Ascensión y caída de un falso héroe

Andan alborotados estos días quienes lo encumbraron al olimpo de los héroes porque ha sido pillado conduciendo borracho. Él lo desmiente, asegura que sólo bebió media copa de vino, un licor de café y tomó un medicamento y que por ello no piensa pedir perdón ni dimitir del cargo que ocupa en la Comunidad de Madrid. Su jefa, la presidenta madrileña, ante su negativa a dejar el cargo ha eliminado de un plumazo el organismo que presidía.
De héroe a villano por hacer caso de Aznar. Eso le ha pasado al profesor Neira. En su día, cuando estuvo en el hospital en coma a consecuencia de la agresión que un hombre le propinó por defender a la mujer que éste estaba agrediendo, toda la prensa y cadenas de TV del país lo encumbraron a héroe mientras juzgaban y condenaban al agresor y a la mujer agredida, su compañera, por defenderlo. Porque, en un país donde la violencia de genero, ejercida por el hombre contra la mujer y ésta contra aquel –que también la hay, no lo olvidemos–, se cobra casi un centenar de victimas mortales al año, el que un hombre que pasaba por allí se atreva a increpar al acosador y defender a la acosada, es una heroicidad. Así lo entendieron los medios y los políticos. Sobre todo los de la derecha y en especial la Sra. Esperanza Aguirre que, con la habilidad y oportunismo que le caracteriza para aprovechar en beneficio propio cuanto acontecimiento con tirón mediático ocurre en su área de influencia, lo nombró presidente del Consejo Asesor del Observatorio Regional contra la Violencia de Género de su comunidad.
La conmoción que aquella desgraciada agresión causó en la sociedad, más por el empeño de algunas cadenas de televisión en engrandecerlo que por su incidencia real, terminó por crear un perfil humano del profesor que, con el tiempo, se ha descubierto lejos de la realidad. No tardaron esos mismos medios en descubrirlo cuando el profesor, ya funcionario a las ordenes de la presidenta madrileña, publicó un libro donde decía cosas tan curiosas como que “La Constitución es una anormalidad antidemocrática”. Con el tiempo, el profesor, ex militante del partido de Tierno Galván y hasta ahora protegido de “la lideresa” –como se conoce a la Sra. Aguirre–, ha ido poniendo al descubierto su verdadero semblante y claro, a medida que su nuevo rostro salía a la luz, los que entonces le entronaron a lo más alto de la heroicidad humana ahora piden su cabeza. Y todo se ha acelerado a raíz de que el profesor, al parecer, siguiera al pie de la letra las palabras del ex presidente Aznar cuando dijo públicamente que a él nadie le decía cuantas copas de vino debía tomar antes de conducir. El hombre, crecido ante su estatus de héroe nacional, se echó a la carretera con unas copas de más conduciendo su BMW, dando bandazos de lado a lado hasta que, también es mala suerte, un inspector jefe que estaba fuera de servicio lo detiene tras chocar levemente con un camión. La guardia civil, ya son ganas de joder, le hace la prueba de alcoholemia y resulta que supera tres veces el máximo legal permitido. Total que quien debía ser ejemplo para todos se ha descubierto como todo lo contrario y aquellos que lo ensalzaron a la cumbre ahora cavan su fosa.
A veces, las apariencias engañan. A lo mejor aquel héroe no lo era tanto. Incluso podría ser que tras su heroica acción se escondiera cierto ramalazo de violencia que afloró en forma de violento reproche contra el que en aquel momento agredía a su propia compañera. Amortiguando, en la reacción del reprochado, su propia agresividad que terminó por convertirlo en victima de la del otro, posiblemente aumentada por su provocación.
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La Mar de Moncofa

A esa hora de la tarde cuando el sol está bajando y sus rayos, ya cansinos, calientan nuestra espalda. Cuando los bañistas han levantado su efímero campamento de sombrilla, tumbona y toalla, y los niños han dejado de alborotar donde las olas rompen su arrebato convirtiéndolo en espuma blanca. A esa hora en que la mar parece recular. Cansada quizá de bregar contra la sinuosa línea que la mantiene en su lugar. Harta del vaivén al que, dicen los sabios, la empuja el ciclo lunar. Rendida ante la insistencia de piedras y chinarros en ser arrollados por ella. A esa hora del atardecer, aparece él.
Cargado con sus bártulos, el pescador se acerca cansinamente a la orilla caminando sobre las piedras, porque esta playa es de piedras por mucho que el alcalde de turno se empeñe en taparlas con arena de río para contentar a los forasteros pero haciendo enfadar a los del lugar. Como los bañistas por la mañana, el pescador elige el sitio y toma posesión de él. Abre la silla plegable. Clava los soportes de metal a golpe de piedra en un suelo de piedras. Despliega las cañas de pescar. Prepara el cebo. Lo engancha en el anzuelo. Con la caña en sus manos toma impulso y lanza el hilo lo más lejos posible. El peso del plomo tira del hilo haciéndolo volar por los aires. El carrete gira frenéticamente desenrollando hilo. Cuando al fin cae al agua, lo recoge un poco y bloquea el carrete. Apoya la caña en el soporte metálico y repite la operación con las otras cañas. Después se alza la gorra y mira al horizonte, se sonríe, piensa que hoy sí habrá buena pesca. Se coloca de nuevo la gorra y se acomoda en la silla.
A esa hora de la tarde en que no queda nadie en la playa de Moncofa, los aficionados a la pesca ocupan su lugar y disfrutan pasando las horas ante el vaivén de la mar esperando que los peces piquen. Pero da igual que piquen o no, de lo que se trata es de vivir la intensidad de esos momentos frente al mar, pensando, imaginando, recordando o, simplemente, mirando su mar, La Mar de Moncofa.
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33 personas

En 1951 Willy Wilder dirigió la película El gran carnaval. Narraba la historia de un periodista de poca monta, interpretado por Kirk Douglas, que se moría de aburrimiento en un pueblo donde nunca pasaba nada. Hasta que un día un habitante, indio creo recordar, se quedó atrapado en una mina y entonces el periodista vio el fin de sus tediosos días. En torno al desgraciado accidente y al difícil rescate del minero, el periodista montó todo un espectáculo mediático en el que participaron: autoridades, comerciantes, predicadores, curas, feriantes, medios de comunicación y los habitantes del pueblo. La película muestra con toda su crudeza la manipulación que de un desgraciado accidente hacen todos, anteponiendo sus intereses a los del accidentado. Al final el rescate se hace inútil pues es más rentable la muerte del accidentado que sacarlo vivo.
En agosto de 2010 en Chile, 33 mineros están enterrados vivos a 700 metros de profundidad y la TV nos muestra cada día las novedades sobre el desgraciado accidente. Incluso el presidente chileno aparece en las pantallas sonriente y feliz mostrando un papel en el que los mineros han escrito que están bien ¿Pero como van a estar bien 33 personas encerradas a 700 metros de profundidad? Todo el país se ha movilizado para sacar con vida a los mineros, el problema es que las previsiones hablan de tres meses en conseguirlo. Mientras tanto, el circo, o el carnaval como muy bien lo llamó Willy Wilder, se ha puesto en marcha. Hemos podido ver imágenes de lo mineros gracias a una minúscula cámara que han hecho llegar a la profundidad del refugio. Sabemos de su puño y letra que están bien porque han conseguido hacer llegar una hoja escrita a la superficie. Sabemos, porque bien que se encargan ellos de pregonarlo, que el gobierno chileno, con su presidente a la cabeza, está preocupado por la vida de los 33 y harán todo lo posible para que vuelvan sanos y salvos. ¿Seguro? Las cadenas de TV han instalado sus unidades móviles en el lugar para no perder prenda. Y los curas, ¡cómo podían faltar ellos!, ya han hecho su aparición montando las consabidas procesiones de cualquiera de las muchas vírgenes que tienen en nómina. Mientras tanto, las familias lloran y esperan, saben que no es fácil.
Y los dueños de la mina ¿Dónde están? ¿Qué hacen? Uno de ellos ha dicho que “no es momento de asumir culpas ni de pedir perdón”. Los 33 mineros seguro que no están de acuerdo con él. Es más, incluso puede que crean que ya está, junto con sus socios, en la cárcel. Porque ellos son responsables directos de lo sucedido al no tener en cuenta las medidas de seguridad en la mina como que haya una salida de emergencia para evacuar a los mineros en caso de desprendimiento, como ha sucedido. Pero no son los únicos culpables, el ministro de minas, que tanto se prodiga estos días en los medios y que parece haberse erigido en portavoz de los mineros por la de veces que se le ve en TV, es también culpable al no exigir y verificar las medidas de seguridad antes de que los dueños abrieran de nuevo la mina. Porque, esa es otra, la mina estaba cerrada por tener a sus espaldas unas cuantas muertes.
Sí, puede que el gobierno chileno haga todo lo posible para sacarlos con vida, en parte es responsable de lo sucedido. Y por eso, también harán todo lo posible para que al final, todo quede diluido en un desgraciado accidente que nunca debió ocurrir. Lo que significará que todo seguirá igual. El sindicato minero lo sabe y por eso intenta convencer a las familias que no denuncien sólo para conseguir una indemnización, también para castigar a los responsables.
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Cara a cara de un instante

La mirada fija en el balón muestra la concentración del futbolista en controlarlo. La expresión atenta, relajada incluso, revela la seguridad en sí mismo del jugador. Los labios apretados, conteniendo en la boca cerrada el aire de una respiración acelerada que, en los instantes previos al contacto, queda paralizada para que nada perturbe el momento decisivo. El instante en que balón y jugador se ven las caras, queda congelado por la habilidad de un fotógrafo que, al igual que el futbolista, contiene la respiración al disparar la cámara para conseguir la instantánea. Es la culminación de un momento que se inició cuando, en otra parte del campo, otro futbolista pateó el balón y el fotógrafo, atento, siguió por el visor de la cámara fotográfica su trayectoria hasta que balón y jugador quedaron encuadrados en el mismo plano del objetivo. Ese y no otro fue el instante en que el dedo del fotógrafo apretó el disparador y el diafragma se abrió apenas unas milésimas de segundo, justo el tiempo para dejar pasar la luz que fijó la imagen al negativo. Como en un abrir y cerrar de ojos, o en un visto y no visto, el fotógrafo dejó grabado para la posteridad lo que no fue mas que uno de tantos choques que entre balón y jugador se producen en un partido de fútbol, o entrenamiento como es el caso. Instantes que se diluyen en la continuidad del juego y desaparecen de la retina para dar paso a otros que, de igual forma, acabarán diluidos por otros. Es, el paso del tiempo. Porque después de todo, un partido de fútbol, al igual que cualquier otra actividad humana, es una sucesión continua de instantes efímeros que agrupados en las diferentes unidades de tiempo conforman una vida. Sólo que, como en este caso, a veces hay un fotógrafo atento que lo hace eterno.
Mirando con detenimiento la instantánea, si nos fijamos en los ojos del jugador podríamos pensar que intenta, o quizás lo haya conseguido, mantener quieto el balón, levitando ante él. Da la sensación de que Alves se ha transmutado en un hipnotizador capaz de dominar el balón, no ya con los pies y cabeza, que es lo que se espera de él, también con la mente. O, por qué no, puede que sea el balón quien lo tiene hipnotizado a él. En cualquier caso sería interesante conocer el pensamiento que en ese instante pasaba por la mente del jugador. Pero eso todavía no es posible captarlo con una cámara de fotos. Puede que algún día lo sea, entonces, esta instantánea tendría un valor incalculable. Pero, sin duda, lo que la haría realmente valiosa es que, además, captara lo que piensa el balón. Ese sería el gran descubrimiento de la humanidad.
De momento, y hasta que llegue ese día, quedémonos con lo que muestra esta estupenda foto. El instante del cara a cara entre futbolista y balón captado en el instante justo, valga la redundancia, por un fotógrafo que observa desde la distancia.
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Corrupción e intención de voto

Según las encuestas, el PP valenciano les saca 23,5 puntos de ventaja a los socialistas. El PP valenciano está siendo investigando por una presunta financiación ilegal relacionada con el caso Gürtel en el que está imputado el dirigente autonómico del partido y presidente de la Generalitat Valenciana, Francisco Camps. La máxima autoridad del PP en Castellón y presidente de la Diputación, Carlos Fabra, tiene abierta una causa por fraude fiscal desde hace seis años que está en fase de conclusión provisional por parte de la acusación que pide para él 20 años de cárcel por tráfico de influencias, cohecho y cinco delitos fiscales. Los dirigentes del PP en Alicante también están relacionados en otra supuesta trama corrupta que tiene que ver con el negocio de las basuras en Orihuela y comarca.
Los barceloneses suspenden con un 4,1 al alcalde socialista Jordi Hereu en el último sondeo semestral que realiza el ayuntamiento de Barcelona. El PSC baja al 10% en interés de voto, mientras CiU sube al 18% y su candidato Xavier Trias es el único que aprueba con 5,2. La gestión municipal es percibida como un problema por la mayoría de los encuestados. De rebote también suspenden a Zapatero, el 72% considera mala o muy mala la gestión de su Gobierno. La prostitución callejera, las imágenes de los soportales de la Boquearía fueron demoledoras. El fiasco de la consulta sobre la Diagonal y el despilfarro económico que supuso en plena crisis. La implicación de cargos municipales en el caso Palau, dimisión del primer teniente de alcalde. Corrupción en Ciutat Vella. Son algunos de los casos que pasan factura a los socialistas catalanes. No ocurre, sin embargo, con los convergentes que, aún estando implicados en los casos Palau y Pretoria, ven reforzada su posición hasta el punto de poder alcanzar la alcaldía de Barcelona y posiblemente la Generalitat.
Paradojas de la política, la corrupción parece que no afecta por igual a todos los gobernantes. Mientras los de la derecha se ven reforzados y ganan votos, los de la izquierda pierden inexorablemente los apoyos. A la vista de la encuestas y de la intención de voto, tanto local, autonómico y nacional, los políticos involucrados en casos de corrupción y pendientes de causas judiciales son percibidos por su electorado de muy diferente forma. Así a los de derechas (PP y CiU) los casos de corrupción no sólo no les pasa factura electoralmente, sino que ganan apoyos y son considerados como héroes y un modelo a seguir. Por el contrario, a los de izquierdas (PSC/PSPV/PSOE e ICV) se les considera unos apestados y se les retira la confianza y el voto. Visto lo cual podemos concluir que los políticos de derechas pueden ser corruptos y los de izquierdas no. ¿Será cosa de los genes?, políticos claro.
Salvando las excepciones se puede decir que ejercer la corrupción para la derecha es algo natural, que forma parte de su ADN político y es objetivo prioritario de sus dirigentes, no de todos, pero sí de la mayoría. El enriquecerse a costa del estado; el considerar el poder local, provincial, autonómico o estatal como algo de su exclusiva competencia y el territorio donde lo ejercen, de forma ostentosa, de su propiedad; es para ellos un derecho adquirido al creerse pertenecer a una casta superior. Y lo peor es que cuentan con el beneplácito de los cientos de miles de ciudadanos que les votan y ni siquiera, ante las evidencias de su mal proceder, les exigen explicaciones
Esos políticos, con sonrisa tan falsa como sus principios, muestran sin vergüenza lo alcanzado y hacen creer a su legión de seguidores que también ellos lo pueden alcanzar. Y es que, alcanzar lo inalcanzable es el sueño oculto de quienes los apoyan. Es a lo que aspiran millones de votantes y por eso es a esos políticos a quienes votan. Porque, corrupciones al margen, o precisamente por ellas, representan lo que quieren y nunca tendrán. Lo que en el silencio de una vida rutinaria, y sin más aliciente que admirar y desear lo que otros poseen, saben que jamás conseguirán. Y ahí es donde nace la frustración que luego descargan contra los otros: los políticos y gobernantes de izquierda. Culpándolos de todo lo malo que les pasa y por tanto a quienes hay que derrotar.
Sí, asumimos con demasiada facilidad que la derecha es corrupta y por ello no nos sorprendemos cuando salen a la luz los casos como: Gürtel, Ejido, Palau, Pretoria y tantos otros, y, como mucho, nos limitamos a decir: “Se veía venir”. Mostrando, con estas tres palabras, nuestro conformismo ante lo que por sistema hemos convertido en natural. Pero nos sentimos engañados cuando los corruptos son de izquierdas. Porque, de la misma forma que consideremos la corruptibilidad congénita de la derecha como algo natural, también hemos idealizado como natural la integribilidad sin fisuras de la izquierda.
Es, tal vez, una forma de camuflar el desánimo que nos embarga al descubrir que, en realidad, no se trata de derecha o izquierda, sino de la condición humana. Es ella la que inocula, alcanzado el poder, los genes de la corrupción.
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¿En defensa de qué?

¿Era necesario dedicar tiempo (casi un año), esfuerzo (de sus señorías diputados) y dinero (del contribuyente) en debatir la prohibición de las corridas de toros en Catalunya? ¿No hay temas más importantes y urgentes que tratar en el Parlament? ¿Es el Parlament lugar donde decidir sobre la celebración de una “fiesta” que en Catalunya tiene cada vez menos seguidores? ¿No habría sido más rentable (política, económica y socialmente) dejar que las corridas de toros desaparecieran por sí mismas, cosa que, y ante la cada vez menos asistencia a las mismas, habría sucedido en pocos años?
La Iniciativa Legislativa Popular apoyada, cuando no auspiciada, por ERC, CiU e ICV y aprobada hoy por el Parlament prohíbe las corridas de toros en territorio catalán aduciendo que en ellas se tortura al animal. Pero no prohíbe, sin embargo, otras fiestas, más de la tierra, como el correbous. Los mismos que esgrimen la tortura en una fiesta la niegan en la otra, cuando cualquiera que asista a una y otra comprobará que de tortura hay en las dos (y en otras que no se han tratado).
Defensores y detractores de las corridas de toros han conseguido crear y mantener durante un año un debate de mucho ruido y nula trascendencia para la sociedad. Unos y otros han conseguido lo que las corridas por sí mismas no conseguían desde hace años, atraer la atención hacia una celebración con escasos adeptos en Catalunya. Es cierto lo que dicen los defensores sobre que Barcelona era una plaza importante y había mucha afición, para demostrarlo repiten hasta la saciedad que era la única ciudad que tuvo tres plazas de toros funcionando al mismo tiempo, eso ocurría en la primera mitad el siglo XX. Mucho ha llovido desde entonces. También es cierto lo que dicen los detractores sobre el maltrato. Pero olvidan con demasiada facilidad el maltrato que muchos de ellos infringen, sin intención claro está, a mascotas y otros animales de compañía que mantienen “presos” dentro de casa, a expensas de gracias y mimos de dudosa afectividad y cuya única válvula de escape es el paseo diario por zonas inhóspitas para hacer sus necesidades (los perros). Eso sí, bien sujetos para que no escapen, ¡y luego hablan de libertad!
Si tanto preocupa el bienestar de los animales, dejémoslos que vivan libres en su entorno. Si tanto gustan las corridas de toros y disfrutamos con el mal llamado arte del toreo, que no es otra cosa que burlarse del toro hasta matarlo, vayamos al campo y enfrentémonos a él con las mismas armas y que gane el mejor. Es paradójico que cuando el torero mete el estoque al toro y lo mata, el hombre es un artista. Pero cuando el toro empitona al torero y acaba con su vida, el animal es un asesino.
No, no era necesario que el Parlament de Catalunya dedicara tiempo y dinero en debatir algo tan estúpido como una corrida de toros. Porque efectivamente hay temas más importantes para debatir en el Parlament. ¿Qué os parecen, señorías: el paro, la crisis, la educación, la sanidad, la inmigración, el racismo, la corrupción y un largo etc. que sin duda tienen ustedes en mente? Y sí, las corridas de toros, al menos con muerte del toro incluida, tienen poco futuro. Pero no porque se prohíban, que de sobra sabemos el efecto contrario que producen las prohibiciones, sino porque una sociedad concienciada y libre demandará los cambios necesarios e incluso su desaparición sólo con no acudir a verlas.
Una vez más un debate estéril que ha conseguido desviar la atención a lo ficticio ignorando lo verdaderamente importante. Una vez más los ánimos patrioteros han saltado a los medios cargando contra el contrario, culpándoles del mal que nos aqueja y aprovechando el revuelo para sacar tajada.
Se hace urgente la creación de una plataforma ciudadana en defensa del libre pensamiento y, por supuesto, del libre divertimento.
¡Salud!
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Jefes
Los hay mejores y peores, competentes e incompetentes, resolutivos, inoperantes, prácticos, complejos, mentirosos, sinceros, leales, traidores y un largo catálogo de adjetivos que no voy a enumerar por innecesario. Los hay que alcanzan el puesto por su buen trabajo, experiencia, empatía y habilidad para tratar a las personas. Pero también los hay que llegan a él haciendo uso de una desmesurada ambición y sin pizca de remordimiento tras pisotear a los demás. Hay jefes beneficiosos para el negocio y no tanto para sus subordinados, los hay que son beneficiosos para uno y otros, y hay jefes que son simplemente tóxicos. Los hay trasparentes y por tanto fácil de prever, son tan simples que incluso siendo malos jefes se puede convivir con ellos. Y los hay completamente opacos, inmutables, impenetrables, normalmente de sinuosa sonrisa y palmadita en la espalda, estos son peligrosos. Los hay de palabra grácil, que gustan deleitar a sus oyentes con alocuciones acerca de cualquier cosa pero sin decir nada sustancial. Y los hay de discurso pausado y repetitivo, de letanía franciscana, donde lo importante es hablar sin decir nada, sin aclarar nada, sin comprometerse a nada, pero eso si, remarcando al final que eso se tiene que hacer y lo has de hacer tú.
Hay jefes que asumen su responsabilidad en el trabajo y ayudan a los subordinados. Son los que se remangan la camisa y meten las manos en la masa (metafóricamente hablando). Son jefes que saben lo que hace su equipo y participan de ello, conocen su trabajo y ponen su conocimiento a disposición de los subordinados. Son jefes, en definitiva, participativos.
También hay jefes que eluden su responsabilidad, desconocen lo que hace su equipo y no tienen ni idea de en que trabaja. Su nulo conocimiento le impide participar, cosa que, por otra parte, no tienen el mínimo interés en hacer. Y cuando un subordinado les pide ayuda suelen responder con delirantes peroratas sobre procedimientos y lo que debería hacer que, lejos de resolver sus dudas, las amplifica. Estos jefes se pasan el tiempo escalando y delegando. Una forma muy moderna de evadir los problemas, que escalan a sus superiores para que se los solucionen, y el trabajo, que delegan en sus subordinados para que lo hagan, mientras ellos se pasan el día de reunión en reunión lanzando aburridos y repetitivos discursos sin aportar nada y manipulando estadísticas y rehaciendo presupuestos sin valor añadido para la compañía. Pero eso sí, suelen tener carrera universitaria y varios master en su currículo.
Jefes, o manager como gustan llamarse ahora, los hay de todos los colores y clases, pero son muy pocos los que sirven realmente de algo. Alguno incluso tiene la desfachatez de contratar a un amigo en paro que se pasa el día de parloteo con él arrepenchado en la silla, como si estuvieran en la terraza de un chiringuito playero.
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Una apacible noche

Si pudiésemos mirar desde el techo veríamos un cuerpo desnudo estirado sobre la cama en una posición de total despreocupación. De cara hacia arriba, la cabeza ligeramente ladeada a la derecha y los brazos estirados a ambos lados. El izquierdo horizontal, señalando hacia la mesita de noche. El derecho vertical, con la palma de la mano hacia abajo como aferrándose a la sábana arrugada. La pierna izquierda estirada, recta e inclinada hacia fuera, como queriendo salir de la cama. La derecha flexionada, formando un ángulo casi recto con la rodilla como punto de fuga. El cuerpo relajado, soñando, tal vez, algo agradable. El ritmo de la respiración lento y acompasado nos indicaría que el sujeto duerme placidamente.
Si, como el objetivo de una cámara, pudiésemos acercarnos hasta un primer plano de cualquier parte del cuerpo, la mano izquierda por ejemplo, descubriríamos que lo que desde la posición inicial nos parecía un cuerpo relajado ahora no lo es. Veríamos leves movimientos en mano y dedos a base de pequeños temblores que nos indicaría que tal vez el sujeto no esté teniendo un sueño tan agradable como supusimos. Al desviar la atención hacia el pecho en seguida observaríamos el acelerado ritmo cardiaco que desde la posición inicial nos pareció lento y acompasado. La mujer, porque es el de una mujer el cuerpo que observamos, aún estando en un profundo sueño, parece alterada. Su cuerpo desnudo, semicubierto por una sábana de inmaculado blanco, transmite la inquietud propia de quien lo está pasando mal.
Pero es cuando alcanzamos a ver su cara, que definitivamente somos conscientes de lo que ocurre. La expresión de contrariedad que proyecta, a pesar de estar dormida, nos alerta de que algo no va bien. Sus labios tiemblan, parecen querer decir algo sin que las palabras lleguen a salir de su boca. Los músculos faciales se contraen y dilatan en un desesperado intento por mostrar el malestar que la embarga. Los párpados, apenas cerrados, parecen querer abrirse, se esfuerzan por dejar al descubierto el globo ocular de ambos ojos como si con ello pudiera desterrar definitivamente aquello que le oprime. Ligeros, casi imperceptibles, movimientos de cabeza nos indicarían que quiere despertar, que necesita dejar atrás lo que quiera que está viviendo, o soñando.
Repararíamos en las gotas de sudor que resbalan por sus sienes hasta el cuello. Descubriríamos entonces que todo su cuerpo está cubierto por las diminutas gotas trasparentes que los poros exhalan como señal de alerta por la alta temperatura. Y recordaríamos las palabras del hombre del tiempo que unas horas antes anunciaba la noche más calurosa del verano.
Retrocederíamos a la posición inicial y veríamos de nuevo el cuerpo, en apariencia, relajado de la mujer. Abriríamos la ventana de par en par dejando que la brisa de la madrugada inundara la habitación y refrescara así el cuerpo sudoroso de la durmiente. Volveríamos a la cama, a su lado, de donde una sofocante desazón nos hizo levantar, apenas unos minutos antes, en una apacible noche de verano.
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¡Patriotas!

Un famoso cantante, que pregona su españolidad a los cuatro vientos pero vive en Miami para no pagar impuestos en su amada España, reprochó al famoso piloto de moto GP que ganó la carrera de hace unas semanas en Montmeló el que no se pusiera la camiseta de la selección española para subir al podio. La cadena de TV Tele5 convierte un espectáculo eminentemente deportivo en otro al más puro estilo chafarderil donde prima la intervención de reporteros enviados a Sudáfrica para hacer todo tipo de espavientos ante las cámaras que poco o nada tienen que ver con el fútbol. Otras cadenas y medios impresos, más patriotas que nadie, se horrorizan al caer en la cuenta que la Selección Española es llamada “La Roja” (por el color de su camiseta), nombre que les provoca sarpullido por su similitud con el utilizado por ellos mismos para referirse a sus enemigos los comunistas, pero sobre todo porque fue acuñado y popularizado por los periodistas de Cuatro, la cadena enemiga. Un periodista con cara de tragedia anuncia que España se desintegra a consecuencia del estatuto catalán, y se pregunta compungido si a partir del año que viene los jugadores del Barça jugarán en la selección. Una tertuliana pro PP aparece en la TV ultra conservadora del toro vestida de bandera española. Cientos, miles, quizá millones, de personas embriagados por el éxito de la selección proclaman su españolidad y expresan su patriotismo señalando con dedo inquisidor a los que no sienten como ellos. Es la desaforada y desbocada ola de patriotismo español de escaparate provocada por la victoria de la selección española en el mundial de fútbol.
En la manifestación del pasado 10 de julio en Barcelona, miles de manifestantes gritan independencia y acusan al President de la Generalitat de “botifler” (alguno incluso intenta agredirlo). Militantes de CiU, ERC y ahora también de Reagrupament (partido creado por el Sr. Carretero que abandonó ERC porque no aceptaban sus tesis independentistas) muestran su versión más patriotera del catalanismo independentista gracias a la desafortunada y estúpida sentencia del TC. Cientos de catalanes prefieren que el mundial lo gane la selección holandesa, es su forma de manifestar su antiespañolidad mas que su catalanidad. Esos mismos, y ante la victoria de la selección española, dan otra vuelta de tuerca diciendo que en realidad la ha ganado la selección catalana pues la mayoría de jugadores son del Barça, olvidan con demasiada facilidad que no todos los jugadores del Barça son catalanes. España entera se sorprende que miles de catalanes salgan a festejar la victoria de la selección española en Barcelona y además ondeando banderas españolas, hay incluso quien dice que España ha salido del armario en Catalunya. Una vez más, ya lo hizo la semana anterior sobre la manifestación de Barcelona, Tele5 organiza uno de sus manipuladores debates sabatinos en torno a un documental que mezcla, con frivolidad y clara intención de desinformar mas que informar, imágenes de la manifestación contra la sentencia del TC y de la celebración de la victoria del mundial. El tufo a patriotismo rancio que destila el documental y la demagogia desaforara del conductor del programa, catalán para más señas, me hizo desistir de presenciarlo.
Ese fin de semana, los patriotas españoles y los patriotas catalanes tuvieron la oportunidad de mostrar sus convicciones al mundo, pusieron a prueba su capacidad de convocatoria e hicieron acto de fe de sus respectivas patrias o naciones. Unos y otros mostraron con vehemencia, y en algunos casos con cierta violencia, sus principios patrios y despreciaron al contrario. Midieron el pulso a su mensaje patrio para comparar quien tiene más adeptos. Sólo que un pequeño detalle deja sin validez la posible comparación. Mientras los catalanes salieron a la calle para defender su derecho a ser ellos y en defensa de su nación que consideran menospreciada por el alto tribunal, los españoles lo hicieron para celebrar una victoria futbolística. Por mucho que el Rey, el Presidente del Gobierno y toda la cohorte de meretrices mediáticas de la capital del reino pretendan convertirlo en una afirmación de españolidad, no es así, pues muchos de los que el día antes defendían la nación catalana, ese día celebraban la victoria de la selección española.
Quizás, la verdadera imagen patria la dieron precisamente los jugadores de la selección cuando tras ganar la copa pasearon por el estadio las banderas que de verdad ellos estiman, las de sus comunidades. Y la verdad, ver a Xavi y Pujol aireando la senyera, debió provocar más de un atragantamiento en la capital, pero seguro que desarmó a los que horas antes preferían que ganara la selección holandesa.
Patria, nación y bandera son conceptos que llevan consigo la sumisión a ellos y a sus preceptos. Sumisión que, como la historia nos ha enseñado, puede llevarnos muy lejos, demasiado lejos. Ahí están el nacionalsocialismo hitleriano, el nacionalsindicalista joseantoniano y el movimiento nacional franquista.
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Atardecer en el puente Galata

Se giró y la vio marchar. Caminaba segura hacia su destino, sin ni siquiera volverse para verlo por última vez. Lentamente se alejaba cuando algo la hizo detenerse. Por un momento él pensó que daría la vuelta y regresaría, aunque sólo fuera para darle un beso de despedida. Pero no, lo que hizo fue sacar el móvil del bolso, lo miró, marcó y se lo llevó al oído. Llamaba a alguien.
El zumbido de su móvil lo asustó, aturdido lo sacó del bolsillo y al responder oyó la voz apagada de ella decir: “Adiós”. No le dio tiempo a más, ella colgó y lanzó el diminuto aparato a las tranquilas aguas del Bósforo.
Quieto, con el teléfono aun pegado a la oreja, siguió mirándola mientras ella se confundía entre la multitud que, a esa hora del atardecer, cruzaba el puente Gálata. En su oído resonaba, como un eco lejano, la que fue su despedida.
La suave brisa que bajaba por el Cuerno de Oro refrescaba la calurosa tarde de primavera. Del cercano Bazar Egipcio llegaba un intenso olor a especias que quedó grabado en su mente junto con la imagen borrosa de ella alejándose.
Él siguió mirando sin verla, porque ya había desaparecido. Se esforzaba por conservar en la retina la imagen de su cara. Aquella cara morena de gruesas cejas negras y larga melena, también negra como el azabache, que había conocido aquella mañana en Santa Sofía.
Cuando la vio por primera vez bajo la inmensa cúpula de la antigua mezquita, sintió una sacudida que lo dejó aturdido, fue como si dentro de él se desatara una tormenta. Desde ese momento sólo tuvo ojos para ella. La atracción que produjo en él fue tan fuerte que le hizo olvidar el lugar donde estaba. La siguió dedicándole miradas furtivas, cada vez más intensas, con la esperanza de que ella se percatara de su presencia. Pero su timidez, no hizo sino que retrasar el momento de abordarla y, con cualquier excusa, entablar una conversación que resultara, cuanto menos, convincente y que no la hiciera sentir incómoda.
Para su sorpresa fue ella la que se acercó. Le sorprendió con algo tan banal como: “¿Te gusta el arte bizantino?” El sofoco que sintió apenas le permitió responder un titubeante “Si”. Ella sonrió al ver su cara y se presentó. Él hice lo mismo.
Pasaron el resto del día juntos, ella le enseñó lugares de la ciudad que él nunca habría conocido. Su sonrisa le acompañó todo el día, que fue el más feliz de su vida. Ella le contó que era descendiente de sefardíes y había vivido siempre en esa fascinante ciudad. En apenas ocho horas que pasaron juntos se enamoró perdidamente de ella. Aquellos ojos marrones le miraban con una intensidad a la que él no estaba acostumbrado. Sus labios parecían ofrecérsele como fruta prohibida y él, cada vez más excitado, no podía disimular la atracción que sentía por ella.
Fue después de comer, sentados en un banco de uno de los patios de Topkapi, cuando ella acercó sus labios a los de él y le ofreció el beso más dulce e intenso que jamás había vivido. Aquellos instantes fueron los más apasionantes, pero también los más breves, de su aburrida vida. Al separar los labios quiso decirle que la quería, pero ella se lo impidió posándole su dedo índice en los labios semiabiertos. Él entendió el mensaje y calló. Ella sonrió en silencio.
Han pasado los años y a él aún le duele el corazón al recordar aquel día, y sufre en silencio por lo que podía haber sido y no fue.
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