Con su pertinaz e irracional proceder
Caminar lo que se dice caminar, el caracol Celedonio, caminaba mas bien poco. Su hábito era deslizarse y lo hacía sobre cualquier superficie, aunque él prefería la hierba fresca del amanecer, cubierta por las diminutas gotas del rocío cuando el sol despuntaba por detrás del cerro que protegía el valle. Con su casa a cuestas, Celedonio iba de un lado a otro, dejando un rastro baboso a su paso, en busca de tiernas hojas y tallos de plantas y hortalizas para comer. Procuraba no cansarse, confiado y sin prisas iba chino chano evitando los rayos del sol. Cuando el calor apretaba buscaba un lugar fresco para ocultarse y pasar allí, dentro de su concha, las horas muertas oyendo el canto de las chicharras.
Cantar no es que cantara, pero chillar lo hacía muy bien. La chicharra Cornelia además de joven era bella y muy presumida. Le gustaba situarse en lo más alto de los álamos para que los rayos del sol dieran sobre ella todo el día y así lanzar sus chillidos a los cuatro vientos. Tenía un don especial para modular las contracciones del aparato abdominal y hacer salir de él los mejores y más sonoros, a la vez que armoniosos, chillidos. Era la que más y mejor chillaba y lo hacía con un estilo propio, aprendido en sus numerosos viajes a lo largo del valle donde conocía y se relacionaba con otras especies. Precisamente ese cosmopolitismo, del que hacía gala y se sentía orgullosa, la hacía merecedora de los celos y envidias de las demás chicharras.
Aquel día de julio, el calor apretaba con fuerza y Cornelia, posada desde antes del amanecer en la rama más alta de uno de los álamos que bordeaban el río, esperaba la llegada del primer rayo de sol para iniciar el sonoro ritual. El caracol Celedonio, al oír las primeras piruetas musicales de Cornelia, supo que había llegado el momento de ocultarse en un lugar fresco. El volumen del chillido chicharreril aumentaba conforme el tórrido sol de una calurosa mañana de verano calentaba el diminuto cuerpo de la joven chicharra. Era tan fuerte su chillar que el caracol Celedonio acurrucado dentro de su concha no podía dormir y desesperado salió al exterior para alejarse de allí en busca de paz y tranquilidad.
El fuerte sol y el calor que hacía, le obligó a ir por entre la hierba para evitar que su cuerpo gelatinoso se secara. Fue en ese doloroso recorrido por entre hierbas resecas, cuando más calor hacía, que se tropezó con la lagartija Trajina. Se llamaba así debido al trajín que la mujer se llevaba intentando cazar a las despistadas moscas, libélulas y mariposas que merodeaban por allí y que, dada su escasa habilidad para la caza, no conseguía hacer suyas.
–Caracol donde vas con el calor que hace –preguntó la lagartija.
–Hija busco un lugar donde descansar lejos de los chillidos de Cornelia –respondió Celedonio.
–¡Ah!, esa. En cuanto pueda le doy caza y verás como ya no canta más.
Moscas, libélulas y mariposas se echaron a reír y a burlarse de la lagartija Trajina.
–¿Tú cazar a la chicharra? ¡Ja, ja ,ja! –Se reían ante sus narices.
–Reíros, reíros que cuando os coja vais a ver quien ríe mejor –respondió Trajina enfadada.
–No te preocupes mujer, no ves que son jóvenes –dijo el caracol Celedonio colocándose debajo de una malva.
–¿Por qué te escondes? –Preguntó la lagartija.
–Para no desfallecer. Me escondo del sol que tanto te gusta a ti y a la loca de Cornelia.
–¿Cornelia está loca? –Preguntó la lagartija Trajina metiéndose también debajo de la hoja de malva.
–Debe estarlo para chillar de esa manera.
–A lo mejor canta porque es feliz –apostilló la lagartija.
–¡Puede! –dijo el caracol acurrucándose dentro de su concha.
La lagartija Trajina se quedó embobada mirando como Celedonio desaparecía dentro de su casa. Esperó inmóvil unos minutos, expectante a cualquier movimiento. Al ver que el caracol no daba señales de vida se acercó al cascaron y con la pata delantera lo movió y esperó de nuevo. Como Celedonio seguía sin aparecer empujó la concha haciéndola rodar y así estuvo un rato jugando con ella sin que Celedonio abandonara su descanso. Aburrida, la lagartija Trajina dejó al caracol y abandonó el escondrijo debajo de la malva. Caminó entre la hojarasca en busca de insectos con los que alimentarse y cuando llegó al borde del río se estiró sobre una roca y allí espachurrada y acariciada por los ardientes rayos de sol durmió una larga siesta al son del canto de la chicharra, Cornelia seguía sobre la rama del álamo cantando y contando, a quien la quisiera escuchar, su amor imposible con un grillo de porte elegante que había conocido en uno de sus viajes por el valle. La vanidosa chicharra, más que cantar, lloraba de amor.
“Próxima construcción de adosados con piscina, campos de golf, y centro comercial y de recreo. Todo en uno para vivir mejor”. Anunciaba un enorme cartel no lejos de donde Cornelia cantaba, Celedonio descansaba y Trajina dormitaba. Ignorando todos que lejos de allí, el hombre, con su pertinaz e irracional proceder, planeaba acabar con ellos por la vía de la urbanización.
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Sólo es marketing… pero les gusta

Esta noche coinciden dos espectáculos. Diferentes en cuanto a temática, pero similares en concepto y puesta en escena. Además de con muchos puntos en común. Uno deportivo y otro musical, hasta aquí las diferencias. En cuanto a las similitudes y coincidencias: Los dos se celebraran sobre el césped de un estadio. Están rodeados de la máxima expectación. Serán seguidos por centenares de periodistas. Aunque por motivos diferentes, están considerados interplanetarios. Son marketing puro y duro. Y, sobre todo, manejan una ingente cantidad de dinero y aspiran a generar ganancias astronómicas.
Uno en Madrid. El constructor Florentino Pérez presentará, a las 20:30 horas en el Santiago Bernabeu, a Kaka. Uno de los dos fichajes galácticos de su nueva etapa como presidente del Real Madrid. En plena crisis vuelven el glamour, los futbolista maniquí y la gente guapa que recupera sus butacas en un estadio que cuenta hasta con un restaurante de diseño. El espectáculo está servido: 450 periodistas, retrasmisión en directo por los noticiarios de medio mundo y la presencia de miles de aficionados. Los 65 millones de Euros que ha costado –¡qué no harán en la presentación de Ronaldo que les ha costado 94!– bien merecen una presentación por todo lo alto en un club espectáculo, que no un club que hace fútbol espectáculo, que es muy diferente.
Otro en Barcelona. El conjunto musical U2 presenta e inicia en el Camp Nou su gira mundial 360º Tour. Ante miles de seguidores de todo el mundo y sobre un escenario de 360º –de ahí el nombre de la gira– que parece una nave espacial que haya aterrizado en el centro del estadio, los músicos irlandeses ponen en marcha los engranajes de lo que ya es considerado el megaconcierto del verano. Seguramente habrá menos periodistas que en la presentación del futbolista y ningún noticiario lo retransmitirá en directo, entre otras cosas porque eso es parte del suculento negocio de Bono y sus muchachos. ¿Qué porcentaje de los beneficios, que a buen seguro obtendrá, dedicará el oenegetista líder de U2 a los más necesitados?
Tiempos de crisis tiempos de excesos. El marketing, cual ogro hambriento, lo engulle todo en un desesperado intento por llevarse la mayor parte del pastel. Que no la mejor, aunque también.
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Dudas ante el espejo

¡No puedo hacerlo! –dijo mirándose al espejo.
Inténtalo –respondió su imagen.
No saldrá bien –replicó él.
Eso no lo sabrás hasta que lo hagas –insistió ella.
¿Por qué no lo haces tú? –preguntó él.
Porque yo no puedo –respondió ella.
¿Y yo sí? –preguntó de nuevo él.
Tú sabrás. Yo sólo soy tu reflejo en un espejo.
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Los mecedores del día de San Juan
Recorríamos las calles cantando y alborotando. Desde ventanas y balcones nos tiraban agua. Risas, carreras, coplas y mucha diversión, así pasábamos la noche más corta del año, la del solsticio de verano, la vigilia de San Juan. Padules era una fiesta, no una fiesta preparada y organizada, sino una fiesta espontánea donde las gentes del pueblo, los paulencos, salíamos a la calle a celebrar la llegada del verano. Y al día siguiente, el día de San Juan, a la hora de la siesta se hacían los mecedores. En un olivo, en un pino del patio de las escuelas, o una encina en la Vega de Arriba como la que había (¿hay todavía?) junto a la balsa de Alfredito, con una cuerda de pita atados ambos extremos a una rama. Y las niñas y mocicas se sentaban en el mecedor y los niños y mocicos las mecíamos, primero despacio, después cada vez más fuerte y ellas gritaban: “¡Tan fuerte no!”. Y nosotros más fuerte aún. Y ellas chillaban más y nos decían de todo. Y al final todo eran risas y alegrías. Así pasábamos las horas de la canícula, sorteando el calor a la sombra de los árboles, disfrutando la brisa fresca de la vega, dormitando sobre la hierba y bañándonos en el agua fría de la balsa del Faraite y todo ello con la compañía de un buen ponche, vino, gaseosa La Casera –entonces no había otra– azúcar y fruta: melocotón, pera, manzana y piel de limón, vamos lo que se conoce como una sangría pero a lo paulenco.
Con San Juan llegaba el verano y con él, el ir de gira a Las Canales y Los Canjorros, las largas caminatas para bañarnos en las balsas. La del barranco de Julián Ferre era la que estaba más cerca, también íbamos a la de La Boliñeba, la del Pino, la del Faraite y, si no recuerdo mal, en el cortijo del médico, en la Boliñeba, había una a la que también íbamos, y por supuesto a la de la Cañaílla de Cristóbal Barea. Ésta era a la que más íbamos porque era grande, no muy profunda y estaba relativamente limpia. Por cierto, en una ocasión Cristóbal –el abuelo– nos pilló bañándonos, no nos dijo nada y esperó a que terminásemos y cuando fuimos a vestirnos nos encontramos con que nos había quitado la ropa. Nos hizo ir al pueblo en calzoncillos –con ellos nos bañábamos– y en el riduto, donde estaba la cruz de los caídos –no se si aún está–, y ante todos los abuelos que había tomando el fresco a la sombra de los pinos, nos devolvió la ropa. Supongo que quiso darnos una lección, pero no se cual, porque el hombre ni siquiera se enfadó, sólo nos hizo ir al pueblo en calzoncillos.
La vega era un vergel. Los árboles frutales ofrecían sus frutos: cerezos, melocotoneros, ciruelos, albaricoqueros, nispereros, manzanos y perales aparecían llenos de frutas maduras a las que resultaba difícil resistirse. Y claro, si el dueño nos pillaba cogiendo, pongamos por caso nísperos, como pasó una tarde en el barranco del Cegato –no recuerdo su nombre, por eso me refiero a él por el apodo– y nos denunciaba al guarda y éste se presenta por la noche en casa para cobrar una multa de cinco pesetas, pues la manta palos que recibíamos de nuestro padre era de antología. Pues eso pasó, que el hombre nos denunció y los nísperos nos salieron un poco caros.
Y las parras, cubiertas de pámpanos, requerían toda la atención para que la uva siguiera su crecimiento. Era época de azufrar, sulfatar, segar la hierba, despampanar y por supuesto regar. El riego de las parras era todo un ritual, los regantes de las diferentes acequias seguían el riguroso orden que le tocaba y el aprovechamiento del agua obligaba a regar de día, noche o en plena madrugada. El duro trabajo del campo se compaginaba con la diversión y el disfrute de una vida que, no siendo idílica, era la que teníamos y a ella nos aforrábamos haciéndola, cuanto menos, agradable.
Los recuerdos afloran atropelladamente conforme los voy recuperando y se plantan ante mí como si los viviera de nuevo. Aunque tal vez descolocados en cuanto a tiempo y lugar, la esencia sigue intacta. Es un ejercicio realmente interesante y muy reconfortante. No obstante, la niñez, dicen y estoy de acuerdo, es la mejor época del ser humano.
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Voceros de lo ajeno, secretos desvelados
Quien más quien menos tiene algo que callar. Unos mas que otros, pero todos deberíamos mantener la boca callada en ciertos momentos en que una palabra de más puede significar el fin de algo que, la mayoría de las veces, ha sido mantenido, si no oculto, sí al menos a buen recaudo de oídos y miradas indiscretas.
Por eso, cuando Fulanito oyó lo que de él decía una persona que ni siquiera conocía, supo que su secreto había sido desvelado. No es que fuese un secreto de los que pone en jaque a la humanidad, ni tan sólo de los que puede poner en peligro la honorabilidad de quien lo guarda, no. Pero sí era uno de aquellos secretos que uno prefiere mantener al margen de personas proclives a difundir y exagerar todo cuanto oyen de los demás. La curiosidad por saber hasta donde había llegado la difusión de aquello que él creía a buen recaudo, le hizo aguzar el oído y escuchar, como un vulgar cotilla, lo que aquella persona decía a su interlocutor.
Como suele ocurrir siempre que alguien cuenta, en exclusiva y estricta confidencialidad, hechos escabrosos sobre la vida de terceros, el delator relataba a su oyente un pasaje concreto, y por lo demás desconocido, sobre cierta actuación del tal Fulanito en un lugar poco recomendado que, dicho sea de paso, solía frecuentar con otros allegados tiempo atrás. Lo que allí se hacía, y con quien, era un misterio, pues los involucrados nunca dijeron nada al respecto y ni siquiera confirmaron su presencia en el lugar. Pero de lo que sí estaba informado el delator, porque uno de aquellos asistentes así lo relató en cierta ocasión, era que con cierta regularidad aquel grupo de amigos terminaba sus alocadas juergas en ese lugar. El delator, en un vano intento de enaltecer y dar categoría de escándalo al supuesto secreto de Fulanito, adornó con todo lujo de adjetivos y exagerados comentarios, que no detalles, pues poco sabía en realidad, el cotilleo del que estaba informando a su esmerado escucha que, con cara de sorpresa, asentía todo lo que oía sin saber si creerlo o no.
Fulanito, que a una prudente distancia ejercía de espía simulando leer un periódico, escuchaba el relato del delator de secretos y no acertaba a comprender cómo aquel sujeto podía tener tanta imaginación para relatar unos hechos de los que en realidad no sabía absolutamente nada. De todo lo que decía, lo único cierto era que Fulanito y sus amigos solían ir a cierto lugar poco recomendado y visto con malos ojos por la sociedad de entonces. Todo lo demás era pura invención, una ficción condicionada sin duda por los prejuicios de quien detesta ciertos comportamientos o, por el contrario, los sublima por deseados e inalcanzados.
Así, después de escuchar aquella berborreica descripción de algo que en realidad nunca ocurrió, o al menos no como estaba siendo relatado, el espía ocasional llegó a la conclusión de que su secreto seguía siendo eso, un secreto. Aunque, a causa de un desliz que alguno de sus amigos debió cometer, su hasta entonces incuestionable reputación corría el peligro de ser puesta en entredicho.
Es el riesgo de hablar ante personas de dudosa fiabilidad y en momentos en que lo mejor es hacer caso al refrán: En boca cerrada no entran moscas.
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Dialogo de besugos
¿Quién hay? –preguntó la primera voz rompiendo el silencio.
Yo –respondió la segunda voz.
¿Y quién eres tú? –preguntó de nuevo la primera voz.
Pues yo. ¿Quién va a ser? –respondió la segunda voz.
¡A bueno! Si eres tú, ya está bien –dijo la primera voz.
¿Qué está bien? –preguntó la segunda voz.
Que seas tú –respondió la primera voz.
Pues no se yo porqué –dijo la segunda voz.
Eso tú sabrás –dijo la primera voz.
…
¡Oye! –dijo la segunda voz.
¿Qué? –preguntó la primera voz.
¿Y tú quién eres? –pregunto la segunda voz.
Ya ves. Aquí estoy –respondió la primera voz.
No. ¡Que pregunto, que quién eres tú! –insistió la segunda voz.
¿Yo? –respondió la primera voz.
¡Sí!. ¿Quién eres? –repitió la segunda voz.
Pues yo. ¿Quién quieres que sea? –respondió la primera voz.
Sí claro. Quien ibas a ser, pues tú –dijo la segunda voz.
¡Pues claro! –dijo la primera voz.
…
Bueno, pues ahí te quedas –dijo la segunda voz.
¡Ves con Dios! –concluyó la primera voz y el silencio se adueñó del lugar.
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La mirada de un niño paquistaní

Su mirada implorante parece pedir ayuda. Sus ojos vivarachos, limpios, abiertos casi con desgana, muestran la desazón de quien no sabe lo que va a suceder. Muestran la decepción ante un presente inexistente y la preocupación por un futuro que posiblemente no llegue jamás. A pesar de la incertidumbre de una vida precaria, sin posibilidad de mejorar, el niño muestra la inocencia propia de su edad. Su rostro deja entrever, insinúa, con una leve mueca y ajeno a lo que pasa, una apenas perceptible sonrisa. ¿O es tal vez la expresión de una mirada encandilada por la cámara?
El niño de la foto mira al objetivo mostrándose tal como es. Sin prejuicios ni complejos. Quizá porque en su vida no hay sitio ni tiempo para esos menesteres. ¡Qué diferente debe ser para él la percepción de ser, estar, hacer y querer! En su mundo, en el valle de Swan, sitiado por los enfrentamientos entre el ejército paquistaní y los talibanes, sobrevivir es todo a lo que puede aspirar.
Cogido al alambre de una rudimentaria valla del campo de refugiados, el niño paquistaní lanza al mundo su inocente mirada, diciendo sin decir palabra: “¡Paren de una vez esta guerra!” Eso es lo que quiere. Lo otro, el quien ser, el donde estar y el qué hacer, quedan relegados, casi olvidados, hasta que lo que quiere se haga realidad.
Su mirada, aunque lo parezca, no implora, ¡exige!
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A millón y pico el kilo y con esa cara de amargado

Un joven de veinticuatro años por el que un equipo de fútbol ha pagado 94 millones de euros (casi 16 mil millones de las antiguas pesetas) ¿Tiene derecho a mostrar siempre el ceño fruncido como si estuviera permanentemente enfadado con el resto de los mortales? Un joven que va a cobrar anualmente unos cuantos millones de Euros (desconozco qué parte de los 94 pagados son para él) por correr detrás de un balón (ya se que es una lectura simplista del futbolista profesional, pero es que en definitiva se trata de eso, y sólo si su equipo gana títulos se considera que correr tras el balón sirve para algo) ¿Puede tener motivos para ir por la vida con cara de amargado? ¿Con expresión de pocos amigos? O, como escribió Carlos Boyero el otro día en El País, “con porte de prima dona enfadada”. Un joven por el que un presidente caprichoso ha pagado 1.132.530 Euros por kilo de su atlético cuerpo se supone debe tener motivos sobrados para estar contento. Sin embargo, deja entrever altas dosis de altanería y prepotencia cuando dice que pretende reescribir la historia del fútbol y que puede ganar más que nadie. Pero sobre todo expresa un malestar interno y un alto grado de rabia e insatisfacción cuando, refiriéndose a sus detractores, dice: “Me encanta cuando me abuchean, me gusta ver el odio en sus ojos y escuchar sus insultos”. ¿Masoquista?
Al margen de la supuesta amargura y prepotencia que tenga o no este jugador, pagar esa millonada por un futbolista es una indecencia. Sobre todo en plena crisis y teniendo en cuanta que esos millones los han pagado ciertos bancos y cajas de ahorros que niegan créditos a empresas y particulares mientras reciben del estado miles de millones para sanear sus cuentas.
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Lo que pudo ser
Aquel día fue diferente. No salió a pasear. Se quedó en casa, encerrado en sí mismo, pensando en lo que habría sido su vida si un lejano día de 30 años atrás hubiese hecho lo que, llevado por unos instantes de desbordante imaginación, pensó hacer. Pero sin embargo, pasada la euforia inicial, olvidó. Entonces volvió a la realidad, y la rutina de una vida como Dios manda se adueñó de él. Aquel día, de 30 años después, arrepentido y sumergido en la melancolía propia de quien no tiene nada que ofrecer, seguía pensando en lo que pudo ser y no fue.
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Reflexión post-electoral
Lo peor que puede pasarnos a los ciudadanos de a pie es creer sin cuestionar lo que dicen los políticos. Éstos, profesionales de la adulación y la crispación a partes iguales y según sean sus intereses, lanzan sus discursos llenos de trampas para que mentes inocentes asimilen y hagan suyas ideas que nunca habrían tenido ni apoyado de haber dedicado el tiempo suficiente a pensar en ellas. Tras las elecciones al Parlamento Europeo del domingo pasado y ante el éxito obtenido por el Partido Popular, sus dirigentes se han lanzado a una doble campaña post-electoral con el único fin de, legitimar y absolver a los dirigentes encausados en la trama corrupta Gurtel, por un lado, y a deslegitimar al gobierno nacido de otras elecciones, éstas generales celebradas en 2008, y forzar a su presidente a adelantar las del 2012 con la maniquea idea de que el fracaso en éstas –las europeas– le impide gobernar. Una vez más los dirigentes de la derecha más extrema del Partido Popular utilizan una victoria electoral para confundir al electorado y hacerles creer que sus postulados son los únicos y verdaderos. La Cospedal se permite acusar a los socialistas de haber hecho una campaña áspera. Y manipula a los ciudadanos cuando quiere hacernos creer que el resultado electoral en la Comunidad Valenciana absuelve a su presidente Camps y los otros imputados del caso Gurtel, ignorando, a propósito y con alevosía, que éstos están imputados por la justicia y sólo ella puede absolverlos o declararlos culpables. El cabeza de lista Mayor Oreja tampoco se queda atrás al proclamar que: “cuando se ataca a políticos honestos como Camps se produce un efecto bumerán y la gente sale en su apoyo”. En la misma línea el vicesecretario de comunicación del partido se permite echar en cara a los socialistas que “las elecciones se ganan en las urnas y no en los juzgados”. Como si fueran ellos, los socialistas, los responsables de que primeras figuras del PP estén imputadas por corrupción. La directora de la campaña del PP, Ana Mato, remata la faena al decir que: “Los resultados en Valencia "han demostrado" que Francisco Camps es un "magnífico gestor" y un "magnífico presidente" y que los valencianos "no están dispuestos a que se eche basura sobre su presidente"”. Utilizan una victoria electoral para legitimar las corruptelas de sus líderes. Y cargan sobre los ciudadanos, escudándose en los votos emitidos por ellos, esa legitimación. Con su discurso vienen a decir que son corruptos porque la ciudadanía así lo quiere al darles su voto. El cinismo de los Rajoy, Camps, Aguirre, Mayor, Cospedal y todos los líderes del PP no tiene límites.
El discurso de los socialistas tampoco le va a la zaga. Para ellos, con el presidente Zapatero, a la cabeza, el fracaso de las elecciones ha sido responsabilidad única de la crisis: “Sufrimos un moderado desgaste a causa de la crisis económica, pero no creo que lo ocurrido en las elecciones europeas condicione el futuro”. Y puesto que es coyuntural, no hay nada que cambiar, todo volverá a su cauce cuando salgamos de ella. Ellos lo hacen bien, dicen. Son los demás los que lo hacen mal, sólo hay que esperar a que los electores lo perciban así. La ceguera política de Zapatero ya empieza a ser preocupante. Resulta incomprensible que, ante una situación de verdadero caos en las filas del PP, a consecuencia de los diferentes escándalos por corrupción en los que están inmersos, la lucha interna entre las diferentes facciones, las acusaciones cruzadas entre sus dirigentes y la nula capacidad de su líder para plantear alternativas de gobierno, el PSOE no sólo no sea capaz de sacar réditos electorales, sino que además los pierda en beneficio del PP dando la sensación, y lo que es peor, haciendo que el electorado lo perciba así, de no estar capacitados para gobernar y de ser ellos los corruptos. La incapacidad de los lideres socialistas para vender los logros de gobierno, que los hay y de importancia, contrasta con la capacidad, de algunos de ellos, para confundir a los ciudadanos con declaraciones del todo inesperadas y de dudosa efectividad electoral como la que hizo la secretaria de organización Leíre Pajin al catalogar de acontecimiento extraordinario la coincidencia en el 2010 de Zapatero presidiendo la UE y Obama los EEUU. ¿Y qué decir de los líderes socialistas madrileños y valencianos? Desaparecidos, anulados por la incontinencia verbal y bravura de los del PP. Donde, los Camps, Barberás, Agruirres, y demás especímenes, han sido aupados a lo más alto del hit parade de la política patria gracias a la falta de reflejos y nula presencia de unos políticos regionales de los que ni el nombre conoce la mayoría del electorado.
No, definitivamente no. No se debe creer sin más lo que dicen los políticos. Hay que ser capaces de pensar, analizar, cuestionar y rebatir sus discurso para formarse una opinión personal, lejos del maniqueísmo al que tan acostumbrados están. Después, tiempo habrá de creerlos o no.
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