Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?

“Decir lo que pienso, no sé. Decir lo que siento, no sé. Decir lo que, a lo largo de mi vida, he guardado dentro, no sé. Decir lo nunca dicho. Hablar de lo nunca hablado. Contar lo que desde hace muchos años acumulo dentro. Sacar de mi lo que he callado. Exponer a la luz lo que he ocultado. Soltar el pesado lastre de una vida vivida en solitario. Una vida escrita entre líneas, gastada con incerteza, atrapada entre contradicciones y apenas disfrutada.
En la madurez de la existencia miro atrás y ante lo que veo siento melancolía, no por lo vivido sino por cómo lo viví. Cuando crees llegado el momento de reflexionar, de revisar el pasado y sentirte orgulloso, descubro con desazón que nada de lo hecho es motivo de grandes alharacas. Hice lo que había que hacer, lo que me dijeron que tenía que hacer, lo que todos esperaban que hiciese. Pero no hice lo que realmente quería hacer. Eso, como siempre, lo dejé para más adelante, para cuando tuviese la ocasión, que jamás llegó. La frustración de no ser lo que quería, porque sentía la obligación de seguir con la tradición. Un niño de diez años al que se le pregunta “¿Y tú que quieres ser de mayor?” Un niño tímido, protegido y cohibido que antes de responder mira a su padre, y ve su cara de satisfacción esperando la respuesta. Y el niño, que quiere responder bombero, se traga la palabra y balbucea “comerciante como mi padre”. Y el padre que suelta la carcajada, y le pasa su mano grandota por la cabeza despeinándolo. Y su madre que lo mira condescendiente, con su expresión de beatifica docilidad, y asiente con la cabeza. Y todos contentos de que el negocio familiar pueda tener continuidad. Esa fue mi primera gran decisión y mi primer gran error, luego todo sería rodar por la pendiente de la vida, dejándome llevar por el camino marcado para los prohombres de la familia.
Creo que aquel hombre que de niño me despeinó cuando dije que quería ser como él, mi padre. Estaría orgulloso de mí si pudiese ver en que he convertido su tienda. De una simple tienda de ropa, en una capital de provincia, hemos pasado a una importante cadena de moda. Eso es motivo de orgullo incluso para mí que, como he dicho, no era lo que realmente quería hacer cuando niño. Pero, como él me dijo años más tarde, cuando en una crisis existencial le dije que quería dejarlo todo para hacer otra cosa, “a esta vida venimos marcados y no podemos eliminar la marca”. No supe entonces ni se ahora qué quiso decir, y la verdad, me importa un carajo. No creo en eso de que nacemos predestinados para hacer las cosas, eso es una falacia para que hagamos lo que ellos quieren. Pero, aún así, reconozco que aquel día me convenció, al igual que todas las veces que me asaltaron las mismas dudas. Asumí mi responsabilidad y saqué el negocio adelante, me arriesgué y gané ampliándolo hasta lo que hoy es. Y sin embargo mi vacío es mayor.
He formado una familia a la que adoro y de la que me siento satisfecho y he procurado que ninguno de mis hijos se sienta obligado a seguir la tradición familiar. Por eso jamás les pregunté qué querían ser de mayores. Aún así, la empresa continuará gestionada por la familia, de eso se encargará, y muy bien, mi hija mayor. Sí, estoy orgulloso de mi esposa e hijos, pero eso no significa que sea feliz. Se que os sorprenderá, pero he de decirlo, he de ser coherente, al menos al final y lo digo con todas las palabras y mirándote a los ojos: ¡No soy feliz, nunca lo he sido!
No reniego de lo hecho. Como buena persona educada en los valores cristianos, tenía la obligación moral de cumplir el papel asignado, además de ser agradecido con los que me dieron la vida y proporcionaron los medios para ser un hombre de provecho. Eso es algo que no cuestiono. Pero, al margen de estas consideraciones, el hacer lo que debía significó la anulación de mi propia persona, la mutación de mis inquietudes, hasta convertirme en un ser diferente. Aunque esa mutación pasara desapercibida para los demás, de ahí que, aunque creáis conocerme, en realidad no me conocéis.
Lo dejo todo para ser lo que siempre he querido ser, bombero. Ya se que a mi edad no será posible, pero en esta vida siempre hay salidas si uno se lo propone. Por eso me he apuntado al cuerpo de voluntarios de bomberos forestales y me han aceptado. Ahora, cuando acabe este discurso, saldré por aquella puerta, solo y sin nada. Únicamente me llevaré vuestro cariño. Los recuerdos de lo vivido, es posible que no me quepan en el equipaje”.
Desde el estrado, el orador repasó con la mirada a los asistentes al banquete. Ellos, atónitos, lo miraban en silencio. No entendieron su discurso de despedida. Lo que debía ser una protocolaria alocución por su retirada de la primera fila del negocio para que su hija se hiciera cargo del mismo, se transformó en una cruda reflexión sobre una vida insatisfecha.
Después, dedicó una sonrisa a su sorprendida esposa. Bajó del estrado y con paso firme, se dirigió a la salida. En la calle, aspiró el aire viciado de la ciudad que le supo a gloria, y echó a andar creyéndose al fin libre.
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Hipotecas y disparates, la crisis de la opulencia

La constructora Martisa-Fadesa ha presentado suspensión de pagos por no poder hacer frente a la deuda cifrada en más de 7.000 millones de Euros. Los principales acreedores son: Caja Madrid, La Caixa, Banco Popular y Caixa Catalunya, de una docena larga de entidades bancarias, sobre todo cajas de ahorro. Ante tamaña barbaridad cabe preguntarse: ¿Cómo es posible que una empresa alcance ese nivel de endeudamiento sin que los prestamistas –bancos y cajas de ahorro– den la voz de alarma? ¿Cómo se entiende que entidades bancarias de primera fila permitan esa deuda y, lo que es peor, continúen dando créditos a esa empresa? Y por último, ¿de qué controles están dotados los bancos y sobre todo las cajas de ahorro, donde la mayoría de los trabajadores depositamos la nominan, para detectar la abultada deuda de sus clientes?
No soy economista y mis conocimientos sobre esa materia son nulos, ni siquiera se hacer la declaración de la renta. Pero mi intuición me dice que lo que ha ocurrido es que, ante el aumento incontrolado de la construcción salvaje fruto de unas falsas expectativas creadas a rebufo de una falsa concepción de la sociedad del bienestar, los bancos y cajas de ahorro se apuntaron a la ganancia fácil repartiendo créditos a diestro y siniestro sin aplicarse ellos lo que con tanto esmero exigen a los demás, ¡garantías! Y ahora se dan de bruces con la realidad y tienen serias dificultades para recuperar lo prestado.
Lo cual no quiere decir que la crisis sea bancaria. A los bancos, al menos a los grandes, jamás les afectan las crisis, más bien al contrario. Cuentan con suficientes recursos, incluso, para hacerse con los colegas que, llevados por una excesiva ambición, lanzan al mercado hipotecas basura que al final terminan por destruirlos. Ahí está el Santander que acaba de comprar un banco inglés sumido en la miseria por culpa de las dichosas hipotecas.
Lo peor de todo esto es el lamentable espectáculo que, el dueño de la empresa constructora quebrada, está dando al insinuar que el culpable de la situación es el ICO por no darle el crédito prometido para hacer frente a los pagos de inminente vencimiento y, de esa forma, conseguir una nueva refinanciación de la deuda. Una vez más, es el estado quien debe solucionar el problema al empresario. Mientras tanto, la empresa despide a centenares de trabajadores, las obras que tiene a medio hacer se paralizan y los ciudadanos que se hipotecaron por uno de esos pisos se quedan sin nada. Y es aquí donde volvemos al principio de todo: las malditas hipotecas, que no se pueden pagar o, artos de ser engañados, nadie quiere pagar.
A todo esto, en los despachos de las grandes torres de oficinas de la Castellana madrileña, los colegas de Martisa-Fadesa, se frotan las manos pensando en lo barato que les saldrá quedarse con una parte del pastel.
Son tiempos convulsos. Los años dorados del consumo desenfrenado dejan paso a los de grandes restricciones. El tiempo de las agresivas construcciones se diluye en los albores de otro en el que, los restos inacabados de semejante despropósito, se erigen como fantasmas por doquier. Los sueños de grandeza de personajes salidos de la nada se desvanecen y transforman en horribles pesadillas. Las grandes fortunas amasadas a la sombra de corruptelas y pelotazos aguardan en escondrijos secretos a la espera de tiempos mejores.
El paro aumenta, la inflación sube como la espuma y la bolsa se desploma. Son las consecuencias lógicas de un ciclo que ha llegado a su fin. Y ahora, cuando todos hemos saboreado las mieles del éxito, los que manejan los hilos, los han soltado para poner las cosas en su sitio e iniciar de cero un nuevo ciclo que siga aumentando sus cuentas bancarias. Las mismas que sirven para retroalimentar el sistema, que, sin ser el mejor, es el menos malo. Eso dicen ellos.
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‘Berlín’, de Lou Reed

Extracto del artículo ‘Berlín’, la venganza de Lou Reed de Borja Hermoso publicado en El País el 22/07/2008.
“Luz de velas y dubonnet con hielo, romances de amor y droga, voces de niños susurrando el horror sin saberlo, biografías borrosas de muchachas abriendo en canal sus muñecas al borde de una cama, yonquis en fuga, lirismo y matemática del rock and roll…
Treinta y cinco años habrán desgranado la infinita espera de Lou Reed para entonar sus noches de venganza. De venganza, en primer lugar, contra sí mismo, por haber perpetrado en 1973 un auténtico hara-kiri comercial, una afrenta a los prebostes de su compañía discográfica de entonces, RCA, que esperaban la reedición de otro bombazo financiero del calibre de Transformer, el anterior trabajo de Lou Reed.
Pero el autor de la multimillonaria y también genial Walk on the Wild Side les iba a dar, con la colaboración de su amigo Bob Ezrin y de algunos ilustres músicos como Steve Hunter, Steve Winwood o Jack Bruce, una sinfonía de horrores y casquería musical de la peor especie, una ópera bufa de guitarras distorsionadas y voces procedentes del Averno: uno de los mejores discos de la historia del rock. En una palabra. Berlín
Autor de al menos cuatro obras maestras (y eso siendo rácanos, pero queda fuera de toda duda que Transformer, Berlin, Coney Island Baby y Magic and Loss lo son), Lou Reed…
Está mayor, y lo sabe, el hombre de la voz de sima… vegetariano y abstemio… que abomina del tabaquismo… que, de vez en cuando, ciertos bobos profesionales con un teclado a su alcance se pongan a decir que Lou Reed dejó de ser un genio justo en el momento en que dejó la heroína y demás zarandajas. Se llama malditismo barato
¿Un milagro, la enésima resurrección de Lou Reed? Sí, pero quién sabe… Quién iba a decir que una buena noche, por ejemplo en un teatro de Málaga… la resurrección escénica de una salvajada lírica del calibre de ‘Berlín’ iba a traspasar el romántico dintel de los sueños nunca cumplidos para ingresar en el almacén de lo real, que por ser tangible deja de ser deseable… y todo ello… con un coro de voces blancas como telón de fondo.
Porque ¿quién se iba a imaginar, escuchando los desoladores acordes de Sad Song o Men of Good Fortune, semejante numerito de ninfas y ninfos vestidos de túnica azul cielo y haciendo cándidos y risueños ecos vocales a semejante compendio de sangre, sudor, lágrimas, droga, amor y muerte?... ¿Quién iba a pensar que los guitarrazos de Steve Hunter y las cavernas guturales de Lou Reed podían entremezclarse en directo con gorgoritos celestiales? Y, sin embargo…
Fue realmente sorprendente asistir a una versión del Lady Day en la que los niños y niñas del coro londinense se contoneaban y tarareaban el estribillo como si de un numerito de Abba se tratase. O la mezcla agridulce de descarga de decibelios y gorgoritos celestiales en que consistió la versión de Sad Song.
Un embriagador formato de The Bed fue, de lejos, lo mejor de la noche de venganza del viejo león de la Velvet Undergound. Todo, en “aquella habitación donde ella cogió la cuchilla y se cortó las muñecas en aquella extraña y aciaga noche”.
Fraseos anárquicos, duelos de guitarra Reed/Hunter, el sempiterno bajo de Fernando Saunders en la banda de Lou Reed, el leve gesto de la mano dando o prohibiendo el paso a sus músicos, la cara de piedra de Lou Reed, aquel tipo de Nueva York ahora renacido en Berlín”.
Nada más que añadir. Si acaso que, tras treinta y cuatro años de espera (descubrí el disco una mañana de principios de verano del 74 en la sección de discos de El Corte Inglés de plaza Catalunya), me he quedado con las entradas en la mano para un concierto suspendido por enfermedad. Era la única oportunidad de vivirlo y se ha esfumado, arrastrado, quizás, por la letanía repetitiva de Sad Song.
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Monti y Zapa, retrato de un desencuentro

“Te queremos, José Luis, pero aun queremos más a Cataluña y a los catalanes” Monti fue lo suficientemente explicito ante su jefe Zapa. Lo dijo claro, alto y en el idioma común para que todos, y sobre todo él, lo entendieran, en la clausura del XI congreso del PSC. Monti sacó de sí mismo toda su energía nacionalista para pregonar a los cuatro vientos que Catalunya es lo que es y que los socialistas catalanes, no van a permitir que sea otra cosa porque a su jefe nacional así le interese. Arropado por el aparato plantó cara a Zapa, que lo miraba con su sonrisa de joker descolocado, y le espetó que la financiación forma parte del estatut, “una ley, que tú también votaste” –le dijo mirándolo fríamente con sus ojillos arrugados–. Inflado de orgullo, continuó exponiendo al gran jefe los motivos del descontento, no sólo suyo, sino de todos los catalanes, a propósito de la financiación. Y remató el tema lanzándole a la cara la enigmática frase: “La música no nos ha gustado, esperaremos a ver las siguientes notas y la letra”. Ante la cara de poker que puso Zapa al oír semejante reflexión, los asesores de La Moncloa que lo acompañaban anotaron la frase y la enviaron rápidamente vía SMS a los sabuesos del espionaje patrio para que la tradujeran creyendo que la había dicho en polaco.
Monti tuvo claro desde el principio que la clausura del congreso de su partido era el foro adecuado para acallar las voces convergentes que le acusan de plegarse a los mandatos de Zapa y de no hablar correctamente el catalán. Por eso fue tan duro con su jefe e hizo parte de su intervención en lengua vernácula. Pero también sabía que no debía forzar las cosas más allá de lo necesario. De ahí que, tras la diatriba reivindicativa nacionalista, se introdujera por los meollos del refranero para conciliarse con su jefe soltándole aquello de “quien bien te quiere te hará sufrir”. Zapa cambió la expresión al oír semejante sandez y con el rictus de preocupación de las grandes ocasiones, clavó sus ojos en Monti fulminándolo y haciéndole perder los papeles. Pasados los instantes de incertidumbre, Monti se repuso y haciendo acopio de fuerzas remató la conciliación con un desafortunado: “Somos conscientes de los costes que supone para ti”.
Zapa tomó la palabra y no se ando por las ramas. Introdujo su mensaje de solidaridad, tan rancio como su sonrisa, para, a continuación, leer la cartilla a Monti, muy sutilmente eso sí, y dejar clara su política financiera lanzando perlas filosóficas como: “No es necesario que nadie pierda” y “Podemos hacer que todos ganen”. Una vez más dijo aquello de la España plural para contrarrestar la referencia de su subordinado a la España federal y zanjó las ansias de independencia –de los socialistas catalanes respecto del PSOE– asegurando que “El destino del PSOE y del PSC es ir juntos”.
Monti fue elegido primer secretario de su partido con el 96,4% de los votos, no se sabe si por su magistral intervención o por el pito, pito colorito… Pero lo importante, como en todo cuento que se precie, es que al final todo fueron abrazos, palmadas en la espalda, sonrisas, parabienes, buenos deseos y que, contentos y felices, comieron, no se si perdices o “botifarra amb monjetes”, pero comieron. ¡Y de que forma!
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Dos hombres

Dos hombres caminando sobre una alfombra de hierba verde, hacia la sombra de unos árboles, cansinamente, sin prisas, charlando, rememorando tiempos pasados. Uno con el brazo sobre el hombro del otro, como buenos amigos. La soledad de los que llegan al final, la calma de los que sabiendo que han cumplido una etapa, la etapa más importante de sus vidas, se retiran lentamente, dejando el camino despejado a los que les relevan. Se diría que ambos se conocen desde muchos años y que ambos, con la complicidad con la que los amigos son capaces de hacer las cosas, hicieron cosas importantes.
Un rey y su ex presidente, pasando de protocolos, se reencuentran y charlan de sus cosas, de aquellos años en que juntos hicieron lo que hicieron. Una estampa no habitual, pero si normal. Lo que la hace excepcional es que sólo uno de ellos sabe de qué está hablando, el otro, simplemente escucha, sonríe y agradece al desconocido su compañía.
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Retorno a El Tomet, viaje a un pasado no olvidado

Esta foto, sacada de la sección Tus Fotos de El Periódico de Catalunya, que su autor: El Gat Negre ha titulado: Intentant arribar. Plasma magistralmente el no paso del tiempo en el entorno apropiado entre Sils i Riudarenes. La imagen congelada de la bicicleta sin ciclista, pero erguida al borde del camino, nos indica la metáfora del caminar, en este caso, rodar, sin llegar a ningún sitio. El camino de tierra, aparentemente si huellas de pisadas humanas, pero con el insinuante rastro de neumáticos de coche, parece decir que por él no pasa nadie desde hace mucho tiempo. Sin embargo no es así, la presencia del fotógrafo, y posible dueño de la bicicleta, así lo atestiguan. Viendo este paisaje y la quietud que desprende acuden a mí recuerdos de tiempos pasados, de momentos felices vividos en compañía de seres queridos allá por los años ochenta del siglo pasado. En otro lugar de Girona, en Medinya, en El Tomet. Los paseos por caminos como este al atardecer de tranquilas tardes de verano, de primavera, de otoño y de invierno. Antes o después, poco importa eso, de jugar unas partidas de Continental, de comer unos deliciosos espaguetis, o unas, no menos apetecibles, alubias. Fueron tiempos de sosiego, de amistad, de ilusiones compartidas. Tiempos que se fueron para no volver, como se fue el que los propició. El título de esta foto viene que ni pintado para describir el espíritu de aquellos días, llegar a la felicidad, aunque sólo fuese para rozarla con la punta de los dedos y deleitarse unos instantes con ella. Y lo conseguimos. Pero, como en esta vida nada es eterno, aquellos días tampoco los fueron y una mañana de otoño todo se quebró. Él era, como el árbol de la foto, el centro de todo, el que aglutinó a tanta gente y tan dispar en aquel lugar. Era fuerte de corazón, pero al mismo tiempo con el corazón más débil. Mirando la foto rememoro el tiempo pasado y descubro que la vida es eso, acumular momentos para después recordar. Gracias Gat Negre por haber propiciado este viaje al recuerdo con sólo mirar tú foto. © PCB
Subir y bajar, un destino incierto

Continuamente subía y después bajaba sin saber por qué. Su vida se limitaba a subir sin llegar a ningún lugar concreto para a continuación bajar. La rutina de su quehacer le llevó a no preguntarse jamás cuál era la razón de tan ajetreada vida. No sabía si olvidó, o simplemente nunca lo supo, el objetivo de tanto subir y bajar. Su vida era un largo e inacabable arriba y abajo y en ese endiablado ajetreo fueron pasando los días y con ellos su aburrida existencia. Su acomodo a aquel trajín fue tal que podía decirse que lo hacía por pura inercia. Era como si en su ser se hubiese introducido una orden no escrita de que tenía que subir y una vez allí arriba debía bajar, para a continuación volver a subir y volver a bajar, subir y bajar, subir y bajar. Su mente, nublada por la rutinaria acción, no se permitía pensar en el por qué de aquella desazón. Porque, a pesar de todo, aquel sube y baja había terminado por crear una especie de “comecome” que no la dejaba vivir. Un carcomer la mente que, cuando se instala en la cabeza, no hay forma de echarlo de ella. Un desasosiego que nos corroe por dentro haciendo imposible la existencia. Ese malestar que, imparable y en silencio, va royendo nuestro ser como el ratón el queso, la había atrapado y no había forma de deshacerse de él. Mientras subía y bajaba no podía evitar pensar en lo que le estaba pasando y, en muchas ocasiones, se apoderaba de ella un arrebato de dejarlo todo, de abandonar aquella vida e iniciar una nueva lejos de allí. Una vida en la que no tuviese que subir y bajar.
Pero, cuando estaba al límite, en ese punto en que sólo con dar un paso adelante te cambia la vida, oía el chasquido seco del cambio de rumbo y en esos segundos en que uno se distrae para cambiar de sentido e iniciar el recorrido contrario, perdía el valor de dar el paso y continuaba subiendo o bajando, según el caso.
Veía pasar el tiempo y sabía que cada día que pasaba subiendo y bajando era un día perdido, un día menos para hacer aquello que hacía tiempo debía haber hecho. Y en ese ver pasar el tiempo fue envejeciendo y perdiendo también la esperanza de salir de allí.
Poco a poco fue aceptando su destino y al hacerlo aceptaba con él su fracaso, su desdicha. Y cuanto más aceptaba, más perdía. Y, en ese aceptar y perder, sucumbió a la melancolía y cayó en eso que se ha dado en llamar depresión, de la que, al parecer, una vez dentro no se puede salir. Sin embargo y a pesar de ello, seguía subiendo y bajando, no como el primer día, claro, porque cuando se es joven todo es más fácil. Pero sí con la suficiente fuerza como para llegar arriba y después bajar. Hasta que un día, no se sabe a que hora ni por que razón, los vecinos decidieron cambiarla por una nueva.
Convertida en chatarra, la cabina del ascensor finalizó su existencia apartada y olvidada. Al fin dejó de subir y bajar, pero eso de nada le sirvió.
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Mandatarios y necios

“Los necios lo son porque viven en la creencia de que despreciando a los demás ellos son mejores. No saben sin embargo, que otros vendrán y de igual modo los tratarán”.
No lo dice una celebridad, lo digo yo al leer en la prensa que los mandatarios de las ocho naciones más ricas del mundo, que juntos suman el 58% del producto mundial bruto, celebraron, en la última reunión del G8 en Japón, una cena de despedida en la que se sirvieron algo así como dieciocho platos.
Resulta sangrante comprobar cómo los que tienen el deber de encontrar una solución al hambre en el mundo y con ello evitar la muerte de centenares de miles de personas, no sólo no se esfuerzan lo más mínimo por encontrarla, sino que, y eso es lo peor, lo celebran dándose, lo que vulgarmente se dice “una hartá”.
Para esos mandatarios, no ya un pedo de desprecio. Un cólico que los mantenga sentados en la taza del water un día entero.
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Los márgenes empresariales, el IPC y ¡a la puta calle!

Como si del oráculo se tratara, el gobernador del Banco de España habló ayer sobre la situación económica y ante las elites empresariales del país dijo tres cosas que pueden, cuanto menos, aclarar a los neófitos el por qué de la tan cacareada crisis en la que vivimos inmersos.
Dijo el banquero mayor del reino que “el aumento de los márgenes empresariales afectó más al IPC que los salarios”. ¡Vaya!, esta si que es buena. Tanto tiempo haciéndonos creer que eran los salarios lo que disparaba la inflación y ahora se descubre que no es así, que en realidad lo que hace subirla son las ganancias desaforadas e incontroladas de los empresarios y sobre todo de los intermediarios que monopolizan la distribución y comercialización de los productos. Las quejas, por ejemplo de los agricultores cansados de decir que los precios finales de lo que cultivan nada tiene que ver con lo que a ellos se les paga, han quedado al fin confirmadas. Años llevamos los trabajadores denunciando esos usos y abusos sin que nadie haga caso. Ya era hora que una autoridad competente, y en este caso lo es y mucho, dijera las cosas por su nombre. Lo que sucede es que una vez dicho nos asaltan serias dudas de que sirva de mucho. Pero al menos nos queda la satisfacción de saber que teníamos razón.
También dijo que “hay problemas que no puede ni debe resolver el Gobierno”, refiriéndose a las ayudas financieras del gobierno al sector privado, ayudas que rechazó salvo en casos puntuales. Allí, mirándolo y escuchándolo, estaban los empresarios españoles mas influyentes y es de suponer que a más de uno se le debió atragantar el canapé al oír estas palabras, eso si no se le había atragantado con lo que dijo antes. Debería tomar nota el ministro de industria y, aunque sólo fuera por coherencia con lo dicho por el banquero, revisar en profundidad las multimillonarias ayudas que el gobierno presta a las empresas eléctricas. Empresas que, ante un deficiente servicio como el sufrido ahora hace un año en Barcelona, miran para otro lado en un descarado intento de evadir responsabilidades. Por cierto, y ya que estamos con el tema. ¿De que forma repercutirá en los ciudadanos que sufrimos el apagón, los 21 millones de euros de la multa impuesta a Endesa?
El otro gran tema fue la revisión salarial. No podía el gobernador bancario cargar toda la responsabilidad de la inflación sobre los empresarios y dejó una parte para los trabajadores. Consideró que las cláusulas generales de revisión salarial deberían sustituirse por otras de “descuelgue” –él sabrá que quiere decir–, para que los sueldos no se suban automáticamente según el IPC sino en función de la coyuntura y los resultados empresariales. Así los empresarios podrían mantener los sueldos de sus trabajadores sin destruir empleo cuando la coyuntura no sea favorable e incrementarlos cuando sí sea posible. Bueno, como idea no está mal, incluso, resulta idílica y algo utópica. Pero ocurre que, conociendo como conocemos el comportamiento de los empresarios y ateniéndonos a lo que el mismo gobernador ha dicho sobre los desorbitados aumentos de los márgenes empresariales, pues me cuesta creer que vayan a actuar con la honestidad necesaria. Acostumbrados como estamos a oírles decir, en cada negociación colectiva, que la situación no es buena, con el fin de imponer aumentos salariales por debajo del IPC, cuando los beneficios desbordan las previsiones. Pues no se, pero dejarlo todo en manos precisamente de la coyuntura no creo que sea lo mejor.
Pero seamos positivos, no vaya a ser que luego resulte que somos los trabajadores los culpables de la crisis que nos atenaza, más a nosotros que a ellos, por no querer colaborar. Por eso y porque somos responsables, aceptamos la sugerencia del gobernador del Banco de España y, a partir de ahora, diremos a nuestros representantes laborales que dediquen sus esfuerzos a sellar acuerdos en ese sentido. Lo que ocurre es que tampoco sabemos muy bien quienes son nuestros representantes laborales, y eso es un verdadero problema.
Al margen de coñas, está muy bien que una autoridad como esta diga al fin que los culpables de la subida de la inflación son los beneficios empresariales y no los salarios. Al menos, no los de los obreros.
¡Salut!
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A propósito de la jornada laboral

La Unión Europea pretende imponer la semana laboral de 65 horas. Un cálculo rápido nos da una jornada diaria de 13 horas si se mantiene la semana laboral de cinco días (lunes a viernes). Una jornada diaria de 11 horas y 15 minutos si la semana laboral se aumenta a 6 días (lunes a sábado). Y de 9 horas 15 minutos para una semana laboral completa (lunes a domingo). Hace unos años el objetivo de los trabajadores era rebajar a 35 horas la semana laboral. En ciertos sectores de algunos países se ensayaron fórmulas para llevarla a cabo y en otros incluso se instauró. Entonces, ¿qué ha sucedido para que los políticos de la unión hagan una propuesta totalmente contraria a aquella reivindicación? ¿Qué intereses defienden esos políticos? Resulta desalentador comprobar cómo lo conseguido, hace apenas treinta años, tras años de reivindicaciones y duras negociaciones, puede quedar en nada haciendo retroceder los derechos laborales, no ya a los años setenta del siglo veinte, sino al inicio de ese mismo siglo. Las luchas obreras de la segunda mitad de los sesenta y primera de los setenta reivindicaban, entre otras cosas, una jornada semanal de 40 horas. Los obreros exigíamos más tiempo para nosotros, para nuestras familias y nuestro ocio. Y el empresariado, que no era tonto, terminó por comprender que eso también le beneficiaba. Porque, después de todo, más ocio significaba más tiempo para consumir, y a más consumo, más riqueza. Ahora, cuando la conciliación de la vida laboral y familiar es el tema estrella en la mayoría de las empresas, no porque sea beneficioso para el obrero, que también, sino porque han descubierto alarmados que más tiempo en el trabajo no significa más productividad y sí más estrés y deterioro físico y, por ello, menos rendimiento, nuestros representantes políticos en la Unión Europea se descuelgan con esta aberrante propuesta o recomendación. Claro que, de momento, sólo se aplicará en aquellos casos en que trabajador y empresario así lo acuerden de mutuo propio. No nos engañemos, esa recomendación tampoco es tan descabellada si nos atenemos a la realidad laboral que hoy en día se da en muchos centros de trabajo. En aquellos en que, por diversas razones, los trabajadores hacen jornadas laborales que exceden de largo las ocho horas, sin ni siquiera cobrarlas como extras. Bien porque indirectamente y de forma sibilina se les impone bajo coacciones que no lo parecen, y ellos –los trabajadores– son incapaces de desafiar y mucho menos denunciar. O porque las aspiraciones de llegar a lo más alto del escalafón hacen de ellos unos serviciales conformistas capaces de cualquier cosa. Estamos pues, ante una propuesta de legalizar algo que se hace fraudulentamente. Con el paso de los años y los cambios sociales que se han producido, la relación entre empresa y empleado también a cambiado. Ya no se lleva la tiranía del dueño sobre los obreros considerados por aquel poco menos que esclavos. Ni el odio de éstos hacia él al que consideraban un explotador sin conciencia. Ahora, en los tiempos de las nuevas tecnologías, empresarios y obreros se codean ‘casi’ como iguales, comen en los mismos comedores, festejan los éxitos de la empresa, acuden juntos a sesiones de desarrollo, y participan en actividades solidarias y de ocio como un solo equipo. Ahora, los obreros debemos considerarnos parte importante de la empresa y como tal se nos exige un compromiso para con ella, y al final del año, incluso, nos hacen partícipes de los beneficios por la vía de objetivos cumplidos. Migajas y miserias que nos hacen abandonar nuestra condición de trabajadores renunciando al derecho de reivindicar y luchar por nuestros derechos. Mientras ellos –los dueños–, continúan haciendo lo de siempre, sólo que ahora lo hacen como colegas. El informe sobre accidentes de trabajo y enfermedades profesionales obtenido de la Encuesta de Población Activa (EPA) correspondiente al 2007 y que publica el Instituto Nacional de Estadística (INE), retrata claramente la situación: “Más de cinco millones de trabajadores se ven obligados a trabajar bajo presión o son víctimas de violencia o abusos. La mayor parte de este colectivo (el 82%, lo que equivale a casi cinco millones de personas) afirma soportar sobrecarga de trabajo o realizar sus tareas con falta de tiempo, lo que afecta a su bienestar mental… Otro 11% de ese colectivo (esto es, unas 556.000 personas) afirma haber sufrido violencia en su puesto de trabajo a lo largo del último año. Finalmente, un 7,4% (unas 375.000 personas) declara haber padecido acoso o intimidación por parte de la empresa o de sus jefes. El porcentaje es mayor en el caso de las mujeres, tanto en lo que hace referencia a la violencia como a los abusos”. Bien, esto es lo que hay. La situación, con algunos matices, en el fondo sigue siendo la misma: el empresario explota al trabajador. Sólo que lo hace con técnicas más modernas y sofisticadas que nos hacen creer que no es así. Pero, en situaciones concretas, de crisis o conflicto, la verdadera condición aflora con toda su crudeza poniendo a cada cual en su sitio. Para muestra un botón: Las patronales catalanas apoyan la directiva europea de las 65 horas. Lo publicó, no hace mucho, la prensa catalana. ¡Salut! © PCB
