hipotecas, que no se pueden pagar o, artos de ser engañados, nadie quiere pagar.
A todo esto, en los despachos de las grandes torres de oficinas de la Castellana madrileña, los colegas de Martisa-Fadesa, se frotan las manos pensando en lo barato que les saldrá quedarse con una parte del pastel.
Son tiempos convulsos. Los años dorados del consumo desenfrenado dejan paso a los de grandes restricciones. El tiempo de las agresivas construcciones se diluye en los albores de otro en el que, los restos inacabados de semejante despropósito, se erigen como fantasmas por doquier. Los sueños de grandeza de personajes salidos de la nada se desvanecen y transforman en horribles pesadillas. Las grandes fortunas amasadas a la sombra de corruptelas y pelotazos aguardan en escondrijos secretos a la espera de tiempos mejores.
El paro aumenta, la inflación sube como la espuma y la bolsa se desploma. Son las consecuencias lógicas de un ciclo que ha llegado a su fin. Y ahora, cuando todos hemos saboreado las mieles del éxito, los que manejan los hilos, los han soltado para poner las cosas en su sitio e iniciar de cero un nuevo ciclo que siga aumentando sus cuentas bancarias. Las mismas que sirven para retroalimentar el sistema, que, sin ser el mejor, es el menos malo. Eso dicen ellos.
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