Expectativas y desempeño en una tarde de chirimiri
«Nada que no sepa ya», musita tras leer en el informe que tiene en sus manos: “No ha cumplido las expectativas depositadas en él”. Con desgana desvía su mirada a la ventana y absorto en el grisáceo día que ve al otro lado del cristal, piensa en lo hecho y se pregunta cuáles debían ser las expectativas esas que no ha cumplido. Su rostro, cansado más por el aburrimiento que por los años de trabajo, refleja la decepción de quien descubre que sus superiores son tan predecibles que ni tan sólo han sido capaces de ver lo evidente al depositar supuestas expectativas en él. Se pregunta si su actitud no habrá sido suficientemente explícita como para que no hayan captado el mensaje subliminal de que él ya no está dispuesto para hacer según qué, o, mejor aún, para hacer nada. La estrategia seguida durante todo el año de no mostrar interés por nada; ni inquietud por mejorar; ni espíritu de superación, tan apreciado en la organización; ni siquiera ansias de poder, parece que no ha dado el resultado esperado y se pregunta en qué ha fallado. Su rostro esboza una sonrisa maliciosa al pensar en que tampoco se han cumplido sus expectativas que, dicho sea de paso, nada tienen que ver con las depositadas en él por sus superiores y, haciendo un malabarístico juego mental, relaciona unas con las otras entremezclando lo que quieren ellos con lo que quiere él. Y lo que unos minutos antes veía como antagónico, ahora le resulta compatible.
Mientras que en la calle la lluvia empieza a caer obligando a los viandantes a desplegar sus paraguas para protegerse del persistente chirimiri, el agente especial González, con la mirada fija en el cristal de una ventana demasiado vieja, repasa su vida. Una vida plagada de éxitos profesionales y, porque no, de algún fracaso. Pero en general de buenos y gratos momentos aunque, y eso no lo olvida, de joven las circunstancias le obligasen a renunciar a sus sueños y dedicarse a algo que no era lo que quería. De todos sus años haciendo de espía o, como él prefiere llamarlo, de fisgón, guarda buenos recuerdos. Después de todo es un buen profesional y así se lo han reconocido en muchas ocasiones. Es ahora, llegado a un punto en que nada de lo que hace le reporta satisfacción y el entusiasmo de antaño se ha convertido en aborrecimiento, que se siente fuera de lugar. Ya no considera como propia la organización ni, por supuesto, lo que en ella se hace. Los nuevos tiempos han cambiado las funciones y donde antes había acción y dinamismo ahora hay gestión. Odia esa palabra, la relaciona con la maldita burocracia con la que siempre tuvo que pelear y combatir para poder hacer su trabajo con la suficiente libertad. Trabajo que añora, porque el que hace ahora es puro tramite, papeleo absurdo que no lleva a ninguna parte por mucho que quieran disfrazarlo con el rimbombante nombre de Gestión Activa de Recursos o, como gusta llamarlo a su jefe: GAR.
El espía González devuelve su mirada al informe y siente aversión al leer en él frases hechas, formadas a base de conceptos abstractos como: gestionar presupuestos, reducir gastos, cumplir fechas, alcanzar niveles óptimos, valoración racional por encima de tal o cual cuantía. Trufados de cifras y porcentajes que no le dicen nada. En aquella ensalada de palabras y números, busca, sin encontrar, las supuestas expectativas que sus superiores habían depositado en él y se ve incapaz de descifrar los mensajes en clave que su mente, viciada por años descifrando incógnitas, cree que hay.
Asqueado, deja el informe en un cajón y mira a su alrededor. Todo le parece viejo, añejo, anticuado. Observa con detenimiento el quehacer de uno de sus compañeros que, a escasos metros de él, y aislado del entorno por los auriculares del ipod, parece disfrutar en su mesa ensimismado ante el ordenador. Es casi veinte años más joven y por supuesto cuenta con unas enormes ganas de triunfar. El agente González se levanta, se pone la americana, da un vistazo al lugar y se dirige a la puerta. Antes de salir se despide hasta mañana. Nadie responde, sus compañeros están ocupados en revisar formularios.
En la calle, ajeno a las expectativas de los humanos, el chirimiri sigue cayendo.
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La palabra del año
Que la palabra del año, según el New Oxford American Dictionary, sea Unfriend, un verbo que significa la eliminación de una persona que era considerada amigo en una red social, resulta desalentador. Pero, por otra parte, refleja fielmente el estilo de relaciones que las redes sociales están imponiendo. Tener o no un amigo únicamente depende de añadir o eliminar su nombre a una lista. No caben más consideraciones, las máquinas, ya se sabe, carecen de sentimientos. Lo preocupante es, que quien añade o elimina el nombre no es la máquina sino la persona que usa la red. Pero más preocupante es que ese estilo y forma de relacionarse se está trasladando del mundo virtual al real, convirtiendo a los amigos en simples nombres que se apuntan o se borran en nuestra memoria dependiendo de lo que su amistad pueda reportarnos. La amistad interesada, la que proporciona beneficios inmediatos en lo económico, el poder, la influencia, la fama, etc. Amistad de sonrisa forzada, de cenas por compromiso, copas de más y, si no son rentables, de navajazo por la espalda. Pasar de amigos a no amigos –no utilizo el termino enemigo porque su connotación es abismalmente distinta– sólo depende de hacer un clic en el cerebro o en la pantalla del portátil.
Amigos famosos que ahora son famosos no amigos encontramos en todos los estratos sociales. Pero quizás donde más haya es en la política y en los negocios. Por ejemplo y hablando de gente importante, el mayor no amigo actual, que fue un gran amigo, es sin duda el tal Correa encausado y encarcelado por la operación Gürtel. Entre sus amigos se contaban los Aznar, las Agag, los Camps y Costa, sólo por citar algunos, y ahora todos ellos han borrado de su lista al corrupto encarcelado que, mientras fue amigo, les proporcionó pingües beneficios. El tal Millet, otro amigo ahora no amigo de mucha gente importante, sólo que, en este caso, al contrario que Correa, en vez de enriquecer a sus amigos los timó y robó descaradamente. ¡Ten amigos para eso! O consuegros, al que estafó con el banquete de boda de su hija. ¿En cuantas agendas de importantes empresarios, banqueros, políticos y artistas aparecerá el nombre de Millet tachado? Sería interesante saberlo. Otro no amigo famoso es el ex alcalde de Marbella. Éste, encima, ha salido trasquilado. Su amiga, famosa tonadillera, que llegó a ser su amante, lo ha finiquitado y no borrándolo de su memoria, sino clavándole una navaja trapera donde más duele.
Sí, es desalentador comprobar que lo que hoy en día se lleva, lo que está de moda, es el amiguismo interesado, los comportamientos ilegales y la negación de la verdad. Amigos ocasionales transformados en no amigos si la amistad no proporciona los dividendos esperados, sean éstos de la clase que sean. Por todo ello, y por supuesto por las razones aducidas por los expertos del prestigioso diccionario americano, la palabra Unfriend es, sin duda, la palabra del año.
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BCN está masificada. ¿Quién la desmasificará?

Según una encuesta los turistas prefieren Barcelona a otras ciudades europeas por la temperatura y sus playas, y añaden que la inseguridad, la suciedad y la masificación es lo más negativo; también, pero menos, el que se hable en catalán. Consideran que Gaudí es un reclamo excelente para la ciudad, de lo que no cabe la menor duda vistas las aglomeraciones de turistas, cámara en mano, que diariamente se plantan ante la Casa Milà (Pedrera) y la Casa Batlló. Turistas que ignoran por completo la colindante Casa Ametller y la, unos metros más abajo, Casa Lleó-Morera, tan dignas de ser admiradas como la Batlló, pero que, al no ostentar el sello Gaudí, ni se molestan en mirar, con honrosas excepciones claro. Esto demuestra dos cosas: Una, la ignorancia cultural que exhiben la mayoría de los turistas que nos visitan –desconocen y no les interesa conocer a otros artistas modernistas–. Y dos, los buenos resultados que una bien planificada y desarrollada campaña de marketing puede proporcionar –la ciudad vende Gaudí, los turistas consumen Gaudí–.
Llama la atención que sean las buenas temperaturas y la playa los mayores atractivos, aunque no sorprende teniendo en cuenta el nivel del turista medio que nos visita. Aunque el ayuntamiento y los sectores implicados se empeñen en vender la ciudad como destino turístico de lujo, lo cierto es que este sector no acaba de cuajar. La proliferación en los últimos años de hoteles de esa categoría, se ha saldado, tras la irrupción de la crisis, con la venta de algunos de ellos y la paralización de la construcción de otros muchos ante la escasa demanda, mientras que la de hoteles medios y bajos, cuanto menos, se mantiene. Y es que el turista de lujo no va a una ciudad por las temperaturas y la playa, va porque esa ciudad les ofrece algo más. Y ese más, aquí, es menos. Por tanto la resolución de la ecuación es la que es, por mucho que el alcalde se empeñe en maquillar el resultado.
Los turistas encuestados, posiblemente a la cola del bus turístico, apuntan tres causas negativas de la ciudad y paradójicamente ellos son los mayores contribuyentes a esa negatividad, a saber:
Insegura.- Nadie la discute, Barcelona es insegura, sobre todo en las zonas donde se aglomeran los turistas. Es una afirmación fácil, pero cierta. Ellos son el reclamo perfecto para delincuentes, nacionales y extranjeros; y la playa, el centro de la ciudad, las terrazas de bares y restaurantes y las colas ante museos y monumentos los lugares propicios. Por no hablar del “atraco” en precios y servicios al que, con frecuencia, se ven sometidos. Tenéis razón señores turistas, es insegura. Pero si vosotros, con vuestra presencia y comportamiento, no lo propiciarais quizás lo sería menos.
Sucia.- Lo es y mucho. A pesar del esfuerzo del servicio municipal de limpieza, cuyos vehículos están todo el día incordiando a los viandantes sin conseguir limpiar las aceras. Las papeleras a rebosar, los contenedores de basura llenos, las bolsas de basura sacadas a deshoras y amontonadas en los huecos de los árboles, las terrazas de bares y restaurantes llenas de servilletas de papel que los clientes y empleados tiran al suelo sin ninguna vergüenza. Además de los vasos de plástico o papel reciclable, latas de refrescos y cerveza, botellas de plástico, envoltorios de bocadillos, bandejas de ensaladas saludables, paquetes de tabaco, colillas y muchos otras cosas que, los que hacen cola en la parada del bus turístico, o ante un museo, no dudan en tirar al suelo por no desplazarse unos metros hasta la papelera más cercana –porque hay papeleras, quizás no las suficientes y muchas tal vez llenas, paro las hay–. Vomitadas y meadas, en las esquinas y en medio de las aceras, provocadas por borracheras de bajo coste de turismo de fin de semana. Sí, señores turistas, la ciudad está sucia. Pero, ¿habéis pensado cuanta responsabilidad tenéis en ello?
Masificada.- Naturalmente que lo está, sobre todo de turistas. Desde que Barcelona es vuestra ciudad preferida los barceloneses padecemos esa masificación, a veces incluso es insoportable. Lo inundáis todo: a pie, en bus o en bicicleta. Estáis en todas partes y a todas horas y lo peor es que os creéis en una ciudad donde todo está permitido. Os liberáis de las ataduras sociales que vuestros países de origen os imponen y os convertís en energúmenos indeseables. No os engañéis quejándoos de la masificación, porque la masificación sois vosotros. Así que hacer algo por solucionarlo y buscaros otros destinos turísticos. Os lo agradeceremos de corazón. El alcalde quizá no, tampoco los hoteleros y todos los que viven de vosotros. Pero no importa, asumiremos su cabreo y aún así, volveremos a ser felices.
¡Ah!, por cierto, aquí se habla catalán porque esa es la lengua de Catalunya, como lo es la vuestra en vuestro pueblo. Considerar negativo que en un lugar se hable su propia lengua no es muy inteligente, ¿no os parece?
P.D. Naturalmente no todos los que nos visitáis debéis sentiros aludidos. Sólo aquellos que con su comportamiento colaboran a que esta ciudad sea cada vez menos amigable.
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La desfachatez elevada al cubo

Uno.- El orador calló, su semblante burlón se hizo serio, se abrochó el botón superior de la americana, puso sus manos a ambos lados del atril y mirando desafiante a su contrincante le lanzó un último aldabonazo: “A usted le encantaría coger una camioneta y venirse de madrugada a mi casa y que, por la mañana, apareciese yo boca abajo en una cuneta”. Los aplausos de sus compinches, al abandonar el estrado, hizo de vergonzante banda sonora a tamaña canallada. Porque, decir desde la tribuna de oradores en sesión parlamentaria que el contrincante político desea matarte es, cuanto menos, una canallada. Quien así se expresó fue nada menos que le presidente de la comunidad Valenciana Sr. Camps.
Dos.- Ante un auditorio entregado defendió a los encausados Prenafeta y Alavedra a los que calificó de patriotas y víctimas del anticatalanismo español, calificando su encarcelación como “Una decisión desproporcionada y humillante, para ellos y para Cataluña”. Los aplausos no se hicieron esperar, no obstante lo dijo ante los miembros de la Fundación Catalunya Oberta de la que Alavedra es patrono y Prenafeta vicepresidente. A continuación, y con la verborrea que le caracteriza, dijo al auditorio: “Si algún día me plantease dedicarme a la política, cosa que ahora no hago, me preguntaría muy a fondo: ¿qué quiere el país, un líder o un mártir? Yo, de mártir, no tengo vocación. Y si quieren un líder, pues a lo mejor me lo podría plantear”. Quien así habló fue el presidente del Barça Sr. Laporta al que le diré, respecto de los encausados por corrupción, que quien humilla a Catalunya son los Alavedra, Prenafeta, Millet y tantos otros que aprovechan sus cargos para enriquecerse a costa de los ciudadanos, no quienes los desenmascaran y juzgan. Y respecto a sus aspiraciones de líder político le pediría que no lo haga, que bastante lo hemos sufrido ya y que el panorama político no necesita más bufones sino personas serias y sobre todo de intachable proceder.
Tres.- Untado por la divina providencia lanzó al mundo su apocalíptica andanada de amenazas de excomunión a los que se atrevan a aprobar la reforma de la ley del aborto. “Cualquier cristiano que apoye, vote o promueva esa ley está en pecado mortal público y no puede ser admitido a la sagrada comunión”. Coaccionaba sin señalar a los parlamentarios cristianos y, por si acaso les pudiera quedar alguna duda, añadió que estaban obligados por la ley de Dios a votar en contra. Incluso, contradiciendo los acuerdo de partido. Quien así habló fue el portavoz de los obispos españoles, el jesuita Martínez Camino.
Tres personajes del panorama político social que el mismo día y desde estratos diferentes lanzan al mundo mensajes nada halagüeños. Hubo más, de hecho los hay cada día, pero sirvan éstos como muestra de lo que sucede en una sociedad aturdida y secuestrada por quienes, sin una pizca de pudor, hacen lo que quieren. Lo mismo acusan a su oponente de quererlos matar, que ensalzan a los encausados en delitos de corrupción, o amenazan a los representantes del pueblo elegidos libremente en unas elecciones. Lo único que les interesa es su propio interés y mantener a toda costa su chiringuito. Da igual que sean políticos, abogados o curas. Da igual que presidan un gobierno autonómico, un equipo de fútbol o representen a una iglesia. Da igual que mientan. Lo importante para ellos es mantener, y aumentar si pueden, el poder que cada uno ostenta en su parcela. Es el no detenerse ante nada ni ante nadie para alcanza lo que se quiere. En definitiva, el no va más de la desvergüenza. Es, por así decirlo, la desfachatez elevada al cubo.
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La absurda traducción simultánea

Un señor al que llamaremos Uno tenía que reunirse con otro señor al que llamaremos Dos para hablar de asuntos de estado sumamente importantes. El señor Uno era de un país lejano y pertenecía a una cultura que tenía su propia lengua que llamaremos Lenguauno y había viajado hasta el país del señor Dos, que pertenecía a otra cultura también con su propia lengua que llamaremos Lenguados, para que éste le explicara como había resuelto la normalización lingüística con su vecino que, al ser de cultura ligeramente diferente hablaba otra lengua que llamaremos Lenguacomún. Tanto el señor Uno como el señor Dos hablaban además una lengua común, que curiosamente era la del vecino del señor Dos, es decir los dos hablaban la lengua Lenguacomún. No entraré en detalles de cómo es que ambos hablaban la misma lengua, además de la suya propia, pues lo único que conseguiría es embrollar aun más las cosas.
Ante la inminente visita del señor Uno y teniendo en cuenta que el señor Dos tenía derecho a expresarse en su propia lengua, éste decidió contratar los servicios de un traductor para que hiciera la traducción simultánea de la lengua Lenguados a la Lenguacomún, que era con la que se expresaba el señor Uno. De esa forma, pensaba el señor Dos, él podría expresarse en su propia lengua y el señor Uno entendería perfectamente lo que se hablara en reunión tan importante. Naturalmente la contratación de dicho servicio de traducción simultánea tenía un coste que lógicamente corrió a cargo de las arcas del estado.
Pero al señor Dos eso no le preocupaba. Lo importante era la reunión con el señor Uno que, sentado frente a él, disponía de unos modernos auriculares por los que oír la traducción a la lengua Lenguacomún de lo que el señor Dos le explicaba en su propia lengua sobre la normalización lingüística llevada a cabo en su país. Éste, naturalmente sin auriculares, ya que al hablar también la lengua en la que se expresaba el señor Uno, no los necesitaba. En algunos momentos, al señor Dos se le escapaban expresiones, e incluso frases completas, en la lengua común, lo que provocaba un embrollo en el traductor simultáneo que inconcientemente lo traducía a la lengua Lenguados. Con lo que el señor Uno ponía cara de no entender nada, lo que a su vez servía al señor Dos para darse cuenta de su error y repetir lo dicho en su lengua, para que el traductor hiciese su trabajo. Esos lapsos crearon cierto desconcierto en el visitante señor Uno que finalizada la reunión, no tenía del todo claro si en realidad había servido para algo.
Por aquel entonces el mundo padecía los estragos de una crisis económica que no tenía visos de finalizar y en mayor medida en el país del señor Dos. Además, se habían descubierto ciertos casos de corrupción donde personas relacionadas con instituciones y organismos públicos se había adueñado de grandes cantidades de dinero público, lo que había provocado el estupor y sumo cabreo de los ciudadanos que no entendieron que, en una situación de crisis donde el número de parados aumentaba cada día, se gastase dinero en traducir unas conversaciones que ambos contertulios podían haber realizado en la lengua común que, además, era oficial junto con la propia. El señor Dos, ante el aluvión de críticas por el gasto innecesario, adujo que el señor Uno también tenía su propia lengua. Esta estúpida excusa lejos de apaciguar los ánimos de los sufridos ciudadanos los desató aun más. Porque, le contestaron con toda razón, siendo así, lo más lógico habría sido contratar traducción simultanea de la lengua Lenguauno a la Lenguados y viceversa, no de la Lenguados a la Lenguacomún.
Bien, el embrollo que usted, lector, puede haber sufrido al leer este pequeño cuento no es nada comparado con el sufrido por el señor Uno al verse obligado a utilizar unos auriculares para entender a su ilustre anfitrión durante la conversación oficial que, una vez finalizada, a buen seguro ambos departieron campechanamente en la lengua común.
No pongo en duda el derecho del señor Dos a expresarse en su lengua y ha contar con los mecanismos necesarios para que su interlocutor el señor Uno lo haga en la suya y ambos se entiendan. La cuestión es: ¿Está justificado el gasto de traducción simultánea en una reunión parlamentaria cuando ambos contertulios hablan la misma lengua?
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Eruditas de la vida social, entrañables chismosas
Sabían vida y milagros de reyes, reinas, príncipes y princesas. Conocían las últimas tendencias en moda, lo que se llevaba y lo que ya no era moderno. Estaban informadas de todo cuanto ocurría en el mundo del corazón y del artisteo. Eran devoradoras incansables de las revistas de cotilleo, que nada tenían que ver con las de ahora excepto la cabecera de algunas de ellas. No se perdían ni una Reina por un Día, Noches del Sábado y otros programas de variedades y de moda que la TV de entonces, la única que había, programaba. Eran unas expertas en el cotilleo global –concepto entonces desconocido–. Y, lo más asombroso, lo eran sin salir de aquel encantador pueblo de apenas unos centenares de habitantes. Estaban al tanto de todo lo relacionado con la realeza y conocían, como si las trataran cada día, a las Fabiolas, Graces, Faras, Jaquelines y toda la nómina de reinas y princesas que por aquellos años, los sesenta del siglo pasado, poblaban la tierra. Sus conocimientos les permitían recitar de carrerilla y sin equivocarse las diferentes dinastías reinantes entonces. Pero ¿podrían haber hecho lo mismo con las reinantes en la edad media? Se sabían vida y milagros, no sólo de reyes y reinas, también de artistas, toreros, folklóricas y gentes de la aristocracia, que eran los que entonces copaban las portadas y páginas de las revistas del corazón, de hecho eran los únicos que aparecían. Eran otros tiempos, la democracia aún estaba lejos y nadie se podía imaginar que, un día, esas mismas portadas serían ocupadas por Belenes y Jesulines, Aramises y Borjas, y toda una nueva clase denominada mediática surgida a la sombra de una sociedad hastiada donde quienes ansían notoriedad no dudan en exponer públicamente sus miserias y las de los que les rodean si con ello obtienen un beneficio económico inmediato.
Pero no sólo sabían de cotilleos y del corazón, ellas eran más que eso. Conocían los últimos adelantos en utensilios de cocina y todo lo relacionado con la casa, no obstante eran amas de casa, que era lo que, en definitiva, eran todas las mujeres en Padules; con alguna excepción, como la que además era: peluquera, maestra, tendera y me parece que nada más. Sabían de todo y eran expertas en cocina, pero no de la tradicional, que de esa ya lo eran todas las mujeres. Ellas experimentaban nueva cocina o, como se llamaría años después afrancesando el término: nouvelle cuisine. Se atrevían a cocinar platos que en el pueblo eran desconocidos y se vanagloriaban de ser las primeras en hacerlo. Siguiendo las recetas de las revistas que leían, supongo.
Eran consideradas las cotillas locales y lo cierto es que terminaron por imponer su estilo. Lo que decían sentaba cátedra y la coletilla «Lo ha dicho…» era frecuente cuando se hablaba de famosos. Eran, en fin, una enciclopedia andante de los sucesos mundanos del planeta y todo gracias a la revistas del corazón y la TV. Ellas, como ninguna otra persona, supieron ver, oír y leer todo lo relacionado con el mundo de la farándula y entenderlo; no sólo como simple cotilleo, sino como una forma de vida a la que aportaban, de su propia cosecha, comentarios y reflexiones que los engrandecían. Ahora, desde la distancia de más de cuarenta años, me parece que aquellas dos mujeres –porque eran dos– eran unas eruditas de la vida social y que para ellas aquellas revistas y la TV, que justo empezaba entonces su andadura en aquel pueblo, eran una ventana abierta al mundo por la que se colaban ciertos aires de libertad en aquella época oscura de la dictadura.
Estaban en todos los guisos y nada se les escapaba. No había suceso local o llegado del exterior al que ellas no aportaran su particular punto de vista. Todo lo sabían y si no, se lo inventaban. El rumor terminaba convertido en noticia por la destreza oratoria de una, o de ambas. Y sucedió que entre ellas surgió una rivalidad que, en cierta manera, enriqueció la noción de cotilleo. Ellas fueron, sin saberlo, una especie de reporteras en Padules, sólo que, en vez de dar a conocer al mundo lo que allí sucedía, daban a conocer allí lo que sucedía en el mundo. Fueron, por así decirlo, las precursoras de las actuales tertulianas de los programas rosa de la TV.
Quizás exagero, tal vez no fueron como las he retratado, aunque un poco sí. Pero esa es la percepción que conservo de ellas por aquel entonces, y ya se sabe que los niños ven las cosas más grandes de lo que son. Pasaron los años, crecimos, envejecimos y cada cual siguió con su vida. Ellas, supongo, dejaron a un lado a reyes, reinas, toreros, artistas y demás fauna mediática. Pero, aquellas Maria B y Consuelo L metomentodo, quedaron incrustadas en algún lugar de mi memoria y ahí, con todo mi respeto y cariño, quiero que sigan. Porque, junto con otros y otras, fueron parte de un tiempo que se fue, en un lugar que sigue estando.
Vosotros, paulencos y paulencas que vivisteis aquello, quizá recordéis de quien hablo.
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Honorables presos visitando al juez

Hay presos honorables, presos mediáticos y presos a secas. Estos últimos pueden ser exhibidos entrando y saliendo de los juzgados esposados, a cara descubierta e incluso con malos modos. Los mediáticos también, pero con un poco de delicadeza y cierto respeto; la fama populista está muy arraigada e incluso crea héroes de pacotilla. Los honorables, en cambio, no sólo no deben ser exhibidos y, si están esposados, menos. Han de ser llevados y sacados, no ya de un simple juzgado sino de la Audiencia Nacional, con toda delicadeza y a ser posible por una puerta a salvo de miradas indiscretas y cámaras impertinentes que puedan mostrarlos al mundo como lo que en realidad son: presuntos chorizos.
Al grupo de los honorables pertenecen los detenidos de la operación Pretoria. Aunque la ley dice que todos somos iguales ante ella y por tanto deberían ser presos a secas, el ser alcalde de un gran pueblo, ex conseller de economía de un gobierno autonómico o ex secretario de la presidencia de esa misma comunidad autónoma, les da el derecho a ser honorables, aún habiendo saqueado las arcas municipales y estafado a miles de ciudadanos, presuntamente claro. Así lo parece a la vista del revuelo armado en ciertos sectores tras mostrar las cadenas de TV las imágenes de esos presos llegando a la Audiencia desde la cárcel. Que el alcalde Bertomeu, el ex conseller Alavedra y el ex secretario Prenafeta, entre otros, lleguen esposados y tengan que identificarse ante la guardia civil para que le hagan entrega de una bolsa de basura con sus pertenencias, puede ser realmente humillante para personas acostumbradas al servilismo de los demás. No digamos ya si esa situación la ven millones de ciudadanos.
Se habla de trato vejatorio y premeditado, como estrategia para ocultar el fracaso del gobierno socialista, al mostrar a los presos en esas circunstancias. Y se apela al derecho a la intimidad para criticar al juez por haberlo permitido, si no alentado. Y eso lo dicen quienes, aun condenando públicamente el proceder de los detenidos, en privado los defienden y les dan su apoyo. No obstante forman parte de familias importantes y respetables, con un pedigrí social que lleva aparejada una honorabilidad, puesta ahora en duda por ellos mismos. Los que levantan su voz contra esa exhibición quizás lo hagan en prevención de futuras experiencias propias. Ya se sabe que donde comen dos comen tres y cuantos más sean los involucrados, más difícil será de aclarar el embrollo.
Pues bien, es conveniente que los ciudadanos de a pie, a los que esos ciudadanos honorables, presuntamente han engañado y robado, les vean entrando a la Audiencia Nacional con la cara baja, las muñecas esposadas y humillados ante un guardia que les pregunta el nombre antes de entregarle una bolsa de plástico azul anudada conteniendo su reloj de oro, su billetera de piel llena de tarjetas de crédito y algunas prendas de vestir compradas en las tiendas más exclusivas de Barcelona. Porque, esos apenas dos minutos de imágenes, serán seguramente la única compensación que obtendrán, y a la que tienen derecho, los ciudadanos engañados.
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En el día de los muertos, un relato de difuntos
Se veía dentro de un ataúd, rodeado de tres ramos de gladiolos blancos y una corona de dalias moradas y amarillas que le hacía daño a la vista, y se preguntaba qué hacía ahí. Se veía vestido con el traje gris marengo, un poco anticuado ya, que se había hecho para la boda de un amigo; inmóvil, con los ojos cerrados y las manos cogidas en santa postura sobre el vientre y la cara exageradamente sonrosada. «Para estar muerto tiene un color saludable», oyó decir a la mujer de su amigo que no pudo evitar una sonrisa maliciosa ante la ocurrencia. Dio un vistazo al aforo, más bien escaso, y constató que personas consideradas importantes para él no estaban allí. Sí estaba, sin embargo, su ex. «¿Qué hace ésta aquí? ¿Quién la ha invitado?». Descendió, se le acercó y le gritó al oído «¡Zorra!», ascendiendo de nuevo a toda prisa, alejándose del peligro, como hacía cuando vivían juntos. La mujer dio un respingo como si algo la hubiese asustado y ofuscada miró a uno y otro lado buscando la causa. Desde su atalaya de espíritu, el difunto le dedicó un corte de mangas acompañado de un «¡Jódete!», que resonó en la sala sin ser oído por los asistentes al responso oficiado, sin gran convicción, por un lacónico maestro de ceremonias. Decía el orador que él, el difunto, había sido una persona querida. Claro que a continuación tuvo que aclarar que «al menos por los que lo querían», sin embargo, también dijo que «a pesar de sus muchos defectos, no todos malos, era una persona entrañable, sencilla y recta, sobre todo muy recta». Y aquí el rostro de algunos asistentes se contrajo mostrando su extrañeza ante la afirmación. «¿Recto el muerto? Será ahora que está estirado en el ataúd», musitó el que hasta un día antes había sido su abogado. La glosa del difunto continuó por caminos pantanosos, obviando que se había suicidado para evadir a la justicia y poniendo de manifiesto que el orador, empleado de la funeraria al fin y al cabo, desconocía por completo al difunto.
En su no parar de un lado a otro observando a los hasta ayer amigos, conocidos y familia, el difunto, o mejor dicho: su espíritu, comprobó que sólo uno de los asistentes parecía sentir de verdad su muerte. Era su madre claro, la única persona que tenía los ojos llorosos y de vez en cuando soltaba un compungido suspiro que denotaba aflicción. Profundamente emocionado se le acercó con intención de consolarla, aunque sin saber cómo. Al rozarle la cara con su mejilla, oyó las afligidas palabras que su madre murmuraba para sí y retrocedió asustado. «Maldito seas, que te pudras en el infierno. ¡Mal hijo!», pareció oírle decir. «Pero no puede ser», se dijo. «Ella es mi madre, no puede decir eso de mí». En esas estaba el espíritu del difunto cuando desde la parte trasera de la sala se oyó una voz cavernosa espetar al orador: «Acabe de una vez, ese mal nacido no se merece ni un minuto más de nuestro tiempo». Se giró y clavó su mirada en el hombre vestido de negro que de pie en el pasillo conminaba al orador a dar por concluida la ceremonia. Era su socio, el mismo que a partir de ese momento tendría que hacer frente a la justicia por los desmanes cometidos por él. El difunto lo vio sobresaltado, excitado, cabreado más bien, y desde la altura no perdió detalle de lo que hacía. Despotricando contra el muerto, el hombre vestido de negro caminaba con paso firme por el pasillo hasta el ataúd. Una vez ante él lo miró con rabia y escupió sobre su cara. «Demasiado sonrosada para un muerto», pensó. Maldijo el día en que lo conoció, sacó una pistola del interior de la americana negra y, apuntándole al corazón, disparó. El estruendo sobresaltó a los presentes, un pesado silencio inundó la sala mientras el asesino, que seguramente no lo era porque el asesinado ya estaba muerto, lo miró con desprecio, soltó un sonoro: «¡Cabrón!», y se marchó.
El espíritu del difunto no salía de su asombro, paralizado de terror permanecía quieto en una esquina del techo mirando lo sucedido sin entender nada y sin saber qué hacer. Porque, ¿qué ha de hacer un difunto al que le acaban de pegar un tiro? «Si ya estoy muerto, ¡qué se supone que he de hacer!, ¿morirme otra vez?», pensaba acurrucado en la esquina. «Que asesinato más tonto, ni sangre hay», susurró la mujer del amigo. «Y eso que le ha dado en el corazón», apostilló el marido.
Acabada la ceremonia por la vía expeditiva, los asistentes abandonaron la sala, los empleados de la funeraria trasladaron el féretro al cementerio donde lo incineraron y el espíritu del difunto, confundido y acojonado, deambulaba por la sala sin saber si lo suyo había sido suicidio o asesinato.
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Los juegos, juegos son hasta que dejan de serlo

Este relato lo escribí hace un tiempo, pero creo que es de plena actualidad visto lo sucedido en un instituto de Madrid.
El juego dejó de serlo en el momento en que el adolescente cogió el cuchillo. De todos modos el relato de la historia tampoco aclara si fue él quien, con el arma en la mano, se acercó al adulto o fue éste el que, al verlo armado, decidió ir a por él. Pero podemos deducir, por lo explicado después por el propio interesado, que todo se desarrolló de forma confusa y demasiado rápida. El adulto, que era el único con autoridad para pararlo, se vio desbordado e incapaz de detener lo que a todas luces era una locura. Claro que según declararon testigos presenciales que vieron y oído lo acontecido, sólo se trataba de un juego.
La delgada línea que separa la realidad de la ficción dificulta el establecimiento del momento exacto en que lo que hasta entonces no era más que un juego de niños se transforma en un dramático suceso. El desconocimiento que tienen, unos adolescentes demasiado protegidos y escasamente preparados para diferenciar realidad de ficción, de las consecuencias de jugar a unos hechos reales, acaecidos tiempo atrás en un entorno muy diferente al suyo. Hace que, llegado al punto de no retorno, el juego deje de serlo y se transforme en un macabro acto de violencia sin más objeto que el de traspasar los límites de lo permitido. Es de suponer que al intentar reproducir en un juego lo sucedido en otro tiempo y lugar, no supieron establecer las diferencias entre hacer y representar un acontecimiento. Y de la misma forma que cuando juegan a policías y ladrones disparan simulando con las manos una pistola y reproducen con las cuerdas vocales el sonido de los disparos, haciendo énfasis en éstos y convirtiendo en secundario y sin importancia la no existencia del arma. En este caso deberían haber hecho algo similar, sólo que resulta difícil imitar con la voz el silencioso penetrar en la carne de la hoja de un cuchillo afilado y por ello pretendieron dar más veracidad al juego utilizando al menos un arma real. Aunque, suponemos, sin intención de llegar al final. Pero, llegado a este punto cabe preguntarse: ¿Cuando y donde considera un niño que es el momento de parar el juego?
Al margen de consideraciones morales a la hora de prejuzgar el acto del menor, hay que tener en cuenta la influencia en ese acto, que no olvidemos es un juego, de la inesperada intervención del adulto. Éste, al ver el cuchillo en manos del niño, presupone lo que en realidad no es y, en su intento por evitar lo que a todas luces parece un acto criminal, provoca, precisamente, que se materialice dicho acto. Porque, la aparición de un elemento perturbador en el escenario ficticio de unos adolescentes que juegan, quizá demasiado en serio, a matar; desencadena la imprevisible rabia de los jugadores al verse sorprendidos y no poder culminar con éxito el acto motivo del juego. La frustración provocada, los lleva a reorientar la trama del juego y, puesto que el adulto es la causa de esa frustración, desvían hacia él el objetivo último del mismo convirtiéndolo en victima.
Tras varios avisos al menor para que deje el cuchillo y constatar que no le hace caso y que además, y esto fue lo que más le confundió, la hasta entonces supuesta víctima, se une al agresor incitándole a acabar con él, el adulto pasó a la defensiva; lo que enfureció aún más a los menores que, al detectar el miedo en el rostro del adulto, no dudaron en continuar con su acoso. Forzando así una situación que traspasaba todos los límites permitidos y transformaba un simple juego en una agresión en toda regla.
A la vista del resultado se constata que: Los adolescentes pusieron sus vidas en peligro por un estúpido juego. El adulto, con su inesperada aparición en el escenario de ese juego desencadenó un cambio brusco en el guión que casi le cuesta la vida. Unos y otro transformaron así lo que en un principio era un juego, no exento de riesgo, aunque a buen seguro que habría finalizado sin mayores consecuencias, en un intento de asesinato que se saldó con dos adolescentes y un adulto heridos.
Lo preocupante, no obstante, no son las heridas recibidas por los implicados. Lo verdaderamente preocupante es que unos adolescentes de apariencia normal crucen la imaginaria raya que separa el “jugar a matar” del “querer matar” en apenas unos instantes y sin titubear.
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Mapa de los sonidos de la corrupción

En un programa de TV3 preguntan a Jordi Pujol sobre el caso Millet y responde algo así como que «si entramos en ese tema podría ser que todos acabemos oliendo mal». Se refería evidentemente a la clase política sin distinción de partidos. Ayer Pilar Rahola, en otro programa de la misma televisión y a raíz de la respuesta de Pujol, dijo que «si sabía algo debería decirlo, de lo contrario estaría haciendo una trampa sucia y fea». Horas después saltaba la noticia de que habían sido arrestados por blanqueo de capitales, tráfico de influencias y cohecho: el alcalde socialista de Santa Coloma de Gramanet, Bartomeu Muñoz; el concejal de urbanismo, Manuel Dobarco; el ex conseller convergente de Economía, Macià Alavedra; y el ex secretario general de Presidència, Lluís Prenafeta. Aunque lo parezca, las detenciones no están relacionadas, al menos directamente, con las declaraciones del ex president y el posterior comentario de la comunicadora. Pero resulta pintoresco la coincidencia en el tiempo o, mejor aún, el encadenamiento de la declaración, el comentario y la detención.
Habrá quienes piensen que la corrupción se extiende como una mancha de aceite por todo el país. Están equivocados, lo que ahora se extiende es su conocimiento y desarticulación, la corrupción ya hace años que se extendió. Se inició sigilosamente durante la última etapa del gobierno González y se aceleró descaradamente durante los años de bonanza económica y crecimiento de la riqueza. Durante el periodo en que Aznar ocupaba la Moncloa y a la sombra de un desarrollo especulativo, salvaje y, a la vista de los resultados, pandémico, del sector de la construcción. Ayuntamientos ahogados por la falta de liquidez y dirigidos por alcaldes ambiciosos que se dejan llevar por los cantos de sirena de personajes sin escrúpulos dispuestos a vender su alma al diablo por un puñado de euros. Políticos, novatos unos, deslumbrados por el brillo del oropel que no dudan en hacer negocios con mafiosos confesos. Veteranos otros, conocedores de los entresijos del poder e incapaces de controlar su desmesurada afición a ser ricos.
Empresarios, banqueros, alcaldes y concejales, presidentes y consejeros, políticos en general, jueces y abogados, directores y presidentes de fundaciones y otras asociaciones de viejo ringo-rango que pierden el pudor ante un fajo de billetes. Sin olvidar al ejército de simples ciudadanos convertidos, de la noche a la mañana, en seudo constructores que con estridente mal gusto exhiben ante sus asombrados convecinos la obsesión por poseer aquello que jamás habrían poseído de no ser por la cultura del pelotazo. Todos, sin distinción de color político, peperos y sociatas, convergentes y esquerranos, ecolatas y comunistas, ateos y cristianos, ¡todos huelen y no precisamente a rosas!
La crisis, provocada por holgazanes como ellos, y su desmesura en hacerse ricos a toda costa, los ha dejado con el culo al aire. Los escándalos afloran lentamente, las detenciones de cargos públicos y privados se suceden, los abogados de bufetes alto estanding se ven agobiados de trabajo ante tanta mierda acumulada y la prensa no da abasto para cubrir todas las noticias que día tras día generan. Y ahí está el peligro, que el volumen de corruptos supere a los no corruptos haciéndoles inmunes y acabemos por aceptar que son parte del sistema y por tanto legítimos. De hecho ya está ocurriendo, el caso Camps en Valencia es la muestra. La habilidad de todo un equipo de personas, jueces incluidos, está dando la vuelta al caso hasta el punto de hacer creer a la mayoría que no cometió delito alguno.
Volviendo al caso de Santa Coloma, los dirigentes del PSC, y con ellos los del PSOE, tienen ante sí una oportunidad de oro de: Por un lado, hacer lo que dicen al PP que hay que hacer ante un caso de corrupción. Y por otro, dejar en evidencia a los líderes del PP que han sido incapaces de actuar contra sus corruptos.
Lo peor de todo es que el paro sigue aumentando y se siguen cerrando fabricas que, como la de Lear en Roquetes (Tarragona), dan la impresión de ser simples chiringuitos montados por inversores sedientos de dinero que ante una caída de beneficios no dudan en tirar al paro a unas decenas de familias e irse con los bártulos a otro sitio, ya lo hicieron en el 2002 en Cervera (Lleida). Este es el mapa de los sonidos de la corrupción. El continuo chirriar de unas conductas delictivas. Avaladas, la mayoría de las veces, por cargos electos que se escudan en unos centenares de miles de votos para justificar su proceder mientras se ríen ante las narices de los votantes sin ningún tipo de pudor.
La política corrompe la conciencia, los políticos corruptos la política. Por ello, quizás ha llegado el momento de volver sobre las teorías anarquistas expuestas hace más de un siglo por pensadores como: Mijaíl Bakunin, Piotr Kropotkin, Errico Malatesta, Élisée Reclus, Anselmo Lorenzo, Ferrer i Guardia y tantos otros. Vista la situación actual, puede que sean la única alternativa.
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